Chapter 3 of 7
Capítulo 3: La Aguja del Rastreador
1.6k words
Humedad gélida se filtraba por las costuras de las zapatillas de Gabriel, calando sus pies descalzos y entumecidos en la noche londinense. La niebla de Whitechapel, una masa espesa y pestilente con un penetrante olor a carbón quemado y podredumbre, parecía cobrar vida propia a su alrededor, tragándose la escasa luz de las farolas. Tirando con fuerza del brazo de Árnica, se abrió paso a través de la penumbra, ignorando el dolor agudo que le recorría los músculos tras el violento salto temporal.
—¡Sigue moviéndote! —le gritó él, con la garganta seca por el esfuerzo y el pánico latente que se negaba a admitir ante sí mismo—. No dejes de correr si quieres seguir respirando en este maldito siglo.
Pasos pesados resonaban a lo lejos, un eco rítmico que no correspondía a un ser de carne y hueso que persiguiera a su presa. El oficial de policía que los había interceptado momentos antes no caminaba; marchaba con una precisión matemática que resultaba espeluznante en medio de la niebla. Gabriel recordaba el brillo inexpresivo de aquellos ojos de vidrio bajo el ala del sombrero de copa alta, una mirada carente de toda humanidad.
Jadeando de forma descontrolada, Árnica tropezó con un montón de escombros acumulados junto a un portal de madera carcomida. Gabriel la sostuvo por la cintura antes de que tocara el suelo mugriento, sintiendo el temblor que sacudía el cuerpo de la chica. Su desprecio habitual por la debilidad ajena, forjado a base de años de traiciones familiares y aislamiento voluntario, flaqueó ante la necesidad pura de supervivencia.
Rápidamente se adentraron en un pasadizo aún más estrecho, flanqueado por altos edificios de ladrillo oscuro que tapaban cualquier rastro de la escasa luz de la luna. Las ventanas cerradas y las puertas fuertemente atrancadas daban testimonio de una ciudad que se escondía de sus propios monstruos nocturnos. Gabriel sentía que sus pulmones iban a estallar debido al aire cargado de hollín, maldiciendo internamente la locura en la que se había convertido su existencia en cuestión de minutos.
---
—Nos está acorralando, Gabriel —advirtió ella con un susurro entrecortado, señalando con desesperación hacia el frente donde la niebla se espesaba—. Conozco este callejón por los mapas de archivo... no hay salida al otro extremo, es un callejón sin salida.
Frenando en seco frente a un imponente muro de piedra cubierto de moho y suciedad acumulada, Gabriel golpeó la superficie helada con impotencia. Sus nudillos se tiñeron de rojo al instante, pero el dolor físico no era nada comparado con la frustración que amenazaba con consumir su mente racional. Su vida tranquila en la universidad, sus tardes de absoluto silencio y su fortaleza antisocial se habían desmoronado por culpa de la extraña viajera que ahora jadeaba a su lado.
Lentamente, la figura del oficial victoriano apareció en la entrada del pasadizo, bloqueando la única vía de escape posible con su imponente presencia. Bajo la mortecina luz de una farola lejana, su rostro simulaba una serenidad espantosa, una máscara de cera que no mostraba el menor signo de cansancio. Sin embargo, su hombro derecho comenzó a vibrar con un siseo neumático, y la manga del uniforme se desgarró cuando su brazo se extendió de forma antinatural, revelando pistones de cobre y cables de fibra óptica.
—Sujeto de interés localizado en las coordenadas de la anomalía —anunció el autómata, con una voz que imitaba un acento londinense antes de distorsionarse en una secuencia de tonos metálicos—. Iniciando protocolo de detención y extracción de datos biológicos de inmediato.
Escuchar aquellas palabras mecánicas desató una tormenta de rabia en el interior de Gabriel, haciendo que apretara los dientes con fuerza. Toda la impotencia acumulada desde que despertara en este siglo de pesadilla se transformó en una adrenalina salvaje que inundó sus venas. No permitiría que una máquina lo arrastrara de vuelta a la fría mirada de Kay, esa comandante implacable que pretendía borrar su existencia.
Buscando desesperadamente cualquier objeto que pudiera servir como defensa en ese entorno hostil, sus ojos se fijaron en una vieja caldera de carbón abandonada en un rincón del callejón. De su base rota sobresalía una pesada tubería de plomo que canalizaba el vapor residual de los talleres cercanos. El metal siseaba con furia, brillando con un tono anaranjado debido al calor extremo acumulado en su interior.
Apretando los dientes con una determinación salvaje, Gabriel dio un paso al frente y aferró la tubería caliente con ambas manos desnudas. El dolor fue inmediato y devastador, un fuego líquido que pareció fundirse con sus propias palmas mientras la piel se ampollaba al instante. Lanzando un grito gutural de pura agonía y rabia, tiró de la barra de plomo con toda la fuerza de su torso, rompiendo los anclajes de hierro con un crujido ensordecedor.
