Chapter 2 of 3

El Escudo Inquebrantable

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La voz había sido un hilo de hielo entre la seda y el incienso, y la mano de Gabriel se detuvo a centímetros del cuello de Lady Seraphina. Su propio aliento quedó atrapado en su garganta, el triunfo anticipado transformándose en una puñalada helada. El suave aroma de las magnolias se evaporó, reemplazado por un rastro de algo agrio, como la traición. Seraphina, segundos antes una figura maleable en sus manos, se había vuelto una estatua de mármol. Sus ojos, antes nublados por el encanto, ahora estaban bien abiertos, fijos no en él, sino en la sombra que había aparecido en el umbral del balcón. La magia de Gabriel, tan potente y confiable, se había disuelto como el rocío matutino. Una indignación abrasadora recorrió a Gabriel. Nadie, en toda su vida, se había atrevido a interrumpir un momento tan... personal. Mucho menos a él, Reinhard Gabriel Von Reffichgühn. Su mandíbula se apretó, los músculos de su cuello se tensaron bajo la fina tela de su cuello de camisa. Se giró, lentamente, su máscara de obsidiana pulida ocultando la furia que le ardía en los ojos. Allí estaba ella. La mujer del carmesí. Su vestido de seda, de un rojo tan audaz que desafiaba la tenue luz de la luna, era una mancha vibrante contra la oscuridad del salón interior. No era un rojo burdeos ni un granate respetable, sino el color de la sangre recién derramada, escandaloso y magnético. Su máscara, una simple pieza de ébano sin adornos, no revelaba nada de su rostro, pero sus labios, pintados de un tono a juego con el vestido, se curvaron en una sonrisa sardónica. No había miedo en sus ojos, ni admiración, ni siquiera esa pizca de curiosidad que siempre encontraba en las mujeres que lo veían por primera vez. Solo había una fría y calculada impasibilidad. Como un espejo opaco. Este no era el tipo de interrupción accidental, el paso errante de un camarero o un invitado despistado. Esto era deliberado. Esto era un ataque. "Príncipe de los Corazones Vacíos", repitió, su voz apenas un susurro que, sin embargo, resonó en el silencio del balcón. "Una descripción bastante acertada, ¿no crees?" Su tono era ligero, casi juguetón, pero la burla era un aguijón afilado que encontró su marca. Gabriel sintió un retortijón en el estómago, una sensación desconocida de vulnerabilidad. Su encanto, su arma más preciada, se sentía inútil frente a ella. Era como si un muro invisible se hubiera levantado, y sus flechas doradas, que siempre alcanzaban su objetivo, rebotaran sin efecto. Sus ojos se clavaron en los de ella, buscando una fisura, una debilidad, cualquier indicio de la reverencia que le debían todas las demás. No encontró nada. "¿Y quién eres tú", espetó Gabriel, su voz baja y cargada de una amenaza que solía congelar la sangre en las venas, "para juzgarme?" Sus puños se cerraron a los lados, ocultos por la chaqueta de su frac. La quería fuera de su vista, desvanecida, humillada. Pero ella no se movió. Ella dio un paso hacia adelante, sus tacones haciendo un suave sonido sobre la piedra del balcón. "Soy la persona que detiene tu teatro antes de que se convierta en una tragedia para alguien más", respondió ella, el sarcasmo goteando de cada sílaba. "O para ti mismo, si alguna vez te atrevieras a mirar más allá de tu propio reflejo". Seraphina emitió un pequeño sonido, una exhalación ahogada, y Gabriel la ignoró. Toda su atención estaba en la mujer carmesí. Esta era una especie de desafío que nunca había enfrentado. Sus conquistas femeninas eran una danza predecible, un guion bien ensayado. Pero esta mujer no conocía el guion, o simplemente se negaba a leerlo. "¿Tragedia?" Gabriel rió, una risa fría y carente de humor. "Mis 'conquistas', como tú las llamas, son un juego de mutuo acuerdo. Una diversión. Nadie sale herido". La mentira sonó hueca incluso en sus propios oídos. Había una verdad en la acusación que le picaba, una verdad que rara vez permitía