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Capítulo 6: La Sospecha del Cazador

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Frío metal contra la piel. Gabriel ajustó los auriculares, el zumbido apenas audible. Los algoritmos de rastreo se ejecutaban en una pantalla minimalista, líneas de código verde fluyendo sobre un fondo oscuro. Había dedicado horas a perfeccionar este software. Era infalible. Siempre lo había sido. El micro oculto en el broche de Camila había transmitido sin interrupciones. Cada palabra de Mauricio, cada risa forzada, cada suspiro. Un banquete de información cruda y reveladora. La cena de gala, un teatro de falsas sonrisas y puñales escondidos. La señal era débil ahora, pero persistente. Una pequeña luciérnaga digital en la vasta oscuridad de la ciudad. Sus dedos volaron sobre el teclado táctil, aislando la frecuencia. El mapa holográfico se expandió en el aire, una representación tridimensional de edificios y calles. Un punto rojo parpadeó, moviéndose lentamente. El micro seguía activo. ¿Quién lo tenía? ¿Camila? ¿O se había olvidado en algún lugar? La posibilidad de que Mauricio lo hubiera encontrado le heló la sangre. Él no era descuidado. Nunca lo era. Cada movimiento, cada riesgo, estaba calculado. Que su dispositivo fuera descubierto significaba un agujero en su armadura invisible. Un error que no podía permitirse. El punto rojo se detuvo. Permaneció fijo en un bloque de apartamentos de lujo, a varias cuadras de la oficina central. Gabriel entrecerró los ojos. Un patrón comenzó a formarse. Una dirección familiar. Su mente, acostumbrada a procesar datos complejos a la velocidad de la luz, tartamudeó. No podía ser. La dirección correspondía al apartamento de Mauricio Vega. Su residencia privada. Un escalofrío recorrió la columna de Gabriel. La señal no venía de Camila. Venía directamente del nido del depredador. Cerró los ojos por un instante, respirando hondo. Su cerebro, un superordenador biológico, se reinició. Analizar. Reevaluar. La información golpeaba con la fuerza de un puñetazo. Mauricio tenía el micrófono. ¿Lo sabía? ¿Lo había plantado él mismo? ¿O lo había encontrado? La implicación era abrumadora. Si Mauricio había descubierto el micro, significaba que sospechaba de un infiltrado. Un fantasma, como él. No solo estaba monitoreando a Camila por razones personales, sino que también estaba cazando una amenaza interna. La paranoia del gerente era más profunda, más peligrosa, de lo que Gabriel había previsto. Su mandíbula se tensó hasta doler. Mauricio no era solo un tirano corporativo. Era un cazador con instintos agudos. Había detectado la presencia de alguien que no debía estar allí. Y el micro, la herramienta de Gabriel para cazar, se había convertido en una pista directa hacia él. El juego había cambiado. Gabriel ya no era el único moviendo los hilos desde las sombras. Ahora, estaba en el punto de mira, un objetivo potencial. Su anonimato, su mayor arma, estaba en riesgo. Pero la preocupación no era solo por su propia seguridad. La señal del micro en el apartamento de Mauricio gritaba otra verdad. Camila. ¿Qué estaba haciendo ese dispositivo allí? Una teoría espantosa se formó. Mauricio no solo había encontrado el micro de Gabriel. Podría haberlo plantado él mismo. Usándolo para espiar a Camila en su propio espacio. La idea lo enfermó. La posesividad de Mauricio trascendía los límites de la oficina. Era una jaula invisible que se cerraba alrededor de Camila. Su puño se estrelló contra la mesa, un golpe sordo en el silencio de la habitación. La ira se encendió, caliente y furiosa. No podía permitirlo. No podía permitir que Mauricio usara su propia tecnología para oprimir a Camila. Era una ironía cruel, una burla personal a su control. La pantalla parpadeó. El punto rojo se movió. Dentro del apartamento. Mauricio estaba en casa. Y tenía el micro. La información era demasiado valiosa para descartarla, demasiado peligrosa para ignorarla. Gabriel se sintió atrapado entre la espada y la pared. Cada decisión tenía consecuencias. Debía recuperar el dispositivo. No solo para proteger su identidad, sino para eliminar cualquier herramienta que Mauricio pudiera usar para herir a Camila. La obsesión que sentía por ella se mezclaba con su sed de justicia. Era un cóctel explosivo de emociones que amenazaba con desmantelar su fría lógica. Normalmente, Gabriel habría retirado el dispositivo de forma remota, limpiando cualquier rastro. Pero la señal venía del apartamento de Mauricio. Su propio territorio. Acceder a él digitalmente desde tan cerca era un riesgo monumental. Podría dejar una huella. Ser descubierto. Sus ojos escanearon el mapa, buscando vulnerabilidades. El edificio. La seguridad. Siempre había una forma. El Inversionista Fantasma no se rendía. Especialmente cuando lo personal se mezclaba con lo profesional. La línea entre su misión de justicia y su deseo de proteger a Camila se volvía cada vez más borrosa. El miedo al anonimato perdido chocaba con un impulso primal. El deseo de protegerla. Camila era la excepción a su regla de no intervención emocional. Era la única grieta en su fachada impenetrable. Y Mauricio Vega era el hombre que amenazaba con explotar esa grieta. Respiró hondo, el aire frío quemando sus pulmones. La cabeza le zumbaba con posibilidades. ¿Qué sabía Mauricio? ¿Hasta dónde llegaba su sospecha? La cena había sido un desastre. Demasiadas interacciones, demasiadas miradas. Camila parecía incómoda. Vulnerable. La información fluía hacia él, alimentando su análisis. Mauricio no era un tonto. Su éxito, a pesar de sus métodos corruptos, no era por casualidad. Tenía una inteligencia astuta, una mente retorcida capaz de anticipar movimientos. Había subestimado al hombre. Levantó el teléfono, marcando un número encriptado.

End of Chapter 6

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