Chapter 17 of 25

Capítulo 17: Volver a Verte

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Frío y artificial, el aire acondicionado de la farmacia soplaba directamente sobre su nuca, pero no lograba apagar el incendio que de pronto consumía el rostro de Allie. Sus manos, aferradas con fuerza al borde del mostrador de vidrio, temblaban de manera imperceptible para cualquiera que no fuera ella misma. Cinco años de dolorosa distancia. Cinco años construyendo una fortaleza de silencio, rutinas aburridas y turnos interminables, derrumbados por completo en el espacio de un solo segundo. Nerviosismo puro recorrió su espina dorsal mientras contenía la respiración, incapaz de creer que el hombre frente a ella fuera real. Su silueta recortada bajo las luces blancas parecía sacada de sus peores y mejores sueños a la vez. —Julián... El nombre escapó de sus labios como un susurro asustado, un eco del pasado que jamás pensó volver a pronunciar en voz alta en este rincón de la ciudad. —Sí. La respuesta de él fue inmediata, cargada de una vibración profunda que resonó en el pecho de Allie con la fuerza de un golpe físico. —Allie. Cuánto tiempo. Silencio denso y cargado de electricidad se instaló entre los dos, asfixiando cualquier rastro de aire limpio en el local. Bajo sus costillas, el corazón de Allie comenzó a golpear con una fuerza salvaje, un ritmo desbocado que amenazaba con dejarla sorda. Miró de reojo la base del cuello de Julián, descubriendo que la pulsación en su carótida era igual de rápida y desordenada que la suya. Apretada y rígida, la mandíbula de Julián mostraba una tensión extrema, marcando una línea dura que antes, en su juventud, solía ser mucho más suave. Había cambiado físicamente, madurando de una forma que le quitaba el aliento. Sus hombros se veían más anchos bajo la chaqueta oscura, y su porte denotaba una seguridad rígida, casi militar, impuesta por los años de disciplina. Sin embargo, sus ojos oscuros conservaban la misma intensidad magnética de siempre, capaces de desarmarla con una sola mirada directa. Incapaz de sostenerle la mirada por más tiempo sin derrumbarse, Allie desvió la vista hacia los estantes de medicamentos a su espalda. Necesitaba una distracción urgente, cualquier objeto físico que le permitiera romper el hechizo que amenazaba con ahogarla. —¿En qué... en qué puedo ayudarte hoy? —preguntó ella, luchando por mantener un tono de voz profesional y carente de emociones. —Migraña —respondió él, levantando una mano grande para presionarse la sien derecha con un gesto de dolor genuino. —Una de las peores que he tenido en meses. Necesito algo realmente fuerte que actúe rápido. Asintiendo con rapidez, Allie se giró por completo hacia las filas de cajas ordenadas de forma alfabética. Agradeció internamente el cambio de posición, usando su propio cuerpo como escudo para ocultar el temblor que ahora afectaba también a sus rodillas. Sus ojos recorrieron las etiquetas de colores, pero las letras se mezclaban en su mente como una masa informe de tinta sin sentido. Inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el olor a alcohol desinfectante y papel limpio, obligándose a recuperar el control de sus sentidos. Tomó dos cajas de diferentes marcas de la sección de analgésicos y se volvió lentamente hacia el mostrador de vidrio. Las colocó frente a él, manteniendo una distancia prudencial para evitar cualquier posibilidad de contacto físico. —Tengo dos opciones diferentes para ti —explicó, señalando la primera caja con un dedo que aún temblaba ligeramente. —Estas pastillas son de acción rápida, ideales si el dolor ya es insoportable, pero el compuesto activo puede causarte algo de somnolencia severa. Luego, tocó la segunda caja, de color verde claro, intentando concentrarse en su explicación técnica. —Estas otras son de liberación prolongada. Tardan un poco más en hacer efecto, pero mantienen el dolor bajo control durante doce horas sin interferir con tus actividades diarias. Julián no miró las cajas ni por un instante. Su mirada permanecía fija en el rostro de Allie, devorando cada detalle de sus facciones, desde la curva de su nariz hasta el ligero temblor de sus pestañas húmedas. —La que