Chapter 1 of 3

Capítulo 1: Salto al Vacío en Petare

2.7k words

Calor húmedo golpeaba el rostro de Gabriela como una bofetada de vapor mientras corría por el laberinto de Petare. Sudor frío bajaba por su nuca, empapando el cuello de su camiseta desgastada. Sus pulmones ardían con cada bocanada de aire contaminado por el humo de la basura quemada y la pólvora. Distante, el eco distorsionado de una salsa brava flotaba sobre los techos de ladrillo y zinc. "Llorarás y llorarás...", cantaba Héctor Lavoe desde algún radio que alguien había dejado encendido antes de huir. Era una banda sonora macabra para el fin del mundo, un contraste absurdo con los gritos desesperados que subían desde los callejones inferiores. Saltó sobre un montón de bloques de cemento apilados sin orden. Sus zapatillas desgastadas apenas encontraron tracción en la superficie polvorienta. Ella giró el cuerpo en el aire para esquivar una maraña de cables de alta tensión que colgaban como lianas muertas entre los postes de luz. Abajo, la vereda El Carmen bullía con una actividad frenética y aterradora. Gente corría sin rumbo, tropezando con los escombros y chocando contra las fachadas de colores chillones de las casas coloniales. Nadie se detenía a ayudar a los caídos; el pánico había borrado cualquier rastro de decencia humana en cuestión de minutos. —¡No te quedes atrás, Gaby! —gritó Reinhard, su voz áspera resonando justo detrás de ella. Él mantenía un ritmo constante, sus pisadas pesadas pero seguras sobre el concreto agrietado. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas tensas bajo la piel bronceada. Trató de responder, pero ella solo logró emitir un jadeo seco. Su corazón latía desbocado, golpeando sus costillas con una fuerza que le causaba un dolor sordo en el pecho. Mantuvo los ojos fijos en la barandilla oxidada que se alzaba unos metros más adelante, marcando el límite de la vereda. De repente, una figura conocida emergió de la penumbra de un callejón lateral. Gabriela reconoció al señor Rosales, el panadero del sector, cuyo local siempre olía a pan dulce recién horneado. Su andar era errático, espasmódico, como si sus extremidades no respondieran del todo a las órdenes de su cerebro. Ojos inyectados en sangre la fijaron con una intensidad salvaje que le heló la sangre en las venas. Su boca estaba abierta, revelando dientes manchados de un fluido espeso y negruzco que goteaba sobre su barbilla. Ya no quedaba nada del hombre amable que solía regalarme dulces cuando me faltaban unos pocos bolívares. Gruñó, un sonido gutural que parecía brotar desde lo más profundo de sus entrañas podridas. Se abalanzó hacia ella con una velocidad espantosa, sus manos crispadas extendidas para atraparla por el cuello. Pánico puro amenó con congelar sus músculos, pero su cuerpo reaccionó de forma automática, recurriendo a años de saltos y piruetas. Apoyó ambas manos sobre la barandilla de metal oxidado de la vereda El Carmen, sintiendo el óxido áspero raspar sus palmas. Impulsó su cuerpo hacia arriba, doblando las rodillas para ganar la altura necesaria. Realizó un mortal hacia atrás perfecto, su cuerpo dibujando un arco limpio en el aire cargado de humo. Girando en el aire, el mundo se puso del revés mientras la salsa brava seguía sonando a lo lejos de fondo. Ella cayó con suavidad al otro lado del obstáculo, flexionando las rodillas para absorber el impacto sin hacer ruido. Su corazón martilleaba su pecho como si quisiera escapar de su caja torácica. Un chillido agudo de dolor rompió el aire a pocos metros de donde se encontraba. Se giró rápidamente, incapaz de contener la curiosidad morbosa que la empujaba a mirar. Rosales se había lanzado sobre un perro callejero, un mestizo flaco que solía rondar las escaleras en busca de comida. Dientes afilados se clavaron en el cuello del animal, desgarrando la piel y la carne con una facilidad espeluznante. Sangre brillante salpicó la acera gris mientras el perro dejaba de moverse, sus ojos apagándose bajo la mirada vacía del infectado. Ella sintió una risa histérica ascender por su garganta, un