Harina flotaba en el aire de la cocina limpia, atrapando la luz dorada de la tarde.
Allie se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando un rastro blanco sobre su piel tibia.
Llevaba puesto su atuendo favorito de los últimos meses: un short de algodón gris y un top corto negro.
Su vientre de seis meses, redondo y firme, quedaba completamente al descubierto, brillando bajo los focos de la encimera.
Cada vez que se movía, el bebé parecía dar un pequeño vuelco, reclamando su propio espacio.
—Te vas a comer toda la masa antes de que entren al horno —susurró una voz ronca detrás de ella.
Julián la rodeó con sus brazos, deslizando sus manos grandes sobre la curva perfecta de su abdomen.
Un escalofrío de puro placer recorrió la espalda de Allie al sentir el calor de su pecho contra su espalda.
Apoyó la cabeza en su hombro, disfrutando del aroma a madera y menta que siempre lo acompañaba.
—No es culpa mía —se defendió ella con una sonrisa traviesa, dándose la vuelta entre sus brazos—. Nuestro hijo exige chocolate a gritos.
—Ah, ¿así que ahora la culpa es del bebé? —bromeó él, inclinándose para depositar un beso suave en la punta de su nariz.
—Absolutamente. Yo solo soy la mensajera.
Julián rió en voz baja, un sonido vibrante que resonó directamente en el pecho de Allie.
Sus manos acariciaron los costados de su vientre, trazando círculos lentos que hacían que el pequeño se calmara al instante.
Era increíble cómo el bebé ya reconocía el tacto de su padre, respondiendo a su calor con suaves presiones internas.
—Hueles a vainilla y azúcar —murmuró Julián, bajando sus labios hasta el cuello de ella, donde dejó un rastro de besos húmedos.
—Y tú vas a hacer que se queme la primera tanda —advirtió Allie, aunque sus dedos ya se habían enredado en el cabello oscuro de él.
Presionó su cuerpo contra el suyo, disfrutando de la solidez de su pecho y de la seguridad que solo él sabía brindarle.
Hacer galletas se había convertido en el ritual sagrado de sus tardes.
Lejos de las miradas juiciosas de la alta sociedad y del veneno que alguna vez intentó separarlos, este apartamento era su refugio.
Aquí no existían las exigencias de un apellido ni las sombras del pasado.
—Déjame ayudarte —dijo Julián, tomando una cuchara para colocar las porciones de masa sobre la bandeja metálica.
—Cuidado, que tienen que quedar simétricas —lo molestó ella, dándole un suave codazo en las costillas.
—Soy un hombre disciplinado, ¿recuerdas? Mis galletas serán perfectas.
Una complicidad flotaba entre ellos de una manera tan natural que a veces a Allie le costaba creer que fuera real.
Cinco años de dolor y distancia se habían disuelto en la calidez de esta nueva oportunidad.
Miró a Julián de reojo, admirando la línea fuerte de su mandíbula y la concentración en sus ojos oscuros mientras colocaba cada porción de masa.
—¿Qué pasa por tu cabeza? —preguntó él sin apartar la vista de la bandeja.
—En lo afortunada que soy —respondió ella con sinceridad, acariciando su propia tripa—. En que por fin tenemos esto.
Julián dejó la cuchara a un lado y se giró por completo hacia ella, con una intensidad en la mirada que le cortó la respiración.
Sostuvo su rostro entre sus manos ásperas, obligándola a mirarlo fijamente.
—No es suerte, Allie —dijo con voz grave y decidida—. Es el lugar donde siempre debimos estar. Juntos.
Besó sus labios con una lentitud que sabía a promesa, un contacto profundo que eliminó cualquier rastro de duda en el aire.
Minutos después, el olor a chocolate recién horneado inundó cada rincón de la cocina.
Allie se sentó en una banqueta alta, balanceando las piernas descalzas mientras soplaba una galleta caliente.
Julián la observaba apoyado contra la mesa, con una taza de leche en la mano y una devoción infinita reflejada en los ojos.
