Piedras crujieron bajo sus pies. Una silueta retorcida se irguió en el tejado vecino, moviéndose con una antinaturalidad que helaba la sangre. Su rostro desfigurado era apenas reconocible, pero el grito rasposo que escapó de su garganta dejó a Gabriela sin aliento. Era Marta. La hermana menor de un amigo, ahora un monstruo. La visión le apretó el pecho. No podía ser.
"¡Corre!" Reinhard rugió, su voz tensa, arrastrando a Mateo, quien cojeaba dolorosamente. La horda que los seguía desde abajo aullaba, sus gruñidos resonando en los callejones estrechos. No había tiempo para el shock. No para el duelo.
Saltaron sobre el pequeño hueco hacia el siguiente techo de zinc, el metal vibrando bajo su peso. Mateo aterrizó con un gemido, su tobillo un suplicio.
"No podemos seguir así," Gabriela jadeó, mirando atrás. Las criaturas comenzaban a trepar por las tuberías de gas en la pared del edificio anterior, sus garras raspando el metal oxidado. Eran lentas, sí, pero implacables. Y muchas.
"Ahí," Reinhard señaló con el mentón. Al otro lado, a cuatro metros de distancia, se erigía un edificio con un balcón diminuto. Entre ellos, un tendedero de ropa metálico, grueso y oxidado, se extendía como una línea de vida precaria.
"¿Estás loco?" Lucas, otro de los chicos, preguntó, su voz un susurro de pánico. "Nadie puede saltar eso."
Gabriela miró el espacio, luego a la horda que se acercaba. Las criaturas ya estaban a medio camino, sus ojos vacíos fijos en ellos. El aire se llenó con el hedor a carne en descomposición.
Cerró los ojos por un instante, visualizando el salto. Su cuerpo, cada músculo, cada ligamento. La caída, la fuerza del impacto. El metal cortando. Tenía que ser perfecto. Un centímetro mal, un cálculo erróneo, y todo terminaría.
"Yo primero," anunció, su voz extrañamente firme. "Reinhard, ayúdales a cruzar después de mí."
Reinhard asintió, su mandíbula apretada. "Gabriela, con cuidado."
Respiró hondo. El viento le azotó la cara, llevando consigo el polvo y el olor a desesperación. Dio unos pasos hacia atrás, midiendo la distancia con la precisión de un halcón. Su corazón latía con una fuerza brutal en sus oídos. Un único objetivo: el tendedero.
Corrió. Sus zapatillas de lona apenas rozaron el borde del tejado. Impulsó su cuerpo hacia adelante con cada gramo de fuerza. Un salto desesperado, un vuelo en el vacío.
El tendedero se acercó peligrosamente rápido. Extendió las manos, sus dedos curvados como garras. El impacto fue brutal. El metal frío se clavó en sus palmas, un dolor agudo que le recorrió los brazos.
Sintió la piel desgarrarse. Un gemido escapó de sus labios, ahogado por el esfuerzo. Se aferró con todas sus fuerzas, sus pies colgando en el aire por un instante antes de balancearse y buscar apoyo.
Las manos le ardían. Levantó la vista. La horda estaba casi en el tejado, sus garras arañando furiosamente. No había tiempo que perder.
"¡Vamos!" gritó, su voz rasposa. "¡Rápido!"
Reinhard empujó a Lucas, quien, con un grito de terror, saltó. Sus manos encontraron el tendedero, sus pies patalearon antes de que Reinhard lo arrastrara hacia el balcón. Uno a uno, el grupo cruzó, con el miedo empujándolos más que la adrenalina.
Mateo fue el último en saltar, con su tobillo gravemente herido. Cayó corto, sus dedos apenas rozando el tendedero. Se deslizó.
"¡No!" Gabriela gritó, extendiendo su brazo ensangrentado. Lo atrapó. Su mano resbaladiza se aferró a la suya, un agarre desesperado que quemaba.
"¡Suéltalo, Gabriela!" Reinhard gritó, su rostro pálido. "¡No podemos!"
Mateo la miró, sus ojos llenos de un miedo abyecto. "No... no me sueltes..."
Pero algo más se movió. Una figura en el tejado de donde venían. Un chico que había estado en el extremo, el más lento del grupo, un tal Leo. No había saltado a tiempo. Las criaturas lo habían alcanzado.
Su cuerpo se retorció. Un chillido agónico. Una de las bestias le mordió el cuello.
El grito de Leo se cortó abruptamente. Su cuerpo se sacudió.
"¡Gabriela, suéltalo!" Reinhard repitió, su voz al límite.
No podía. Su mano estaba pegada a la de Mateo. El optimismo, la esperanza irracional que siempre la había impulsado, se negaba a ceder. Siempre había una solución. Siempre había una forma de salvar a todos.
Pero entonces, lo vio. No fue el mordisco en sí. Fue la mirada. Los ojos de Leo, segundos antes llenos de terror, ahora estaban vacíos. Vidriosos.
Su mandíbula se desencajó. Un gruñido gutural escapó de su garganta. El chico que solo un momento antes era Leo, ahora era una extensión de la horda. Levantó una mano temblorosa, no para pedir ayuda, sino para arañar.
El reconocimiento la golpeó como un puñetazo en el estómago. El horror de lo irreversible. Aquella mirada vacía, el hambre incomprensible. La vida se había ido. Solo quedaba la bestia.
Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento frío. La ilusión de su invencibilidad, de su capacidad para salvar a todos, se desmoronó en ese instante.
La mano de Leo se crispó, intentando aferrarse a ella, sus uñas rozando su piel. Ya no era un humano pidiendo rescate. Era una amenaza.
Sus ojos se encontraron con los de Reinhard, llenos de una súplica muda. La culpa la golpeó. Una punzada fría y aguda.
No había nada que hacer.
Respiró un aliento tembloroso, el aire se atascó en su garganta. Con un sollozo ahogado, que nadie más escuchó, abrió la mano.
Leo se precipitó al vacío. Su cuerpo golpeó contra las paredes del edificio con un sonido sordo, rebotando entre los escombros de los pisos inferiores. La horda aulló desde arriba, el sonido de la victoria resonando.
Gabriela se quedó pegada al balcón, sus nudillos blancos. Las palmas le ardían con la sangre y el dolor del metal, pero el dolor en su pecho era mucho más profundo, más real. Había soltado. Había permitido que cayera. La primera punzada de culpa.
Miró hacia el abismo. El cuerpo de Leo seguía cayendo, cada golpe un recordatorio brutal. La mochila que llevaba en la espalda, mal cerrada, se enganchó en algo mientras caía, rasgándose. Los contenidos se dispersaron.
Un objeto cuadrado de metal salió rodando y, antes de desaparecer entre la maraña de callejones, aterrizó sobre un techo de hojalata a un nivel inferior. Un walkie-talkie militar.
Un sonido estático.
Entonces, una voz, distorsionada pero clara, surgió del aparato. "Sujeto de prueba eliminado, procedan a sellar el Sector Tres."