Frío extremo perforaba mis sienes como agujas de hielo talladas a mano. Mis ojos intentaron adaptarse a la oscuridad, pero la negrura era absoluta, densa y pesada. Sentía el pecho comprimido, atrapado en un espacio ridículamente estrecho que me impedía respirar con normalidad.
Jadeé, pero mis pulmones solo encontraron un aire seco con sabor a cobre y ozono estancado. Intenté mover los brazos, pero una sustancia viscosa y fría los mantenía adheridos a los costados de mi torso. Cada pequeño esfuerzo me causaba un pinchazo de dolor agudo en las articulaciones.
Mis párpados, pesados y pegados por una costra dura, se abrieron tras un violento parpadeo que me costó lágrimas de frustración. Una luz roja y parpadeante se filtró desde el exterior, revelando la estructura cilíndrica que me rodeaba. Estaba dentro de la cápsula de criopreservación, pero algo andaba muy mal.
Frente a mí, un vidrio templado y agrietado mostraba un patrón de telaraña brillante que distorsionaba la vista de la habitación exterior. El líquido amniótico artificial que debía protegerme se había evaporado casi por completo, dejando solo un lodo mineralizado. El sistema de soporte vital emitía un pitido agónico e intermitente.
Empujé con ambos puños contra el cristal agrietado, sintiendo una fuerza inusual que corría por mis venas reconstruidas. El dolor físico quedó relegado a un segundo plano, sustituido por el instinto de supervivencia que siempre había dictado mis decisiones financieras y personales. No iba a morir asfixiado en un ataúd de tecnología obsoleta.
Un crujido ensordecedor resonó cuando la compuerta de la cápsula criogénica cedió por completo, cayendo al suelo de concreto húmedo en mil pedazos de cristal templado. El impacto me arrojó hacia adelante, haciéndome morder el polvo acumulado en el pavimento frío de la sala de operaciones.
Pedazos de una costra brillante de sílice comenzaron a desprenderse de mis brazos y torso mientras me incorporaba con dificultad. Esa maldita costra de cristalización, la misma enfermedad que me había condenado a la congelación experimental hacía años, ahora se descascaraba como piel muerta. Debajo de ella, mi piel se sentía diferente, renovada.
Caí de rodillas, gimiendo por el impacto contra las baldosas frías de lo que parecía un quirófano de alta tecnología abandonado. El suelo estaba cubierto de polvo, escombros de plafón y pequeños charcos de agua de lluvia que se filtraban desde el techo agrietado. Nadie había limpiado este lugar en años.
Polvo denso cubría cada superficie metálica del laboratorio, excepto la cabina de donde acababa de salir, que aún humeaba con un vapor blanquecino y frío. Me arrastré unos metros, sintiendo el crujido de los fragmentos de vidrio bajo mis rodillas desnudas, ignorando las pequeñas cortadas que sanaban casi al instante.
Mire mis manos, esperando ver las arrugas del desgaste, las manchas de la edad o los signos de la dolorosa cristalización que me había postrado en mi lecho de muerte. En su lugar, encontré unas extremidades firmes, fuertes, libres de imperfecciones y con una musculatura notablemente más definida que la que recordaba tener.
Piel suave, firme y visiblemente rejuvenecida brillaba bajo la pálida luz de emergencia que parpadeaba en el techo con una regularidad enfermiza. El tratamiento experimental de regeneración celular no solo había detenido la enfermedad, sino que parecía haber revertido mi reloj biológico por completo.
"¿Qué demonios me hicieron?", susurré, mi propia voz sonando extraña, más profunda y carente del cansancio de mis últimos días de consciencia. El eco de mis palabras se perdió en la inmensidad del pasillo exterior, confirmando que me encontraba completamente solo en esta sección del edificio.
