Chapter 4 of 7

Capítulo 4: El Pacto de los Renegados

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Polvo y hollín flotaban en el aire viciado del sótano, arrastrándose por los rincones oscuros como pequeños fantasmas grises. Las enormes rotativas de hierro fundido de la imprenta victoriana abandonada se alzaban en la penumbra, semejando monstruos mecánicos dormidos que observaban en silencio el destino de los intrusos. Olor a tinta de imprenta seca, grasa de máquina rancia y papel podrido por la humedad inundaba el ambiente con una densidad tal que casi se podía saborear en la garganta. Gabriel arrojó una pesada caja de madera contra la pared opuesta con toda la fuerza de su frustración acumulada. Maderas podridas crujieron antes de astillarse en mil pedazos que salieron despedidos por el suelo de hormigón agrietado, levantando una densa nube de suciedad. Su pecho subía y bajaba con violencia bajo su sudorosa camiseta, con la piel cubierta de hollín tras la brutal pelea callejera de la que acababan de escapar a duras penas. Golpeó la mesa de trabajo más cercana, haciendo que las viejas herramientas oxidadas y los tipos de plomo tintinearan con un eco metálico y lúgubre. La mandíbula le dolía de tanto apretar los dientes, y la vena de su sien palpitaba de forma visible, amenazando con estallar bajo su piel tensa. Odiaba estar en esta situación; odiaba que su monótona pero segura existencia universitaria hubiera sido destruida en cuestión de horas por una completa desconocida. —¡Maldita sea todo! —rugió Gabriel, dándose la vuelta para encarar a su compañera con los ojos encendidos de una furia incontenible. —¿Vas a hablar de una maldita vez o tengo que dejarte aquí tirada para que se encarguen de ti esos malditos monstruos de metal que te persiguen? —añadió, señalando la escalera por la que habían descendido. Árnica estaba apoyada contra una gruesa columna de ladrillos vistos, con el rostro completamente desprovisto de color y los labios apretados en una línea fina para contener un quejido. Presionaba su muslo izquierdo con ambas manos, intentando en vano contener el hilo de sangre carmesí que brotaba de una profunda herida provocada por la metralla del autómata victoriano. Su traje futurista de fibra inteligente, diseñado para autorepararse, parpadeaba con luces rojas de error, incapaz de cerrar el desgarro debido a las toxinas mecánicas del arma enemiga. Sangre caliente y espesa goteaba entre sus dedos delgados, manchando el suelo grisáceo de la imprenta. A pesar de la obvia agonía que recorría su cuerpo, sus ojos verdes mantenían una chispa de orgullo obstinado que irritaba a Gabriel aún más. Ella se negó a mostrar debilidad ante él, aunque el temblor involuntario de sus hombros y su respiración superficial la delataban por completo. —Cállate y ayúdame primero —susurró ella, con la voz quebrada por el inmenso esfuerzo físico que requería mantenerse consciente. —Si me desangro aquí, nunca saldrás de este siglo, pedazo de idiota —agregó, mirándolo con un deje de desafío. Buscando con brusquedad entre los cajones de un armario de madera carcomida por las termitas, Gabriel encontró una vieja botella de alcohol industrial y unos trapos amarillentos. Sus movimientos eran rápidos y carentes de cualquier tipo de delicadeza, impulsados por una rabia sorda que intentaba ocultar bajo una máscara de fría indiferencia. No quería sentir lástima por ella; la lástima era el primer paso hacia la empatía, y la empatía siempre terminaba en una dolorosa traición. Sus botas resonaron con fuerza en el silencio del sótano mientras caminaba de regreso hacia la columna donde ella yacía. Se arrodilló frente a ella de golpe, obligándola a estirar la pierna herida sobre el suelo frío sin mostrar la más mínima compasión por su estado. Arrodillándose a su lado, Gabriel destapó la botella con los dientes y vertió una generosa cantidad de alcohol directamente sobre el trapo rancio. Fuerte aroma químico inundó el espacio de inmediato, enmascarando temporalmente el olor a metal y sangre que impregnaba la estancia. —Esto va a doler como el infierno, y sinceramente, me importa una mierda —advirtió con rudeza, sosteniendo su pierna herida con un agarre de hierro. Presionó la tela empapada en