sonido seco que logró ahogar apretando los dientes con fuerza. Forzó sus labios a estirarse en una sonrisa rígida, una máscara de optimismo absurdo frente al horror absoluto. "Es solo una histeria colectiva", se repitió mentalmente, forzándose a creer la mentira para no perder la cabeza. "Seguro es una toxina temporal en el agua, pronto vendrá el ejército con la cura y todo volverá a ser como antes". Aferrarse a esa fantasía era la única forma de evitar que sus piernas se rindieran bajo su propio peso. No podía aceptar que el señor Rosales, que su barrio, que toda su vida se hubiera convertido en esta pesadilla sangrienta. Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer, parpadeando rápidamente para limpiar su visión. Un agarre de hierro se cerró alrededor de su bíceps con una fuerza dolorosa. Reinhard la sacudió con brusquedad, obligándola a apartar la mirada del cuerpo destrozado del perro. Su rostro estaba tenso, sus ojos oscuros fijos en los de ella con una mezcla de ira y desesperación contenida. —¡Deja de mirar eso, Gabriela! —siseó con una voz baja y peligrosa que cortó el aire como un cuchillo. —¡Ese hombre ya está muerto! ¡Si te quedas ahí sonriendo como una idiota, vas a terminar igual de muerta que ese perro! Sus palabras golpearon su pecho con la fuerza de un golpe físico, pero ella mantuvo su sonrisa congelada en el rostro. —Todo va a estar bien, Reinhard —respondió ella, su voz temblando ligeramente a pesar de su intento de sonar confiada. —Solo tenemos que resistir un poco más, seguro que la ayuda ya viene en camino. Él soltó un bufido de desprecio y la arrastró hacia la base de una pared de ladrillos sin frisar. —La única ayuda que tenemos somos nosotros mismos y nuestras piernas —sentenció él, señalando el tejado de zinc que se extendía sobre ellos. —Sube ahora mismo. No voy a dejar que te mueras por culpa de tus malditas fantasías. Ella asintió rígidamente, tragándose el nudo que amenazaba con asfixiarla, y comenzó a escalar la tubería de desagüe que subía por el lateral de la vivienda. Aquel plástico gris de la tubería estaba caliente bajo sus manos, agrietado por años de exposición al sol tropical. Apoyó el pie en una saliente de la pared de ladrillos, impulsándose hacia arriba con la agilidad que solo el parkour le había dado. Cada músculo de su cuerpo protestaba por el esfuerzo acumulado, pero la adrenalina amortiguaba el dolor físico. Llegó al borde del tejado de zinc y se impulsó hacia la superficie metálica con un movimiento fluido. Metal crujió bajo su peso, un sonido agudo que pareció multiplicarse en el silencio tenso que ahora se apoderaba del sector. Ella se agachó de inmediato, distribuyendo su peso para no dañar las láminas corrugadas que apenas se sostenían sobre vigas de madera vieja. Reinhard subió justo detrás de ella, moviéndose con una eficiencia letal que dejaba claro su pasado de disciplina estricta. Sus ojos escudriñaron el horizonte de Petare, un mar infinito de techos de zinc y paredes de colores que se amontonaban por las colinas. Humo negro ascendía de varios puntos del barrio, columnas oscuras que ensuciaban el cielo del atardecer. --- Refugiados detrás de un enorme tanque de agua azul, ambos se detuvieron un instante para recuperar el aliento. Gabriela apoyó la espalda contra el plástico templado, sintiendo las vibraciones de la ciudad herida retumbar en su columna. Reinhard vigilaba el borde del tejado con el tubo de metal sostenido con firmeza entre sus dedos, sus nudillos completamente blancos. —¿Crees que Sofía y los demás hayan llegado al punto de control en la cancha? —preguntó Gabriela, limpiando el sudor de su frente con el dorso de la mano. —Tenían la ruta del sector norte, que es mucho más despejada que esta. Seguro ya están allá tomando agua y esperándonos. Su sonrisa regresó, esta vez más pequeña pero igual de forzada, brillando débilmente bajo la luz moribunda del sol. Reinhard no la miró, manteniendo sus ojos fijos en la calle de abajo. —Sofía se quedó atrás en la pasarela, Gabriela —dijo él, su voz fría e implacable como una sentencia. —La horda los acorraló antes de que pudieran subir al segundo nivel. Lo viste igual que yo, no trates de inventar otra realidad. