Chapter 2 of 3
Capítulo 2: La Sonrisa de Fachada
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Sudor agrio bajaba por mi frente, mezclándose con el polvo de ladrillo que flotaba en el aire caliente de Petare. Mis dedos se aferraron al borde de una cornisa agrietada, sintiendo el concreto desmoronarse bajo mis uñas. Abajo, el laberinto de láminas de zinc y callejones estrechos resonaba con un coro de gruñidos inhumanos.
"¡Por aquí, rápido!" exclamé, forzando una sonrisa brillante mientras me impulsaba hacia arriba con la fuerza de mis pantorrillas. Mi cuerpo flotó por un segundo en el vacío antes de aterrizar suavemente en el tejado de zinc del siguiente rancho. El metal crujió ruidosamente bajo mis zapatillas gastadas, pero no me detuve a comprobar si resistiría.
Detrás de mí, cinco rostros pálidos y exhaustos me miraban con terror puro desde la cornisa anterior. Eran apenas unos niños, compañeros de escuela que habíamos arrastrado en nuestra huida de las aulas ensangrentadas del liceo. Sus respiraciones agitadas cortaban el aire pesado de la tarde caraqueña, cargada de humo y desesperación.
Reinhard vigilaba la retaguardia con la mandíbula apretada y los ojos fijos en las sombras de los callejones inferiores. Su mano derecha sostenía un tubo de metal afilado, manchado de sangre reseca que ya había tomado un tono oscuro. No había rastro de duda en sus movimientos, solo una fría y calculadora determinación que me ponía los pelos de punta.
Garras grises y putrefactas surgieron de repente a través de una ventana rota justo debajo de nosotros, rompiendo los últimos trozos de vidrio. Sofia, una chica de quince años que iba en medio del grupo, ahogó un grito y se tambaleó hacia atrás, perdiendo el agarre. El aire se llenó del olor pestilente a carne descompuesta y azufre que emanaba de esas bocas hambrientas.
Salté sin pensarlo dos veces, regresando al borde y agarrando su muñeca antes de que perdiera el equilibrio por completo. Con un tirón firme que hizo crujir mis hombros, la impulsé hacia adelante mientras le guiñaba un ojo con desparpajo. "Tranquila, Sofi, solo querían saludarte, pero hoy no tenemos tiempo para autógrafos", bromeé, ignorando el temblor salvaje de mi propio pulso.
"No te distraigas, Gabriela," siseó Reinhard, empujando a los demás para que siguieran avanzando por el estrecho sendero de concreto que conectaba las viviendas. "Esa porquería casi le arranca el pie izquierdo. Deja de jugar de una vez."
Ignoré su tono gélido, manteniendo la sonrisa soldada a mi rostro como una máscara protectora contra el abismo. Si dejaba de sonreír, el pánico me devoraría viva, y no podía permitir que los demás se dieran cuenta de la grieta en mi supuesta fortaleza. Teníamos que seguir moviéndonos, saltando de techo en techo, desafiando la gravedad en este laberinto vertical donde el menor error significaba el final.
Avanzamos a lo largo de una tubería de agua oxidada que conectaba dos bloques de viviendas de autoconstrucción. El equilibrio era precario, y el vacío a ambos lados prometía una muerte rápida bajo los dientes de la horda hambrienta que pululaba abajo. Cada paso requería una precisión absoluta, un control milimétrico de cada articulación y de cada respiración.
Una brisa de la tarde soplaba con fuerza, trayendo consigo el eco de disparos lejanos y gritos desesperados que se apagaban rápidamente en la inmensidad del cerro. La ciudad que una vez conocimos se estaba desmoronando a nuestro alrededor, convertida en un nido de monstruos sedientos de sangre. Pero yo me negaba a aceptar que este fuera nuestro destino definitivo.
"Miren el horizonte, chicos", les dije en un susurro animado, señalando las colinas lejanas iluminadas por los últimos rayos del sol moribundo. "Casi podemos ver la salida desde aquí arriba. Un par de saltos más y estaremos a salvo en la zona de evacuación militar."