alcohol directamente sobre la carne abierta sin darle tiempo a prepararse mentalmente. Ella ahogó un grito de pura agonía detrás de sus dientes apretados, arqueando la espalda contra la dura columna de ladrillos. Sus uñas se clavaban en las grietas de la mampostería hasta hacerse daño, resistiendo el impulso de apartar la mano de Gabriel. Sudor frío perló instantáneamente la frente de la joven viajera temporal. Gabriel no disminuyó la presión del trapo; sus manos, ásperas y endurecidas por años de valerse por sí mismo, limpiaban la herida con movimientos rápidos. Temía, en lo más profundo de su mente, que la debilidad física de ella fuera su propia condena a muerte en este laberinto de épocas desconocidas. Gabriel necesitaba que ella se mantuviera con vida y funcional, no por un brote repentino de altruismo, sino porque ella representaba su única salida. Mientras limpiaba la sangre con brusquedad, evitaba a toda costa mirarla a los ojos para no encontrar la vulnerabilidad que tanto despreciaba. Prefería tratarla como un engranaje roto en una máquina que debía reparar por pura necesidad de supervivencia. Aquel dolor físico que presenciaba le trajo un recuerdo amargo que creía haber enterrado bajo capas de apatía y cinismo extremo. Recordó la fría tarde de invierno de su adolescencia en la que regresó a su casa tras un largo día de clases, solo para encontrar las habitaciones desmanteladas. Su familia se había marchado sin dejar una dirección, sin una nota de explicación, abandonándolo a su suerte en un apartamento vacío. Habían decidido que él era un estorbo demasiado costoso y complicado de mantener en sus vidas egoístas. Recordar el frío de aquella casa vacía hizo que apretara el trapo con más fuerza sobre la herida de Árnica, provocando un nuevo gemido ahogado. Había aprendido de la peor manera posible que confiar en los demás era una vía rápida hacia el abandono y la autodestrucción. Desde ese fatídico día, su soledad autoimpuesta se había convertido en su fortaleza más sagrada, y no iba a permitir que nadie derribara sus muros. Su voz sonó áspera y cargada de una sospecha cortante cuando volvió a hablar, rompiendo el tenso silencio del sótano. —¿Por qué te perseguía esa monstruosidad mecánica en el callejón? —exigió saber, fijando sus ojos oscuros en ella. —¿Y cómo es posible que mi firma de ADN estuviera registrada en sus sistemas de rastreo si nunca en mi maldita vida he salido de mi época? —inquirió con dureza. Árnica abrió los ojos lentamente, respirando con dificultad mientras el dolor agudo comenzaba a transformarse en un latido sordo. Miró el trapo ensangrentado que Gabriel sostenía y luego el rostro adusto y hostil del joven universitario. —Fui una de ellos —confesó finalmente, con un hilo de voz que denotaba una profunda fatiga. —Una agente de la Policía del Tiempo, asignada a la división de corrección histórica de la Ciudadela —reveló, observando su reacción. Gabriel se detuvo en seco, con las manos suspendidas sobre la rodilla de ella y las cejas juntas en un gesto de profunda desconfianza. —¿Policía del tiempo? —repitió, soltando una risa seca, carente de cualquier atisbo de humor. —¿Y se supone que debo creerme esa fantasía de ciencia ficción mientras casi nos matan en el Londres del siglo diecinueve? —escupió. —Somos una organización que opera desde el siglo veintiséis —explicó ella, ignorando su tono sarcástico mientras intentaba acomodarse contra la columna. —Nos entrenan desde niños para mantener la supuesta estabilidad del flujo cronológico, borrando anomalías que puedan poner en peligro el futuro —añadió. Ella hizo una pausa para tragar saliva, sintiendo la garganta seca por el polvo y la deshidratación de la huida. —Este brazalete que llevo no es un accesorio decorativo —dijo, señalando el dispositivo cromado que emitía un parpadeo azul tenue en su muñeca derecha. —Es un decodificador cuántico maestro, la única llave de acceso directo a los servidores de la Ciudadela —continuó. —Lo robé antes de desertar porque descubrí la verdad detrás de sus operaciones —concluyó, mirándolo con seriedad. Escuchar la palabra "verdad" hizo que Gabriel hiciera una mueca de desprecio, pero permaneció en silencio, permitiéndole continuar. Terminó de vendar la herida