—¿Segura de que quieres venir hoy conmigo? —preguntó él, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado.
—Por supuesto —asintió ella, dándole un mordisco a la galleta—. Es una reunión importante para la empresa y quiero estar ahí.
—No quiero que te canses. El viaje es corto, pero estas reuniones de negocios suelen ser increíblemente aburridas.
—Estaré bien, además... —Allie sonrió, acariciando su vientre—. Tu hijo quiere ver a su padre dominar el mundo corporativo.
Julián soltó una carcajada suave y se acercó para besar su coronilla.
—Mis padres no estarán allí —comentó él, con un tono ligeramente más serio—. Me aseguré de que la junta de hoy fuera estrictamente para los nuevos directores del proyecto.
Un suspiro de alivio escapó de los labios de Allie.
Aquella ausencia del padre de Julián era una bendición; aquel hombre seguía sin aceptar la relación, aunque ahora carecía del poder para controlarlos.
Julián se había independizado financieramente, demostrando su valía por mérito propio dentro de la corporación sin depender del favor paterno.
—Eso lo hace mucho mejor —admitió Allie, bajando de la banqueta con cuidado—. Así podré presumir de mi increíble novio sin tensiones familiares.
—Esposo muy pronto —corrigió él, atrapándola por la cintura y atrayéndola hacia su cuerpo.
—Aún no me lo has pedido formalmente —bromeó ella, rodeando su cuello con los brazos.
—Todo a su tiempo, preciosa —susurró él sobre sus labios, antes de darle un beso corto pero cargado de promesas—. Ahora ve a vestirte, o llegaremos tarde.
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Caminar de regreso al dormitorio principal era siempre un recordatorio del hogar que construían juntos.
Allie observó de pasada la habitación que estaban preparando para el bebé.
Paredes de un color verde menta suave, una cuna de madera clara que Julián había armado él mismo durante el fin de semana pasado, y varios peluches acumulados en una esquina.
Cada pequeño detalle respiraba un amor que antes les había sido negado.
Recordó los años de separación, el vacío constante en su pecho y las mentiras que Miranda había sembrado con tanta malicia.
Todo aquello parecía pertenecer a otra vida, a una pesadilla de la que finalmente habían despertado.
—¿Necesitas ayuda con el cierre? —preguntó la voz de Julián desde el umbral, sacándola de sus pensamientos.
—Todavía estoy eligiendo el vestido —respondió ella con una pequeña risa, dándose la vuelta para mirarlo.
Julián ya se había cambiado, vistiendo un traje sastre azul marino que se ajustaba a sus hombros anchos de manera impecable.
Verlo así siempre le causaba un vuelco en el corazón; aquel chico de instituto se había convertido en un hombre imponente, seguro de sí mismo y protector.
Allie suspiró y extendió las manos hacia él, dejándose abrazar una vez más.
—A veces me asusta que todo esto sea un sueño —confesó ella en voz baja, apoyando la mejilla en su pecho firme.
—No es un sueño, Allie —respondió él, besando su frente con una ternura infinita—. Estamos aquí, y nadie va a volver a separarnos.
Sus palabras eran el ancla que ella necesitaba para disipar cualquier sombra de duda.
Con una sonrisa renovada, se giró hacia el armario para buscar el vestido perfecto para la ocasión.
Vestirse a los seis meses de embarazo era todo un desafío logístico para Allie.
Frente al espejo del vestidor, contempló las opciones que tenía disponibles.
Finalmente eligió un vestido de punto elástico en color verde esmeralda que se amoldaba perfectamente a sus nuevas curvas.
Aquel tejido suave acariciaba su piel, destacando la prominencia de su vientre sin resultar incómodo.
Dejó su cabello oscuro suelto, cayendo en ondas naturales sobre sus hombros, y aplicó un maquillaje sutil que resaltaba el brillo natural de sus ojos.
Cuando salió del vestidor, Julián la esperaba de pie junto a la puerta, ajustándose los puños de su camisa blanca.
