Chapter 8 of 8

El Baile de Sombras

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Seraphim trazó con la punta de un dedo enguantado los contornos oscuros en la fotografía. El material, negro y liso, era una pesadilla arquitectónica. No había un solo ángulo recto, solo curvas extrañas, protuberancias que desafiaban la lógica de cualquier fortificación conocida. Un escalofrío helado le recorrió la espalda. La imagen no era solo una prueba del enemigo, sino de algo mucho más siniestro. "El mismo material," dijo en voz baja, la voz apenas un susurro en el búnker húmedo. La lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes sobre las caras de Mia y Georgina. "El fragmento que recogí." Mia asintió, su rostro pálido. Sostenía otra de las fotografías, la que mostraba a la figura femenina elegante en la cúspide de una de las estructuras. "Es idéntico, General. Y si es el mismo material..." Seraphim levantó la vista, encontrando los ojos preocupados de Mia. "Entonces no es solo una nueva fortificación. Es una nueva *tecnología*. Y los símbolos en el broche del encapuchado, los mismos en el fragmento, ahora cobran un sentido terrible." Georgina se inclinó sobre la mesa, sus ojos brillantes con una mezcla de curiosidad y preocupación. "Esas cosas no se construyen en una noche, Seraphim. Deben llevar semanas, o meses." "Y el Generalfeldmarschall desvía una división de reconocimiento de esa zona," añadió Mia, la implicación colgando pesadamente en el aire. "Los mantuvo alejados de estas abominaciones." El estómago de Seraphim se revolvió. La traición era más profunda, más arraigada de lo que Sayaka Von Foch había insinuado en sus diarios. No solo la red de sombras buscaba la desintegración de Linnon, sino que estaba trabajando activamente para armar al enemigo con métodos que escapaban a su comprensión. Cerró los ojos un instante, el peso de la corona invisible apretándole la sien. Era la General. La responsabilidad era suya, y solo suya. El miedo a ser considerada una figura decorativa, inútil en la batalla, se mezcló con una determinación fría. No se permitiría fallar, no cuando el destino de Linnon dependía de su acumen. Abrió los ojos. "Necesitamos planos. Detalles. Una comprensión completa de lo que estamos enfrentando. Y lo necesitamos ahora." Mia tragó saliva. "General, infiltrarse en esas líneas... es un suicidio. Esas estructuras parecen impenetrables." "No tenemos otra opción, Coronel," Seraphim respondió, su voz firme, aunque un temblor casi imperceptible la recorrió. "Cada hora que pasa es una hora que ganan para solidificar esta 'amenaza invisible'. Sayaka fue purgada por descubrir esto. No permitiré que su sacrificio sea en vano." Dirigió su mirada a Georgina, cuyos ojos azules la miraban con lealtad inquebrantable. "Georgina, necesito que vueles una misión de distracción. Un pase bajo sobre su flanco oriental, lo suficientemente bajo para que disparen, pero no tan bajo como para que te derriben. Quiero que los ocupes, que desvíes su atención." Georgina asintió con decisión. "Hecho, Seraphim. Sabes que puedes contar conmigo." "Mientras Georgina los distrae," continuó Seraphim, volviendo su atención a un mapa desplegado sobre la mesa, "un equipo de reconocimiento terrestre intentará infiltrarse desde el oeste. Es una ruta más larga, pero ofrece mejor cobertura. Su objetivo es obtener los planos de esas fortificaciones. Cualquier detalle. Su construcción, su composición. Cualquier cosa." Mia se pasó una mano por el pelo, un gesto de ansiedad. "Y si se encuentran con esa figura elegante... o algo más?" Seraphim apretó los labios. El orgullo le impedía pedir ayuda, compartir la carga que sentía. El imperio la había enviado para reemplazar a Sayaka, para ser la nueva esperanza. Tenía que serlo. Cualquier muestra de duda, cualquier vacilación, sería una grieta en su armadura, y no podía permitírselo. "Ese es el riesgo que debemos tomar," dijo, su voz resonando con una autoridad que casi la convencía a sí misma. "No podemos quedarnos sentados mientras la tela de Linnon se desgarra." --- El aire en el búnker se hizo denso, cargado con el olor a tierra húmeda y la tensión palpable. Seraphim reunió al equipo de reconocimiento terrestre: cinco hombres, endurecidos por años en las trincheras, sus rostros marcados por el hollín y la fatiga. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una disciplina férrea. Los observó a cada uno, sus nombres grabados a fuego en su memoria: Sargento Richter, Cabo Schmidt, y los Soldados Bauer, Fischer y Weber. "Escuchen con atención," comenzó Seraphim, su voz baja pero cortante. Se había cambiado a su uniforme de campaña más sobrio, aunque las ligas de encaje asomaban bajo el dobladillo de su falda. No podía permitirse ninguna distracción. "El Coronel Mia Kundeloff les proporcionará los detalles del punto de infiltración. Su misión es simple en su propósito, pero brutal en su ejecución: obtener los planos de las nuevas fortificaciones enemigas." Desenrolló un mapa topográfico detallado sobre una caja de municiones. "Georgina, la As del Aire, volará una misión de distracción sobre el flanco oriental. Eso desviará la atención. Ustedes se moverán bajo la cobertura de la oscuridad, utilizando este barranco seco para acercarse a las líneas enemigas por el oeste. El terreno es traicionero, pero ofrece el mejor camuflaje. Su objetivo principal es la estructura más grande, la que se ve aquí." Señaló un punto en el mapa con la punta de un lápiz. "No quiero contacto. No quiero confrontación. Quiero información. Cualquier cosa que puedan recoger: planos, bocetos, muestras del material. Su vida no vale un disparo, vale el conocimiento que traigan." Sargento Richter, un hombre robusto con una cicatriz que le cruzaba la ceja, asintió. "Entendido, General. ¿Algún detalle sobre la composición del material?" "Es un material oscuro, liso, no convencional," respondió Seraphim, recordando las fotografías y el fragmento en su bolsillo. "Sospechamos que es algo completamente nuevo. Si encuentran algo con símbolos arcanos, como este," sacó el fragmento del proyectil de su bolsillo y lo mostró brevemente, "esa es nuestra prioridad." El soldado Bauer, el más joven del grupo, tragó saliva, sus ojos fijos en el fragmento. Seraphim guardó el objeto. "Coronel Kundeloff, revise las rutas de retirada con el Sargento Richter. Asegúrese de que tengan un punto de encuentro de emergencia." Mia asintió, su mirada fija en Seraphim, una preocupación no dicha en sus ojos. Seraphim la sintió, ese intento silencioso de compartir el peso, pero su orgullo la obligaba a llevarlo sola. Tenía que ser fuerte, inquebrantable, para que ellos lo fueran. La vulnerabilidad era un lujo que no podía permitirse. "Despegue en quince minutos," anunció Seraphim, dirigiéndose a Georgina. "Asegúrate de que ese biplano esté listo." Georgina se puso en posición de firmes. "Sí, General. Volaré tan bajo que les haré pensar que estoy invitándolos a cenar." Una sonrisa forzada asomó en sus labios, una máscara para la tensión que sentía. Seraphim no devolvió la sonrisa. Solo asintió. Observó cómo Georgina salía del búnker, sus botas resonando en el túnel. Luego, se volvió hacia el equipo terrestre. "Recuerden su entrenamiento. Confíen en sus instintos. Y regresen." Los cinco hombres salieron en silencio, sus sombras alargándose por las paredes de tierra. Seraphim se quedó sola con Mia, el mapa aún desplegado, los nombres de los hombres resonando en su mente como una letanía. El frío del búnker se acentuó. La decisión estaba tomada. Las vidas estaban en sus manos. --- El tiempo en el búnker se estiró, cada segundo un martillo golpeando los nervios de Seraphim. Había pasado una hora desde que Georgina había despegado, el rugido familiar de su