Chapter 18 of 25
Capítulo 18: Tú de Nuevo
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Gotas de lluvia golpeaban el cristal de la farmacia con una insistencia casi dolorosa. Allie acomodaba las cajas de analgésicos en el estante superior, tratando de ignorar el zumbido eléctrico de las luces fluorescentes. Sus dedos temblaban ligeramente, un recordatorio constante de las últimas visitas de Julián.
Durante las últimas dos semanas, él había encontrado toda clase de excusas absurdas para cruzar esa puerta metálica. Compraba vendas que no necesitaba, pastillas para la garganta que jamás usaría, o simplemente preguntaba por marcas de vitaminas con una seriedad fingida. Cada encuentro dejaba un rastro de estática en el aire, una tensión que amenazaba con romper la frágil calma que Allie había tardado cinco años en construir.
Sonó la campana de la entrada, anunciando un nuevo cliente. Allie se giró con una sonrisa profesional dibujada en los labios, pero el aire se atascó en su garganta al ver la figura imponente que sacudía las gotas de agua de su abrigo oscuro. Julián la miraba con esos ojos oscuros y profundos que siempre parecían desnudarle el alma.
Pasos lentos lo llevaron directamente hacia el mostrador principal. No había nadie más en la tienda, solo el murmullo de la lluvia exterior y el latido desbocado en el pecho de Allie. Él apoyó las manos sobre la superficie de formica, revelando los nudillos tensos y una expresión decidida que ella conocía demasiado bien.
—Hola, Allie —dijo él, con una voz que era un susurro grave, cargado de una vibración que le erizó la piel.
—¿Qué tal, Julián? —respondió ella, aferrándose al borde del mostrador para que él no notara el temblor de sus manos—. ¿Necesitas algo más para tu botiquín imaginario?
Apenas una media sonrisa, cansada pero increíblemente atractiva, curvó los labios de Julián. Sus hombros se relajaron un poco, rompiendo la postura rígida que siempre adoptaba cuando intentaba mantener las distancias.
—Necesito hablar contigo fuera de este lugar —admitió él, sin apartar la mirada de sus ojos—. Cenemos hoy. Por favor. Solo nosotros dos, sin interrupciones, sin farmacias de por medio.
Dudar fue su primer instinto, pero el anhelo acumulado durante un lustro fue más fuerte que cualquier rastro de prudencia. Allie asintió lentamente, sintiendo que cruzaba una línea de la que jamás podría regresar.
—Acepto —susurró ella, y el brillo de alivio en los ojos de Julián fue suficiente para confirmar que ya no había vuelta atrás.
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Cristales empañados separaban el lujoso restaurante del caos lluvioso de la ciudad. El ambiente era cálido, iluminado por velas tenues que proyectaban sombras suaves sobre el mantel de lino blanco. Julián observaba a Allie al otro lado de la mesa, fascinado por la forma en que la luz dorada delineaba sus pómulos y el brillo suave de su cabello.
Conversar al principio resultó difícil, como si tuvieran que esquivar un campo minado de recuerdos dolorosos. Sin embargo, a medida que el vino tinto templaba sus nervios, las palabras comenzaron a fluir con una honestidad casi desesperada. Hablaron del abismo de cinco años que los había mantenido separados, llenando los huecos con confesiones que antes no se atrevían a deponer.
—Tuve que irme de esa casa, Allie —explicó Julián, apretando los cubiertos con una fuerza que delataba la vieja rabia acumulada—. Mi padre quería controlar cada segundo de mi vida, cada decisión, cada persona a la que amaba. No podía permitirlo más.
—¿Cómo lo enfrentaste? —preguntó ella, con los ojos fijos en el rostro de él, notando las nuevas líneas de madurez que ahora enmarcaban su mandíbula.
—Le devolví todo lo que me había dado y me marché con una sola maleta —respondió Julián, con una seriedad que helaba el aire—. Trabajé día y noche, sin descanso, hasta que logré fundar mi propia empresa de logística. Ahora soy libre. Nadie vuelve a decirme qué hacer, ni a quién tener a mi lado.
Pesado silencio cayó sobre la mesa, lleno de un significado implícito que ninguno de los dos se atrevía a romper todavía. Allie jugueteó con el pie de su copa, sintiendo el peso de los años de soledad sobre sus propios hombros.
