Frío helado de finales de otoño golpeaba las paredes de cristal de la Universidad de Hanyang, pero el abrigo de cachemira verde botella que envolvía mis hombros era lo suficientemente grueso como para aislarme de la realidad. Aquella prenda costaba más que la matrícula anual de la mitad de los becados que se cruzaban conmigo en los pasillos de piedra pulida.
Ajusté el cuello de la costosa lana con dedos impecablemente enjoyados, disfrutando del sutil roce del oro blanco contra mi piel. Cada accesorio que llevaba encima, desde los anillos de diseñador hasta la pulsera de esmeraldas heredada de mi abuela, servía como un escudo invisible. Era Im Jungwon, el heredero perfecto, el príncipe intocable al que nadie se atrevía a mirar a los ojos sin bajar la cabeza.
Caminar por el campus principal se sentía como desfilar en una pasarela de cristal donde un solo paso en falso podría hacerme caer al abismo. Mis padres controlaban cada uno de mis movimientos desde su oficina en el centro de Seúl, esperando siempre la perfección absoluta. Para ellos, yo no era un hijo; era una inversión que debía mantener el estatus de la familia impecable a cualquier precio.
Un zumbido persistente en mi bolsillo rompió el ritmo de mis pensamientos gélidos. Saqué el teléfono con un suspiro de fingida pereza, pero la agitación en mi pecho aumentó drásticamente al ver el remitente del mensaje.
Aquello no era un simple recordatorio. El texto de mi padre era corto, directo y devastador: 'Tu promedio en macroeconomía avanzada bajó a 9.8 este mes. Si al final del semestre no recuperas la calificación perfecta de 10, tus fondos mensuales serán suspendidos inmediatamente y reevaluaremos tu permanencia en el apartamento de lujo. No toleraré la mediocridad en mi linaje'.
Mi garganta se cerró al instante, atrapando el aire en mis pulmones como si me estuviera ahogando en una piscina de hielo. Mis dedos apretaron los bordes del teléfono con tanta fuerza que la fina pantalla crujió levemente bajo la presión de mis nudillos blancos. Un sudor gélido comenzó a deslizarse por mi nuca, amenazando con arruinar la impecable caída de mi camisa de seda italiana.
Perder mis fondos significaba perder mi libertad, mi estatus y la única máscara que me protegía del desprecio de mi propia familia. Si mis padres me cortaban el suministro de dinero, pasaría de ser el rey del campus a un paria indefenso, expuesto a las burlas de aquellos que fingían ser mis amigos solo por mi apellido.
Tragué saliva con dificultad, obligando a las facciones de mi rostro a recuperar la rigidez de una estatua de mármol. Nadie en este maldito lugar de apariencias se enteraría del terror que me carcomía por dentro.
Ninguno de estos estudiantes merecía ver mis debilidades. Guardé el teléfono en el bolsillo interior del abrigo y apresuré el paso hacia la cafetería central del campus, buscando desesperadamente un escape antes de que la ansiedad terminara por romper mi compostura.
Con paso firme y la barra de la mandíbula tensa, empujé las pesadas puertas de cristal del establecimiento. El murmullo constante de las conversaciones ajenas y el olor a café recién molido me envolvieron de inmediato, pero nada de eso lograba calmar el temblor interno de mis manos.
Aquel lugar estaba repleto de herederos mediocres que gastaban el dinero de sus familias en ropa de marca y pretensiones baratas. Me dirigí directamente al mostrador de mármol negro, ignorando las miradas furtivas de admiración que se clavaban en mi espalda como agujas.
Grupos de estudiantes de derecho y administración se apartaron a mi paso, conociendo de sobra mi reputación de no tolerar que nadie invadiera mi espacio personal. Yo no buscaba socializar; solo quería algo fuerte que borrara el sabor amargo de la amenaza de mi padre.
Ignorando al cajero que me saludó con una reverencia exagerada, ordené de inmediato: —Un espresso doble, hirviendo y sin azúcar, ahora mismo.
Un estudiante de primer año, vestido con el delantal verde de los empleados de medio tiempo, se apresuró a preparar mi pedido mientras sus manos temblaban de manera visible. Su torpeza evidente solo sirvió para irritarme más, agitando la tormenta de ira contenida que amenazaba con desbordarse de mi pecho.
Minutos después, el mesero se acercó con la taza de porcelana sobre un pequeño plato, pero su evidente nerviosismo le jugó una mala pasada. Al intentar dejar el servicio sobre la barra, sus dedos resbalaron, provocando que la taza se tambaleara violentamente y varias gotas de café oscuro salpicaran directamente sobre la manga de mi abrigo verde botella.
Una furia ardiente y descontrolada, alimentada por el pánico latente de perderlo todo, estalló en mi mente. La máscara de príncipe gélido se transformó en una mueca de pura crueldad mientras observaba la mancha húmeda sobre la costosa tela de mi abrigo.
Miré al mesero con unos ojos cargados de tanto desprecio que el pobre chico dio un paso atrás, tropezando con sus propios pies. Su rostro se volvió completamente pálido y comenzó a balbucear disculpas incomprensibles que solo aumentaron mi asco.
—¿Eres estúpido o simplemente naciste sin un cerebro funcional? —siseé, mi voz baja pero lo suficientemente afilada como para cortar el aire a nuestro alrededor—. Este abrigo cuesta más de lo que tus padres ganan en un año entero de trabajo miserable, y tú acabas de arruinarlo con tu maldita incompetencia.