tú me recomiendes —mur murmuró, con una voz tan baja y cargada de una extraña melancolía que a ella se le erizó la piel del cuello. —Confío plenamente en tu criterio, Allie. Oxígeno parecía faltar en la pequeña farmacia, convirtiendo cada inhalación en un esfuerzo titánico para la joven. —La de acción rápida —logró articular, deslizando la caja azul hacia su lado del mostrador. —Es mejor atacar el dolor de inmediato antes de que empeore. —Gracias —dijo él de forma pausada, sin apartar la vista de ella. No sacó su billetera de inmediato; simplemente se quedó allí, de pie, contemplándola como si temiera que ella fuera un espejismo que desaparecería al parpadear. —Te ves... increíble, Allie. El tiempo te ha sentado de maravilla. Dolor agudo, una mezcla de nostalgia y un anhelo reprimido durante media década, le atravesó el estómago con una violencia inaudita. —Gracias. Tú también te ves muy bien —respondió ella, forzando una sonrisa cortés que se sintió como una máscara de yeso a punto de romperse. Lentamente, Julián metió la mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo unos billetes, colocándolos sobre la superficie pulida del vidrio. Al recoger el dinero para registrar la venta, los dedos de Allie rozaron inevitablemente la superficie cálida de su mano. Fue un contacto de apenas un milisegundo, pero se sintió como una descarga eléctrica que le recorrió la columna, dejándola sin aliento. Él también pareció sentirlo; sus ojos se abrieron un poco más y su respiración se volvió notablemente más pesada en el silencio del local. Nadie dijo nada durante los siguientes segundos, pero la tensión en el aire era tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo. Allie tecleó los números en la máquina registradora con movimientos mecánicos, deseando que la tierra se la tragara allí mismo. —Aquí tienes tu cambio... y tu medicina —susurró Allie, entregándole la pequeña bolsa de papel con dedos que ya no podía controlar. —Gracias, Allie —repitió él, tomando la bolsa con una lentitud exasperante, como si quisiera prolongar el encuentro. Dio un paso atrás, pero se detuvo antes de empujar la puerta de vidrio que daba a la ruidosa calle de la ciudad. Giró la cabeza ligeramente, sin llegar a mirarla por completo, y añadió en un susurro cargado de emoción: —De verdad me alegra haberte vuelto a ver. Sonó la puerta de vidrio con un leve tintineo y la figura de Julián se desvaneció de inmediato entre la multitud de peatones que caminaban por la acera. --- Caminando en piloto automático, Allie pasó las siguientes horas de su turno de trabajo como si fuera un fantasma dentro de su propio cuerpo. Atendió a una docena de clientes más, cobró recetas y organizó estantes, pero su mente estaba atrapada en un bucle infinito que repetía cada detalle de ese encuentro. Preguntas sin respuesta bombardeaban su cabeza, una tras otra, amenasando con hacerla perder la poca cordura que le quedaba. ¿Por qué había aparecido justo ahora, cuando finalmente creía haber encontrado una paz predecible y segura en su nueva vida? Recuerdos del pasado comenzaron a inundar su mente sin piedad, trayendo de vuelta la dolorosa tarde de su partida definitiva del colegio. Aquella tarde de lluvia en la que sintió que su mundo se caía a pedazos por las mentiras de Miranda y la implacable frialdad del padre de Julián. Todo el sufrimiento que había intentado enterrar bajo capas de estudio universitario y largas jornadas de trabajo parecía haber revivido con un solo roce de manos. Cuando las manecillas del reloj marcaron la hora de cierre, Allie no perdió un segundo más dentro del local. Cerró la caja registradora, apagó las luces y aseguró la puerta metálica de la farmacia con movimientos torpes y apresurados. Caminó a paso rápido por las aceras frías de la ciudad, ignorando el viento helado de la tarde que golpeaba sus mejillas y alborotaba su cabello. Brillaban las luces de los autos a su alrededor como líneas difusas de color rojo y amarillo, distorsionadas por las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Apretó el abrigo contra su cuerpo, sintiendo un vacío enorme y doloroso en el pecho, el mismo vacío que creía haber llenado durante estos cinco años de