Chapter 2 of 7
Cenizas sobre el Siglo Diecinueve
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Arcadas violentas sacudieron el pecho de Gabriel antes de que lograra abrir los ojos, obligándolo a doblarse sobre sí mismo en un espasmo incontrolable.
Fango helado y viscoso se filtró entre sus dedos cuando intentó apoyarse en el suelo inestable de aquel callejón desconocido.
Sabía a metal oxidado, a carbón quemado y a una bilis ácida que le quemó la garganta de inmediato.
Tosió con fuerza, sintiendo que su cerebro flotaba en un charco de nitrógeno líquido mientras el mundo daba vueltas a su alrededor.
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Oscuridad y niebla lo rodeaban por completo, espesas como una sopa de cenizas que dificultaba cada bocanada de aire.
Árnica yacía a pocos centímetros de él, encogida sobre el suelo húmedo, gimiendo de dolor con una mano presionando su costado herido.
Gabriel intentó ponerse de pie, pero sus rodillas fallaron de inmediato, enviándolo de bruces contra la inmundicia una vez más.
¿Qué demonios nos has hecho?, balbuceó, limpiándose la boca con el dorso de la mano temblorosa, sintiendo una mezcla de náuseas y pánico absoluto.
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Risas distantes y el golpeteo rítmico de cascos sobre piedra resonaron en la lejanía, amortiguados por la humedad del aire.
Gabriel clavó sus ojos en la muchacha, sintiendo cómo una furia ardiente comenzaba a reemplazar el frío entumecimiento de sus extremidades.
Su mandíbula se apretó tanto que los dientes le crujieron, mientras la vena de su sien latía con una fuerza descontrolada que amenazaba con estallar.
Me has arrastrado contigo, siseó, arrastrándose hacia ella hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros en la penumbra.
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Árnica abrió los ojos con dificultad, revelando unas pupilas dilatadas por el dolor físico y el terror residual de la huida.
Tenía que... salvarnos, susurró ella, con la voz entrecortada por un espasmo muscular que la hizo encogerse aún más sobre el barro.
Salvarnos, repitió Gabriel, su voz cayendo a un tono peligrosamente bajo, cargado de un veneno acumulado durante años de desconfianza.
No me vengas con esa basura hipócrita. Me usaste como un maldito escudo contra esos soldados de plata en mi propio apartamento.
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Manos temblorosas aferraron los hombros de la joven, sacudiéndola sin ningún miramiento ni delicadeza.
Gabriel no quería explicaciones científicas ni excusas heroicas; solo deseaba recuperar su vida aburrida, sus paredes grises y su bendito aislamiento.
Nadie jugaba con él de esa manera; ya había permitido que otros controlaran su destino en el pasado, y el precio de su confianza había sido el abandono más absoluto.
Mírame cuando te hablo, ordenó, sus dedos hundiéndose con fuerza en la tela rasgada y tecnológica del traje de Árnica.
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Escúchame, Gabriel, logró decir ella, forzando una débil sonrisa de disculpa que solo sirvió para avivar las llamas de su resentimiento.
Flujo temporal... es real. Si nos quedábamos en tu época, la Policía del Tiempo nos habría desintegrado sin dudarlo ni un segundo.
¡No me importa tu maldita locura de ciencia ficción!, rugió él, levantándose por fin con un esfuerzo supremo que hizo que su cabeza diera vueltas.
Quiero volver a mi hogar. Ahora mismo. Devuélveme a mi apartamento y soluciónalo tú sola.
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Silencio fue la única respuesta de Árnica, quien simplemente desvió la mirada hacia el suelo fangoso, incapaz de sostenerle el brillo de odio en los ojos.
Gabriel retrocedió un paso, sintiendo que el pánico real comenzaba a filtrarse por las grietas de su ira descontrolada.
Miró a su alrededor con desesperación, buscando algún rastro de la modernidad a la que aferrarse, pero solo encontró paredes de ladrillo oscuro cubiertas de hollín.
Huele a carbón quemado, a estiércol de caballo y a un penetrante hedor a hierro y fluidos orgánicos que flotaba en el aire estancado del callejón.
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Caminó hacia la salida del callejón, tambaleándose como un borracho que intenta mantenerse en pie tras una noche de excesos.
Asomando la cabeza tras la esquina de ladrillo gastado, sus ojos se abrieron con un horror frío ante el espectáculo que se desplegaba ante él.
Adoquines mojados reflejaban la pálida e intermitente luz de unas farolas de gas que luchaban inútilmente contra la densa niebla grisácea de la noche.
Gente vestida con pesados abrigos de lana, sombreros de copa y faldas largas caminaba aprisa, ignorando la inmundicia que salpicaba sus botas de cuero gastado.
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Un carruaje tirado por dos caballos negros pasó a toda velocidad, levantando una salpicadura de agua sucia que obligó a Gabriel a retroceder de golpe.
Su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza ensordecedora, resonando en sus oídos como un tambor de guerra.
Aquello no era un decorado de cine ni una broma de mal gusto; el frío calaba sus huesos de una forma demasiado real, y la suciedad bajo sus uñas era auténtica.
Esto no es real, murmuró para sí mismo, apretándose las sienes con las manos húmedas de barro en un intento inútil de despertar de la pesadilla.
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Árnica se arrastró lentamente hasta la pared del callejón, apoyando la espalda contra el ladrillo frío con un quejido ahogado de pura agonía.
Londres, siseó ella, intentando regular su respiración mientras sostenía su costado ensangrentado.
Mil ochocientos ochenta y ocho. Autumn of Terror... el otoño del terror.
Estás de broma, dijo Gabriel, dándose la vuelta para encararla con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre por la rabia.
