Chapter 6 of 25
Capítulo 6: Lo Que siento por Tí
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Risas lejanas resonaban en el pasillo del instituto, pero Allie no podía concentrarse en absoluto en la clase de historia. Sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre la madera del pupitre, trazando líneas imaginarias que no tenían nada que ver con la Revolución Industrial. Su mente, traicionera y persistente, no dejaba de retroceder a la tarde anterior en la biblioteca, al calor de la mano de Julián y a la vulnerabilidad que había visto en sus ojos.
Hannah, sentada a su lado, la observaba de reojo con una ceja levantada y una sonrisa que delataba sus sospechas. No era común ver a Allie tan desconectada de la materia, especialmente cuando el profesor explicaba un tema que vendría en el examen final.
—Deja de morderte el labio o te vas a hacer daño —susurró Hannah, inclinándose ligeramente hacia ella sin apartar la vista del pizarrón para no llamar la atención del maestro.
Dando un pequeño respingo, Allie soltó el bolígrafo que sostenía y trató de adoptar una postura más erguida, sintiendo cómo el calor subía rápidamente por su cuello.
—No sé de qué hablas, estoy prestando atención —mintió Allie, intentando forzar una expresión de seriedad que no engañó a su amiga en absoluto.
Durante el resto de la sesión, el esfuerzo por mantener la concentración fue inútil. Cada vez que la puerta del aula se abría para dejar pasar a algún rezagado, el corazón de Allie daba un vuelco tonto, esperando ver la figura alta y atlética de Julián cruzando el umbral.
Aquella necesidad repentina de verlo la asustaba profundamente. Siempre había sido una chica racional, alguien que controlaba sus emociones y mantenía sus prioridades claras, pero la fragilidad que Julián había mostrado al hablar de su padre había roto todas sus barreras.
—¿Me vas a decir ahora qué pasó ayer o tengo que adivinarlo por la forma en que sonríes como boba cada vez que pasa un deportista? —preguntó Hannah apenas sonó el timbre que anunciaba el final de la clase.
Su amiga no esperó a que empacara sus cosas y la tomó del brazo, guiándola hacia la salida con una insistencia que no admitía réplicas.
Mientras caminaban por el pasillo principal, Allie sintió una mirada clavada en su espalda. Al girarse, sus ojos se encontraron con los de Julián, quien caminaba en dirección opuesta rodeado por sus compañeros del equipo de baloncesto.
Por un breve instante, el bullicio del corredor pareció desvanecerse por completo. Julián detuvo su marcha por un segundo, ofreciéndole una sonrisa suave, casi imperceptible para los demás, pero que para Allie fue como una descarga de energía directa al pecho.
—¿Ves? A eso me refiero —sentenció Hannah, señalando con la cabeza la dirección en la que Julián se alejaba—. Esa mirada no es de dos personas que solo estudian química.
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Golpes secos de balones contra el suelo de madera resonaban con fuerza en el gimnasio del colegio, acompañados por el silbato estridente del entrenador que exigía más velocidad en las transiciones.
Julián corría por la pista, pero sus movimientos carecían de la precisión habitual. Su mente estaba en otro lugar, específicamente en el aroma a papel viejo y vainilla que rodeaba a Allie cada vez que se sentaba a su lado en la biblioteca.
—¡Julián, despierta! —gritó Leo, pasándole el balón con fuerza—. Si sigues jugando así, el entrenador nos va a poner a hacer flexiones hasta que se nos caigan los brazos.
Sacudiendo la cabeza para despejar sus pensamientos, Julián atrapó el esférico y realizó un tiro limpio que entró sin tocar el aro, aunque el logro no alivió la tensión acumulada en sus hombros.
Minutos después, en los vestuarios, el ambiente se llenó de vapor de agua caliente y olor a desodorante barato mientras los jugadores se cambiaban.
Varios de sus amigos comenzaron a rodearlo, compartiendo risas y comentarios sobre el próximo partido del viernes, hasta que la conversación tomó un rumbo que a Julián no le agradó.
—Oye, Julián, ¿qué pasa contigo últimamente? —preguntó Mateo, recostándose contra los casilleros metálicos—. Te hemos visto mucho con la cerebrito de Allie. ¿Te está haciendo las tareas o es que ahora te gustan las chicas que pasan la vida entre libros?