Arranqué los electrodos resecos pegados a mi pecho con un tirón seco, ignorando el leve ardor que dejó la resina adhesiva sobre mi piel renovada. Mi corazón latía con un ritmo pausado, potente y perfectamente sincronizado, como un motor de alta gama recién afinado para una carrera de resistencia.
Limpié con furia los restos de mineral brillante que cubrían mi cuello y rostro, viendo cómo diminutos cristales caían como arena pesada sobre el suelo. Eran los últimos vestigios de la enfermedad que casi me cuesta la vida, ahora reducidos a simple escoria inorgánica que ya no tenía poder sobre mí.
Aquella extraña enfermedad degenerativa de cristalización que consumía mis órganos vitales parecía haber sido erradicada, reemplazada por una vitalidad desconocida. El contrato que firmé con la clínica privada de la Ciudad de México prometía una cura, pero las condiciones del entorno sugerían que el precio a pagar había sido el colapso de la civilización misma.
Silencio sepulcral envolvía el enorme complejo médico, roto únicamente por el zumbido moribundo de un transformador eléctrico lejano y el goteo constante del agua. No se escuchaban sirenas de ambulancias, ni el bullicio del tráfico de la gran metrópoli, ni voces humanas en los pasillos contiguos.
Caminé descalzo hacia un estante de metal oxidado donde colgaba una bata quirúrgica gris, limpia pero arrugada por el paso del tiempo. Me la coloqué para cubrir mi desnudez, sintiendo el roce áspero de la tela barata contra mi piel hipersensible, que registraba cada cambio de temperatura con precisión quirúrgica.
Me vestí mecánicamente, mientras mi mente calculadora comenzaba a procesar las variables de mi situación actual como si estuviera analizando un portafolio de inversiones de alto riesgo. El pánico era una emoción ineficiente que nublaba el juicio, y yo siempre me había enorgullecido de mi absoluta frialdad ante las crisis.
Harold Havock no entra en pánico; Harold Havock analiza pérdidas, ganancias y riesgos potenciales para diseñar la estrategia de salida más lucrativa disponible. En este momento, mi prioridad absoluta era la obtención de información fidedigna sobre el estado del mercado global y la infraestructura social.
Mis pertenencias personales estaban en una caja de plástico transparente sobre un escritorio de aluminio cercano, milagrosamente intactas bajo el polvo acumulado. Me acerqué con paso firme, sintiendo cómo mis músculos respondían con una agilidad y una fuerza que nunca antes había experimentado en mi vida anterior.
Recuperé mi reloj de titanio y mi tableta de seguridad cifrada, ambos cubiertos por una fina capa de mugre grisácea que limpié con la manga de la bata. El reloj marcaba una fecha absurda, completamente desfasada, con la batería agotada desde hacía lo que parecían meses o quizás años enteros.
Presioné el botón de encendido del dispositivo táctil, pero la pantalla permaneció completamente muerta, sin mostrar siquiera el icono de batería baja. La ausencia de energía en mis dispositivos personales sugería un pulso electromagnético o, más probablemente, un abandono prolongado sin mantenimiento de las redes de carga inductiva.
Frustrado, arrojé el aparato inútil a un lado y me dirigí a la terminal principal empotrada en la pared del laboratorio, que aún conservaba una débil línea de energía. Los ingenieros de mi firma siempre decían que los sistemas cableados de grado militar sobrevivían a casi cualquier catástrofe si la fuente de alimentación secundaria resistía.
Golpeé el teclado mecánico con firmeza, rezando para que la red local del hospital privado de la Ciudad de México siguiera operativa en sus niveles básicos. El sonido de las teclas rompió el silencio del quirófano, resonando como pequeños disparos en la habitación vacía y polvorienta.
Un monitor parpadeó, mostrando una interfaz de diagnóstico del sistema con letras de color verde brillante que iluminaron mi rostro con un tono fantasmal. El sistema operativo del hospital estaba ejecutando un protocolo de emergencia de bajo consumo, lo que limitaba las funciones de búsqueda a los archivos locales.
