Chapter 11 of 17
Capítulo 11: El abrazo del abismo
1.9k words
Sonó el teléfono de Pond, un replique insistente del teléfono en el silencio opulento de su oficina. Ignoró la llamada, concentrado en el interminable papeleo del día con l descripción de los proyectos que necesitaban su revisión.
Sin embargo, el teléfono volvió a sonar. Desesperado contesto con una voz fría y letal. "Más les vale que esto sea de vida o muerte". Prim se puso pálida y sintió que se le acababa la vida. "En la recepción se encuentra el señor Dew Tang que dice que no se irá hasta que hable con su hermano y que de ser necesario llamará a la policía", dijo la veterana secretaria con una voz que pareció más un susurro lleno de terror.
Al escuchar el nombre, una imagen fugaz de Phuwin, con sus ojos apagados y su sonrisa forzada, cruzó su mente. Había notado la quietud del chico, su tendencia a desaparecer en los rincones del ático. No era la vibrante presencia que lo había cautivado. Pensó que Phuwin solo se estaba adaptando, pero la súplica silenciosa en esos ojos a veces lo perforaba.
Con un suspiro imperceptible, Pond dio la indicación de que lo dejaran pasar. No le gustaba que le exigieran cosas. Nadie lo hacía. Pero Dew era diferente. Dew había sido la única constante en la vida de Phuwin, el único que le había ofrecido un cuidado desinteresado. El archivo de seguridad que tenía sobre Phuwin era claro en ese punto. Eso le daba a Dew una moneda de cambio única, una que Pond, a regañadientes, tenía que reconocer.
Colgó la llamada sintiendo una irritación fría. Dew no representaba una amenaza, solo un inconveniente. Una vez que Phuwin estuviera completamente integrado en su vida, esos lazos con el pasado se desvanecerían naturalmente. Por ahora, una breve visita podría incluso calmar la ansiedad de Phuwin, o al menos eso se decía a sí mismo.
La decisión fue calculada, estratégica. Cuando Dew atravesó la puerta de la oficina, Pond le dirigió una mirada fría, de las que reservaba para las juntas directivas. En otra ocasión Dew habría sentido miedo, pero la preocupación por su hermano era mayor.
"¿Dónde está Phuwin? Quiero verlo", dijo Dew con un tono que denotaba desesperación real. "Está descansando en nuestra casa. Si quieres puedo llevarte a verlo, pero solo a ti. El resto de tu familia le hace daño", dijo Pond en un tono tan cortante que no di margen de discusión.
Sin perder un segundo Dew aceptó y los dos hombres salieron con destino el Penthouse de Pond.
En minutos, el personal de seguridad recibió las instrucciones. El ático de Pond Lertratkosums era una fortaleza, pero hoy se abriría una pequeña brecha.
A los 15 minutos ya se encontraban cruzando las puertas del espacioso apartamento. Pond se enderezó, alisando una arruga inexistente en su camisa de seda. Observó a Phuwin, sentado en el sofá, mirando a la nada. El ambiente era pesado, sus dedos pálidos y delgados apenas lo sostenían.
Dew Tang irrumpió en la sala, sus ojos escaneando el espacio, la tensión palpable en sus hombros. Su mirada se posó en Phuwin, y por un instante, el aire en la habitación se hizo más denso.
Phuwin estaba pálido, supremamente delgado. Sus ojos, antes llenos de una chispa juguetona, ahora parecían hundidos y vacíos, como dos lagunas oscuras en un rostro demacrado. Se encogió ligeramente en el sofá, sus hombros tensos. Un temblor casi imperceptible recorrió su cuerpo. No se levantó. No sonrió. Solo miró a su hermano con una expresión que Dew no pudo descifrar del todo, una mezcla de alivio y miedo.
No era el Phuwin que conocía. Este era un fantasma, una sombra. Una ira feroz comenzó a hervir en el estómago de Dew, una rabia que no había sentido en mucho tiempo. Había prometido proteger a su hermano pequeño, y había fallado.
