Chapter 12 of 17
Capítulo 12: El séptimo círculo
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Dew se arrodilló, cayendo sin fuerzas por la impresión y con su corazón martilleando contra sus costillas. Phuwin yacía inmóvil, un hilo escarlata manchando la alfombra persa brotaba de su cuerpo. El aire en el ático se volvió denso, irrespirable. Pond, paralizado, observaba la escena como si fuera una ilusión. Sus ojos, antes llenos de fría posesividad, ahora contenían una mezcla de pánico y horror puro. La realidad lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. Esto no era una fase. Era una emergencia.
“¡Llama a una ambulancia!” Dew rugió con un sonido gutural marcado por la desesperación. Su mano temblaba mientras sostenía la muñeca inerte de Phuwin. Sentía su pulso débil, casi imperceptible. Cada segundo que pasaba era una eternidad.
Pond reaccionó. Su teléfono voló a su oído, las palabras saliendo en un torrente incomprensible de órdenes. La llamada fue breve. Su rostro estaba pálido, más que el yeso y se le veía completamente descompuesto. El control que siempre había ejercido sobre todo se desvanecía ante sus ojos, impotente.
Minutos después, las sirenas rasgaron el silencio de la noche. Paramédicos irrumpieron en el ático, con movimientos rápidos y eficientes. Levantaron a Phuwin con cuidado en una camilla y se lo llevaron, seguidos por Pond y Dew, sus pasos desesperados que reflejaban su pánico. No había gritos ni amenazas, solo una quietud sombría que era más aterradora que cualquier explosión de ira.
Dew esperaba en la sala de urgencias con sus manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos se tornaron blancos. Pond estaba sentado a su lado con la mandíbula apretada y sus ojos fijos en un punto invisible en la pared. El silencio entre ellos era opresivo, cargado de reproches no pronunciados.
"Esto fue mi culpa. Lo amo demasiado. Solo quería protegerlo de todo y... lo rompí" dijo Pond con la cara surcada por lágrimas y una voz que denotaba un profundo dolor y arrepentimiento. El gran empresario se quebró completamente al comprender que su amor había destruido a la persona que era su vida.
Dew permaneció en silencio. No por respeto a Pond, sino porque toda su atención estaba puesta en las puertas detrás de las cuales se encontraba su hermanito, quien se debatía entre la vida y la muerte.
Las horas se arrastraron. El sol comenzó a filtrarse por las ventanas, tiñendo el hospital de un gris apagado. Una enfermera se acercó, con una expresión profesional. “El doctor hablará con ustedes en un momento”. Su voz era suave, casi un susurro que intentaba suavizar el ambiente cargado por el miedo y la anticipación.
Finalmente, un hombre de mediana edad con gafas finas se acercó. En la identificación del hospital se leía Dr. Chen. Sus ojos se posaron en Pond, luego en Dew. “Las heridas son superficiales, por suerte. No hay daño permanente y la pérdida de conciencia se produjo por el shock y un estrés extremo”. Un suspiro de alivio colectivo escapó de ambos hombres. Pero el alivio fue efímero. “Sin embargo, es más complicado que eso”.
“Phuwin muestra signos claros de depresión severa”, el doctor continuó, su voz grave. “Y lo que es más preocupante, hemos observado un apego emocional ansioso significativo, particularmente hacia el señor Lertratkosums”. Miró directamente a Pond, una ceja arqueada.
Pond frunció el ceño. “¿Apego ansioso? ¿Qué significa eso?” Su voz era ronca, apenas reconocible. La impotencia lo devoraba desde dentro. No entendía. No quería entender.
“Significa que Phuwin está atrapado en un ciclo de dependencia y miedo. En palabras de él, tiene miedo a ser abandonado si contradice al señor Lertratkosum y miedo a ser utilizado por su familia si no es útil”.
Pond solo devolvió una mirada vacía, sus defensas bajando lentamente.
“Su bienestar emocional está gravemente comprometido. Necesita un entorno seguro, lejos de cualquier factor estresante o desencadenante. Un lugar donde pueda comenzar a sanar sin presiones externas”. Continuó el doctor en un tono sumamente profesional.