"Acceso concedido", dictaminó la pantalla tras reconocer los parámetros biométricos que yo mismo había preestablecido antes de mi hibernación forzada. Mi firma de inversiones había financiado este ala del hospital precisamente para garantizar mi seguridad y el control absoluto sobre mi proceso de recuperación.
Cinco años habían transcurrido desde el día en que firmé el contrato de preservación criogénica experimental, según el registro interno del sistema operativo. La fecha actual indicaba que nos encontrábamos en el año 2184, un lustro completo de vacío temporal en mi memoria que debía reconstruir de inmediato.
Tecleé con rapidez, buscando los índices financieros internacionales, las fluctuaciones del mercado, los reportes de mi firma de inversiones y las noticias globales. Mis dedos se movían por inercia sobre las teclas, buscando desesperadamente el orden y la lógica numérica que habían regido toda mi existencia adulta.
Pantallas vacías, servidores caídos y un mensaje de error global se repetían en cada intento de conexión externa con los servidores de Wall Street o de la Bolsa de México. La infraestructura de internet global parecía haber colapsado o haber sido desconectada intencionalmente para evitar la fuga de información sensible.
Una opresión helada comenzó a formarse en mi pecho al notar que el tráfico de datos global estaba prácticamente muerto, reducido a transmisiones locales automatizadas. No había cotizaciones bursátiles, ni transferencias bancarias, ni registros de propiedad actualizados; el sistema financiero que yo dominaba ya no existía.
Busqué en los archivos de noticias locales guardados en la memoria caché del servidor del hospital, retrocediendo mes a mes para encontrar el punto de ruptura. Los primeros archivos mostraban una aparente normalidad, que pronto se transformó en reportes alarmantes sobre un patógeno de diseño altamente específico.
Titulares caóticos de hace cuatro años describían una pandemia implacable que atacaba de forma selectiva el cromosoma Y, causando fallos orgánicos masivos en cuestión de días. Lo que al principio se trató como una gripe atípica pronto se convirtió en la mayor crisis humanitaria de la historia de la humanidad.
Fotografías satelitales mostraban ciudades desiertas, calles bloqueadas por vehículos abandonados y militares resguardando instalaciones médicas vacías que recordaban a cementerios de metal. Las imágenes de satélite mostraban grandes fosas comunes y disturbios en las principales capitales del mundo antes de que las transmisiones cesaran por completo.
"No es posible", murmuré, sintiendo que el control que tanto valoraba se me escapaba de las manos como arena fina en medio de una tormenta. Mi mente racional se negaba a aceptar la escala del desastre; una tasa de mortalidad del cien por ciento para la mitad de la población mundial parecía estadísticamente imposible.
Actualicé el censo demográfico digital del sistema médico centralizado, esperando encontrar un error en la base de datos de la Ciudad de México o del país entero. Mis ojos recorrieron las columnas de datos, buscando un solo dígito que contradijera el peor escenario imaginable que mi mente ya estaba formulando.
Cero.
Aquel dígito frío, solitario y absoluto brillaba en la pantalla como una condena a muerte para mi especie, reflejándose en mis pupilas dilatadas por la incredulidad. El censo de varones vivos registrados en el sistema de salud nacional no mostraba fluctuaciones, ni estimaciones, ni supervivientes en tratamiento médico.
Población masculina registrada en el hemisferio occidental: cero.
Ningún hombre vivo constaba en los registros oficiales de los últimos dos años, lo que sugería una erradicación sistemática y absoluta de todo individuo con el cromosoma Y. La escala del genocidio involuntario, o planificado, superaba cualquier análisis de riesgo que yo hubiera elaborado en mi vida como estratega corporativo.
Un vacío absoluto me succionó el estómago, dejándome sin aliento mientras la paranoia se apoderaba de cada fibra de mi cerebro con una fuerza devastadora. Sentí que el aire del laboratorio se volvía aún más denso, como si las paredes de concreto se cerraran lentamente sobre mí para aplastarme.