Apenas la vio, se detuvo por completo.
Sus ojos oscuros recorrieron cada centímetro de su cuerpo con una mezcla de deseo y asombro que hizo que Allie se sonrojara.
—Estás absolutamente espectacular —consiguió decir, acercándose a ella a grandes zancadas.
—¿No es demasiado ajustado? —preguntó ella, acariciando la tela sobre su vientre con cierta timidez.
—Es perfecto —declaró él, colocando sus manos sobre sus caderas para atraerla hacia sí—. Presumes de nuestro bebé y de lo hermosa que eres.
Se incló para dejar un beso tierno sobre la tela que cubría su vientre, un gesto que siempre derretía el corazón de Allie.
Salieron del apartamento de la mano, sintiendo la brisa fresca de la noche en sus rostros.
Aquel coche de Julián los esperaba abajo, listo para llevarlos al elegante hotel donde se celebraría la recepción de la empresa.
Durante el trayecto, Julián no soltó su mano ni un solo segundo, acariciando sus nudillos con el pulgar en un gesto de constante apoyo.
Llegaron al gran salón de eventos, decorado con luces cálidas y arreglos florales minimalistas.
Murmullos de admiración y respeto se escucharon cuando la pareja cruzó las puertas de cristal.
Julián caminaba con la cabeza en alto, su postura erguida y segura reflejando al líder en el que se había convertido.
Varios socios y directores se acercaron de inmediato para saludarlo, mostrando un respeto que Julián se había ganado con creces.
Allie se mantuvo a su lado, sintiéndose inmensamente orgullosa de ver cómo todos escuchaban con atención cada una de sus palabras.
Julián la presentaba con orgullo a cada persona que se acercaba, asegurándose de que se sintiera cómoda y valorada en todo momento.
—Es un placer conocerla por fin, señora Allie —dijo un hombre de cabello canoso, uno de los inversionistas más importantes—. Julián no deja de hablar de usted.
—El placer es mío —respondió ella con una sonrisa cálida, sintiendo la mano protectora de Julián en su espalda baja.
—Nos complace mucho tenerlos aquí. Julián está haciendo un trabajo extraordinario con el nuevo proyecto de expansión.
Aquella conversación fluyó con naturalidad durante la siguiente hora.
A pesar de la formalidad del evento, la atmósfera era relajada debido a la ausencia de los padres de Julián.
Nadie se atrevía a lanzar miradas de desaprobación o comentarios maliciosos; solo había espacio para el reconocimiento y la buena voluntad.
Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, Allie comenzó a sentir un ligero cansancio en las piernas.
Su vientre pesado se hacía notar y el bebé parecía estar especialmente activo, moviéndose de un lado a otro.
Julián, siempre atento a cada uno de sus gestos, lo notó de inmediato.
—Estás cansada —afirmó él en un susurro al oído, disculpándose discretamente con el grupo con el que hablaban.
—Un poco —admitió ella con una sonrisa cansada—. Pero no quiero arruinar tu noche.
—Mi noche eres tú —respondió él sin dudarlo—. Ya hemos cumplido con los saludos importantes. Vámonos a casa.
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Aquel regreso a casa fue tranquilo, con el suave ronroneo del motor del coche como único sonido de fondo.
Allie apoyó la cabeza en el hombro de Julián, sintiendo cómo el cansancio acumulado finalmente la vencía por completo.
Julián conducía con extrema precaución, esquivando cada bache de la carretera para evitar que ella se sobresaltara.
—¿Estás bien, mi vida? —preguntó él en voz baja, entrelazando sus dedos con los de ella sobre la consola central.
—Sí, solo un poco agotada —respondió ella con un hilo de voz—. El bebé ha estado muy inquieto durante toda la noche.
—Quizá no le gustan las reuniones de negocios —bromeó Julián, dándole un beso tierno en los nudillos—. O tal vez solo quería llamar tu atención.