Temblando de miedo, el chico intentó estirar la mano con una servilleta de papel para limpiar la tela, pero aparté su brazo de un manotazo despectivo. Las miradas de toda la cafetería ahora se centraban en nosotros, disfrutando del espectáculo público de mi crueldad implacable.
—Ahórrate tus estúpidas disculpas y mantén tus manos sucias lejos de mí —exclamé, tomando la taza de porcelana que aún humeaba con fuerza—. Si no puedes realizar una tarea tan simple como servir un maldito café sin arruinar la ropa de los demás, no mereces trabajar aquí ni respirar el mismo aire que yo.
Incliné mi muñeca con lentitud deliberada, apuntando el borde de la taza directamente hacia las gastadas zapatillas del camarero. Quería humillarlo por completo, quería ver el líquido hirviendo destruir su calzado barato para transferirle un poco de la humillación y el dolor que el mensaje de mi padre me había causado.
Justo cuando la primera gota de espresso caliente estaba a punto de caer sobre el suelo, una mano grande y áspera me sujetó la muñeca con una fuerza brutal. El agarre fue tan repentino y firme que detuvo mi movimiento en seco, obligándome a apretar los dientes por el dolor del impacto.
—Suéltame en este mismo instante —ordené con voz temblorosa de rabia, girando la cabeza para enfrentar al infractor que se había atrevido a tocarme sin mi consentimiento.
Frente a mí no había ningún guardia del campus ni un profesor, sino un chico que representaba todo lo que yo despreciaba. Su chaqueta de mezclilla estaba gastada y deshilachada en los bordes, sus botas de combate estaban cubiertas de una ligera capa de barro y su cabello oscuro caía de forma desordenada sobre su frente, dándole un aspecto completamente rebelde y descuidado.
Sus ojos oscuros, intensos y cargados de un desafío absoluto, me miraban de frente sin mostrar la más mínima señal de sumisión o temor hacia mi apellido o mi dinero. Una sonrisa ladina y burlona curvaba sus labios, haciéndome saber que mi estatus no significaba nada para él.
—¿O qué vas a hacer, principito consentido? —preguntó con un tono de voz ronco y exasperantemente tranquilo que resonó en el silencio de la cafetería—. ¿Vas a correr a llorar con tus padres porque alguien no te dejó pisotear a un trabajador para alimentar tu frágil y patético ego?
Pánico real, frío y agudo, comenzó a filtrarse por las grietas de mi fachada al darme cuenta de que mi mirada de desprecio no surtía ningún efecto en él. Este intruso parecía ver a través de toda mi ropa de marca y mis joyas, encontrando la debilidad oculta que tanto me esforbaba por esconder del mundo.
—No te atrevas a hablarme así, maldito muerto de hambre —siseé, intentando que mi voz sonara amenazante a pesar del temblor provocado por la humillación—. Suelta mi mano ahora mismo antes de que me encargue personalmente de que te expulsen de esta universidad por agresión.
Lejos de intimidarse por mi amenaza, el chico de la chaqueta de mezclilla apretó aún más sus dedos alrededor de mi muñeca, tirando de mí hacia delante con brusquedad. La distancia entre nosotros se redujo tanto que pude percibir el olor a tabaco y lluvia que emanaba de su ropa, un contraste violento con mi perfume de diseñador.
—Inténtalo si tienes el valor para hacerlo —murmuró, inclinándose hacia mi oído para que solo yo pudiera escuchar sus palabras cargadas de veneno—. Mi nombre es Jay. Grábatelo bien en esa cabeza hueca llena de dinero, porque soy la última persona en este campus que va a tolerar tus berrinches de niño mimado.
Aquella humillación pública frente a decenas de estudiantes que solían temerme me hizo arder las mejillas de pura vergüenza. El miedo a que descubrieran que no era más que un títere asustado de sus padres se transformó en una oleada de furia ciega y desesperada.
Reaccioné con violencia instintiva, utilizando toda la fuerza de mi cuerpo para tirar de mi brazo hacia atrás y liberarme de su opresión de una vez por todas.
Jay me soltó de manera repentina, perdiendo el interés en sostener mi muñeca, lo que provocó que mi brazo se sacudiera con fuerza hacia atrás debido a la inercia del movimiento.
Escuché un chasquido metálico casi imperceptible que hizo que mi corazón se detuviera por completo en mi pecho. El broche de oro blanco de mi pulsera de esmeraldas, debilitado por el forcejeo constante, se abrió por completo.
Aquel accesorio de valor incalculable, la joya familiar que mi madre me había advertido que jamás debía perder bajo amenaza de desheredarme, se deslizó de mi piel como una gota de agua fría.
Intenté reaccionar a tiempo, estirando los dedos con desesperación para atraparla antes de que tocara el suelo, pero la suerte no estaba de mi lado esa tarde.
Un destello verde esmeralda brilló bajo las luces de la cafetería mientras la joya caía en una trayectoria perfecta hacia la rejilla metálica del desagüe del suelo, ubicada justo entre nuestros pies.
Me quedé completamente inmóvil, observando el vacío del desagüe mientras mi respiración se volvía errática y un sudor helado empapaba mi espalda, consciente de que acababa de perder la única cosa que me mantenía a salvo del juicio implacable de mi familia.
Alcé la vista con lentitud, encontrando los ojos oscuros de Jay, quien presenciaba mi desgracia con una expresión de absoluto deleite y una sonrisa que prometía hacerme la vida imposible.
Jungwon se zafa del agarre de Jay, pero al hacerlo, su costosa pulsera de esmeraldas de herencia familiar se desliza de su muñeca y cae directo al alcantarillado, dejando a Jay con una sonrisa burlona y el secreto de su debilidad entre las manos.