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Capítulo 2: La Primera Transacción Humana

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Polvo grisáceo llenaba sus fosas nasales con cada bocanada de aire seco. Arrastrándose sobre el frío metal de los conductos de ventilación, Harold Havock controlaba el ritmo de su respiración para no hacer el menor ruido. Su cuerpo, aunque rejuvenecido de forma inexplicable, aún protestaba ante el esfuerzo físico continuo. Aquellos conductos eran estrechos, diseñados para el mantenimiento básico del edificio corporativo que él mismo había financiado décadas atrás. Irónico que su antigua fortaleza de cristal y acero fuera ahora su único laberinto de escape. Abajo, pisadas rítmicas y pesadas resonaban contra el suelo de terrazo pulido. Voces distorsionadas por radios de onda corta se filtraban a través de las rejillas metálicas. "Sección cuatro despejada. No hay rastro del intruso", informó una voz femenina, fría e impersonal. Escuchar esa confirmación no alivió la tensión en los hombros de Harold. Sabía perfectamente que estas patrullas tácticas no abandonarían el perímetro hasta haber registrado cada centímetro cúbico. Havock Enterprises siempre construyó con redundancias de seguridad, un detalle que ahora utilizaba a su favor. Recordaba el plano exacto del ala de investigación médica, justo donde se cruzaban los sistemas de extracción de aire. Deslizando sus palmas con extrema lentitud, avanzó tres metros más hacia la bifurcación izquierda. Sudor frío resbalaba por su sien, empapando el cuello de la gastada bata médica que aún vestía. --- Abajo, la patrulla continuaba su avance sistemático. Mirando a través de las rendijas de la rejilla, Harold observó a tres mujeres vestidas con armaduras de polímero negro. Portaban rifles de asalto compactos y visores térmicos activos. Cualquier firma de calor en este sector abandonado las atraería como tiburones a la sangre. Su propia temperatura corporal era un peligro constante, pero el flujo de aire frío del conducto principal ayudaba a disipar el rastro. Esperó a que el eco de sus botas se desvaneciera en el pasillo adyacente antes de moverse de nuevo. Llegar al punto de salida requería descender por el hueco del montacargas clausurado. Agarrando un cable de acero desgastado, Harold se descolgó con cuidado de no golpear las paredes metálicas. Sus pies tocaron el suelo cubierto de escombros en una oficina auxiliar del sótano dos. Silencio absoluto lo recibió en la penumbra. --- Un crujido metálico a su espalda congeló sus movimientos. Antes de que pudiera girarse, un haz de luz azulada iluminó su rostro, acompañado por el zumbido característico de un condensador cargándose. "Ni un solo paso más", ordenó una voz áspera detrás del cañón. Harold levantó las manos despacio, manteniendo las palmas visibles a la altura del pecho. Girándose con extrema lentitud, se topó con la silueta de una mujer de complexión ágil. Vestía ropa de cuero reforzada, parches de tela militar y un arnés lleno de herramientas de desguace. Apuntándole directamente al pecho, sostenía un rifle de plasma modificado, cuya batería brillaba con un tono celeste peligroso. Aquella mujer no pertenecía a la patrulla militarizada; sus ojos reflejaban el hambre y la astucia de quien sobrevive de las sobras. "No busco problemas", dijo Harold, manteniendo su voz en un tono plano, casi aburrido. Valeria, la recolectora, apretó los dientes, evaluando a su presa con desconfianza evidente. "Eres un intruso en mi zona de recogida, y vistes como un cadáver que acaba de levantarse", replicó ella sin bajar el arma. Su dedo índice acariciaba el gatillo magnético con una familiaridad alarmante. Harold no mostró miedo, pues el pánico era una variable ineficiente en cualquier negociación. Analizó rápidamente las condiciones de su oponente: botas desgastadas con cinta adhesiva, un filtro de aire de baja calidad en su cuello y un tic nervioso en su mano izquierda. Ella necesitaba recursos con urgencia, no un cadáver inútil que esconder de las patrullas. "Hagamos una valoración de activos", propuso Harold, adoptando su tono de negociador corporativo. Valeria soltó una risa seca, desprovista de humor, sin desviar la mira de su objetivo. "¿Activos? Estás a un segundo de convertirte en cenizas, viejo", siseó ella, dando un paso adelante. "Si me disparas, el ruido térmico de ese rifle atraerá a la patrulla del nivel superior en menos de noventa segundos", razonó Harold con frialdad. Su pulso permanecía estable, un cálculo frío que desconcertó visiblemente a la recolectora. "Además", continuó él, "moriría con el secreto del inventario médico más grande de este distrito". Estas palabras hicieron que Valeria detuviera su avance, entornando los ojos con sospecha. "Este lugar está saqueado desde hace cinco años", escupió ella, aunque el cañón del rifle descendió apenas unos milímetros. "Para los saqueadores comunes, sí", replicó Harold con una sonrisa gélida. "Sin embargo, Havock Enterprises guardaba sus suministros de contingencia bajo protocolos de encriptación física", añadió. Sabía que el dolor de cabeza de cualquier recolector era encontrar medicamentos que no hubieran caducado o sido destruidos por la humedad. Sintió un profundo desprecio interno al notar que la supervivencia humana ahora requería transacciones de pura astucia en lugar de contratos legales. "¿De qué tipo de suministros hablamos?", preguntó Valeria, la codicia luchando activamente contra su prudencia. "Antibióticos de amplio espectro, regeneradores celulares y tres unidades de purificación de agua portátiles", detalló Harold. Ofreció la información con cuentagotas, midiendo el impacto de cada palabra en la expresión de la mujer. "¿Y qué quieres a cambio?", inquirió ella, manteniendo la tensión en sus hombros. "Un mapa físico actualizado de esta ciudad y tu silencio", demandó él con firmeza. Valeria lo observó durante unos segundos que parecieron eternos, evaluando el riesgo del trato. Su mirada recorrió las facciones rejuvenecidas de Harold, deteniéndose en sus ojos desprovistos de calidez. Decidió que el beneficio potencial superaba el riesgo de apretar el gatillo en ese instante. Lentamente, la recolectora bajó el cañón de su rifle de plasma, relajando la postura de combate. "Acepto el trato", murmuró ella, deslizando una mano hacia su cinturón táctico para buscar el mapa. Un pitido agudo y metálico interrumpió el silencio del sótano, proveniente de la muñeca de la mujer. Su escáner biológico, un dispositivo de muñeca modificado para detectar radiación y patógenos, comenzó a parpadear con una luz roja intensa y frenética. Valeria bajó la vista hacia la pantalla digital, donde un mensaje parpadeaba con urgencia implacable. Ambos miraron la pantalla del dispositivo que mostraba en letras escarlatas: 'Anomalía de cromosoma Y detectada. Alerta enviada'.

End of Chapter 2

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