Si esos datos eran reales, yo no era simplemente un superviviente de una plaga histórica; era el activo biológico más valioso, codiciado y vulnerable del planeta entero. Un solo hombre vivo en un mundo gobernado y habitado exclusivamente por mujeres representaba una anomalía de poder que nadie dejaría pasar desapercibida.
Cualquier facción que supiera de mi existencia me cazaría, me encerraría en un laboratorio y me trataría como un recurso transaccional para asegurar la continuidad de su propia organización. Mis derechos individuales, mi fortuna y mi libertad personal no valdrían absolutamente nada en un escenario de escasez reproductiva extrema.
Cerré los puños con tanta fuerza que mis nudillos se tornaron blancos, sintiendo una furia fría reemplazar el miedo inicial que había amenado con paralizarme. Mi infancia me había enseñado que el mundo era un lugar hostil donde los débiles eran devorados por los fuertes sin el menor remordimiento moral.
Toda mi infancia me enseñó que la debilidad invita al abuso y que depender de otros es una trampa mortal diseñada para desarmarte antes del golpe final. Mi padre me había abandonado a mi suerte en un internado extranjero sin mirar atrás, demostrándome que las relaciones humanas eran meras transacciones temporales de conveniencia.
Nadie me protegería en este nuevo mundo devastado si yo mismo no tomaba las riendas de inmediato y me convertía en el depredador en lugar de la presa. Debía tratar esta situación como una adquisición hostil extrema, donde la única regla era la supervivencia del más apto y la eliminación de la competencia.
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Caminé hacia las pesadas puertas dobles del quirófano, empujándolas con cautela para asomarme al pasillo exterior mientras agudizaba mis sentidos al máximo. Mis pies descalzos no hacían ruido sobre el suelo cubierto de polvo, permitiéndome avanzar como una sombra entre los escombros del hospital abandonado.
Hojas secas, papeles rotos y camillas volcadas decoraban el largo corredor sumido en la penumbra de la tarde, iluminado solo por la luz solar que moría en el horizonte. La naturaleza había comenzado a reclamar el edificio, con enredaderas verdes que trepaban por las columnas de soporte y entraban por las ventanas rotas.
Aire caliente y húmedo soplaba desde una ventana rota al fondo, trayendo consigo el aroma de la vegetación salvaje que reclamaba el asfalto de las avenidas exteriores. No había ruido de motores, ni el zumbido de la red eléctrica urbana, ni el rumor constante de los millones de personas que antes habitaban la capital.
Ciudad de México ya no olía a smog ni a gasolina; olía a tierra mojada, a bosque espeso y a un silencio sepulcral que resultaba aterrador por su inmensidad. Era como si la metrópolis entera hubiera sido evacuada a toda prisa, dejando atrás los restos de una civilización que se había desvanecido sin hacer ruido.
Avancé descalzo, pisando con cuidado de no herirme con los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo o con los cables eléctricos caídos que colgaban del techo. Cada paso requería una concentración absoluta, evaluando los puntos de cobertura y las posibles salidas de emergencia que recordaba de los planos arquitectónicos.
Encontré el vestuario del personal médico al final del pasillo, forzando la cerradura de un casillero metálico con una barra de acero doblada que encontré tirada. El crujido del metal oxidado al ceder resonó con una fuerza alarmante en el pasillo silencioso, haciéndome congelar durante varios segundos para escuchar posibles respuestas.
Ropa de civil, unos pantalones vaqueros resistentes y una chaqueta de lona oscura me quedaron casi a la medida exacta gracias a mi renovada fisonomía atlética. Los tejidos eran toscos pero duraderos, diseñados para resistir el trabajo de campo y ofrecer una protección básica contra la intemperie y la maleza exterior.
