Chapter 2 of 3
Capítulo 2: La sintonía del rostro robado
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Gotas de lluvia ácida repicaban contra las planchas de metal oxidado mientras descendía por la alcantarilla del Sector Nueve. El hedor a azufre y detritos industriales impregnaba el aire estancado de este submundo cyberpunk, mezclándose con mi propia respiración agitada. Mis nudillos, todavía hinchados y manchados de sangre seca por la pelea anterior contra el cobrador de deudas, protestaban con cada movimiento.
Pasos lentos pero firmes marcaban mi avance por el túnel de hormigón agrietado. Sostenía la respiración a intervalos regulares, aguzando el oído para detectar cualquier vibración inusual en las viejas tuberías de vapor que cruzaban el techo. Cada rincón oscuro de Neo-Siam era una trampa potencial, y mi obsesión por el control absoluto me impedía relajar un solo músculo.
Frío húmedo calaba mis huesos a través de la desgastada gabardina gris que vestía. Recordé el rostro desfigurado del matón corporativo al que acababa de reventar la mandíbula con un codazo ascendente. Aquel miserable llevaba una orden de ejecución directa con mi rostro impreso en papel holográfico barato, una prueba inequívoca de que mis días de anonimato habían llegado a su fin.
Olor a ozono y cobre quemado asaltó mis fosas nasales cuando me aproximé a la entrada oculta de mi taller subterráneo. Mi mano derecha bajó instintivamente hacia la culata de la pistola neumática que llevaba oculta en la cadera. Alguien había cruzado el perímetro de seguridad que yo mismo había diseñado con trampas de alta tensión.
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Penumbra densa dominaba el interior del taller, pero el brillo intermitente de varias pantallas rotas revelaba siluetas que no debían estar allí. Cables expuestos colgaban del techo como lianas muertas en una jungla de silicio y metal oxidado. Una densa neblina de estática flotaba en el ambiente, indicando que mis inhibidores de señal habían sido saboteados desde dentro.
—Llegas tarde, ingeniero —dijo una voz femenina, arrastrando las palabras con una mezcla de aburrimiento y sutil peligro.
Chispas brotaron de un encendedor de plasma, iluminando momentáneamente un rostro de facciones afiladas y actitud desafiante. Lim estaba sentada directamente sobre mi mesa de trabajo principal, balanceando las piernas vestidas con medias de malla rotas y botas militares desgastadas. Su chaqueta de cuero tachonada crujía con cada pequeño movimiento, y su cabello de estática punk brillaba bajo la pálida luz de los monitores.
A su lado, emergiendo de la oscuridad profunda con una fluidez casi fantasmal, Zim se mantenía de pie con los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos, modificados con implantes cromados de última generación, reflejaban la pálida luz azul de las pantallas de mi terminal principal. Vestía un abrigo de camuflaje activo que parpadeaba débilmente, tratando inútilmente de imitar las texturas de la pared de hormigón armado de mi refugio.
—¿Cómo demonios habéis entrado aquí? —mi voz sonó áspera, desprovista de cualquier rastro de calidez mientras daba un paso atrás, adoptando una postura baja y defensiva de Muay Thai.
—Tu seguridad es bastante decente para los estándares de los bajos fondos, pero nosotros no somos simples matones de esquina buscando créditos fáciles —respondió Zim, dando un paso al frente con una calma que me irritó profundamente.
—Vinimos a ofrecerte una salida de emergencia, Ñichmuth —interrumpió Lim, saltando de la mesa con una agilidad felina que hizo tintinear las hebillas de sus botas—. El Consorcio Omni-Mind ha puesto precio a tu cabeza, y no tardarán en rastrear la firma biométrica de tus golpes de Muay Thai hasta este agujero.
Tensión insoportable llenó el espacio entre nosotros tres mientras procesaba la gravedad de sus palabras. Mi mente analizó rápidamente las rutas de escape posibles, pero Zim tapaba la salida trasera y Lim estaba demasiado cerca de mi arsenal principal de herramientas y armas modificadas. Odiaba con toda mi alma no tener el control absoluto de la situación; era una debilidad que despertaba mis peores demonios internos.