"Como Phuwin representa en estos momentos un riesgo para sí mismo, como señala la ley se le mantendrá en aislamiento y observación por 72 horas." Dijo el doctor he hizo una pausa para tomar aire.
A continuación, abrió una carpeta y les dejó unos folletos. "Aquí les dejo una información sobre clínicas de reposo especializadas. Un lugar tranquilo, con terapeutas y personal capacitado para manejar casos como el de Phuwin."
Pond se puso de pie abruptamente. “No. Él no se irá a ningún lado”. Su voz recuperó un matiz de su habitual autoridad. No podía permitirlo. No podía perder a Phuwin, no ahora. La idea de Phuwin lejos, intocable, era insoportable. Era un agujero en su pecho que nunca había sentido.
“Señor Lertratkosums, le aseguro que esto es por su bien”, el Dr. Chen se mantuvo firme. “Las visitas serán restringidas. Su recuperación es nuestra prioridad. Cualquier otra cosa podría ser perjudicial”. Los ojos del médico no se apartaban de Pond, transmitiendo una seriedad que no admitía réplicas.
"Además, el señor Phuwin tiene registrado en el sistema al señor Dew Tang como su contacto de emergencia, lo que lo hace su representante legal mientras se recupera y por tanto la decisión final recae en sus manos" señaló el doctor con una seriedad que no admitía réplica.
Pond agachó la cabeza. Él era un hombre poderoso, pero esta era una batalla que no podía ganar, no en este campo de juego y con el estado tan frágil en el que se encontraba Phuwin.
Dew asintió. “No quiero pelear. Lo único que deseo es el bienestar de mi hermanito. El doctor tiene razón, Pond. Esta es la única manera de que Phuwin mejore. Él no es una posesión. Es una persona que necesita ayuda”. Su tono era firme, inquebrantable.
Pond apretó los puños, pero la lógica innegable del doctor, reforzada por la convicción de Dew y su propia culpa, erosionó su resistencia. Por primera vez en mucho tiempo, Pond Lertratkosums se sintió acorralado.
Días después, en la clínica de reposo, el aire era diferente. No el frío ambiente hospitalario, sino un aura de calma forzada. Dew y Nira visitaban a Phuwin cuando se le permitía, siguiendo las estrictas reglas de la clínica. Phuwin estaba allí, pero también no lo estaba. Su mirada a veces se perdía, otras veces parpadeaba con una chispa de su antigua vivacidad, solo para extinguirse rápidamente. La recuperación sería un camino largo y doloroso.
En esta fase ni Pond ni el resto de su familia tenían permitido visitarlo. El Dr. Chen había sido explícito sobre la necesidad de un ambiente que no le causara estrés ni ansiedad.
Sin embargo, Pond se reunía regularmente con Dew. Sus reuniones eran tensas, a menudo acaloradas, pero productivas. Se encontraban en la oficina de Pond, o en un café discreto. La gravedad de la situación había forzado una tregua incómoda, un entendimiento mutuo de que Phuwin era la prioridad.
“Mi familia”, Dew empezó, una tarde, su voz baja y controlada. “Ellos son parte del problema, Pond. Lo han explotado toda su vida. Si Phuwin va a tener alguna oportunidad de recuperarse de verdad, necesitan mantenerse alejados”. Su mirada se encontró con la de Pond.
“Voy a hablar con ellos”, Dew comentó. “Dejarles claro que Phuwin necesita espacio, que cualquier intento de contactarlo, de pedirle algo, tendrá consecuencias”. Su Pond asintió lentamente. Era una tarea que ambos tenían que asumir, juntos.
Dew luego se inclinó hacia adelante. “Y tú, Pond. El doctor también te lo dijo. Necesitas ayuda”. Su voz era suave, pero el peso de las palabras era inmenso. Pond endureció su mandíbula. Su orgullo lo impulsó a resistirse, a negar. Pero la imagen de Phuwin en el suelo del ático, la inmovilidad de su cuerpo, la desesperación en los ojos de Dew, todo eso lo había roto. Había tocado fondo.