con un trozo de tela limpio que ató con un nudo firme y preciso. —Ellos no protegen la historia, Gabriel —reveló Árnica con una amargura que resonó en las paredes de ladrillo. —La moldean a su antojo —continuó ella, señalando el dispositivo de su muñeca. —La reescriben para asegurar el dominio absoluto de una oligarquía futurista que controla los recursos de todas las eras, borrando civilizaciones enteras si interfieren con sus planes —concluyó. Caminando de un lado a otro del sótano tras terminar su improvisado trabajo médico, Gabriel digirió la información con una mezcla de repugnancia y pragmatismo. La codicia humana y el abuso de poder no le sorprendían en absoluto; eran las mismas debilidades que veía todos los días en su propio tiempo. —No me importa tu cruzada moral contra tus antiguos jefes —escupió él, deteniéndose frente a una vieja prensa de imprenta cubierta de telarañas. —No soy un héroe, ni pretendo ser el salvador de la historia —añadió con desdén. —Solo quiero volver a mi vida aburrida, encerrarme en mi habitación y asegurarme de que nadie vuelva a molestarme jamás —sentenció. Deteniéndose a un metro de ella, la miró con una intensidad fría y calculadora que reflejaba su determinación inquebrantable de mantenerse al margen. —Hagamos un trato —propuso Gabriel, cruzándose de brazos mientras la observaba con fijeza. —Te ayudaré a mantener a salvo ese maldito juguete futurista de tus antiguos compañeros y a escapar de este siglo si es necesario —ofreció. —¿A cambio de qué exactamente? —preguntó ella, sosteniendo su mirada desafiante a pesar del cansancio físico. —A cambio de que uses ese brazalete para devolverme a mi época exacta, elimines cualquier rastro de mi ADN de sus malditas bases de datos y te asegures de que nuestras vidas nunca vuelvan a cruzarse —sentenció él. Árnica lo observó en silencio durante un largo momento, sopesando la desconfianza extrema del joven frente a la cruda realidad de su propia situación. Sabía que sin su fuerza física y su temperamento combativo, no sobreviviría ni un día más en este siglo con la implacable inspectora Kay pisándole los talones. —Trato hecho —respondió ella, asintiendo con la cabeza en señal de aceptación. --- Horas de angustiosa y tensa espera transcurrieron en el interior de la imprenta abandonada mientras la noche caía sobre la ciudad. La luz del día que se filtraba por las pequeñas rendijas de las ventanas del sótano se desvaneció por completo, dando paso a una penumbra densa. Gabriel permanecía apostado cerca de la escalera de caracol de hierro que conducía al callejón exterior. Sostenía con fuerza una pesada barra de metal que había encontrado entre los escombros de la imprenta, sintiendo el frío del hierro en sus palmas. Cada crujido de la madera vieja de la estructura superior o el susurro del viento victoriano en la calle lo hacían ponerse en guardia. No confiaba en la seguridad de este refugio, y la debilidad de Árnica solo aumentaba su paranoia de ser emboscados en cualquier momento. Mientras tanto, Árnica se concentraba en la pantalla holográfica que flotaba sobre su muñeca, tecleando códigos complejos. Las luces azules del holograma iluminaban su rostro pálido, revelando la gravedad de su situación. —No podemos quedarnos aquí mucho más tiempo —advirtió ella en un susurro, sin levantar la vista de los datos. —He logrado camuflar nuestra firma cronológica temporalmente, pero los rastreadores de Kay son demasiado avanzados para este decodificador —explicó. Ella suspiró con frustración cuando una serie de líneas rojas comenzaron a parpadear en el centro de la proyección holográfica. Repentinamente, una vibración sorda y profunda comenzó a sacudir los cimientos de piedra del viejo edificio, haciendo que las pesadas prensas de hierro vibraran. Polvo acumulado durante décadas comenzó a caer del techo en una fina lluvia grisácea, cubriendo los hombros del joven. Gabriel levantó la barra de metal, preparándose para lo peor con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. De pronto, el suelo bajo sus pies comienza a vibrar y una voz femenina, infinitamente seductora y amplificada por altavoces invisibles, resuena en las paredes: "Sé que estás ahí, mi querido recluta rebelde".

End of Chapter 4