La mandíbula de Julián se tensó de inmediato, y sus manos se cerraron en puños alrededor de la toalla que sostenía.
—No hables de ella de esa manera, Mateo —respondió Julián, con una voz baja y peligrosa que hizo que las risas en el vestuario cesaran casi al instante.
—Tranquilo, viejo, solo era una broma —dijo Mateo, levantando las manos en señal de paz, aunque sus ojos mostraban sorpresa ante la reacción defensiva de su amigo.
—Cuidado, hermano —intervino Tomás, con un tono más serio—. Sabes cómo es tu padre con estas cosas. Él espera que te relaciones con alguien de nuestro círculo, no con una chica que apenas destaca fuera de las notas de clase.
Esa advertencia golpeó a Julián como un balde de agua fría, recordándole la conversación telefónica con su progenitor y la presión asfixiante que gobernaba su vida entera.
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Sentada en el laboratorio de física vacío, Allie organizaba los tubos de ensayo y las hojas de cálculo para la última fase del proyecto escolar.
Cuando la puerta se abrió con un chirrido sutil, ella levantó la vista rápidamente, encontrando a Julián que entraba con paso indeciso y la mochila colgada de un solo hombro.
—Hola —dijo él, y su voz pareció llenar cada rincón del aula desierta.
—Hola —respondió ella, sintiendo cómo su pulso se aceleraba de inmediato—. Pensé que hoy tendrías entrenamiento extra por el partido del viernes.
Pequeños mechones de cabello húmedo caían sobre la frente de Julián, dándole un aspecto mucho más informal y cercano que el de la figura inalcanzable que solía ver en los pasillos.
—Le pedí permiso al entrenador para salir antes —confesó él, acercándose a la mesa de trabajo—. Le dije que este proyecto era fundamental para mi promedio, lo cual no es mentira.
Ellos comenzaron a trabajar en silencio, pero la atmósfera entre ambos era completamente diferente a la de sus primeros encuentros. Ya no había desconfianza ni barreras defensivas, solo una complicidad silenciosa que se hacía más densa con cada minuto que pasaba.
Poco a poco, la distancia física entre ellos comenzó a acortarse de manera casi inconsciente mientras comparaban los resultados de las mezclas en la libreta.
—Tu padre... ¿sigue muy molesto por lo de tus calificaciones? —preguntó Allie con timidez, rompiendo el silencio con una pregunta que había estado rondando su mente todo el día.
Con un suspiro cansado, Julián dejó el bolígrafo a un lado y la miró directamente a los ojos, revelando una tormenta de emociones contenidas.
—Siempre está molesto si no soy el mejor en todo —admitió él, con una amargura que le encogió el corazón a Allie—. Pero cuando estoy aquí contigo... todo ese ruido desaparece. No tengo que ser el hijo perfecto, ni el atleta estrella. Solo soy yo.
A Allie se le cortó la respiración ante la honestidad de sus palabras. Pudo ver la sinceridad en su mirada, desprovista de cualquier máscara de orgullo.
Acercándose un poco más, ella colocó su mano sobre la de él de forma titubeante, ofreciéndole el único consuelo físico que se atrevía a darle.
Sus dedos se entrelazaron de manera natural, y Julián giró su mano para sostener la de ella con una firmeza desesperada, como si Allie fuera su único punto de anclaje en medio de la tormenta.
—Lo que siento por ti... —comenzó a decir Julián, su voz descendiendo a un susurro que hizo temblar el aire entre ellos—. Lo que siento por ti, Allie, es algo que nunca antes había experimentado. Me asusta, pero no quiero que termine.
Rozando su mejilla con suavidad, los dedos libres de Julián recorrieron la mandíbula de Allie, guiando su rostro hacia arriba de manera delicada.
Suavemente, él se inclinó hacia ella. Allie cerró los ojos, entregándose por completo a la calidez de su aliento que ya rozaba sus labios, sintiendo el latido desbocado de su propio corazón que exigía ese contacto.
Justo cuando la distancia entre sus labios se redujo a la nada, el sonido violento del picaporte al girar rompió el encanto de golpe, seguido por una risa gélida que congeló el ambiente.
—¡Vaya, vaya! Qué tierno cuadro tenemos aquí —exclamó Miranda desde el umbral de la puerta, cruzando los brazos con una sonrisa cargada de veneno.