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven, pero ella sacudió la cabeza con rapidez, negándose a aceptar el peso de esas palabras. —No, ella es demasiado rápida para que la atraparan, seguro saltó hacia el callejón de los talleres —replicó con vehemencia. —Seguro está bien, Reinhard. No puedes ser tan pesimista todo el tiempo, alguien tiene que mantener la fe en este grupo. Él se giró lentamente, su rostro ensombrecido por la rabia contenida y el cansancio acumulado de horas de huida. —No es pesimismo, es la maldita realidad de lo que está pasando allá abajo —siseó, señalando con el dedo hacia el abismo. —Si sigues cerrando los ojos ante la muerte de nuestros amigos, vas a cometer un error que nos matará a todos. Necesito que despiertes de una vez. Gabriela apartó la mirada, incapaz de soportar la dureza de sus ojos oscuros. Miró sus propias manos, que aún temblaban levemente por el esfuerzo y el miedo contenido. "Están vivos", se repitió a sí misma en el santuario de su mente, construyendo un muro infranqueable contra la dolorosa verdad. "Todos van a estar bien cuando encontremos la cura en el centro de salud, solo tenemos que seguir corriendo". Un estrépito metálico en el tejado vecino los puso en alerta de inmediato. Reinhard hizo una seña con la mano para que se agachara, ocultándose detrás del contorno protector del tanque de agua. Ambos contuvieron la respiración, escuchando con atención el sonido de garras arrastrándose sobre el zinc caliente. Una de esas cosas había logrado trepar por una reja de seguridad y ahora deambulaba por el techo de la casa contigua. Tenía la ropa desgarrada y la piel de un tono grisáceo y enfermizo, cubierta de costras de sangre seca. Se movía con sacudidas bruscas, olfateando el aire húmedo como un sabueso sediento de sangre. Gabriela observó al infectado a través de una rendija del tanque, sintiendo que la garganta se le secaba por completo. Reconoció las sandalias de plataforma amarillas que llevaba la criatura; pertenecían a la señora Carmen, la costurera que vivía frente a su casa. "Es solo una fiebre fuerte", pensó, apretando los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. "Una dosis de antibióticos fuertes y volverá a coser mis vestidos para las fiestas del barrio". Reinhard la observó de reojo, notando la rigidez de su cuerpo y la forma en que sus ojos se dilataban por el horror contenido. Apretó su agarre sobre el tubo de metal, preparándose para atacar si la criatura decidía saltar hacia su posición. Afortunadamente, el infectado pareció perder el rastro, emitiendo un gruñido frustrado antes de dejarse caer hacia el callejón inferior. Silencio pesado regresó al tejado, pero era un silencio cargado de una amenaza invisible que flotaba en el aire. —Es hora de movernos —susurró Reinhard, poniéndose de pie con cautela sin hacer el menor ruido. —El sol ya casi no alumbra y no quiero estar aquí arriba cuando esas cosas empiecen a cazar en la oscuridad total. Gabriela se incorporó lentamente, sintiendo que sus piernas pesaban como si estuvieran hechas de plomo. Forzó su sonrisa una vez más, ajustándose la coleta para mantener el cabello fuera de su rostro. —Lidera el camino, sargento —dijo con un tono falsamente alegre, intentando disipar la tensión que amenaba con aplastarlos. --- Avanzar sobre los tejados requería una concentración absoluta que ella agradeció en el alma, pues mantenía ocupada su mente. Cada paso debía ser calculado con precisión milimétrica sobre las vigas de soporte ocultas bajo el metal corrugado. Un mal paso en falso y la lámina se doblaría, haciéndolos caer directamente en el interior de alguna vivienda abandonada o peor, en un callejón lleno de infectados. Saltaron una brecha de dos metros que separaba la casa de la familia Mendoza de la del señor Juan. Vacío absoluto se abrió bajo sus pies por un instante eterno, revelando una escena de abandono absoluto en el callejón inferior. Ella logró