emerger. "Ah, ¿el viejo cuento del 'consentimiento informado' en un campo de batalla donde solo uno de los contendientes tiene un arma?" Su cabeza se inclinó ligeramente, como si lo estudiara bajo un microscopio. "Tus juegos son como un huracán en un invernadero. Solo el más fuerte sobrevive, y las flores... bueno, las flores se marchitan". La sangre le subió a la cabeza. ¿Quién era ella para hablarle así? Sus palabras eran dardos envenenados, encontrando los puntos débiles que él se esforzaba tanto por ocultar incluso de sí mismo. La frustración se mezcló con una punzada de algo nuevo, algo que casi podía confundirse con respeto. Era una sensación perturbadora. Una curiosidad feroz se encendió en su pecho, superando por un momento su ego herido. Quería saberlo todo sobre ella. "No te atrevas a hablar de lo que no entiendes", gruñó Gabriel, dando un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Su presencia solía ser imponente, suficiente para hacer que la gente retrocediera. Pero ella se mantuvo firme, una roca inamovible contra su marea. "Entiendo más de lo que crees, Príncipe", repuso ella, sin un atisbo de miedo en su voz. Su mirada, detrás de la máscara de ébano, parecía perforar la suya, como si viera a través de su fachada de arrogancia. "Entiendo el vacío que te impulsa, la búsqueda interminable de un eco que nunca resuena como esperas". Cada palabra era un golpe directo a su armadura, desestabilizándolo de una manera que ninguna mujer había logrado antes. Su temperamento, generalmente bajo un control férreo, comenzó a deshilacharse. "¿Y qué sabes tú de mí?" Su voz se elevó ligeramente, un signo de su irritación creciente. "¿Eres una de esas mujeres que esperan en las sombras, resentidas porque no las he notado?" Ella se rió, un sonido claro y melódico que hizo eco en el balcón. "Oh, Príncipe, no tengo ningún interés en ser 'notada' por ti, ni por ningún otro hombre que confunda la atención con el valor. Mis razones son mucho más... elevadas". Hubo un silencio, tenso y cargado. Seraphina, aún petrificada, era apenas una figura borrosa en su periferia. Gabriel solo podía ver a la mujer del carmesí, esta anomalía que había aparecido en su mundo. "¿Elevadas?" Él entrecerró los ojos. "¿Qué podría ser más 'elevado' que el juego del poder y el deseo en este salón?" Él gesticuló con una mano hacia el Gran Salón, donde la música y las risas amortiguadas eran un telón de fondo para su confrontación inesperada. Ella negó con la cabeza, un pequeño movimiento que envió un destello de luz sobre la seda carmesí. "La verdad, Gabriel. Una verdad que tus pequeños juegos nunca te permitirán ver". Su uso de su nombre, sin el título, sin la deferencia habitual, fue otro pinchazo. Le dolía, no por la familiaridad, sino por la autoridad que implicaba. La curiosidad de Gabriel, que había estado burbujeando bajo la superficie de su ira, ahora se desbordaba. ¿Qué sabía ella? ¿Quién era esta mujer que no solo era inmune a su encanto, sino que parecía conocer sus secretos más profundos? Una parte de él quería gritarle que se fuera, que lo dejara en paz con sus conquistas fáciles y su vacío cómodo. Otra parte, una mucho más pequeña y peligrosa, quería arrancarle la máscara y exigir respuestas. Él dio otro paso, con la intención de tomarla del brazo, de forzarla a revelar su identidad. Pero ella anticipó su movimiento. Con una agilidad sorprendente, se giró sobre sus talones, su vestido carmesí ondeando como una llama oscura. La seda se arremolinó alrededor de sus piernas, y su cabello, oscuro como la noche, giró como una cortina, liberando un aroma a ámbar y sándalo. Cuando su figura se perdió en la penumbra del salón, algo cayó a los pies de Gabriel, con un suave tintineo. Era una pequeña tarjeta de presentación, de un color marfil antiguo. Gabriel se agachó y la recogió. Su superficie era lisa y fría bajo sus dedos. En ella, con una caligrafía perfecta, elegante y precisa, solo se leía una palabra: 'Némësis'.

End of Chapter 2