—Yo me concentré en los estudios —compartió ella, con una voz suave que delataba su vulnerabilidad—. La universidad absorbió todo mi tiempo, pero siempre sentí que me faltaba una parte de mí. Ahora trabajo en la farmacia de mi tía, intentando encontrar estabilidad en medio de tanta incertidumbre.
—Nunca dejé de pensar en ti, Allie —confesó Julián de repente, extendiendo la mano sobre la mesa para rozar apenas las yemas de sus dedos—. Ni un solo día de estos cinco años.
Aquellas palabras golpearon el pecho de Allie como un impacto físico, acelerando su pulso hasta un ritmo casi doloroso. Quiso apartar la mano, pero la calidez de la piel de Julián era un imán del que no podía escapar.
De pronto, el teléfono de Allie vibró con insistencia sobre la mesa, rompiendo el hechizo que los envolvía. Ella parpadeó, disculpándose con la mirada antes de responder al ver el nombre de su madre en la pantalla.
—¿Mamá? ¿Pasa algo? —preguntó, con un tono de preocupación inmediata.
—Cariño, el tráfico en la autopista principal está completamente colapsado por un accidente y la tormenta —explicó la voz preocupada de Elena al otro lado de la línea—. Los oficiales están desviando todos los autos. No vas a poder llegar a casa en horas, y el clima está empeorando. ¿Sigues con Julián?
—Sí, estamos terminando de cenar —respondió Allie, sintiendo que sus mejillas se encendían bajo la mirada atenta del hombre frente a ella.
—Es mejor que te quedes con él esta noche, hija —sugirió Elena con total naturalidad—. Su apartamento está mucho más cerca del centro y no quiero que arriesgues tu vida manejando con esta tormenta. Llámame cuando lleguen, por favor.
Cortando la comunicación, Allie dejó el teléfono sobre la mesa con lentitud, procesando la sugerencia de su madre con el corazón latiéndole en la garganta. Julián arqueó una ceja, esperando en silencio a que ella hablara.
—Dice que la autopista está cerrada por la tormenta —explicó ella, con la voz ligeramente trémula—. Sugiere que me quede contigo esta noche.
Brillo intenso y oscuro cruzó la mirada de Julián, una mezcla de sorpresa y un deseo primitivo que no intentó ocultar. Sus dedos se cerraron con firmeza alrededor de la mano de Allie, sellando el destino de esa noche.
—Vámonos a casa —dijo él simplemente.
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Sombras alargadas se proyectaban sobre las paredes del moderno apartamento de Julián. El espacio era amplio, minimalista y ordenado, con grandes ventanales que ofrecían una vista impresionante de la ciudad bajo la lluvia torrencial. Allie se encontraba de pie en medio de la sala, sintiéndose diminuta y extrañamente expuesta en ese entorno tan personal.
—Puedes usar la ducha para calentarte —sugirió Julián, entregándole una toalla mullida y un conjunto de ropa limpia—. Te dejaré una de mis camisetas y un pantalón de pijama. Te quedarán un poco grandes, pero estarás cómoda.
Agradeciendo el gesto con un leve murmullo, Allie se refugió en el cuarto de baño. El agua caliente golpeó sus hombros tensos, lavando el frío de la noche y el cansancio acumulado, pero no logró disipar la dulce ansiedad que le oprimía el pecho. Al salir, vestida con la enorme camiseta gris de Julián que olía a sándalo y a su propia esencia masculina, se sintió temblar de una manera completamente distinta.
Julián la esperaba en la sala de estar, vistiendo únicamente un pantalón deportivo oscuro que dejaba al descubierto su torso esculpido y los hombros anchos que delataban años de estricta disciplina. Al verla aparecer, su respiración se detuvo visiblemente por un segundo, y sus ojos recorrieron cada centímetro de las piernas descubiertas de Allie.
—He preparado la cama para ti —dijo él, con una voz áspera que delataba el esfuerzo por mantener el control—. Yo dormiré aquí en el sofá, o puedo armar algo en el piso si lo prefieres. No quiero que te sientas incómoda en absoluto.
