Chapter 1 of 17
Capítulo 1: El primer encuentro
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Corría. El aliento le ardía en los pulmones, una punzada familiar bajo las costillas. Había prometido llegar a tiempo, pero el tráfico de la mañana había sido implacable, y la prisa de su hermano, exasperante. Entregar ese documento era vital, según su madre. Si fallaba, las recriminaciones serían interminables. La culpa, una carga pesada, se asentaba ya en sus hombros. La familia siempre era lo primero, SIEMPRE. Aunque 'familia' a menudo significaba 'sus necesidades por encima de las suyas', y 'primero' significaba 'sacrificio personal sin reciprocidad'.
Los dedos de Phuwin se aferraban a la bandolera, la taza de café caliente en la otra mano, un débil consuelo. El café era para su hermana, otro de sus pequeños 'servicios' diarios. Una forma de sentirse útil, de quizás, solo quizás, ganar un poco de afecto, un respiro de la constante sensación de ser una herramienta.
A sus 23 años, Phuwin era el hijo más joven de la familia Tang. Sus padres siempre habían sido estrictos con su hermano mayor Dew, permisivos con su segunda hermana Bonnie y habían ignorado constantemente a Phuwin, excepto en aquellos momentos que lo consideraban útil, como ahora.
Desde la adolescencia Phuwin era físicamente hermoso, con su 1,80 meteos de estatura, cabello corto negro y ojos color café oscuro, que rebelaban más de lo que deberían.
Por ser el hijo menor ignorado, desarrollo desde pequeño la tendencia a ser permisivo y sumiso. Siempre buscaba complacer a todos a aún a costa de sí mismo.
Notando esto, su hermano mayor Dew se convirtió en su principal protector. Era el único miembro de la familia que mostraba una genuina preocupación por el. Sin embargo, hace un par de años Dew se casó y se mudó a una provincia cercana por motivos laborales.
Esto dejó a Phuwin bajo el completo control de su familia, que cada vez le exigía más. Y era por esto por lo que ahora se encontraba en ese edificio, siendo un mensajero útil para su hermana.
El vestíbulo de la Torre Lertratkosums se alzaba ante él, un coloso de cristal y acero que arañaba el cielo. Un símbolo de poder, de una riqueza inalcanzable. Entrar aquí siempre le provocaba una mezcla de asombro y una extraña incomodidad. Demasiado pulcro, demasiado silencioso, demasiado importante para alguien como él.
Empujó la pesada puerta giratoria, el aire acondicionado frío chocando con su piel sudorosa. Pisos de mármol pulido se extendían hasta donde la vista alcanzaba, reflejando las luces empotradas como estrellas. Ejecutivos impecables se movían con propósito, sus voces bajas, sus pasos seguros. Phuwin, con sus zapatillas ligeramente desgastadas y su camisa arrugada por la prisa, se sintió como una anomalía, un insecto extraviado en un hormiguero de oro.
Viró bruscamente a la izquierda, intentando rodear una columna imponente que ocultaba la entrada a los ascensores VIP. Un 'documento urgente' significaba cero margen de error, cero retraso. La ansiedad le apretaba el pecho como una mariposa atrapada. Se dijo a si mismo que no podía fallar. No otra vez.
De repente, sintió un impacto fuerte, que rompió su equilibrio. El calor del café se desparramó como una ola hirviendo que no alcanzaba a procesar. Un gemido escapó de sus labios, la taza de plástico rebotando en el mármol, su contenido oscuro esparciéndose sobre algo... no, sobre ALGUIEN.
Subió la vista, con el pánico ya formándose en un nudo helado en su estómago. Se encontró con un par de zapatos de cuero pulido, tan oscuros que parecían absorber la luz. Pantalones de traje, hechos a medida, de un azul medianoche tan profundo que casi era negro. Y sobre ellos, la mancha. Una extensa, grotesca mancha marrón que se expandía por la pierna izquierda, justo a la altura del muslo.
El corazón de Phuwin dio un salto mortal contra sus costillas. Se le secó la boca. Había derramado café sobre un traje impecable que, a juzgar por el entorno y la calidad de la tela, probablemente costaba más que el alquiler de su familia durante meses. Sus peores miedos cobraban vida. Lo había estropeado todo.
Lentamente, sus ojos ascendieron por el traje. Una camisa blanca inmaculada, un chaleco, una corbata que parecía seda líquida. Y luego, el rostro. Un rostro cincelado, con una mandíbula que parecía tallada en granito. Labios finos, ligeramente fruncidos. Pero fueron los ojos los que le helaron la sangre. Oscuros, penetrantes y tan fríos como el hielo de un glaciar.
Lo reconoció inmediatamente. Quien no conocía a Pond Lertratkosums, el magnate, el titán y el hombre de negocios más despiadado de la ciudad.