Sabía perfectamente que estaba mintiendo. La supuesta zona de evacuación era solo un rumor infundado, una leyenda urbana que los supervivientes repetían para no volverse locos en medio de la carnicería. Pero la esperanza, incluso una esperanza falsa y vacía, era el único combustible que nos quedaba para seguir moviendo las piernas cansadas.
Reinhard me lanzó una mirada de absoluto desprecio desde atrás, sin detener su marcha de cazador. Él no creía en milagros, ni en zonas de evacuación, ni en promesas de salvación gubernamental. Para él, cada palabra optimista que salía de mi boca era veneno que debilitaba la concentración del grupo.
Mateo, un chico delgado cuyos ojos saltones reflejaban un pánico incontrolable, temblaba visiblemente mientras cruzaba la tubería. Sus manos sudorosas resbalaban sobre el metal caliente por el sol de la tarde. Intentó imitar mi salto hacia la siguiente plataforma de concreto, pero la fatiga acumulada le jugó una mala pasada en el peor momento.
Crujidos secos y horribles resonaron en el aire cuando su pie izquierdo cayó en falso sobre el borde desmoronado del tejado vecino. Mateo emitió un chillido agudo de dolor puro antes de desplomarse pesadamente sobre las láminas de zinc caliente. Su cuerpo rodó un par de metros hacia el vacío hasta que Carlos lo sujetó desesperadamente de la camiseta.
"¡Silencio!" ordenó Reinhard, arrodillándose de inmediato y oteando el callejón inferior con el tubo de metal en alto. Los gruñidos hambrientos comenzaron a multiplicarse abajo en respuesta al grito del muchacho. "Nos van a caer encima en cualquier momento si siguen haciendo tanto ruido."
Me deslicé rápidamente al lado de Mateo, arrodillándome sobre el metal ardiente que quemaba mis rodillas desnudas. Su tobillo ya comenzaba a hincharse de forma alarmante, adoptando un color violáceo oscuro bajo la piel sucia. El chico sollozaba descontroladamente, apretando los dientes hasta casi romperlos para no volver a gritar de dolor.
"No es nada, Mateo, de verdad," dije con una risita suave, palmeando su hombro con una energía que pretendía ser contagiosa. "Es solo un pequeño esguince de nada, un tropiezo tonto. En cinco minutos estarás saltando como si fueras un gimnasta olímpico, ya lo verás."
"¡Me duele demasiado, Gabriela! ¡No puedo moverlo, me van a comer vivo!" gimió el chico, con lágrimas limpiando canales de suciedad en sus mejillas cubiertas de hollín. Su respiración se volvió tan rápida y superficial que temí que se desmayara allí mismo por la hiperventilación.
Sin dudarlo, me quité la camiseta sucia que llevaba sobre mi camiseta de tirantes y comencé a rasgarla con los dientes. Envolví su tobillo con fuerza extrema, ignorando los espasmos de dolor que sacudían todo su cuerpo y sus intentos de apartarme. Ajusté el nudo con firmeza, fingiendo ante todos que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Reinhard me observaba desde arriba con los brazos cruzados, con una expresión de puro desdén grabada en su rostro pálido y manchado de hollín. Sus ojos grises eran dos témpanos de hielo que amenazaban con derretir mi frágil fachada de optimismo obstinado. Sabía perfectamente lo que estaba pensando, pero me negaba en rotundo a escuchar su lógica destructiva.
"No va a poder saltar el próximo callejón," declaró Reinhard con una frialdad que helaba la sangre, sin molestarse en bajar la voz para proteger los sentimientos del herido. "Su tobillo está destrozado, Gabriela. No puede ni mantener el equilibrio sobre su propio peso."
"¡Claro que podrá!" repliqué, levantándome de un salto y plantándome frente a él con los puños cerrados y el mentón en alto. "Solo necesita un poco de apoyo de nuestra parte. Nosotros lo ayudaremos a cruzar. No vamos a dejar a nadie atrás, Reinhard. Ni a Mateo, ni a nadie de este grupo."
