Chapter 13 of 14

Bajo la Catedral de Cristal

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Frío metal se cernía sobre ellos. Alvric y Brunhilde continuaron su descenso por la estrecha escalera de caracol, el aire cada vez más denso, cargado con un peso invisible. El eco de sus pasos resonaba en el silencio opresivo. Cada peldaño llevaba a una oscuridad más profunda, una que la luz de la linterna de Alvric apenas podía perforar. Era una oscuridad que no solo absorbía la luz, sino también el sonido, el calor. Sentía el cambio en la presión, un presagio sombrío de lo que les esperaba. La esencia de la Élite, la esencia de la manipulación, vibraba en el aire mismo. Brunhilde tiritaba a su lado. Su mano buscó la de él, un ancla en la negrura que se cerraba a su alrededor. Su piel, a pesar del frío ambiente, estaba febril. Sentía su angustia, un escalofrío que no era solo por la temperatura. Las emociones se acumulaban, un murmullo distante que, para ella, era una cacofonía ensordecedora. Su don era una carga aquí, en las entrañas de la Élite. Alvric apretó su mano, una promesa silenciosa. Su propia mente, entrenada en el arte de la frialdad calculada, actuaba como un escudo rudimentario. Filtraba el ruido emocional, lo reducía a un zumbido manejable. Pero incluso él sentía una punzada, un eco distante de la desesperación que impregnaba las profundidades. Este lugar era un sumidero, un nexo de sufrimiento cultivado con macabra precisión. Metros más abajo, la escalera se abrió a una vasta caverna. La oscuridad, por primera vez, retrocedió. No por la presencia de una fuente de luz natural, sino por una luminiscencia extraña, etérea, que pulsaba desde las profundidades del espacio. Era un brillo fantasmagórico, una mezcla de azules profundos y verdes enfermizos, teñido con destellos púrpuras. El contraste era chocante, casi doloroso para los ojos acostumbrados a la penumbra. Un vasto espacio se extendía ante ellos, un invernadero de dimensiones imposibles. Cientos, quizás miles de estructuras cristalinas se alzaban del suelo, formando un bosque surrealista. No eran plantas de la tierra. Eran flores, sí, pero hechas de algún tipo de cristal iridiscente, sus pétalos translúcidos y sus tallos como nervaduras congeladas. Emitían una luz suave, cada una con su propio color tenue, creando un espectáculo alienígena. Parecían gemas gigantes, frágiles y mortales a la vez. Brunhilde contuvo el aliento, su mano cubriendo su boca. Sus ojos se abrieron en una mezcla de asombro y horror. La belleza era innegable, hipnótica, pero había algo profundamente inquietante en la atmósfera. Un hedor dulce y metálico flotaba en el aire, mezclándose con una sensación de opresión. Para Alvric, la visión era un mapa. Para ella, era una avalancha sensorial. Una oleada de desesperación golpeó a Brunhilde. Sus rodillas flaquearon. Las flores vibraban, y con cada vibración, un grito silencioso resonaba en su mente. Dolor, tristeza, resentimiento, envidia. Todo lo que hacía miserable a la humanidad estaba encapsulado allí, magnificado, concentrado. Las flores se alimentaban de ello, lo procesaban, lo devolvían al mundo con una nueva y más potente virulencia. Las lágrimas brotaron de sus ojos, no por su propio pesar, sino por el peso colectivo que sentía. Alvric reaccionó al instante. La atrapó antes de que cayera, sus brazos envolviéndola con fuerza. Su cabeza se apoyó en su hombro, temblando. Su cuerpo entero se tensó, como si miles de agujas invisibles la estuvieran perforando. “No mires, Brunhilde”, susurró, su voz grave, anclándola a la realidad. “Cierra los ojos”. Presionó su rostro contra su pecho, su mano cubriendo su nuca, protegiéndola. Su fría determinación se convirtió en un muro palpable, un escudo térmico para su alma. Sentía el torrente de emociones chocando contra ella, pero no le permitía alcanzar a Brunhilde. Era como si su propia ausencia de empatía, su cinismo cultivado, fuera la barrera perfecta contra el veneno emocional que irradiaban las flores. Su corazón, por una fracción de segundo, se contrajo. La proximidad de su sufrimiento era casi insoportable, incluso para él. Observó las flores, sus ojos fríos y calculadores. “Esto es”, comenzó, su voz un susurro cargado de veneno, “el motor. La Élite no solo manipula; cultiva la desesperación. Estas flores… son el catalizador. Absorben la energía residual de las emociones negativas que emanan de la ciudad, de cada alma rota, cada sueño frustrado, cada rencor. Las purifican, las concentran, las amplifican. Y luego, las liberan de nuevo a la superficie, un diluvio invisible de apatía y miseria. Es el ciclo perfecto de control”. Explicó el mecanismo con una frialdad clínica, casi desapegada. “Piénsalo. Una ciudad sumida en la desesperación es una ciudad dócil. Un individuo consumido por la tristeza es fácil de guiar, de moldear. La Élite no necesita ejércitos ni magia llamativa. Solo necesitan erosionar la voluntad, sembrar la duda, ahogar la esperanza. Y estas flores son el corazón de esa operación”. Cada palabra era un golpe, un fragmento de la verdad sombría que él conocía tan bien. Las flores pulsaban con mayor intensidad, como si respondieran a su voz, a la verdad que revelaba. Sus tallos cristalinos parecían retorcerse, los pétalos translúcidos vibraban con una energía contenida. Era una visión de horror y extraña belleza, una paradoja macabra de la naturaleza y la magia oscura. El invernadero era una prisión de luz y dolor, un altar al sufrimiento colectivo. Brunhilde se aferró a él, sus dedos hundiéndose en su chaqueta. Su respiración se normalizó lentamente, protegida por su cercanía. Sentía la dureza de su cuerpo, el latido constante de su corazón, un ritmo tranquilizador en medio del caos mental. Su presencia era un refugio. La niebla de dolor en su mente comenzó a disiparse, reemplazada por la familiar sensación de su piel contra la suya. Con cautela, levantó la cabeza, sus ojos enrojecidos pero claros. Miró las flores, ahora con una comprensión teñida de horror. No eran solo bellas. Eran depredadoras. Alvric sintió el cambio en ella, la forma en que su cuerpo se relajaba un poco. No retiró sus brazos. La mantuvo cerca, su mano aún en su nuca, como si quisiera protegerla de cualquier impureza que pudiera intentar escabullirse. Había una fisura en su armadura, una grieta que permitía que la preocupación por ella se filtrara. Era una sensación desconocida, casi perturbadora, pero no la apartó. En este lugar de desesperación, su frialdad era su mayor arma, pero también la única protección que podía ofrecerle. Se movieron lentamente a través del invernadero, Alvric guiándola, su cuerpo formando una barrera. Las flores se alzaban a su alrededor, algunas tan altas como él, otras pequeñas y delicadas como joyas rotas. Cada una era un recipiente de dolor, un condensador de angustia. Escuchaba el zumbido mental que emitían, un coro silencioso de miseria humana. Sus pétalos cambiaban de color sutilmente, del azul más triste al verde más envidioso, al rojo de la ira latente. Era un espectáculo de la depravación del alma humana, magnificado y explotado. Algunas flores parecían latir con una luz más intensa que otras. Esas, Alvric dedujo, eran las más

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