Un nudo apretó la garganta de Dew. Quería correr hacia Phuwin, abrazarlo, preguntarle qué demonios había pasado. Pero la presencia de Pond Lertratkosums se cernía sobre ellos, un depredador silencioso y seguro de sí mismo, observando cada movimiento. Pond estaba de pie cerca, su postura relajada, casi indolente, pero su mirada era penetrante, vigilante.
Dew entró más en la habitación, su paso firme a pesar de la sacudida emocional. "Phu", su voz era ronca, apenas un susurro. Quería que sonara normal, pero la preocupación lo ahogaba. "Estás... ¿estás bien?" La pregunta se sentía inútil, elocuentemente respondida por el aspecto de su hermano.
La voz de Pond rompió el silencio antes de que Phuwin pudiera responder. "Está perfectamente. Solo se está adaptando a su nuevo hogar". El tono era liso, sin fisuras, pero subyacía una propiedad arrogante que hizo que la mandíbula de Dew se apretara. Pond dio un paso hacia Phuwin, colocando una mano en su hombro, una caricia que a Dew le pareció más una marca de posesión que de afecto.
Su mandíbula se tensó hasta el punto de doler. Vio a Phuwin encogerse ligeramente bajo el toque de Pond, un pequeño movimiento que pasó desapercibido para el magnate, pero no para Dew. Era una confirmación brutal de sus peores miedos. El Phuwin que conocía nunca se habría encogido así, nunca habría lucido tan... roto.
Pond se interpuso sutilmente entre Dew y Phuwin, bloqueando la línea de visión directa. Su sonrisa era un gesto educado que no alcanzaba sus ojos. "Te dije que estaría bien. Un poco de estrés por el cambio, eso es todo".
"¿Qué le has hecho?" Gritó Dew con una voz desesperada por el estado de su hermano. Sus ojos no se apartaron de los de Pond, una confrontación directa y sin miedo. No había espacio para la cortesía ahora. Vio el destello de una emoción gélida en los ojos de Pond, un reconocimiento de la insolencia. Nadie le hablaba así a Pond Lertratkosums.
El tono de Pond se mantuvo tranquilo, pero su voz adquirió un filo acerado. "Phuwin está viviendo la vida que se merece, una vida de lujo y seguridad. Algo que tú, o el resto de tu familia, nunca pudieron darle". Sus palabras golpearon a Dew como un puñetazo, sabían exactamente dónde dolía. Tocaban la herida de la impotencia, de los sacrificios que Dew había hecho y las limitaciones de su propia situación.
Dew no retrocedió. Su ira se intensificó. "Eso no le da derecho a convertirlo en esto. Está miserable, Pond. Míralo. Es una sombra. ¿No lo ves?" Su mirada regresó a Phuwin, quien ahora tenía la cabeza gacha, sus manos jugueteando nerviosamente con el borde de su camisa. La escena dolía más de lo que podría haber imaginado.
Su mirada se encontró con la de Pond de nuevo, una lucha de voluntades en el centro de la suntuosa habitación. "Lo tienes encerrado. Aislado. ¿Crees que esto es amor? Esto es una prisión dorada". Las palabras salieron con una furia contenida, cada una cargada de dolor y desesperación. Quería sacudir a Pond, hacerle ver la verdad que se negaba a aceptar.
"¿No ves lo que le has hecho?" Dew preguntó de nuevo, señalando a Phuwin con un movimiento brusco de la cabeza. "Está aterrorizado. Está perdido".
Una risa seca escapó de los labios de Pond, una risa sin alegría, solo desdén. "Phuwin nunca ha estado más seguro. Nunca ha sido más deseado. Ustedes solo lo usaban. Yo, en cambio, lo valoro". La última palabra, 'valoro', sonó como una sentencia, una declaración de posesión absoluta.
