Nervios de acero eran necesarios para afrontar aquel instante.
Allie miraba el pequeño trozo de plástico sobre la encimera del baño, sintiendo que el corazón le golpeaba con fuerza las costillas.
Dos líneas rojas brillaban bajo la luz fluorescente.
Respirar se volvió una tarea titánica en ese preciso segundo.
¿Cómo reaccionaría él?
Aunque se amaban y habían decidido dejar atrás el dolor del pasado, un embarazo cambiaba absolutamente todo el panorama.
Crujió la puerta principal del apartamento.
Julián acababa de llegar de su jornada en la empresa familiar, con su silueta imponente recortándose contra la entrada.
—¿Amor? —su voz profunda resonó en el pasillo, cargada de esa calidez que siempre lograba calmar sus tormentas.
Caminando despacio, Allie salió del baño con las manos temblorosas escondidas detrás de la espalda.
Sus ojos se encontraron con los de él.
Julián arrojó las llaves sobre la mesita de la entrada y frunció el ceño al notar la palidez de su rostro.
—Estás temblando —susurró él, dando tres pasos rápidos para acortar la distancia entre ambos.
Manos grandes y cálidas acunaron el rostro de ella con una ternura infinita.
—¿Qué pasa? Me estás asustando, Allie —añadió, escudriñando su mirada.
—Julián... —la voz de ella se quebró ligeramente, mientras sus dedos se apretaban alrededor del test de plástico—. Necesito que te sientes, por favor.
—No me voy a sentar hasta que me digas qué ocurre —respondió él, con la mandíbula tensa por la repentina preocupación.
Sin decir una palabra más, ella extendió el brazo y le mostró el indicador de plástico.
Silencio sepulcral inundó la sala durante varios segundos.
Julián bajó la vista hacia el objeto.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en las dos líneas paralelas que redefinían sus vidas.
Con los dedos temblando ligeramente, tomó el test de las manos de Allie.
—¿Es... es real? —preguntó con un hilo de voz, buscando confirmación en los ojos de ella.
Lágrimas contenidas comenzaron a resbalar por las mejillas de Allie.
—Sí —susurró ella, asintiendo con la cabeza—. Estoy embarazada, Julián.
Un suspiro ronco escapó de los labios del joven.
Antes de que Allie pudiera procesar cualquier temor, los fuertes brazos de Julián la rodearon por la cintura, elevándola ligeramente del suelo.
—Vamos a ser padres —dijo él, apoyando la frente contra la de ella. Sus ojos brillaban con una intensa mezcla de incredulidad y una alegría desbordante.
Abrazándola como si fuera el tesoro más valioso del mundo, Julián comenzó a dejar pequeños besos en su frente, en sus mejillas húmedas y finalmente en sus labios.
—Nunca pienses que estás sola en esto —prometió con voz firme, mirándola con una devoción absoluta—. Te amo, Allie. Los amo a los dos.
Sus palabras actuaron como un bálsamo instantáneo, disipando cualquier rastro de miedo en el pecho de ella.
—Quiero que vengas a vivir conmigo —declaró él sin dudarlo un segundo—. No quiero que pases por esto lejos de mí. Quiero cuidarte cada día.
Asintiendo conmovida, ella se aferró a su cuello.
—Hablemos con mi madre primero —pidió Allie, buscando un ancla de realidad en medio de tantas emociones.
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Dentro de la pequeña cocina de su hogar, su madre escuchaba la revelación en silencio.
Una taza de té humeante permanecía intacta sobre la mesa de madera.
Allie jugaba nerviosamente con sus propios dedos, temiendo una reacción de reproche o decepción.
—Debes irte con él —dijo finalmente su madre con una sonrisa suave que iluminó su rostro cansado.
Tomando las manos de su hija, la miró con profunda ternura.
—Julián es un buen hombre, Allie. Te ama y se nota en la forma en que te protege. Este bebé merece crecer en un hogar donde sus padres estén unidos desde el primer instante.
—¿No te quedarás muy sola aquí, mamá? —preguntó Allie, sintiendo una punzada de culpa.
—Estaré perfectamente bien —aseguró su madre, apretando sus manos—. Mi mayor felicidad es saber que estás segura y amada. Ve con él, mi niña.
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Maletas apiladas junto al sofá marcaron el inicio de su nueva rutina en el apartamento de Julián.
El espacio, antes minimalista y sobrio, comenzó a transformarse con la presencia de Allie.
Libros de literatura se mezclaron con los manuales de finanzas en las estanterías.
Tazas de colores pastel encontraron su lugar en la cocina al lado de la moderna cafetera expreso.
Náuseas matutinas no tardaron en presentarse como un recordatorio implacable del proceso que ocurría en su vientre.
Algunos días eran verdaderamente brutales.
Allie se despertaba con una sensación de vacío insoportable en el estómago, corriendo directamente hacia el baño.
Julián, sin importar qué tan temprano fuera o qué tan importante fuera su agenda del día, siempre estaba allí.
Sostenía su cabello con delicadeza, le frotaba la espalda con movimientos circulares y le susurraba palabras de aliento mientras ella lidiaba con el malestar.
—Tranquila, mi amor, aquí estoy —le decía con voz suave, ofreciéndole un vaso de agua fresca y una toalla húmeda.
Devolviéndole el vaso, Allie solía mirarlo con los ojos llorosos por el esfuerzo y los labios fruncidos en un adorable puchero.
—Odio sentirme así —se quejaba ella, hundiéndose en su pecho.
—Lo sé, preciosa, pero lo estás haciendo increíble —respondía él, besando la coronilla de su cabeza con infinita paciencia.
Consentirla se convirtió en la prioridad absoluta de Julián.
Compraba fresas frescas a mitad de la noche si ella mencionaba un antojo fortuito.
Cocinaba caldos suaves y vigilaba que se mantuviera hidratada, prohibiéndole levantar cualquier objeto que pesara más de un par de kilos.
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Pantallas brillantes de computadoras y carpetas llenas de informes rodeaban a Julián en su oficina de la constructora.
Durante las reuniones con los ingenieros y los inversionistas, su mano derecha siempre permanecía cerca de su teléfono móvil.