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Ojalá lo fuera, replicó ella, señalando el pequeño dispositivo circular que llevaba sujeto a la muñeca, ahora apagado y con una grieta que cruzaba su pantalla.
Salto de emergencia nos trajo aquí de forma aleatoria, sin coordenadas fijas. Mi translocador está gravemente dañado por el disparo del cazador.
Gabriel sintió un frío glacial recorrer su columna vertebral, un frío que nada tenía que ver con el clima hostil de la ciudad victoriana.
Su peor pesadilla se había materializado: estaba atrapado, indefenso, y dependía enteramente de una desconocida que ya lo había arrastrado al abismo.
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Me has vendido, acusó Gabriel, su voz temblando por una mezcla de rabia impotente y terror contenido.
Me usaste para desviar la atención de esos tipos en mi apartamento y ahora me dejas tirado en el siglo diecinueve sin billete de vuelta.
No es así, protestó Árnica, intentando ponerse en pie, aunque un nuevo espasmo de dolor la obligó a doblarse a la mitad sobre sus rodillas.
Si quisiera usarte, te habría dejado atrás cuando abrí el vórtice de escape. Estás vivo gracias a mí, desagradecido.
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¡Preferiría estar muerto en mi propia cama que atrapado en este vertedero histórico por tu culpa!, gritó él, pateando un cubo de madera podrida.
Su respiración era errática, sus puños seguían cerrados con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en sus palmas, haciéndolas sangrar ligeramente.
Siempre era lo mismo: las personas prometían o actuaban en nombre de una supuesta salvación, arrastrando a los demás a su propia miseria egoísta.
Recordó el día en que su familia lo dejó atrás en aquella casa vacía, prometiéndole que regresarían una vez que las deudas se hubieran solucionado.
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Aquella mentira tardó años en asimilarla, moldeando su carácter irritable y su desprecio absoluto por cualquier tipo de conexión humana.
Voy a buscar una salida de este lugar, declaró Gabriel, dándole la espalda a la joven herida sin un ápice de compasión.
No me importa cómo, pero encontraré la forma de regresar a mi tiempo, y tú te quedarás aquí pudriéndote en tu propia mentira.
No sobrevivirás ni una hora solo, Gabriel, advirtió ella, con la voz apagada pero cargada de una extraña y desesperante firmeza.
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Esta época es peligrosa, y la Policía del Tiempo no tardará en rastrear nuestra firma energética sobrante del salto.
Pruébame, desafió él, dando un paso decidido hacia la salida del callejón, dispuesto a ignorar el dolor que le atenazaba el estómago.
Sin embargo, un repentino grito agudo que resonó a pocas calles de distancia lo detuvo en seco, helándole la sangre en las venas.
Era un grito de puro terror, cortado abruptamente por un sonido húmedo y sordo que hizo que a Gabriel se le erizara el vello de los brazos.
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Hedor a sangre fresca llegó en oleadas densas, arrastrado por la brisa helada que soplaba desde el río Támesis.
Gabriel contuvo el aliento, retrocediendo instintivamente un par de pasos hacia la penumbra protectora del callejón de ladrillos negros.
Árnica lo miró con una mezcla de lástima y advertencia silenciosa, sus ojos brillando débilmente en la penumbra de la noche londinense.
Te lo dije, murmuró ella, apenas en un susurro audible que parecía flotar entre la niebla.
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Whitechapel. Estamos en el peor lugar posible en el peor momento posible de la historia humana.
Cállate, susurró Gabriel, con el corazón desbocado latiendo con violencia en su garganta, impidiéndole pensar con claridad.
Pasos pesados comenzaron a resonar cerca de la entrada de su refugio improvisado, rompiendo la tregua de silencio de la callejuela.
Alguien caminaba con parsimonia, sin prisa, como si fuera el dueño absoluto de la niebla y de las sombras que se cernían sobre la ciudad.
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Gabriel se pegó contra la pared húmeda, conteniendo la respiración mientras intentaba fundirse con la oscuridad del callejón.
Su mente trabajaba a mil revoluciones por minuto, maldiciendo su suerte, a Árnica, y a su propia incapacidad para ignorar el peligro.
Debió dejar que los soldados de plata la despedazaran en su sala de estar sin mover un solo dedo para ayudarla.
Debió cerrar la puerta de su mente a cualquier atisbo de empatía, ese estúpido error que siempre terminaba costándole la paz mental.
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Lamentarse ahora no serviría de nada; el presente demandaba acción inmediata si quería conservar la cabeza sobre los hombros en esta época bárbara.
Árnica intentó arrastrarse hacia un rincón más oscuro, pero sus fuerzas la traicionaron y dejó escapar un gemido ahogado de dolor que rompió el silencio.
Gabriel la miró con rabia contenida, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron completamente blancos bajo la suciedad del barro.
Pasos en el exterior del callejón se detuvieron bruscamente, confirmando que el ruido no había pasado desapercibido para el misterioso caminante.
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Silencio absoluto reinó durante unos segundos que parecieron eternidades para los dos fugitivos temporales atrapados en la ratonera.
Gabriel sintió una gota de sudor frío resbalar por su sien, a pesar de la temperatura bajo cero que reinaba en el ambiente exterior.
Un crujido de pisadas sobre el fango anunció que el intruso había decidido investigar el callejón, adentrándose en el territorio sombrío.
Una silueta alta y esbelta se recortó contra la pálida luz de la farola de gas al final de la estrecha y lúgubre callejuela.
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Un hombre con un abrigo de tweed detiene su marcha frente a ellos, mostrando una placa de bronce con un engranaje giratorio que late con una luz roja digital.