—No necesito vuestra maldita ayuda ni vuestra supuesta alianza de supervivencia —escupí, manteniendo mis ojos fijos en los hombros de Zim para predecir cualquier asomo de ataque físico—. Trabajo solo. Siempre lo he hecho, y así es como he logrado seguir respirando en esta ciudad podrida.
—Eso era antes de que la Directora Vane ordenara tu eliminación sistemática y prioritaria —replicó Zim, sacando un pequeño disco de datos holográfico de su bolsillo y arrojándolo con precisión hacia mí.
Atrapé el disco en el aire con un movimiento reflejo, sintiendo el metal frío contra mi palma herida. Lo inserté en el lector de mi brazalete táctico sin apartar la vista de ellos ni un solo segundo. Un holograma tridimensional proyectó mi rostro real, acompañado de mis datos biométricos detallados y una etiqueta roja que dictaba: "Exterminar sin prejuicio por amenaza tecnológica latente".
—Omni-Mind no se detendrá hasta borrarte de la existencia, al igual que hicieron con tus patentes de tecnología cuántica en el pasado —dijo Lim, cruzándose de brazos mientras masticaba un chicle sintético con desdén—. Te robaron tu vida una vez, te dejaron en la miseria absoluta para asegurarse de que fueras invisible, y ahora que has vuelto a brillar en el submundo, quieren aplastarte como a una cucaracha.
Recuerdo doloroso golpeó mi pecho con la fuerza de un pistón hidráulico. La corporación Omni-Mind me había arrebatado todo lo que alguna vez poseí, incluyendo mi dignidad y el sustento de mi familia, dejándolo como un paria social obligado a sobrevivir de la violencia técnica. El miedo visceral a volver a ser vulnerable, a ser borrado de la faz de la tierra sin dejar rastro, se transformó instintivamente en una furia fría y calculadora.
—Nosotros tenemos los recursos, los contactos y la capacidad operativa para golpear donde más les duele —añadió Zim, dando un paso hacia mí con las palmas de las manos abiertas en una clara señal de tregua—. Pero necesitamos tu mente, Ñichmuth. Tu talento para la violencia técnica y, sobre todo, necesitamos tu mayor invento para poder infiltrarnos en la cúspide del poder corporativo.
Miré de reojo el proyector holográfico que descansaba sobre mi banco de trabajo, semioculto bajo un montón de cables expuestos y herramientas desordenadas. Era mi obra maestra, el dispositivo cuántico que me permitía reconstruir mi identidad física átomo a átomo mediante la proyección de luz sólida de alta frecuencia. Revelarlo ante ellos era un riesgo monumental, una entrega voluntaria de mi secreto mejor guardado y mi única línea de defensa real contra el mundo exterior.
—Queréis ver de lo que soy capaz realmente —dijo, sintiendo cómo mi desconfianza patológica luchaba contra la fría lógica de la supervivencia—. Queréis una prueba tangible de mi tecnología antes de sellar este pacto de sangre y traición.
—Exacto, ingeniero —asintió Lim, con una sonrisa salvaje que revelaba un colmillo modificado con cromo brillante—. Los rumores en los callejones dicen que puedes convertirte en cualquier persona, sin importar su género o fisionomía. Demuéstranos que no es un mito urbano.
Caminé lentamente hacia la mesa de trabajo, asegurándome de que cada uno de mis movimientos fuera perfectamente visible para evitar que reaccionaran con violencia defensiva. Agarré el proyector holográfico, un cilindro metálico de color negro mate que encajaba perfectamente en mi antebrazo izquierdo mediante una serie de conectores neuronales directos de mi propia invención.
Agujas microscópicas penetraron la piel de mi muñeca, conectando el software del dispositivo directamente con mi sistema nervioso central. Un dolor agudo y familiar ascendió por mi brazo, haciéndome apretar los dientes mientras la interfaz neuronal se sincronizaba con mis ondas cerebrales y mis patrones cardíacos.