Calcé unas botas de montaña que encontré en la base del casillero, ajustando los cordones con nudos dobles y firmes para garantizar un soporte adecuado en caso de huida. Sentir el calzado firme me devolvió una pequeña porción del control que había perdido al despertar en este entorno caótico e incomprensible.
Necesitaba armas, suministros médicos portátiles, agua potable y, sobre todo, información verídica sobre quién controlaba ahora el territorio de la antigua capital federal. No podía permitirme salir a ciegas a un mundo donde las reglas del juego habían cambiado de manera tan radical y peligrosa para mi supervivencia.
Regresé a la oficina de administración del laboratorio para buscar algún plano del edificio que indicara la salida de emergencia trasera o los túneles de mantenimiento del sótano. Sabía que los hospitales de este nivel solían contar con pasadizos de servicio que conectaban directamente con los generadores eléctricos de respaldo.
Un monitor de seguridad secundario, alimentado por una batería de respaldo solar debilitada, parpadeó de repente en la esquina del escritorio de la administración. El parpadeo llamó mi atención de inmediato, rompiendo la penumbra de la oficina con destellos de luz azulada que revelaron la acumulación de polvo sobre los muebles.
Me acerqué de inmediato, mis ojos fijos en las imágenes granuladas de las cámaras de vigilancia del exterior que aún transmitían una señal débil y ruidosa. El ángulo de la cámara apuntaba directamente hacia la entrada principal del hospital, donde la maleza había crecido tanto que casi bloqueaba el acceso de vehículos.
Sombras alargadas se proyectaban sobre la calle desierta frente a la entrada principal del hospital, moviéndose con una coordinación táctica que delataba un entrenamiento militar estricto. No eran carroñeros comunes ni civiles desorientados; se movían en formación de flanqueo, cubriendo cada ángulo muerto de la fachada con precisión profesional.
Alguien había detectado la fluctuación de energía provocada por la apertura de mi cápsula criogénica o el encendido de los sistemas informáticos del quirófano principal. Mi despertar no había pasado desapercibido para los sistemas de monitoreo automatizados que las facciones locales debían tener instalados en los nodos clave de la ciudad.
Mi pulso se aceleró, pero mi mente se mantuvo helada, calculando las rutas de escape posibles dentro del hospital laberíntico antes de que los intrusos bloquearan las salidas. El miedo era un lujo que no podía permitirme si quería mantener mi libertad; cada segundo de indecisión reducía mis probabilidades de supervivencia un diez por ciento.
Tomé un bisturí de acero quirúrgico que brillaba sobre una bandeja metálica, guardándolo en el bolsillo exterior de mi chaqueta como única defensa inmediata a mi alcance. El frío del metal contra mis dedos me recordó la realidad de mi situación: ya no era un hombre de negocios que firmaba contratos, sino un fugitivo en guerra.
Sudor frío resbaló por mi nuca mientras escuchaba un eco lejano, el sonido sordo de una puerta de metal siendo forzada en los niveles inferiores del edificio. El eco se transmitió a través de las tuberías de ventilación del hospital, confirmando que los intrusos ya habían penetrado el perímetro de seguridad interior.
No tenía margen de error; en este nuevo orden, cualquier paso en falso significaría mi captura inmediata y el fin de mi autonomía personal. Debía moverme con rapidez, utilizando el conocimiento del terreno a mi favor antes de que los cazadores cerraran el cerco sobre mi posición actual.
Me deslicé detrás del escritorio de control, manteniendo mi cuerpo agachado para evitar cualquier reflejo en las ventanas polvorientas que daban al pasillo principal. Mi respiración se volvió pausada y silenciosa, imitando los patrones de relajación que utilizaba antes de las negociaciones más agresivas de mi carrera financiera.
En la pantalla parpadeante de seguridad, tres siluetas con armaduras tácticas negras de alta tecnología entran al vestíbulo sosteniendo escáneres térmicos que apuntan directamente hacia su habitación.