Chapter 1 of 3
Capítulo 1: La ceniza del neón azul
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Gotas ácidas siseaban contra el metal oxidado de los callejones oscuros de Neo-Siam, perforando la lona de mi desgastada chaqueta impermeable. Humo azul de neón barato flotaba desde los extractores de aire de los burdeles subterráneos, mezclándose con el olor a azufre y fideos sintéticos recalentados de los puestos callejeros.
Caminar por este distrito marginal era como masticar vidrio molido. Cada paso requería calcular con precisión matemática el ángulo de escape por si los patrulleros de Omni-Mind decidían hacer una limpieza social rutinaria con sus porras eléctricas.
Pesadez en el aire cargado de toxinas dificultaba la respiración, obligándome a ajustar el filtro de mi gastada máscara facial de carbono. Siseos constantes de las tuberías de vapor de alta presión marcaban el ritmo de mi caminata solitaria por las venas de asfalto agrietado.
Odiaba este lugar con cada fibra de mi ser, pero era el único rincón del mundo donde un paria sin identidad registrada podía desaparecer entre la escoria. Aquí, en los suburbios de Neo-Siam, nadie hacía preguntas si tenías suficientes créditos para pagar el alquiler de un cubículo de dos metros cuadrados.
Pasos pesados resonaron de repente a mi espalda, rompiendo la cadencia regular de la lluvia ácida sobre los charcos aceitosos. Dos siluetas corpulentas se recortaron contra el resplandor de un cartel publicitario holográfico parpadeante que vendía juventud eterna en los niveles superiores.
Apreté los dientes, sintiendo la mandíbula tensarse hasta que me dolió el oído interno, mientras mis dedos se cerraban alrededor de las nudilleras metálicas dentro de mis bolsillos. Rápidamente me desvié hacia un callejón sin salida, buscando la oscuridad protectora de los contenedores de basura cibernética y los cables colgantes.
—¿Adónde vas con tanta prisa, rata de alcantarilla? —una voz ronca, distorsionada por un modulador vocal de baja calidad, rebotó en las paredes de ladrillo húmedo. Giré sobre mis talones con lentitud calculada, manteniendo el centro de gravedad bajo, listo para reaccionar ante el menor indicio de hostilidad.
Gigantesco y con injertos hidráulicos de tercera generación visibles bajo su gabardina de plástico negro, el matón principal dio un paso al frente de manera amenazante. Su compañero, un tipo más delgado con un implante ocular cibernético que brillaba en un tono rojo enfermizo, bloqueó la única salida viable del callejón.
—Tus deudas con el sindicato de cobros de Neo-Siam acaban de vencer —dijo el gigante, mostrando una hilera de dientes cromados que reflejaban el neón azul de la calle principal. Silencio absoluto descendió sobre el callejón, roto únicamente por el goteo constante del agua corrosiva sobre mi capucha de lona sintética.
Retrocedí un paso para medir la distancia exacta, evaluando el terreno irregular, las salpicaduras de lodo industrial y los puntos ciegos de sus prótesis oculares. Instintivamente, mi mente comenzó a trazar las líneas de ataque y defensa, una vieja costumbre de mi época como diseñador de sistemas de combate.
—No tengo tiempo para esto —respondí con una voz que mantuve deliberadamente baja, rasposa, ocultando el temblor de rabia contenida que amenazaba con traicionarme. Sabía que mostrar debilidad ante estos carroñeros era firmar mi propia sentencia de muerte en este pozo de perdición.
Lanzó un golpe directo con su puño derecho modificado, un ataque brutal que habría destrozado mi cráneo si me hubiera quedado estático en el sitio. Esquivé el impacto moviendo la cabeza apenas unos centímetros hacia la izquierda, sintiendo el desplazamiento del aire caliente generado por los pistones de su brazo mecánico.
Agarré su nuca con ambas manos, entrelasando mis dedos con fuerza en el clásico agarre de cuello del Muay Thai, controlando su postura y su centro de equilibrio. Clavé mi rodilla derecha directamente en sus costillas desprotegidas, escuchando el crujido seco del cartílago y el metal dobándose bajo la fuerza de mi impacto.
Rugió de dolor, intentando agarrar mis hombros con su mano libre para proyectarme contra el suelo cubierto de basura industrial y lodo corrosivo. Bloqueé su intento presionando mi antebrazo contra su garganta, limitando su flujo de aire mientras mantenía la tensión constante en sus cervicales.
Con un movimiento fluido y veloz, liberé mi mano derecha y lancé un codazo ascendente devastador, apuntando directamente a la articulación expuesta de su codo extendido. Crujió el hueso biológico junto al metal de soporte cuando mi codo impactó con precisión matemática en el punto exacto de tensión estructural de su brazo.
Aulló como un animal herido, cayendo de rodillas sobre el fango ácido mientras sostenía su brazo inútil, el cual colgaba ahora en un ángulo anatómicamente imposible. Arrojé su cuerpo a un lado, girándome de inmediato hacia el segundo atacante, pero este ya corría despavorido hacia la avenida principal al ver a su líder derrotado en segundos.
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Buscando en sus bolsillos con dedos rápidos y precisos, ignoré sus gemidos ahogados y las súplicas de clemencia que balbuceaba entre dientes ensangrentados. Mis dedos tropezaron con un compartimento oculto en el interior de su gabardina protectora, extrayendo un rollo de papel arrugado.
Desplegué la hoja con cuidado, esperando encontrar un pagaré de cobro o una lista de objetivos menores del distrito marginal de Neo-Siam. Frío helado recorrió mi columna vertebral, paralizándome por completo mientras el aire se atascaba en mi garganta como si fuera ceniza ardiente.
Contemplé la imagen impresa en el papel biodegradable de alta sensibilidad, sintiendo que el mundo a mi alrededor perdía todo su color y sentido. Era mi rostro. Aquella fotografía biológica real mostraba mis rasgos originales, los mismos que creía haber borrado para siempre de las bases de datos de la red global.
Sudar frío bajo la lluvia ácida nunca había sido tan real; la imagen mostraba mis rasgos biológicos originales, aquellos que creía haber borrado del mapa de datos global. Recordé el día en que Omni-Mind me desechó, robando mis patentes de proyección holográfica y dejándome morir de hambre en las calles de este vertedero tecnológico.
Ellos me lo quitaron todo, me convirtieron en un fantasma invisible, y ahora, ver mi verdadera cara impresa en una orden de ejecución corporativa activaba mi mayor pesadilla. Mirando el papel con desesperación, me di cuenta de que la Directora Vane no se había olvidado de mí; la caza de mi ser biológico real había comenzado oficialmente.
Gotas corrosivas comenzaron a caer con mayor fuerza sobre el papel térmico biodegradable, carcomiendo los bordes de mi retrato impreso. Despacio, la superficie química de la hoja comenzó a reaccionar al pH ácido de la lluvia de Neo-Siam, disolviendo la tinta oscura del Consorcio Omni-Mind.
La lluvia ácida corroe el papel térmico, revelando una coordenada GPS parpadeante que apunta directamente al escondite secreto donde guarda el prototipo de su proyector holográfico.