Chapter 2 of 2

Capítulo 2: Primer Contacto

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Estallido. Los cristales volaron en mil pedazos. Un grito desgarró el aire, resonando con el repiqueteo de fragmentos de vidrio contra el suelo. Sayori se encogió, cubriéndose la cabeza con los brazos, sus pulmones congelados en un jadeo ahogado. El viento frío se coló por el marco roto, trayendo consigo el hedor metálico y putrefacto que ya conocían. Monika parpadeó, su expresión de control resquebrajándose. Su mirada se clavó en la ventana destrozada, luego en las otras chicas. Un sudor frío le perlaba la frente. El plan, la estructura, todo se disolvía en el caos. Natsuki soltó un gruñido, su pequeño cuerpo tensándose. Sus puños se apretaron. La impotencia era un veneno amargo en su garganta. No podía permitir que esto sucediera. No de nuevo. Un golpe retumbó en la puerta. Más fuerte esta vez. La madera crujió, quejándose bajo la presión. Las bisagras gimieron. La respiración de Yuri se aceleró, sus ojos muy abiertos y vidriosos, fijos en la puerta como si pudieran traspasarla. Sus manos se aferraron con fuerza a sus propios brazos, uñas hundiéndose en la piel. "¡Tenemos que salir de aquí!" Monika gritó, su voz apenas un hilo. Señaló hacia la puerta del fondo del aula, la que conectaba con la biblioteca. Una ruta de escape. Una esperanza frágil. Sayori se levantó, temblando. "¿Pero... adónde iremos?" Su voz se rompió. El pasillo, el mundo exterior, eran una pesadilla. Un escalofrío le recorrió la espalda. Otro golpe. La puerta principal del aula se combó hacia adentro. Una grieta apareció en la madera, como una herida. El olor se intensificó, invadiendo el pequeño espacio, asfixiante y nauseabundo. Natsuki corrió hacia los pupitres, intentando arrastrar uno. Era demasiado pesado. Sus pequeños músculos se esforzaron, pero el miedo no le daba la fuerza que necesitaba. Frustración. Ira. Se mezclaron en su pecho. Monika se unió a ella, empujando con todas sus fuerzas. "¡Ayuden!" Su voz era un imperativo, intentando restaurar algo de orden. Yuri, con los ojos aún fijos en la puerta principal, se movió como un autómata, ayudando a empujar un pupitre delante de la segunda puerta. Bloqueaban el camino hacia la biblioteca, su única salida. Un error. Un pánico abrumador se apoderó de Monika. Su mente, antes tan aguda, se nubló con terror. Sayori vio la puerta principal ceder. Un crujido espantoso resonó, amplificado por el silencio previo. La madera se partió con un rugido agonizante. Un hueco negro se abrió, revelando una silueta. Dos. Tres. Eran muchos. Natsuki reaccionó con una agilidad sorprendente. El pánico, una ola helada y furiosa, le inyectó una fuerza insospechada. Se lanzó, empujando a Yuri, que estaba paralizada, y luego a Sayori, fuera del camino, lejos de la abertura. Su cuerpo minúsculo chocó con el de Yuri, haciendo que ambas cayeran con un golpe sordo. La visión de los infectados, ahora sin el filtro de la puerta, fue brutal. Ojos vidriosos. Piel putrefacta. Movimientos antinaturales, espasmódicos. Un quejido gutural. El estómago de Natsuki se revolvió. Un nudo de náuseas y asco se le formó en la garganta. No eran personas. Eran monstruos. Una rabia protectora, que apenas entendía, comenzó a hervir dentro de ella. Sus puños temblaron. Monika retrocedió, su rostro pálido. La sangre en su corazón bombeaba con una velocidad alarmante. No había espacio para la estrategia. Solo para la supervivencia. Sus ojos escanearon la habitación, buscando un arma, cualquier cosa. No había nada. Solo libros y la inocencia destrozada. Un infectado, con la mandíbula caída, se arrastró hacia adelante, sus dedos huesudos extendiéndose. Sayori soltó un grito ahogado, su cuerpo paralizado por el puro terror. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía moverse. Natsuki se puso de pie, su pecho subiendo y bajando. Vio el miedo en los ojos de Sayori. Vio la parálisis de Yuri. Vio la desesperación de Monika. Algo se rompió dentro de ella. Un resorte. Se abalanzó hacia el primer infectado, sin pensar, impulsada por pura adrenalina. Un golpe seco. Su puño impactó contra el cráneo podrido del monstruo. No hizo nada. Dolor. El infectado ni siquiera se inmutó. Sus ojos vidriosos se clavaron en ella. La rabia de Natsuki se encendió, convirtiéndose en fuego. Lo pateó en la pierna, con toda la fuerza que pudo reunir. Una patada de gato en un perro rabioso. Insuficiente. "¡Natsuki, no!" Monika gritó, agarrando el mango de una escoba rota que había en la esquina del aula. Corrió hacia Natsuki, interponiéndose entre ella y el infectado. El palo de madera era inútil, pero era algo. Balanceó la escoba, golpeando al infectado en el pecho, alejándolo un paso. Otro infectado se arrastró por la puerta. Los gemidos guturales llenaron el espacio, un coro fúnebre. Yuri, superando su shock inicial, se levantó, sus piernas aún temblaban. Vio el mango de la escoba en las manos de Monika. Vio la desesperación en los ojos de Natsuki. Vio el pánico en los de Sayori. Un escalofrío de pragmatismo la invadió. "¡La ventana!" Yuri balbuceó, señalando el marco roto. "¡Es nuestra única opción!" Monika giró la cabeza, sopesando las opciones. Era un riesgo. Vidrios rotos. Una