Chapter 1 of 10

La Soberbia del Titiritero

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Tres millones de lecturas en menos de veinticuatro horas. Brillando con un tono azulado y gélido, las tres pantallas curvas de mi escritorio reflejaban el veredicto indiscutible del mercado literario juvenil. Sonreí sin mostrar los dientes, sintiendo cómo la tensión acumulada en mis hombros comenzaba a disiparse muy lentamente. Ares había vuelto a conquistar la cima del mundo editorial digital sin que nadie supiera quién era en realidad. Nadie en la plataforma recordaba un fenómeno de tal magnitud, una tormenta de comentarios, votos y reseñas que alababan mi quinta novela consecutiva, 'Cenizas de Oro', como una obra maestra insuperable. Perfecto, adictivo, el rey indiscutible de las letras, decían los mensajes que se actualizaban a una velocidad de vértigo en la columna derecha de la interfaz. Leyendo aquellos elogios clónicos, una desagradable oleada de aburrimiento me revolvió el estómago. Eran marionetas baratas. Todos y cada uno de esos lectores reaccionaban exactamente de la forma en que yo había planeado durante meses de meticuloso diseño narrativo. Manipular sus emociones adolescentes resultaba ridículamente sencillo, casi insultante para mi propia inteligencia. Un suspiro cansado escapó de mi garganta mientras me reclinaba en la costosa silla de cuero ergonómico. Silencio absoluto dominaba la inmensa casa de tres pisos en la que vivía prácticamente solo. Miré de reojo hacia la puerta cerrada del pasillo, sabiendo que mis padres estarían en algún hotel de cinco estrellas en Tokio o Nueva York, demasiado ocupados con sus negocios de exportación como para recordar mi existencia. Su abandono emocional constante, disfrazado de generosas transferencias bancarias mensuales, me había enseñado una lección crucial a una edad muy temprana: si no eres visible, si no eres impecable y deslumbrante, dejas de existir. Sentía pánico a la invisibilidad, un abismo oscuro que me negaba a aceptar bajo cualquier circunstancia. Por esa misma razón había creado a Ares, dotándolo de una mística impecable, una marca comercial perfecta que dominaba las listas de éxitos mundiales. Sin embargo, el éxito garantizado se sentía ahora como una celda de alta seguridad. Necesitaba algo real, una fuerza caótica que pusiera a prueba los límites de mi propio ingenio. Decidí que era hora de destruir mi propia creación desde dentro. Abriendo una pestaña de navegación privada en el monitor central, tecleé una dirección de correo electrónico encriptada que mantenía en absoluto secreto. Loki. Este segundo avatar no buscaba la adulación del público ni los contratos de publicación tradicionales. Aquel único propósito existencial era destrozar de manera sistemática y despiadada el imperio que yo mismo había construido bajo el nombre de Ares. Ese nuevo avatar sería un escritor rebelde, un anarquista de la prosa, un crítico mordaz y obsceno que atacaría las fórmulas predecibles que hacían millonario a mi primer pseudónimo. Crearía una guerra civil digital en la que yo controlaría ambos bandos con la precisión de un cirujano. --- Golpeando las teclas mecánicas con un ritmo frenético, mis dedos comenzaron a dar vida a la primera publicación de Loki, titulada de forma provocadora: 'La gran estafa de Ares: anatomía de una mentira comercial'. Diseñé cada frase para que fuera un dardo impregnado de veneno intelectual. Ataqué la estructura de mi propia novela más reciente, desnudando sus trucos narrativos y acusándome a mí mismo de tratar a los lectores como ganado dócil. "¿De verdad os conformáis con esta papilla prefabricada?", escribí bajo la identidad del nuevo rebelde. "Ares no os respeta; solo os estudia como a ratas de laboratorio para venderos el mismo queso con distinto envoltorio." Mis pupilas se dilataron al releer el texto en la pantalla, sintiendo un cosquilleo eléctrico ascender por mis brazos. Esto era poder de verdad. Ser el dios que creaba el mundo y, al mismo tiempo, el demonio que le prendía fuego para ver cómo ardía desde la primera fila. Nadie sospecharía jamás que la misma mente fría y analítica manejaba los hilos de ambos extremos del tablero. Acerqué el cursor al botón de publicación, notando cómo los latidos de mi corazón se aceleraban con una intensidad deliciosa. Hice clic. Listo. Aquel primer manifiesto destructivo de Loki estaba oficialmente flotando en la red, listo para provocar un caos absoluto entre mis millones de seguidores. Apoyé los codos sobre el escritorio de madera de roble negro y entrelacé los dedos, esperando el inminente estallido de la tormenta. Sabía que los defensores de Ares no tardarían en reaccionar con furia ciega, creando el debate perfecto para mantener mis dos nombres en la cima de las tendencias globales. --- Pasaron los minutos y la pantalla comenzó a llenarse de notificaciones cruzadas. Observaba las métricas subir, las capturas de pantalla de la publicación de Loki difundiéndose por las redes sociales como un virus incontrolable. Sonreí de nuevo, experimentando una embriagadora sensación de omnipotencia que rozaba lo divino. Todo marchaba exactamente de acuerdo con mis minuciosos cálculos. De repente, una alerta inusual interrumpió el flujo constante de datos en mi monitor izquierdo. Un círculo rojo brillante comenzó a parpadear con insistencia en la esquina superior de la interfaz de administración secreta, la que utilizaba para gestionar los servidores privados de ambas cuentas. Fruncí el ceño, sintiendo una repentina opresión en el pecho que me dificultó la respiración. Nadie debería tener acceso a esa bandeja de entrada específica. Moviendo el ratón con mano firme, abrí el mensaje directo enviado por un remitente completamente anónimo. Aquella pantalla se quedó en blanco por un segundo antes de cargar una imagen adjunta en alta resolución. Sentí que el aire se atascaba en mi garganta y mis ojos se abrieron desmesuradamente ante lo que estaba viendo. Aquella fotografía mostraba mi propia mano izquierda apoyada sobre el teclado iluminado de mi escritorio, tomada desde un ángulo imposible que sugería que alguien me observaba desde la misma habitación o había hackeado la cámara web de mi ordenador. En el centro del dorso de mi mano se apreciaba con absoluta nitidez la cicatriz blanquecina en forma de media luna que me había hecho a los diez años. Justo debajo de la imagen, un breve texto en tipografía limpia destruyó en un segundo toda mi ilusión de absoluto control sobre el juego. En la sección de comentarios privados de su cuenta de administrador principal, aparece un mensaje de un usuario anónimo que contiene una foto de su mano izquierda, mostrando la cicatriz en forma de media luna que Gabriel se hizo a los diez años, acompañada del texto: 'Sé quién sostiene la pluma de ambos monstruos, Gabriel'.

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