Chapter 3 of 3

El Desafío de Némësis

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El eco de sus palabras seguía martilleando en la mente de Gabriel, una melodía disonante que ahogaba el murmullo de elogios vacíos que solía perseguirle. "Príncipe de los Corazones Vacíos". La frase, pronunciada con esa voz de seda y escarcha, se había clavado como un dardo en su orgullo. Nunca antes una mujer le había hablado con tal desdén, con tal absoluta falta de reverencia. Ni siquiera Lady Seraphina, con toda su frialdad, había logrado provocarle una reacción tan visceral. Seraphina era control, la desconocida era caos. Gabriel se despojó de su máscara de obsidiana, lanzándola sobre la mesita de ébano de su estudio. La pieza rodó, golpeando una copa de cristal fino, pero él no se inmutó. La noche del baile, que debería haber sido otra conquista predecible, se había convertido en un campo de batalla donde, por primera vez, él había perdido. Su encanto, su arma más pulida, se había roto contra la armadura invisible de esa mujer del carmesí. Su puño se cerró con fuerza, la ira burbujeando bajo su piel. No era ira por la pérdida de Seraphina; era ira por la afrenta a su ego, por la humillación pública. Pero debajo de la furia, algo más escarbaba: una curiosidad aguda, casi dolorosa. ¿Quién era ella? ¿De dónde venía? Su atuendo, su máscara simple de ébano, su forma de moverse con una confianza que no necesitaba adornos, todo desafiaba las reglas no escritas de su mundo. Ordenó a su ayuda de cámara, el siempre discreto y eficiente Henri, que trajera la lista de invitados al baile. La repasó con una mirada hambrienta, buscando un nombre que encajara con la descripción, con la insolencia. Henri permaneció en silencio, observando la tensión en los hombros de su amo, una rareza en el usualmente imperturbable Gabriel. "Nadie", murmuró Gabriel, apartando la lista con un gesto brusco. "Nadie que encaje con esa lengua afilada o esa audacia. ¿Quién llevaría un vestido carmesí tan... atrevido a un evento como este?" Henri, con la voz apenas un susurro, sugirió: "Quizás alguien ajeno a los círculos habituales, señor. Alguien que no busca ser aceptado, sino notado de otra manera". Las palabras de Henri golpearon una verdad. La mujer no buscaba impresionar; buscaba perturbar. Y lo había logrado. Gabriel se levantó, su mente ya trazando un plan. "Encuéntrala, Henri. Usa todos los recursos que tenemos. Quienquiera que sea, no puede desaparecer sin dejar rastro". Henri asintió, su rostro inescrutable. Gabriel sabía que Henri era el mejor en lo suyo. Podría rastrear un suspiro en una tormenta de nieve si se lo pidiera. El aire en la habitación parecía cargado con la nueva obsesión de Gabriel. No era deseo. Era una necesidad de comprender, de desarmar, de restaurar el orden que ella había sacudido. --- Pasaron dos días en los que Gabriel vivió en un estado de efervescencia contenida. Las mujeres de su agenda, antes prioridades, ahora le parecían sombras pálidas, sus encantos predecibles y aburridos. Incluso Seraphina Dubois había sido relegada a una nota a pie de página en su mente. Su única meta era el rostro enmascarado que se burló de él en el balcón. Henri regresó al tercer día, una mañana gris y lluviosa, con una carpeta de cuero bajo el brazo. Gabriel lo recibió en su despacho, el corazón latiéndole con una anticipación inusual. "¿La encontraste?" preguntó, su voz más aguda de lo normal. Henri desplegó una serie de fotografías y documentos sobre el escritorio de caoba pulida. "Su nombre es Elara Vance, señor. No está en los registros de la alta sociedad, ni posee una fortuna heredada. Es una crítica de arte independiente, conocida por su honestidad... brutal. No se casa con ninguna galería o artista en particular, lo que la hace temida y respetada en ciertos círculos". Gabriel examinó las fotografías. La mujer de la máscara de ébano, ahora sin ella. Sus rasgos eran afilados, su cabello oscuro, recogido en un moño elegante pero austero. Sus ojos, en la foto en blanco y negro, parecían penetrantes, inteligentes. Una chispa peligrosa encendió la mirada de Gabriel. Una crítica. Eso explicaba su aguda percepción, su habilidad para desmantelar una fachada. "Trabaja desde una pequeña galería en el distrito artístico de Marais", continuó Henri, señalando una dirección en un mapa. "'La Daga Dorada', la llaman. Parece ser un centro para artistas emergentes y para aquellos que buscan un contrapunto a la opinión establecida. Su crítica más reciente sobre la exposición del Conde de Saint-Germain causó bastante revuelo. Lo llamó 'un ejercicio de ostentación sin alma'". Un ejercicio de ostentación sin alma. Gabriel sintió un escalofrío. Era como si Elara Vance tuviera un don para ver a través de las superficies, para diseccionar lo que él mismo presentaba al mundo. Su propio estilo de vida, sus conquistas, ¿no eran acaso también un ejercicio de ostentación sin alma? La idea le produjo un rechazo visceral. "Prepárame el coche", ordenó Gabriel, poniéndose de pie. "Vamos a 'La Daga Dorada'." Henri no hizo preguntas, solo asintió y se retiró. Gabriel se ajustó la corbata, una sonrisa lenta y