biplano Fokker Dr.I desvaneciéndose en la distancia, seguido por el silencio ominoso de la noche. Treinta minutos después, el equipo terrestre se había internado en la oscuridad, fantasmas entre las sombras. Seraphim no podía quedarse quieta. Caminaba por el reducido espacio, sus botas de cuero pulido crujiendo en el suelo de tablas. Sus ojos se posaban en el mapa, luego en el reloj de bolsillo que colgaba de su cinturón. Cada sonido distante le hacía contener la respiración. Un disparo lejano, el eco de una explosión amortiguada por la tierra. ¿Era de ellos? ¿Era Georgina? Mia, sentada en un cajón de municiones, la observaba. Su silencio era una presencia reconfortante, aunque Seraphim no podía, o no quería, aceptarla. Si se permitía un momento de debilidad, la máscara de la General podría resquebrajarse. "Están tardando," dijo Seraphim, más para sí misma que para Mia. Su voz era áspera, tensa. "Es una misión peligrosa, General," respondió Mia con suavidad. "El terreno es difícil, y el enemigo no es predecible." Seraphim asintió, su mandíbula apretada. Sabía los riesgos mejor que nadie. Los había ordenado. La imagen de Sayaka Von Foch, purgada por su descubrimiento, flotaba en su mente. ¿Estaba enviando a sus amigos a la misma trampa? El orgullo se mezclaba con el terror. Si algo les pasaba, sería su culpa. Solo suya. No había nadie más en quien pudiera delegar esa carga. Nadie que pudiera entender, o en quien pudiera confiar, salvo quizás Mia, y aun así, la fachada debía mantenerse. De repente, un sonido familiar. El zumbido distante de un motor aéreo. Al principio, apenas un murmullo, luego más fuerte, inconfundible. El Fokker Dr.I. Seraphim se detuvo, el corazón latiéndole contra las costillas. Georgina. Había regresado. El alivio la inundó, momentáneo, antes de que recordara al equipo terrestre. Necesitaban más tiempo. El biplano había sido solo una distracción. Pasaron otros cuarenta minutos de agonía. El silencio volvió, roto solo por el crepitar de la lámpara. Seraphim sentía la humedad del búnker en los huesos, el frío que se metía por debajo de su uniforme. Justo cuando la desesperación empezaba a aferrarse a ella con garras heladas, escuchó pasos. Un sonido distinto al del viento o la lluvia. Pasos arrastrados. Varios. Se giró hacia la entrada. El Sargento Richter apareció primero, su rostro cubierto de barro, pero sus ojos brillaban con una tenue victoria. Detrás de él, los Soldados Bauer, Fischer y Weber, todos exhaustos, pero enteros. "¡General!" dijo Richter, con la voz ronca. "Misión cumplida. Tenemos los planos." Sostuvo un cilindro de metal en una mano, su tesoro. Seraphim sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Un suspiro silencioso escapó de sus labios. Habían regresado. Estaban a salvo. "Bien hecho, Sargento. Excelente trabajo." Pero faltaba uno. Cabo Schmidt. "¿Y el Cabo Schmidt?" preguntó Seraphim, el alivio desvaneciéndose, reemplazado por un terror repentino. Richter vaciló, su mirada cayendo al suelo. "General... él... tuvo un percance. Una trampa. Lo traemos, pero..." Dos soldados más, que Seraphim no había notado hasta ahora, entraron lentamente, llevando al Cabo Schmidt entre ellos. Estaba consciente, pero su rostro era una máscara de dolor, sus ojos vidriosos. No había sangre visible, no había agujeros de bala ni heridas de cuchillo. Pero su brazo derecho, expuesto por una manga rasgada, estaba horriblemente quemado. No era una quemadura normal. La piel estaba levantada en ampollas de un color verdoso-grisáceo, y sobre la carne expuesta, en relieve, se marcaban líneas intrincadas: los mismos símbolos arcanos que Seraphim había visto en el fragmento de proyectil y en el broche del espía encapuchado. Era una nueva y terrible arma que no dejaba cicatrices de balas ni cuchillos.

End of Chapter 8

Chapter 8: El Baile de Sombras - La Princesa de Las Trincheras | Novel AI Studio