aterrizar en el borde del siguiente techo, rodando sobre su hombro para disipar el impacto antes de ponerse de pie. Reinhard la siguió sin dudar, cayendo con un golpe seco que hizo vibrar toda la estructura de la vivienda. Se puso de pie rápidamente, su mano derecha descansando en el mango de un tubo de metal que llevaba colgado a la espalda. —El ritmo está bajando, Gabriela —advirtió, su respiración entrecortada pero controlada. —Mis piernas están respondiendo bien, no te preocupes —respondió ella, intentando mantener un tono alegre que sonó hueco en sus propios oídos. —Solo estaba disfrutando de la vista, no todos los días se puede correr por los techos de Petare sin que la policía te grite. Él no respondió a su broma; su rostro permaneció severo, una máscara de piedra que no dejaba espacio para la ligereza. Últimos destellos del sol comenzaban a desvanecerse rápidamente, tiñendo las colinas de un tono violáceo que presagiaba la llegada de la noche. Sabía que la oscuridad multiplicaría el peligro por mil, convirtiendo el laberinto de techos en una trampa mortal de sombras. Debían encontrar un refugio seguro o llegar al punto de encuentro antes de que perdieran la última luz del día. A lo lejos, los disparos aislados que antes se escuchaban habían cesado casi por completo, reemplazados por un silencio pesado. Era un silencio tenso, interrumpido únicamente por el viento de la tarde y los lamentos distantes de aquellos que no habían logrado escapar. Aquella melodía de salsa brava finalmente se apagó, dejando un vacío incómodo que parecía presionar sus oídos con fuerza. —Debemos cruzar por el callejón de la escuela —dijo Reinhard, señalando un tramo donde los techos estaban más separados de lo habitual. —Es la única forma de rodear la zona comercial, que debe estar infestada de esas cosas. Gabriela miró la distancia entre el tejado donde se encontraban y el siguiente, sintiendo una punzada de duda en el estómago. Tres metros aproximados separaban ambas estructuras, y el punto de aterrizaje era una lámina de zinc que se veía notablemente deteriorada por el óxido. El agua de lluvia acumulada en los bordes había podrido las uniones de madera, dejando el metal prácticamente suspendido en el aire. —Es un salto arriesgado, Reinhard —comentó ella, evaluando las posibilidades con el ceño fruncido. —No tenemos otra opción —respondió él de inmediato, su tono firme sin admitir réplicas. —Si volvemos atrás, nos toparemos con el grupo que dejamos en la vereda principal. Tú ve primero, eres más ligera y tienes mejor técnica de recepción. Gabriela tomó aire, llenando sus pulmones con el aroma a tierra húmeda y metal caliente que desprendían las láminas de zinc. Retrocedió unos pasos para tener suficiente espacio de carrera, concentrando toda su atención en el borde del tejado opuesto. Sus músculos se tensaron, listos para desatar la energía acumulada en un solo movimiento explosivo. Corrió con determinación, sintiendo el metal vibrar y crujir bajo el impacto rápido de sus zapatillas. Despegó del borde con un impulso potente, elevándose en el aire mientras extendía los brazos para mantener el equilibrio. El vacío bajo sus pies pareció estirarse, mostrándole por una fracción de segundo las calles oscuras llenas de escombros y cuerpos inmóviles. Aterrizó sobre el zinc del otro lado, pero el sonido que produjo el impacto no fue el crujido habitual de recepción. Un crujido seco y metálico resonó bajo sus pies, seguido de un desgarro violento cuando el metal oxidado comenzó a ceder. Aquella plancha de zinc se partió por la mitad, hundiéndose bajo su peso hacia la oscuridad del callejón inferior. Intentó aferrarse a los bordes de la estructura de madera, pero la madera podrida se deshizo entre sus dedos como si fuera arena. A lo lejos, un rugido ensordecedor e inhumano sacude las láminas de zinc del callejón, justo cuando el suelo bajo los pies de Gabriela comienza a ceder hacia el abismo de la horda.

End of Chapter 1

Previous
Next Chapter
Chapter 1: Capítulo 1: Salto al Vacío en Petare - Corre contra reloj | Novel AI Studio