Chapter 5 of 7

La Sombra de la Inspectora

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Hollín y grasa industrial flotaban en el aire estancado del sótano de la imprenta victoriana. El olor a papel húmedo y tinta rancia se filtraba en los pulmones de Gabriel con cada respiración trabajosa, recordándole la pesadilla en la que se había convertido su existencia desde que cometió el error de involucrarse con los viajeros del tiempo. Gabriel se apoyó contra una pesada columna de hierro fundido, intentando calmar el latido errático de su corazón. Tenía las manos cubiertas de mugre y el rostro salpicado de hollín negro, una viva representación del caos que tanto había intentado evitar toda su vida académica. Sus dedos temblaban levemente por la adrenalina remanente de su última huida, pero se esforzó por mantener una postura rígida para ocultar su debilidad. Árnica se encontraba arrodillada a pocos metros, iluminada únicamente por el parpadeo moribundo de una linterna de queroseno volcada sobre el suelo de tierra compactada. Sus dedos, manchados de carbón y sangre seca, manipulaban con desesperación los delicados circuitos expuestos de su cronómetro de muñeca. Su respiración era rápida y superficial, revelando la enorme presión bajo la que se encontraba mientras intentaba estabilizar la frecuencia del motor de salto. Pequeñas chispas de color ámbar saltaban del dispositivo abierto, proyectando sombras alargadas que se retorcían en las paredes de ladrillo húmedo y agrietado. Cada destello parecía un recordatorio silencioso de que el tiempo se les agotaba a una velocidad alarmante en este siglo moribundo. Gabriel la observaba con una mezcla de fascinación involuntaria y un resentimiento feroz que amenazaba con desbordarse en cualquier momento. —No tenemos toda la noche para que juegues a ser ingeniera —siseó Gabriel, sintiendo que la irritabilidad habitual regresaba para enmascarar su creciente pánico. Su mandíbula estaba tan apretada que un dolor sordo comenzaba a extenderse hacia sus sienes, recordándole la tensión física que detestaba experimentar. Sintiendo la intensa presión de su mirada y el filo de sus palabras, Árnica ni siquiera se molestó en levantar la cabeza para mirarlo. Sus dedos continuaron soldando un cable suelto utilizando una pequeña punta de metal caliente que había improvisado con los restos de una caldera cercana. Su concentración era absoluta, un escudo invisible que utilizaba para ignorar el temperamento explosivo de su improvisado compañero. —Si me presionas ahora, lo romperé del todo y nos quedaremos atrapados en este basurero cubierto de carbón para siempre —replicó ella, con la voz temblando por el esfuerzo físico y el cansancio acumulado. Su tono defensivo solo logró encender aún más la desconfianza natural que Gabriel albergaba hacia toda la humanidad. Siempre la misma historia de promesas vacías y verdades a medias que él tanto despreciaba. Toda su vida universitaria se había basado en evitar activamente a personas como ella, individuos manipuladores que prometían soluciones pero solo traían complicaciones y mentiras envueltas en misterio. Su soledad autodefensiva se sentía ahora como un paraíso perdido, una fortaleza que nunca debió abandonar por un estúpido impulso de empatía. Recordó con amargura el día en que decidió aislarse del mundo exterior, refugiándose en la monotonía de las aulas para protegerse de las traiciones familiares que destrozaron su infancia y su capacidad de confiar en los demás. Ahora, por un absurdo acto heroico que detestaba admitir, estaba atrapado en el año 1888, perseguido por una fuerza policial interdimensional y dependiendo de una chica que guardaba más secretos que respuestas. Humedad asfixiante se adhería a la piel como una película aceitosa y fría. Bajo el suelo agrietado, las viejas tuberías de agua caliente de la imprenta emitían un quejido constante, un latido de metal viejo que parecía contar los segundos que les quedaban antes del desastre imprevisto. —Casi está listo el condensador