El hombre no se movió. No gritó, no hizo un gesto de disgusto. Simplemente lo miró. Una mirada que no era de ira, sino de una intensidad escalofriante, como si estuviera diseccionando cada fibra de su ser. Phuwin sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Se sintió expuesto, como un insecto bajo un microscopio, vulnerable y minúsculo.
«Lo... lo siento mucho», balbuceó, con su voz apenas un susurro. La vergüenza le quemaba las mejillas. Se inclinó instintivamente, como si el acto de humillación pudiera borrar la mancha y pudiera deshacer el desastre. «Soy tan, tan torpe. Déjeme... déjeme limpiarlo. Puedo...»
Intentó buscar un pañuelo, cualquier cosa, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía coordinar sus movimientos.
La mirada de Pond no se apartaba. Era fija, inquebrantable, y en sus profundidades oscuras, Phuwin percibió algo más allá de la simple molestia. Había una posesividad extraña, un brillo que hizo que su piel se erizara. Era como si no estuviera viendo un accidente, sino descubriendo algo que le pertenecía.
«¿Qué haces aquí?», la voz de Pond era grave, resonando en el silencio del vestíbulo. No era una pregunta, sino una declaración. Un tono que no pedía información, sino que exigía una explicación para su misma existencia en ese espacio. Su intensidad era un peso, presionando a Phuwin, quitándole el aire.
«Vine... vine a entregar un documento», respondió Phuwin, casi atragantándose con las palabras. Se sentía patético, pequeño, un blanco fácil. Los ojos de Pond no perdieron ni un ápice de su fuerza, clavados en él, explorando, evaluando. Parecía que no escuchaba sus palabras, sino que buscaba algo más profundo, algo oculto.
El silencio se extendió, pesado y opresivo. Cada segundo era una eternidad. Phuwin notó que los pocos ejecutivos que pasaban por allí evitaban sus miradas, acelerando el paso, como si el aura de Pond fuera contagiosa. La mancha de café en el traje del magnate parecía crecer, un símbolo de su desastre, de su incapacidad para hacer las cosas bien.
«Un documento», repitió Pond, su voz ahora un susurro peligroso, casi un ronroneo. Un atisbo de una sonrisa se formó en sus labios, una curva apenas perceptible que no llegaba a sus ojos helados. Aquella sonrisa no era amable, ni divertida. Era depredadora.
Phuwin tragó saliva, mientras sentía que su vida acababa de tomar un rumbo era que nunca había imaginado, uno del que no podría escapar fácilmente. La mirada de Pond lo rodeaba, lo envolvía, una jaula invisible que se cerraba a su alrededor. Se sentía como un pájaro atrapado, con sus alas frágiles impidiéndole escapar y su corazón latiendo salvajemente, a punto de explotar.
El magnate inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos escaneando a Phuwin de pies a cabeza, una exploración lenta y metódica que lo hizo sentir desnudo. No había juicio en esa mirada, sino una especie de fascinación fría, una posesividad naciente. Era el tipo de mirada que un coleccionista le daría a un objeto raro y valioso que acababa de descubrir. Y Phuwin no quería ser un objeto.
«¿Cuál es tu nombre?», preguntó Pond. Su voz era tranquila, pero la autoridad que la impregnaba era absoluta. No había opción de no responder. Era una orden silenciosa, una demanda que Phuwin no podía ignorar. Su mente se debatía, pero su boca se abrió por sí sola.
«Phuwin», respondió, apenas audible, casi avergonzado de su propio nombre en ese momento. Se maldijo por su debilidad, por su incapacidad para mantener la compostura. Sin embargo, esa era su naturaleza.
La que su familia le había inculcado desde la cuna y, por eso, siempre se aprovechaban de él, siempre se le exigía, siempre se le manipulaba. Pero esta vez, la sensación era diferente. Más intensa, más envolvente y peligrosa.
Pond asintió lentamente, como si grabara el nombre en algún lugar profundo de su mente. El aire en el vestíbulo se hizo más denso. Phuwin notó movimientos periféricos. Hombres vestidos de traje oscuro, que antes parecían parte del mobiliario, comenzaron a moverse. Discretamente, pero con una intención clara. Se estaban acercando, formando un semicírculo, no alrededor de Pond, sino alrededor de ambos.
Eran los agentes de seguridad de Lertratkosums. Los reconoció por su vestimenta y postura, que gritaban peligro con una sola mirada. Eran la sombra de Pond, siempre presentes, siempre vigilantes. Pero ahora, no vigilaban, sino que parecían rodear, contener, cazar. Su corazón se encogió. No estaba solo en su desastre. Estaba atrapado con el hombre al que había arruinado el traje que probablemente valía más que todo lo que alguna vez hubiera tenido en su vida, y los ojos de Pond no dejaban de mirarlo, con esa posesividad inquietante ardiendo ahora con una llama más fuerte.
Cuando el equipo de seguridad de Pond empezó a rodearlos, su voz, grave y amenazante, le prometió: «No tienes ni idea de en qué te has metido, pajarito».