caída. Pero los infectados eran una certeza. El salón de clases se había convertido en un matadero. "¡Vamos!" gritó, empujando a Natsuki y Sayori hacia el alféizar. Natsuki dudó. Su orgullo. Su miedo. Miró hacia los infectados, que se arrastraban hacia ellas, su número aumentando. La salida. No había elección. Se subió al alféizar con un salto sorprendente para su tamaño, sus manos aferrándose al borde. El aire frío y el olor a podredumbre golpearon su rostro. Abajo, el patio de la escuela. Más infectados. "¡Demasiado lejos!" Sayori gritó, sus ojos llenos de terror. Se negaba a saltar. La altura era considerable. Un tobillo roto, y todo habría terminado. No había red de seguridad. Solo el asfalto frío y los muertos vivientes. Monika vio un contenedor de basura volcado cerca de la base de la pared exterior, a unos pocos metros de distancia. "¡Aterricen en el contenedor! ¡Nos dará algo de amortiguación!" Su voz era imperativa. Una orden. Un rayo de esperanza. Sayori tragó saliva. La idea era aterradora, pero mejor que ser devorada viva. Con un gemido, se preparó. Natsuki, viendo la desesperación en los ojos de Sayori, se deslizó hacia abajo por el alféizar, sus pies tanteando el aire. Cayó, rodando sobre el contenedor de basura con un golpe sordo, el metal crujiendo. El aterrizaje fue duro, pero no se rompió nada. Se puso de pie de un salto, sus ojos escanearon el entorno. Los infectados en el patio aún no las habían notado. "¡Tu turno, Yuri!" Monika instó, su mano en la espalda de Yuri. Yuri dudó, su rostro contorsionado por el miedo. Pero la proximidad de los infectados detrás de ellas, sus dedos rozando la ropa de Monika, la impulsó. Un grito ahogado. Se lanzó. Cayó con menos gracia que Natsuki, golpeándose el codo contra el borde del contenedor. Un dolor agudo la recorrió, pero se levantó, su rostro pálido, sus ojos fijos en la siguiente amenaza. Monika fue la última. Saltó, su movimiento más controlado, aterrizando de pie, aunque el impacto le hizo cojear un instante. El contenedor era un punto de apoyo, pero también una trampa si no se movían rápido. "¡Al edificio de al lado!" gritó, señalando una puerta lateral del gimnasio, que parecía estar cerrada. Una posibilidad. Corrieron a través del patio, sus pasos resonando en el silencio mortal del apocalipsis. El olor a putrefacción y a sangre seca se aferraba a ellas. Evitaban a los infectados que se arrastraban sin rumbo, moviéndose como fantasmas. El pánico les dio una velocidad antinatural. Sus corazones latían como tambores de guerra. La puerta del gimnasio estaba cerrada con llave. Un gemido de frustración escapó de Monika. Pateó la puerta con rabia, pero era inútil. De repente, Natsuki, con una mirada determinada, se lanzó contra la cerradura con una fuerza que no correspondía a su tamaño. El metal cedió con un chasquido. La puerta se abrió. Adrenalina pura. Entraron al gimnasio, cerrando la puerta detrás de ellas. El espacio era enorme, oscuro y silencioso. El hedor aquí era diferente, a sudor y goma vieja, mezclado con el aire viciado de abandono. Era un respiro temporal. Se apoyaron contra la pared, jadeando, sus cuerpos temblando por el esfuerzo y el terror. Sayori se deslizó hasta el suelo, abrazándose a sí misma, intentando controlar sus sollozos. Yuri estaba pálida, sus ojos seguían escaneando la oscuridad, como si esperara que algo saltara de ella. Natsuki, en cambio, se mantuvo de pie, sus puños apretados, la rabia aún ardiendo en sus ojos. Monika se acercó a Sayori, colocando una mano temblorosa en su hombro. "Estamos a salvo. Por ahora." Su voz era un susurro, intentando infundir calma que ella misma no sentía. Pero el alivio era frágil, una mentira a medio decir. La realidad era que solo habían ganado unos minutos. El mundo exterior seguía siendo una pesadilla. Los sonidos de los infectados en el patio se hicieron más fuertes, sus quejidos guturales resonando a través de las paredes del gimnasio. La oscuridad se sentía opresiva. No podían quedarse aquí para siempre. Debían encontrar una salida. Un refugio. Algo. "¿Y ahora qué?" Natsuki gruñó, su voz rasposa. "No podemos quedarnos aquí. Nos encontrarán. Siempre lo hacen." Un silencio pesado llenó la habitación. El eco de sus propias respiraciones era lo único que se escuchaba. La incertidumbre pesaba sobre ellas, más densa que la oscuridad. El siguiente paso era un abismo. No había un mapa, no había un plan. Solo el instinto. Monika miró a las demás, sus ojos llenos de una resolución recién forjada. El pánico comenzaba a dar paso a una fría determinación. Si quería controlar esto, necesitaba pensar. Necesitaba liderar. Pero el agotamiento, el miedo, la constante amenaza, eran enemigos tan reales como los monstruos de fuera. Un leve arrastre. Un sonido apenas perceptible. Proveniría del otro lado del gimnasio, donde las puertas de los vestuarios daban a un pasillo interior. Todas se quedaron inmóviles, sus oídos aguzados. El sonido se repitió, más cerca esta vez. Un golpe sordo. No era el sonido de un infectado común. Era más lento, más pesado. Desde la esquina del pasillo, una silueta alta y desgarbada emerge lentamente, arrastrando una pierna, y un quejido gutural resuena en el silencio.

End of Chapter 2