Con el arma improvisada silbando en el aire y desprendiendo volutas de vapor hirviente, Gabriel se abalanzó sobre el autómata justo cuando este desplegaba tres largas agujas metálicas de sus dedos de acero. La energía azulada que parpadeaba en las puntas de los filamentos rozó el cuello de Gabriel, quemando algunos cabellos y llenando el aire con un olor acre a ozono.
Descargó la tubería de plomo con un movimiento descendente brutal, apuntando directamente a la cabeza de la criatura. El impacto produjo un sonido seco que resonó con fuerza entre los muros de ladrillo. La mitad de la máscara de piel sintética del oficial se desprendió, revelando una reluciente calavera de aleación de titanio con engranajes de latón que giraban furiosamente para recalibrar su equilibrio.
—¡Aléjate de nosotros, maldito engendro! —rugió Gabriel, descargando un segundo golpe lateral con una violencia destructiva que sorprendió incluso a Árnica.
Chispas doradas saltaron en todas direcciones cuando la barra de plomo impactó contra el cuello del robot, doblando las placas protectoras y dejando al descubierto un manojo de cables de alimentación luminosos. El autómata intentó aferrar el brazo de Gabriel con su mano libre, pero la adrenalina había agudizado los reflejos del estudiante, quien esquivó el agarre con un movimiento rápido.
Aprovechando la apertura, Gabriel guio la punta incandescente de la tubería directamente hacia el ojo artificial parpadeante de la máquina. El metal caliente penetró en el sensor óptico con un chirrido agudo, derritiendo los componentes de silicio y provocando una violenta descarga de energía estática que sacudió todo el chasis del robot. Un humo negro y denso comenzó a brotar de las comisuras de los labios del autómata mientras sus sistemas colapsaban internamente.
Finalmente, la luz azul de los ojos del autómata se desvaneció por completo, reemplazada por un humo grisáceo y un silencio sepulcral. El cuerpo mecánico se desplomó como un títere al que le hubieran cortado los hilos, quedando inerte sobre el barro del callejón.
Soltando la tubería improvisada, Gabriel cayó de rodillas, respirando con dificultad mientras el aire frío golpeaba su rostro sudoroso. Sus manos temblaban violentamente, cubiertas de ampollas y quemaduras severas, pero la descarga de adrenalina era tan intensa que apenas sentía el castigo físico. Una extraña y salvaje satisfacción lo invadió al darse cuenta de que seguía con vida, desafiando el destino impuesto.
Gabriel se puso de pie con dificultad, usando la punta de su zapato para apartar los restos de ropa victoriana que ocultaban el pecho de la máquina. Debajo de la tosca lana del uniforme yacía una placa de circuito impreso de una complejidad inconcebible para la época, con luces LED que se apagaban de forma intermitente. Aquella visión rompió la última barrera de negación que mantenía en su mente.
Nunca podría volver a su pequeña habitación de estudiante, ni pretender que el mundo exterior no le afectaba. La traición del destino lo había arrastrado a un juego mortal donde las reglas cambiaban con cada siglo. Sintiéndose traicionado una vez más por las circunstancias, miró a Árnica con desprecio, culpándola de su desgracia.
—Esto es culpa tuya —dijo él, con una voz baja y peligrosa que hizo que la chica diera un paso atrás—. Me arrastraste a este maldito siglo diecinueve asegurando que la niebla ocultaría nuestro rastro. ¿Cómo demonios nos encontró esta cosa en menos de una hora?
Árnica guardó silencio, arrodillándose junto a los restos humeantes de la máquina. Con dedos temblorosos, comenzó a manipular una pequeña consola de control que sobresalía del pecho destrozado del autómata. El brillo de la pantalla holográfica iluminó su rostro cansado, revelando una expresión de pura incredulidad.
—No tiene sentido —susurró ella, mientras sus dedos se movían rápidamente sobre la interfaz táctil—. El salto temporal que realizamos fue caótico por diseño. No deberían haber podido triangular nuestra posición geográfica tan rápido a menos que tuviéramos un localizador activo encima.
—Yo no llevo nada de tu maldita tecnología del futuro —escupió Gabriel, pasando saliva con dificultad y gimiendo levemente cuando el dolor de las quemaduras empezó a abrirse paso a través de la adrenalina.
Ignorando sus quejas, Árnica continuó analizando los registros de búsqueda del autómata. La pantalla holográfica comenzó a mostrar secuencias de datos biológicos complejos, cadenas de aminoácidos y un mapa genético que parpadeaba con una luz roja de advertencia.
Poco a poco, la expresión de la chica se transformó en una máscara de absoluto horror. Sus manos se detuvieron sobre el dispositivo, y la respiración se le cortó en la garganta mientras leía los datos arrojados por el núcleo de memoria del robot.
Miró a Gabriel con una fijeza espantosa, como si estuviera contemplando el fin del universo mismo en sus ojos. El silencio que se instaló entre ellos fue más denso y opresivo que toda la niebla que rodeaba Whitechapel.
Árnica, con los ojos inyectados en sangre, le susurra que si el autómata los localizó tan rápido es porque el propio ADN de Gabriel ahora emite una firma cronológica.