Caminando lentamente hacia el umbral de la habitación principal, Allie observó la amplia cama con sábanas oscuras. El ambiente estaba cargado de un magnetismo casi tangible, un lazo invisible que los atraía el uno al otro con una fuerza devastadora. Ella se giró para mirarlo, sosteniéndole la mirada con una valentía que no sabía que poseía.
—Esta cama es demasiado grande para una sola persona, Julián —dijo ella, con un hilo de voz que cortó el silencio como un cuchillo afilado.
Silencio sepulcral se apoderó de la habitación, roto únicamente por el azote del viento contra los cristales. Julián dio un paso adelante, con la mandíbula tensa y los puños cerrados a los costados, luchando contra el impulso de abalanzarse sobre ella.
—Allie... si me acerco, no voy a querer alejarme —advirtió él, con una advertencia que sonaba más como una súplica desesperada.
—No te alejes —respondió ella, dando un paso hacia atrás para sentarse en el borde del colchón, sin apartar sus ojos de los de él—. Acércate a la cama. Por favor.
Aquella invitación fue el detonante que rompió cualquier rastro de contención en Julián. Él cruzó el espacio que los separaba con zancadas decididas, subiéndose al colchón y acorralándola con su imponente físico. Su mirada ardiente quemaba la piel de Allie antes de que sus labios se encontraran finalmente en un beso salvaje y necesitado.
Fue un beso cargado de cinco años de promesas rotas, de noches en vela y de un amor que jamás se había extinguido. Las manos de Julián se enredaron en el cabello húmedo de Allie, atrayéndola con una urgencia que ella respondió rodeando su cuello con los brazos, gimiendo suavemente contra su boca.
Despacio, Julián deslizó sus labios por la mandíbula de Allie, dejando un rastro de besos húmedos que descendieron por su cuello hasta la clavícula. Ella arqueó la espalda, sintiendo una oleada de calor líquido recorrerle el vientre mientras las manos de él subían por debajo de la camiseta de pijama, acariciando la piel suave de sus muslos con una delicadeza infinita.
—Te he extrañado tanto que dolía respirar —susurró él contra su oído, con la voz rota por el deseo—. Eres mía, Allie. Siempre has sido mía.
—Tú también eres mío, Julián —respondió ella, jadeando mientras él retiraba la camiseta con un movimiento fluido, dejándola expuesta ante su mirada devoradora.
Con una reverencia casi religiosa, Julián descendió por su cuerpo, besando cada centímetro de su abdomen mientras la respiración de Allie se volvía cada vez más errática. Él separó sus piernas con suavidad, arrodillándose entre ellas mientras mantenía un contacto visual tan ardiente que parecía derretir cualquier duda restante.
Lentamente, Julián se inclinó para besar la parte interna de sus muslos, provocando que Allie se aferrara a las sábanas con desesperación. Cuando sus labios y su lengua encontraron finalmente el centro de su intimidad, ella soltó un jadeo ahogado, arqueando las caderas ante la intensa oleada de placer que la invadió de golpe. Él la saboreó con una lentitud tortuosa, guiándola hacia la cima del éxtasis con movimientos expertos y rítmicos que la hicieron temblar por completo.
Gritos ahogados se perdieron en la almohada mientras Allie alcanzaba un orgasmo abrumador, sintiendo que su cuerpo se estremecía bajo el toque devoto de Julián. Sin darle tiempo a recuperarse, él se deslizó hacia arriba, besando sus labios empapados de pasión mientras se deshacía rápidamente del resto de su ropa.
Sus cuerpos, ahora completamente desnudos, se reconocieron al instante en la penumbra del dormitorio. Julián se posicionó sobre ella, conteniendo el aliento mientras buscaba sus ojos una vez más, pidiendo un consentimiento silencioso que ella otorgó enredando sus piernas alrededor de su cintura.
Con un empuje lento y firme, él se fundió con ella en una unión que borró de golpe los cinco años de dolor, desengaños y distancia. El ritmo que siguió fue una mezcla perfecta de ternura y un deseo salvaje largamente reprimido, un ir y venir constante que los llevó a ambos al borde del delirio mientras la tormenta rugía con fuerza en el exterior.
Julián y Allie habían tenido sexo.