Pond se burló, sus labios formando una línea fina. "Su 'miseria' es una fase. Se acostumbrará. Se acostumbrará a ser cuidado, a no tener que preocuparse nunca más. A no tener que trabajar. A no tener que sacrificarse por nadie más. ¿Eso es algo malo?" Sus ojos fríos se clavaron en Dew, desafiándolo a refutarlo. Era una verdad distorsionada que el mismo creía y una manipulación que se sentía como un golpe bajo.
Phuwin se encogió más en el sofá. Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en el punto entre su hermano y Pond, pero sin ver nada. Las voces de Pond y Dew se habían elevado, transformándose en un eco metálico en su cabeza, un ruido discordante que perforaba su ya frágil paz.
Los golpes resonaban. Pond contra Dew. Dew contra Pond. Cada palabra era un martillo golpeando los muros de su frágil cordura. La acusación, la defensa, la posesión. 'Usado'. 'Prisión'. 'Fase'. Las palabras se mezclaban, se convertían en una maraña incomprensible de dolor.
Su respiración se hizo errática, superficial. Le faltaba el aire. El pecho le oprimía, una mano invisible apretándole el diafragma. Las paredes del ático, antes un símbolo de seguridad, ahora se cerraban sobre él, ahogándolo. Su visión se volvió borrosa en los bordes. El mundo se inclinaba.
El pecho de Phuwin subía y bajaba rápidamente. Sus manos temblaban incontrolablemente, sus dedos se crisparon, buscando algo a lo que aferrarse. Su mente se aceleraba, las escenas de su pasado, las veces que lo habían usado, las palabras hirientes de su familia se reproducían en bucle. No era digno. Siempre una carga. Siempre aprovechándose de él.
Las palabras de Pond resonaron en su cabeza. *"Ustedes solo lo usaban."* Y las de Dew, *"Está aterrorizado. Está perdido."* Ambas verdades, ambas mentiras. Ambas dolorosas. No sabía quién tenía razón. Solo sabía que estaba roto. Profundamente roto.
Un grito silencioso se formó en su garganta, pero no pudo escapar. Solo un gemido sofocado. El pánico le inundó, un torbellino frío y oscuro. Necesitaba que pararan. Necesitaba que el ruido cesara. Se sentía como si estuviera cayendo, cayendo en un abismo del que no podía escapar. Las voces, los rostros, la presión.
Sus manos se elevaron temblorosas. Necesitaba sentir algo, cualquier cosa, que no fuera esta avalancha de terror y desesperación. Sus uñas, cortas y limpias, se clavaron en la piel de sus antebrazos. Primero un rasguño, luego otro. Un dolor agudo lo atravesó, un dolor físico que, por un instante, ahogó el mental.
La piel se abrió, pequeñas líneas rojas apareciendo bajo la presión de sus dedos. No sintió el dolor como tal, solo una liberación momentánea. Un segundo de claridad en el caos. Necesitaba más. Necesitaba escapar. Las voces seguían. Los golpes de los argumentos seguían. La presión seguía.
Un dolor punzante, seguido de otro, y otro. Las uñas rasgaron más profundamente, buscando una salida de la jaula de su propia mente, de la jaula en la que Pond lo había atrapado, de la jaula que su propia familia le había construido, de la jaula de su propia creencia de que no merecía amor.
La sangre comenzó a brotar, pequeñas perlas carmesí en su piel pálida, un testimonio silencioso de su desesperación, mientras las voces de sus hermanos seguían resonando, ajenas al daño que se estaba infligiendo, ajenas al abismo en el que se hundía. La mancha carmesí se extendía lentamente.
Entonces lo vio. En la mesa un jarrón de vidrio con unas flores. El movimiento fue tan rápido que nadie en la habitación tuvo tiempo de reaccionar.
Lo siguiente que se escuchó fue el sonido del vidrio quebrándose. Todos voltearon a ver, pero ya era muy tarde. Con la adrenalina a flor de piel Phuwin se tiró sobre el vidrio, cogió un fragmento y empezó a cortar. A partir de ahí solo escuchó los gritos y luego el silencio y la oscuridad. Por fin tenía algo de paz.