"Tu maldito optimismo ciego nos va a arrastrar a todos a la tumba," siseó él, dándome un empujón leve pero firme en el pecho para hacerme retroceder y obligarme a mirar la realidad. "Míralo bien. Está aterrorizado, gravemente herido y no puede correr. Si intentamos cargarlo en el próximo salto, caeremos los tres al vacío."
"Esta realidad no se cura con sonrisas falsas ni promesas vacías," continuó, señalando con su tubo de metal hacia las calles de abajo, donde decenas de siluetas deformes comenzaban a trepar por las rejas oxidadas. "Recuerda lo que pasó con Marcos. Le dijiste que estaría bien hasta que su herida se infectó y tuvimos que acabar con él. Acepta las cosas como son o serás la causante de que estos chicos terminen devorados."
Sentí una punzada de rabia mezclada con una profunda tristeza que me oprimió el pecho, casi impidiéndome respirar. Quería gritarle, quería golpearlo por ser tan malditamente pragmático y desalmado en un momento donde necesitábamos fe. Pero una parte de mí, esa parte oscura que mantenía encerrada bajo llave, sabía que sus palabras contenían una verdad dolorosa.
"No lo escuches, Mateo," dije, volviéndome hacia el chico herido con una sonrisa aún más amplia, aunque sentía que los músculos de mi cara iban a colapsar por el esfuerzo. "Reinhard siempre es un gruñón que ve el vaso medio vacío. Vamos a salir de esta, todos juntos. Te lo prometo por mi vida."
Cinco rostros adolescentes nos miraban en un silencio sepulcral, debatiéndose entre la fría lógica de Reinhard y mi contagiosa pero desesperada ilusión de supervivencia. Podía ver el miedo paralizante en sus ojos, la duda existencial que amenazaba con congelar sus movimientos en el peor momento posible.
"Ayúdenme a levantarlo," ordené a Carlos y Luis, quienes dudaron un segundo antes de acercarse lentamente a Mateo. Lo tomaron con cuidado por los hombros y lo ayudaron a ponerse de pie sobre su pierna sana. Mateo ahogó un gemido de dolor indescriptible, apoyándose pesadamente en el hombro de sus compañeros.
Poco a poco, avanzamos por el borde inestable del tejado, bordeando una antena de televisión caída y un montón de escombros de concreto que amenazaban con resbalar. El calor de la tarde no daba tregua, y el olor a humo de neumáticos quemados se mezclaba con el hedor insoportable de la muerte que ascendía desde las profundidades del barrio.
Llegamos al borde de la azotea, donde el camino parecía terminar abruptamente frente al vacío. El espacio entre este edificio y el siguiente era de casi tres metros de ancho, una distancia que para cualquiera de nosotros en condiciones normales sería un juego de niños, pero para Mateo era un abismo insalvable.
"Yo saltaré primero y lo recibiré con los brazos abiertos," propuse, tratando de mantener la voz firme y entusiasta a pesar del vacío que se abría ante mis pies. "Carlos y Luis lo impulsarán desde este lado con fuerza. Será fácil, un juego de niños. Un, dos, tres y arriba."
Reinhard solo emitió un bufido de desprecio y se colocó a un lado, vigilando las escaleras de acceso a la azotea por donde los ruidos de pasos apresurados y garras arrastrándose se hacían cada vez más audaces y cercanos. Su silencio era más pesado que cualquier recriminación verbal que pudiera lanzar en ese instante.
Temblando, Mateo dio un paso cojeando hacia el borde del precipicio, pero de repente se congeló por completo, con la mirada clavada en el vacío. Toda la poca sangre que quedaba en su rostro pareció drenarse instantáneamente, dejándolo con un tono grisáceo casi idéntico al de los monstruos que nos perseguían sin descanso.
Sus ojos saltones se abrieron con una mezcla de horror absoluto y desconcierto místico que me heló la sangre en las venas. Su mano temblorosa se alzó lentamente, apuntando hacia el tejado contiguo, justo al lugar donde yo planeaba aterrizar para recibirlo.
Mateo retrocede un paso horrorizado al señalar el tejado contiguo, donde una figura familiar que viste el uniforme escolar de su hermana menor aguarda con la mandíbula completamente desencajada.