“Estoy de acuerdo”, dijo Pond, su voz apenas audible. “Hablaré con un terapeuta. Para… para entender esto. Mi control. Mi… posesividad”. La palabra sonó extraña en sus propios labios. Era una admisión de debilidad, algo que Pond Lertratkosums nunca había hecho, pero el miedo a perder a Phuwin por completo, a destruir lo que tanto amaba, era mayor que el de admitir sus propios fallos. No quería volver a ver esa mirada vacía en los ojos de Phuwin. No podía permitírselo.
Cerca de un mes después de su ingreso, la clínica se había convertido en un segundo hogar temporal para Phuwin. Las visitas se hicieron más frecuentes, aunque siempre supervisadas. Pond había cumplido su palabra, asistiendo a sus propias sesiones de terapia, una experiencia extraña y reveladora que desenterraba verdades incómodas sobre su control y su propio miedo al abandono.
Dew, por su parte, había lidiado con la familia Tang. Había sido una confrontación difícil, llena de gritos y lágrimas falsas, pero la amenaza implícita de la influencia de Pond Lertratkosums había sido suficiente para que retrocedieran. Por ahora, al menos. La promesa de Pond de usar su poder para proteger a Phuwin, en lugar de controlarlo, comenzaba a materializarse. Era un cambio lento, doloroso, pero real.
Después de las múltiples sesiones de terapia individual y grupal, así como una receta de medicamentos para la depresión y ansiedad, Phuwin empezó a reír de nuevo. Pequeñas risas, al principio, como el susurro del viento. Luego, carcajadas genuinas que resonaban en los pasillos de la clínica durante las sesiones de terapia con los otros pacientes.
Se había abierto, poco a poco. Sus ojos ya no estaban perdidos. Todavía había una fragilidad en él, una cicatriz en su alma, pero la herida ya no sangraba. El Dr. Chen se mostró cautelosamente optimista. “Está listo para el siguiente paso”, anunció un día, durante una reunión con Dew.
La noticia de su alta llenó a Dew de una alegría contenida. Phuwin había avanzado a pasos agigantados. Había recuperado algo de peso, su piel había vuelto a tener un brillo saludable, y sus hombros parecían un poco menos encorvados. No era el Phuwin de antes, quizá nunca lo sería por completo, pero era un Phuwin que miraba hacia adelante, un Phuwin que comenzaba a creer que merecía algo más que el abuso y el control. Era un Phuwin que se aferraba a la esperanza.
Sin embargo, la idea de volver al ático de Pond, o a su antigua vida, todavía lo aterraba. El Dr. Chen había advertido sobre los posibles retrocesos si volvía a un entorno que le recordara su trauma. Por tanto, se acordó que Phuwin se iría a vivir un tiempo a la casa de Dew y su esposa en otra provincia.
La decisión fue unánime entre Dew y los terapeutas. Pond, después de una larga y difícil discusión con su propio terapeuta, aceptó la necesidad de distancia. No podía arriesgarse a deshacer todo el progreso de Phuwin.
Por esa época Pond decidió vender su Penthouse. Cada vez que llegaba recordaba lo que le había hecho a Phuwin, así como los acontecimientos de aquel día. Decidido a que ese ya no era un hogar para él y que, a la larga, si Phuwin volvía le dolería estar en ese sitio, decidió mudarse a otro Penthouse en el centro de la ciudad, en donde pudiera hacer borrón y cuenta nueva.
Finalmente, el día llegó. Phuwin, con una mochila ligera sobre su hombro, se despidió del personal de la clínica. Una nueva luz brillaba en sus ojos, una tenue chispa de esperanza y autonomía. Subió al coche de Dew con una sensación de ligereza en su pecho.
Dew sonrió. “Vamos a casa, Phuwin”. La palabra ‘casa’ sonó diferente esta vez. No era la casa de su familia, ni el ático de Pond. Era un nuevo comienzo, un santuario. Phuwin asintió, una sonrisa real extendiéndose por su rostro. Estaba listo, o al menos lo suficientemente listo. Se alejaron de la ciudad, de los rascacielos imponentes y las calles bulliciosas, dejando atrás la vida que casi lo consume.