depredadora se extendía por sus labios. Elara Vance. La Dama del Carmesí. Era hora de que el Príncipe de los Corazones Vacíos le devolviera la visita. --- La galería "La Daga Dorada" no era lo que Gabriel esperaba. No había marquesinas doradas ni porteros uniformados. Era un local modesto, encajado entre una librería de segunda mano y una floristería con macetas desbordantes. El olor a pintura al óleo y madera vieja se mezclaba con el aroma de las flores marchitas. Las paredes, de un blanco roto, exhibían piezas abstractas y figurativas que, para su gusto refinado, eran… interesantes, pero no deslumbrantes. Gabriel entró, su traje de diseño y su aura de poder chocando con la atmósfera bohemia del lugar. Varios clientes, estudiantes de arte con gafas de pasta y artistas con manchas de pintura en los dedos, levantaron la vista brevemente, luego regresaron a su contemplación. Nadie se inclinó, nadie le ofreció una reverencia. Era una sensación extraña, casi alienante. La encontró en un rincón, de espaldas a la entrada, absorta en una enorme tela que representaba un paisaje desolado. Vestía de forma sencilla: un pantalón oscuro, un jersey de cuello alto color carbón. Su cabello, ahora suelto, caía en una cascada oscura sobre sus hombros. Tenía un cuaderno de tapas de cuero en la mano y hacía anotaciones rápidas. Su concentración era absoluta, un muro que él sintió la necesidad de demoler. Gabriel se acercó con su paso fluido, el que siempre conseguía atraer todas las miradas. Se detuvo a un par de metros de ella, esperando que su presencia, su mera existencia, la hiciera girar. El silencio se prolongó, solo roto por el murmullo de otros visitantes. Elara no se movió. No levantó la vista. Era como si él no estuviera allí. "Señorita Vance", dijo finalmente, su voz un tono más baja de lo habitual, cargada con la autoridad que pocas veces fallaba. "¿No es un poco... monocromático para su gusto?" Se refirió al cuadro. Era una forma de empezar, de reclamar su atención. Elara se encogió de hombros, sin girarse. "El monocromo puede ser más elocuente que una explosión de color si se usa con intención. ¿Cree que el arte siempre debe ser un espectáculo, señor Von Reffichgühn?" Su voz era calmada, sin sorpresa, sin una pizca de la fascinación que él esperaba. No se dio la vuelta. Siguió mirando el cuadro. Él sintió el aguijón de la indiferencia. "Ciertamente no", respondió, forzando una sonrisa. "Pero uno esperaría algo que... capte la mirada". "La mirada de quién, exactamente?" preguntó ella, y esta vez sí se giró. Sus ojos, de un gris tormentoso, lo barrieron, no con admiración o miedo, sino con una fría evaluación, como si él fuera otra pieza de arte, y una bastante predecible. "Algunos buscamos una conexión más profunda que la mera distracción visual. ¿Usted no?" La pregunta lo desarmó. Conexión. Era la palabra que él había evitado toda su vida, enmascarada por la búsqueda de admiración. Su sonrisa se tensó. "La belleza tiene muchas formas. Algunas más obvias que otras". "Y algunas más honestas", replicó ella, volviendo su atención al cuadro. "Esta pieza, por ejemplo, carece de artificios. Es lo que es. Algunos prefieren un lienzo lleno de fuegos artificiales, diseñado para impresionar, pero sin resonancia duradera". Sus palabras no eran sobre el arte. Lo sabía. Eran sobre él. Elara Vance lo había desnudado de nuevo, sin siquiera un gesto de esfuerzo. Gabriel sintió una punzada de algo que rozaba la vulnerabilidad, seguida de una furia silenciosa que le encendió las venas. La había buscado para entenderla, para desmantelarla. Y en su lugar, ella lo estaba desmantelando a él con cada palabra. Se quedó un momento, sin saber qué decir, una sensación que le era completamente ajena. Finalmente, con un nudo en el estómago, dio media vuelta y salió de la galería, sintiendo su mirada, o la ausencia de ella, clavada en su espalda. --- Gabriel se sentó en el interior de su Maybach, aparcado discretamente al otro lado de la calle. Observaba la modesta fachada de "La Daga Dorada", el vapor exhalado por su aliento empañando ligeramente el cristal tintado. La imagen de Elara Vance, imperturbable, analizándole como una pieza de arte mediocre, se repetía en su mente. Era inaceptable. Era fascinante. Era… un desafío. Un joven mensajero con uniforme de la galería se acercó a la ventanilla del coche. Gabriel la bajó con un movimiento de su dedo. "¿Señor Von Reffichgühn?" preguntó el muchacho, extendiéndole un sobre de papel crema, sellado con un pequeño blasón de cera. No era el sello de su familia, sino uno con el grabado de una daga estilizada. Gabriel tomó el sobre, su pulgar rasgó el sello. Dentro, había una invitación personal, exquisitamente caligrafiada, a la exposición de arte más importante del año, la que inauguraría la temporada de otoño y que él pensaba que ya tenía asegurada para su disfrute exclusivo. La exposición era organizada por "La Daga Dorada", con la firma de Elara Vance como comisaria principal. Al reverso de la tarjeta, con una tinta oscura y cursiva, una nota manuscrita apenas perceptible le heló la sangre: "Ven si te atreves, corazón de cristal."

End of Chapter 3