de flujo temporal —susurró Árnica, exhalando un suspiro tembloroso mientras un pequeño indicador de color azul pálido comenzaba a parpadear débilmente en la pantalla del dispositivo de muñeca. Una pequeña sonrisa de alivio cruzó su rostro cansado, pero la alegría duró apenas un instante. Repentinamente, la temperatura del sótano descendió en picado, congelando el aliento de Gabriel en una nube blanquecina antes de que pudiera formular otra queja. El zumbido constante de la imprenta en el piso superior cesó por completo, reemplazado por un silencio sepulcral que hizo que a Gabriel se le erizara el vello de los brazos por puro instinto de supervivencia. Zumbidos de alta frecuencia comenzaron a taladrar sus oídos, un sonido agudo y digital que no pertenecía a ninguna máquina de este siglo atrasado. Las sombras que se proyectaban en las columnas de hierro dejaron de comportarse de manera natural y comenzaron a curvarse hacia un único punto en el centro exacto del sótano, desafiando las leyes de la óptica. Luces de un azul de neón y violeta eléctrico cortaron la penumbra como descargas estáticas de alta tensión, abriendo una grieta luminosa en el tejido mismo del espacio-tiempo. El aire se llenó de un olor penetrante a ozono, a circuitos sobrecalentados y a una tecnología tan avanzada que resultaba obscena en mitad de la miseria industrial de la época victoriana. Kay emergió del centro de la distorsión temporal con una parsimonia insultante, como si estuviera entrando a un salón de baile en lugar de a un sótano mugriento. Su traje de cuero sintético holográfico fluía sobre sus curvas perfectas como una segunda piel oscura, emitiendo un brillo suave que proyectaba datos y coordenadas temporales cambiantes directamente sobre el suelo sucio. Limpia, perfecta y letal, la inspectora contrastaba de manera grotesca con la mugre de carbón, las maderas podridas y las telarañas que la rodeaban en este rincón olvidado de la historia. Su mirada calculadora recorrió la estancia con un aburrimiento fingido hasta detenerse en Gabriel, dedicándole una sonrisa lánguida que prometía una destrucción absoluta disfrazada de cortesía. —Qué escondite tan deliciosamente patético y predecible —comentó Kay, cruzando los brazos sobre su pecho mientras daba un paso al frente con elegancia. El sonido de sus botas de suela magnética era un eco seco que parecía apagar cualquier otro ruido en la habitación, dominando el entorno por completo. Gabriel sintió que la sangre le hervía en las sienes al ver la condescendencia plasmada en el rostro de la mujer que los perseguía sin descanso. Su temperamento explosivo, alimentado por el miedo a la vulnerabilidad y la impotencia de verse acorralado, estalló sin que pudiera contenerlo por más tiempo dentro de sus límites racionales. Rugiendo con una rabia ciega y descontrolada, el joven se lanzó hacia adelante, ignorando cualquier atisbo de estrategia o sentido común de supervivencia. Su puño se cerró con fuerza destructiva, buscando golpear esa expresión burlona y destrozar la superioridad tecnológica que emanaba de la inspectora temporal. Con una agilidad felina y despectiva, Kay simplemente inclinó el torso hacia un lado en el último milisegundo, permitiendo que el golpe pasara a milímetros de su rostro. El puño de Gabriel cortó el aire helado, arrastrándolo hacia adelante por la inercia de su propio ataque descontrolado y dejándolo completamente expuesto. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio o girar para defenderse, una fuerza fría y firme lo sujetó por los hombros, inmovilizándolo en el sitio. Kay se había materializado a su espalda con una velocidad que desafiaba los límites de la percepción humana ordinaria, pegando su cuerpo templado y letal contra la espalda del joven universitario. —Eres tan fácil de predecir, Gabriel —le susurró al oído con una suavidad que le heló la sangre, su aliento cálido rozando su piel erizada mientras ejercía una presión dolorosa en sus omóplatos. Su voz era un veneno destilado, suave pero cargado de una ponzoña psicológica destinada a destruir su mente. Frío metálico pareció recorrer la espina dorsal del joven cuando la inspectora deslizó una mano enguantada por su mandíbula, obligándolo a mirar hacia donde se encontraba Árnica. La sutil descarga de energía estática de su traje mantuvo los músculos de Gabriel parcialmente paralizados, impidiéndole realizar cualquier movimiento de defensa física. —Mírala bien —continuó Kay con una risita despectiva que resonó en el sótano como un latigazo mental. —¿De verdad crees que estás protegiendo a una heroína que lucha por una causa justa? ¿De verdad crees que le importas lo más mínimo a una delincuente temporal de su calibre? Gabriel, con los dientes apretados por el dolor y la humillación de su propia debilidad, fijó sus ojos en su compañera de huida. Esperaba ver en Árnica una mirada de desafío indomable, una negación rotunda que le diera la fuerza necesaria para seguir luchando a su lado a pesar de la desesperación. Árnica, sin embargo, desvió la mirada de inmediato hacia el suelo de tierra, apretando el cronómetro contra su pecho como si fuera su única prioridad en el universo. Sus hombros se encogieron visiblemente y una expresión de innegable culpa cruzó sus facciones cansadas, confirmando de golpe los peores temores que Gabriel albergaba en su interior. Semejante revelación golpeó a Gabriel con la fuerza de un impacto físico directo en el centro del pecho, dejándolo sin aliento. El fantasma de la traición, el mismo dolor sordo que había arrastrado desde su infancia cuando fue abandonado por quienes debían protegerlo, resurgió con una intensidad asfixiante que amenazaba con devorar su cordura. —Ella no te lo ha dicho, ¿verdad? —añadió Kay, saboreando el colapso emocional de su víctima con un susurro perverso muy cerca de su oreja. —Eres solo un escudo de carne para ella, una distracción desechable para retrasarnos mientras ella intenta escapar con la tecnología prohibida que robó de nuestros laboratorios. Desesperado por romper la parálisis física y la insoportable cercanía de la inspectora, Gabriel acumuló toda la fuerza de voluntad que le quedaba y lanzó un codazo salvaje hacia atrás. El golpe fue esquivado con la misma facilidad felina por Kay, pero el movimiento brusco le permitió distanciarse unos pasos de su captora temporal. —¡Mientes! —gritó Gabriel, aunque la alarmante falta de convicción en su propia voz era dolorosamente evidente para todos en la habitación. Sus ojos saltaban de Kay a Árnica, buscando desesperadamente una verdad que parecía haberse desvanecido entre la niebla sucia del sótano victoriano. Árnica levantó la vista finalmente, con los ojos empañados por una mezcla de frustración, miedo y una culpa innegable que no podía ocultar. Sus labios se abrieron para intentar ofrecer una explicación coherente, pero el titubeo inicial en su voz fue suficiente para que el muro de desconfianza de Gabriel se cerrara por completo. —Gabriel, por favor, tienes que escucharme, no es exactamente como ella lo está pintando —suplicó ella, extendiendo una mano temblorosa hacia él, pero el gesto físico solo sirvió para acentuar la distancia invisible y el abismo que ahora se abría entre los dos. Kay observó la escena con una satisfacción casi artística, complacida por haber destruido la frágil alianza de sus presas sin necesidad de disparar un solo proyectil de energía. Su sonrisa lánguida se volvió fría y decidida, indicando que el juego de tortura psicológica había terminado y era hora de pasar a la fase de contención física. —Suficiente drama para una época tan primitiva como esta —declaró la inspectora con tono gélido, levantando su muñeca izquierda donde la pantalla holográfica comenzó a emitir un zumbido agudo y ensordecedor que distorsionó el aire circundante. Kay presiona un botón en su muñeca, haciendo que el tiempo a su alrededor comience a correr al revés, reconstruyendo la imprenta destruida pero atrapando las piernas de Gabriel en los cimientos que se cierran.

End of Chapter 5