—He seleccionado un perfil guardado en mi base de datos de alta seguridad —anuncié, sintiendo cómo el calor del dispositivo se extendía por mi pecho como un fuego eléctrico—. Pertenece al inspector de aduanas Vance, un oficial de alto rango del Consorcio Omni-Mind que murió en los muelles de Neo-Siam hace tres meses en circunstancias sumamente sospechosas.
Presioné el interruptor de activación en el lateral del cilindro de titanio. Un zumbido sordo de alta frecuencia vibró en el aire del taller, amortiguando por completo el repiqueteo de la lluvia ácida que caía en el exterior de la alcantarilla.
Luz azulada y fría brotó de las ranuras del proyector, barriendo mi cuerpo de pies a cabeza con una precisión milimétrica. Sentí el cosquilleo característico de los fotones de luz sólida moldeando una nueva realidad sobre mi piel, alterando mi altura, mi volumen muscular y las facciones de mi rostro de manera indolora pero perturbadora.
—Increíble —susurró Zim, dando un paso atrás de manera instintiva mientras sus implantes oculares giraban y parpadeaban frenéticamente, incapaces de detectar el engaño digital a nivel físico.
Donde antes estaba el cuerpo curtido del ingeniero Ñichmuth, ahora se alzaba un hombre de mediana edad, de aspecto cansado, con el cabello canoso peinado rígidamente hacia atrás y un uniforme oficial gris de la aduana corporativa. Incluso mi postura física cambió de manera automática, adaptándose a la fisionomía exacta y al centro de gravedad del inspector fallecido.
—Aduanas del Sector Nueve reporta que todo está en orden, ciudadanos —dije, utilizando las cuerdas vocales modificadas por el modulador de frecuencia integrado en mi cuello. Mi voz sonó idéntica a la de Vance, cargada de ese tono nasal, autoritario y despectivo que caracterizaba a los siervos de Omni-Mind.
Lim soltó una carcajada genuina y salvaje, aplaudiendo con entusiasmo mientras rodeaba mi nueva figura con una fascinación casi infantil. Intentó tocar mi hombro con la punta de sus dedos negros, pero su mano atravesó ligeramente la capa exterior de luz sólida antes de chocar con mi hombro real, unos centímetros más abajo de la proyección visual.
—Esto es una maldita obra de arte, ingeniero —comentó Lim, con los ojos brillando de codicia y una nueva forma de respeto—. Con esta tecnología podemos cruzar cualquier puesto de control del Consorcio sin levantar la menor sospecha. Podríamos arrancarles el corazón desde dentro.
—No os equivoquéis con la facilidad de su uso —advertí, apagando el modulador para volver a mi tono de voz normal, aunque mi apariencia física seguía siendo la del inspector Vance—. Este dispositivo consume una cantidad masiva de energía de mi propio cuerpo y requiere un control mental absoluto para mantener la estabilidad de la matriz holográfica. Si mi ritmo cardíaco se eleva demasiado por el pánico, el holograma comenzará a parpadear, y si recibo un impacto físico directo de gran magnitud, la ilusión se romperá por completo revelando mi verdadero rostro.
—Sigue siendo la herramienta más letal que hemos visto en toda nuestra vida en el submundo —sentenció Zim, cruzando sus brazos nuevamente mientras una expresión de profunda determinación sustituía su frialdad inicial—. Con nuestra capacidad operativa y tu tecnología de suplantación, podemos derribar a la Directora Vane y reclamar lo que nos pertenece. ¿Tenemos un trato de supervivencia mutua?
Dudé por un instante que pareció eterno, sopesando minuciosamente cada variable y cada posible traición en mi mente hiperactiva. El Consorcio Omni-Mind me había despojado de mi identidad original, convirtiéndome en un fantasma hambriento en un mundo de neón y acero; unirme a estos parias peligrosos era la única forma real de recuperar el control de mi propio destino.
—Acepto vuestra alianza de sangre —dije finalmente, desactivando el proyector holográfico con un leve y preciso giro de mi muñeca izquierda para devolver la luz sólida a su estado inactivo.
Al apagarse el holograma, el proyector emite un susurro de estática que suena idéntico a la voz de la hermana fallecida de Ñichmuth, dejándolo paralizado de terror frío.