Llegaron al edificio de apartamentos y Julián insistió en cargarla en brazos hasta el ascensor, a pesar de las risas y las protestas de Allie.
—Puedo caminar, de verdad —decía ella, aunque se aferraba con fuerza a su cuello.
—No me importa. Quiero consentirte cada segundo del día —respondió él con firmeza, depositando un beso rápido en sus labios.
Silencio y comodidad los recibieron al entrar de nuevo a su apartamento.
Allie soltó un suspiro de alivio al quitarse los zapatos de tacón bajo, hundiéndose en el sofá del salón.
Julián se arrodilló frente a ella, tomando sus pies descalzos entre sus manos para darle un masaje suave.
Eso se siente increíble —gimió ella de placer, cerrando los ojos por un momento.
—Te mereces eso y mucho más —respondió él, subiendo sus manos por sus pantorrillas con delicadeza.
Aquella calidez del hogar los envolvía, una burbuja perfecta donde el resto del mundo simplemente desaparecía.
Se sentía tan segura en este espacio que había construido junto a él.
De repente, una extraña opresión en la parte baja de su abdomen la hizo tensarse por completo.
No era el movimiento habitual del bebé, sino una presión sorda, como un cinturón de hierro que se ajustaba con fuerza a su alrededor.
—¿Allie? —preguntó Julián al instante, sintiendo la rigidez de su cuerpo—. ¿Qué pasa?
—Nada... solo un pequeño tirón —respondió ella, intentando forzar una sonrisa mientras respiraba hondo.
Aquel dolor disminuyó después de unos segundos, permitiéndole relajarse de nuevo contra los cojines.
—Debes descansar —insistió él, levantándose para besar su frente húmeda—. Iré a prepararte un té caliente.
—Gracias, mi amor —susurró ella, acariciando la curva de su vientre con dedos temblorosos.
Intentó convencerse de que era solo el cansancio del evento, un esfuerzo físico normal para su estado de gestación.
Julián caminó hacia la cocina, el sonido de sus pasos estables transmitiéndole una profunda paz.
Allie cerró los ojos, concentrándose en el ritmo de su propia respiración para calmar el latido acelerado de su corazón.
Sin embargo, apenas dos minutos después, una nueva ola de dolor, mucho más intensa y aguda, la golpeó de lleno.
Esta vez no fue una simple molestia.
Un espasmo severo recorrió todo su vientre, haciéndola doblarse hacia delante mientras contenía un grito de dolor.
Tanta intensidad en el pinchazo le quitó el aire de los pulmones, dejándola completamente paralizada en el sofá.
—¡Julián! —llamó, pero su voz apenas salió como un hilo ahogado por la opresión en su pecho.
Intentó ponerse de pie, buscando el apoyo del reposabrazos, pero una sensación de calor repentino y húmedo entre sus piernas la detuvo en seco.
Miró hacia abajo con los ojos muy abiertos por el pánico, sintiendo cómo el pijama comenzaba a mojarse rápidamente.
Aquel pánico se apoderó de ella al comprender lo que estaba ocurriendo.
No era el momento; apenas estaba en el sexto mes de embarazo, era demasiado pronto para que el bebé naciera.
Un miedo visceral y gélido se instaló en su pecho, bloqueando cualquier pensamiento lógico.
—¡Julián, por favor! —gritó esta vez con todas sus fuerzas, su voz quebrándose por el terror y el dolor agudo de una nueva contracción.
Un segundo después, Julián apareció en el umbral del salón, con el rostro pálido y los ojos inyectados en pánico al verla encogida sobre el sofá.
Aquella taza rota y el té derramado en la cocina quedaron olvidados instantáneamente ante la escena que se presentaba ante él.
—¡Allie! —excluyó él, arrojándose de rodillas a su lado en una milésima de segundo—. ¿Qué tienes? ¿Qué está pasando?
—Duele... Julián, duele mucho —sollozó ella, aferrándose a su camisa con una fuerza desesperada—. El bebé... creo que ya viene.