Frío se extendía por la sala de guerra improvisada. Gabriell repasaba los informes, los símbolos garabateados en el mapa, cada uno un punto de vida perdido, una posición comprometida. El aire pesado, denso con el olor a ceniza y sudor, lo asfixiaba. Los tenientes murmuraban, sus miradas se posaban en él, un escrutinio constante.
Escuchaba sus quejas, sus objeciones veladas. “General Von Mansel, la Horda ya ha fortificado el cuello de botella. Atacar de frente sería un suicidio”. “El abuelo nunca habría permitido que llegáramos a esta situación”. Cada palabra era un puñal, avivando la brasa de su inseguridad. Su mandíbula se apretó.
Inclinado sobre la mesa, trazó líneas con un dedo tembloroso, pero su mente se movía con la precisión de un autómata. La Horda había aprovechado el Paso de Ceniza, su estrechez, para canalizar su avance, para crear un matadero. Pero un cuello de botella funciona en dos direcciones.
Consideró la reputación de su abuelo, un estratega legendario. Su sombra se cernía sobre cada decisión, cada movimiento. Gabriell no podía simplemente imitarlo. Necesitaba ser él mismo, arriesgarlo todo en una jugada que nadie esperaría, ni siquiera sus propios hombres.
Miró a los ojos escépticos de sus tenientes. “No atacaremos de frente”, su voz era un hilo tenso, pero firme. “Los engañaremos para que nos ataquen a nosotros, pero en nuestros términos. En su cuello de botella”.
El plan se desplegó con una audacia que heló la sangre en las venas de los veteranos. Proponía una retirada estratégica en el flanco izquierdo, aparentemente exponiendo una sección vital del paso. Una carnada. La Horda, viendo una debilidad, empujaría con todo su poder, concentrando sus fuerzas aún más en el estrecho desfiladero.
Entonces, y solo entonces, el verdadero ataque comenzaría. Un empuje brutal desde el flanco derecho, oculto hasta el último momento por las formaciones rocosas y la densa niebla matutina. Los rodearían, los atraparían en su propia trampa, el Paso de Ceniza se convertiría en su tumba.
Silencio total. Los tenientes intercambiaron miradas de incredulidad, luego de alarma. General Joris, un hombre cuya barba gris era tan larga como su experiencia, fue el primero en hablar. “General, es una locura. Expondríamos a nuestros hombres a una masacre antes de que el flanco derecho pueda siquiera moverse”.
“Es un gambito, Joris”, Gabriell respondió, su voz sin una pizca de duda ahora. “Una apuesta calculada. La Horda es codiciosa. Verán la debilidad, no la trampa. Subestimarán nuestra audacia. Nos subestimarán a mí”. La última frase era un susurro, más para sí mismo que para ellos.
Argumentos y objeciones llovieron sobre él. La inexperiencia de sus tropas, la moral ya baja, la superioridad numérica del enemigo. Gabriell escuchó, pero no vaciló. Cada objeción era una oportunidad para pulir su explicación, para reforzar su lógica. Sentía una extraña euforia, una conexión con el vasto tablero de ajedrez que era el campo de batalla.
Finalmente, Joris suspiró, la derrota en sus ojos. “Muy bien, General. Sus órdenes”. Los demás asintieron a regañadientes, sus rostros tensos. Gabriell sabía que no confiaban en él, pero seguirían sus órdenes. Por ahora.
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Horas después, el frío de la mañana se rompió con el estruendo de los cuernos de guerra de la Horda. El sol aún no había perforado la densa capa de nubes, y el Paso de Ceniza era un túnel oscuro y amenazante. Gabriell estaba en la cima de un promontorio rocoso, sus ojos pegados al desfiladero. La retirada del flanco izquierdo había comenzado, ordenada y metódica, un movimiento que parecía una huida desesperada.
Observaba con el corazón latiéndole en el pecho. Sus manos, enguantadas, apretaban el pomo de su espada. Cada segundo era una eternidad. La Horda avanzó, gritando, sus ojos salvajes. Vieron la debilidad, la apertura. Justo como había predicho. Sus líneas se estiraron, sus flancos se expusieron mientras se apresuraban a explotar la aparente ventaja.
“¡Ahora!” gritó Gabriell, su voz amplificada por el viento. Una oleada de tropas de Libarthina, ocultas hasta ahora, cargó por el flanco derecho. Era un martillo que golpeaba un yunque. Los gritos de batalla se mezclaron con los de dolor. La Horda, atrapada en su propio avance, no podía maniobrar. Estaban encajonados, sus números se volvieron una desventaja, su disciplina se desmoronó.
Corrió por las líneas, gritando órdenes, dirigiendo los movimientos. La euforia de la batalla lo envolvió. No era el miedo a la validación lo que lo impulsaba ahora, sino la pura adrenalina de la ejecución, la belleza de la estrategia desatándose en el caos. Veía los puntos débiles, las oportunidades, la forma en que los enemigos se tropezaban con sus propios cadáveres.
Luchó junto a sus hombres en un punto, su espada cortando el aire. Un orco corpulento se abalanzó sobre él. Gabriell esquivó por poco, el hacha del orco raspando su hombro. Contratacó con una estocada precisa, el acero encontrando un punto vulnerable en la armadura de cuero. El orco cayó con un grito gutural.
El miedo, la duda, se desvanecieron ante el clamor de la guerra. Había confiado en su plan, en su intelecto. No en la sombra de su abuelo, sino en la suya propia. Sentía la quemadura en sus músculos, el cansancio en sus huesos, pero una energía feroz lo mantenía en pie.
La batalla se convirtió en una carnicería. La Horda, desorganizada y atrapada, fue masacrada. Sus líneas se rompieron, sus líderes cayeron. El Paso de Ceniza, que una vez fue una trampa mortal para Libarthina, se había convertido en un sepulcro para el enemigo. El sol finalmente se abrió paso entre las nubes, tiñendo el desfiladero de un rojo sangre.
Se apoyó en una roca, su respiración superficial, sus extremidades temblaban. Observó a sus hombres, agotados pero victoriosos, limpiando el campo. Joris se acercó, su rostro marcado por la fatiga, pero sus ojos brillaban con un nuevo respeto. “General… Lo ha hecho. Un genio. Una victoria decisiva”.
El elogio de Joris fue un bálsamo para su alma. La agotadora tensión de los últimos días se liberó, dejando un vacío, pero también una satisfacción profunda. Se había probado a sí mismo, al menos a esos hombres. Había arriesgado su carrera, su vida, y había prevalecido. El cansancio lo golpeó como una maza, pero una sonrisa se curvó en sus labios. El orgullo se hinchó en su pecho, un orgullo puro y sin mancha, nacido de su propia brillantez.
Justo cuando la victoria parecía estar a su alcance, llegó una paloma mensajera con un pergamino sellado con el escudo de la Casa Vaer, la misma casa cuyas tropas habían estado sospechosamente ausentes del frente.