ausencia. Viviendo en una mentira piadosa, se había convencido a sí misma de que el tiempo lo curaba todo y de que el olvido era una meta alcanzable. Al llegar al pequeño y acogedor apartamento que compartía con su madre, Allie abrió la puerta con una brusquedad inusual. Olor a sopa de verduras caliente y té de manzanilla inundaba el ambiente, un refugio de calidez que siempre solía calmarla, pero hoy no fue suficiente. Elena, su madre, estaba en la cocina revolviendo una olla humeante, pero se giró de inmediato al escuchar el fuerte sonido de la puerta. Detuvo sus movimientos al instante, dejando la cuchara de madera a un lado al ver la expresión desencajada de su hija. —¿Allie? Mi amor, ¿qué te pasa? —preguntó Elena, acercándose a ella a toda prisa con el rostro lleno de preocupación. —Estás pálida, pareces haber visto a un fantasma en el camino. Cerró la puerta de entrada con llave y se apoyó contra la madera, sintiendo que sus piernas finalmente cedían ante el peso del agotamiento emocional. Deslizada contra la superficie de madera, se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas contra el pecho mientras las primeras lágrimas comenzaban a correr sin control. Lágrimas gruesas y calientes empaparon sus mejillas, liberando toda la angustia y la presión que había acumulado durante las últimas horas de su turno. Elena se arrodilló a su lado en el suelo, envolviéndola en un abrazo protector y acariciando su cabello con infinita ternura maternal. —Háblame, por favor, mi vida. Me estás asustando mucho. ¿Pasó algo malo en la farmacia? ¿Un asalto? —No... no es eso —logró articular Allie entre sollozos, escondiendo el rostro húmedo en el hombro de su madre. —Fue él, mamá. Julián. Tensa por la sorpresa, Elena detuvo sus caricias por un instante, procesando el nombre que no había escuchado en cinco largos años. —¿Julián? ¿El chico del colegio? ¿El hijo de ese hombre? —Sí —asintió Allie, con la voz rota por el dolor de los recuerdos que ahora se agolpaban en su mente sin piedad. —Entró a la farmacia esta tarde. Estaba buscando medicina para la migraña. Me vio, mamá. Hablamos frente a frente. Suspiró profundamente Elena, apretando más el abrazo mientras una mezcla de rabia y profunda tristeza cruzaba su propio rostro cansado. Recordaba perfectamente el estado de devastación en el que su hija había quedado tras huir de la ciudad, la profunda depresión que casi la destruye. —Oh, mi niña hermosa... ¿te hizo algo? ¿Te dijo algo hiriente que te pusiera así? —No, al contrario —sollozó Allie, limpiándose las lágrimas de manera inútil con el dorso de su mano temblorosa. —Fue extremadamente educado y respetuoso. Pero me miraba de una manera... como si todavía le importara, como si estos cinco años no hubieran existido. Trató de calmar su respiración agitada, pero el dolor en su pecho era demasiado grande para contenerlo por más tiempo. —Traté de ser fuerte, de verdad lo intenté con todas mis fuerzas, mamá. Quería actuar como una profesional, como si él fuera un cliente desconocido más. —Es normal que te afecte de esta manera, Allie —la consoló Elena, tomándole las manos frías para transmitirle un poco de su propio calor. —Ese chico fue tu primer amor, y la forma en que los obligaron a separarse fue sumamente injusta y dolorosa para ambos. —Eso es lo peor, mamá —confesó Allie, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta que apenas le permitía respirar. Aferrada a las manos de su madre, Allie la miró directamente a los ojos, revelando la terrible verdad que había intentado ocultar incluso de sí misma. —Pensé que lo había superado, mamá. De verdad me convencí de que el dolor se había curado y de que solo quedaba el recuerdo de un amor infantil. Miró Elena a su hija con infinita compasión, comprendiendo la magnitud del sufrimiento que Allie había guardado en silencio durante tanto tiempo. —Pero en cuanto lo tuve enfrente, en cuanto escuché su voz y sentí el roce de sus dedos contra los míos... todo mi mundo se derrumbó —confesó Allie, sintiendo que el corazón se le partía en mil pedazos una vez más. —No he dejado de extrañarlo ni un solo día de estos cinco años, mamá. Sigo completamente enamorada de él.

End of Chapter 17