Chapter 2 of 7

Capítulo 2: El primer latido abisal

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Burbujas aceitosas y densas reventaban contra el casco de aluminio de la lancha de investigación, liberando un hedor penetrante a azufre y vegetación descompuesta. Judith golpeó con rabia la pantalla del densitómetro digital con el talón de su mano, desesperada por borrar los valores absurdos que parpadeaban en un tono carmesí de advertencia. —Esto no tiene ningún sentido biológico, Gabriel —declaró ella, con la voz quebrándose debido a la tensión acumulada—. La viscosidad del agua está aumentando a un ritmo exponencial. Prácticamente duplica los niveles normales del cauce principal del Orinoco. No estamos navegando sobre agua, sino sobre una especie de gelatina orgánica muerta. Girando sobre sus talones, la joven bióloga buscó la mirada de su compañero, con la esperanza de encontrar un atisbo de cordura o el reflejo de su propia alarma en sus pupilas. Gabriel permanecía inmóvil junto a la mesa de trabajo de la popa, concentrado en el mantenimiento de su fusil de asalto AR-15. Sus dedos se movían con una precisión casi quirúrgica, deslizando un trapo impregnado de aceite sobre el cañón negro de la carabina. —Cualquier cambio en la densidad física no es una razón válida para abortar la expedición —respondió él, sin molestarse en levantar la vista del arma—. El Orinoco arrastra toneladas de sedimentos y residuos químicos de las explotaciones mineras del sur. Estamos presenciando una simple fluctuación hidrológica, un tapón de lodo atrapado en una corriente profunda. —¡No intentes racionalizar esto con tu maldita prepotencia! —exclamó Judith, dando un paso hacia él mientras señalaba la pantalla con un dedo tembloroso—. Ningún vertido minero duplica la viscosidad de un río de este caudal en menos de diez minutos. Es físicamente imposible. Algo está modificando el agua a nivel molecular. Tenemos que dar la vuelta ahora mismo. Decidida a tomar el control de la situación, la científica se estiró hacia la consola de mando principal, buscando el interruptor de encendido de los motores fuera de borda para iniciar la maniobra de retorno hacia el puerto seguro de San Félix. Antes de que su mano pudiera rozar la superficie metálica de la consola, Gabriel se interpuso en su camino, sujetándole la muñeca con una fuerza gélida y una determinación que helaba la sangre. —No voy a permitir que arruines meses de preparación por un ataque de pánico injustificado —siseó el hidrólogo, clavando sus ojos oscuros y penetrantes en los de ella—. Vinimos aquí para documentar anomalías y eso es exactamente lo que haremos. No me asustan los misterios de laboratorio ni las estúpidas leyendas que los nativos inventan para justificar sus naufragios. Tratando de liberarse de la presión de sus dedos, Judith sintió la rigidez de su agarre, duro como las herramientas de hierro que poblaban los compartimentos de la lancha. —Eres un maldito arrogante, Perales —susurró ella, con el labio inferior temblando de rabia y frustración—. El sonar detectó una silueta de cuarenta metros justo antes de que el alternador principal fallara. No es un tapón de lodo. Es una estructura biológica viviente que se está moviendo debajo de nosotros. Si no salimos de aquí, seremos nosotros los que terminemos en el fondo de este abismo turbio. Gabriel soltó la muñeca de Judith de un tirón, dejándole marcas rojas sobre la piel húmeda de sudor frío. Sosteniendo el AR-15 contra su pecho con una familiaridad reconfortante, el joven dio un paso hacia el ventanal de la cabina, observando la inmensidad oscura que los rodeaba. Fuera de la lancha de investigación, la selva venezolana parecía haberse fundido en una masa compacta y silenciosa de sombras impenetrables, desprovista de cualquier sonido de fauna salvaje. Cualquier otra persona se habría quebrado ante la inmensidad hostil del Orinoco, pero Gabriel procesaba el entorno a través de un prisma de pura lógica y necesidad de control. Años de pesadillas recurrentes le habían enseñado que el agua era un enemigo traicionero, un elemento despiadado que le había robado a su hermano menor en una tarde de juegos infantiles que terminó en tragedia. Jamás volvería a experimentar la parálisis del miedo ni la humillación de la derrota frente a una corriente incontrolable. Cada cartucho de munición que cargaba en su chaleco táctico representaba una garantía de supervivencia, una herramienta diseñada para imponer su voluntad sobre el caos de la naturaleza. —Nuestras armas y la ciencia pueden solucionar cualquier imprevisto en este río, Judith —sentenció con una frialdad matemática que cortaba el aire—. Si esa supuesta masa biológica decide ascender a la superficie, se encontrará con un calibre capaz de atravesar el cráneo de un caimán negro de seis metros. Así que vuelve a tu puesto y sigue analizando los datos de densidad. De pronto, el zumbido constante de la batería de respaldo cesó por completo, sumiendo la cabina en una penumbra casi absoluta, rota únicamente por el resplandor agonizante de las pantallas de los instrumentos. Bajo sus pies, un temblor profundo y sordo comenzó a reverberar a través de las planchas de acero del suelo de la cubierta, propagándose como una vibración de baja frecuencia que hacía castañear sus dientes. Judith se aferró al borde de la mesa de análisis, observando con horror cómo los tubos de ensayo llenos de muestras de agua comenzaban a vibrar y a deslizarse por la superficie inclinada de madera. —No es una corriente, Gabriel —gimió ella, con las lágrimas de pura impotencia asomando en sus ojos—. Está subiendo. Viene directamente hacia nosotros desde el canal de navegación central. Repentinamente, un violento impacto desde el fondo del río levantó la lancha de investigación con una fuerza sísmica, despegando el casco metálico del agua como si fuera un juguete de plástico arrojado al viento. Arrojada con una violencia brutal hacia el frente, Judith no tuvo tiempo de protegerse con los brazos antes de que su cuerpo colisionara de lleno contra los paneles de control de la cabina. Su cabeza golpeó la esquina del marco de acero reforzado, produciendo un chasquido seco que precedió a una lluvia de chispas eléctricas y fragmentos de vidrio templado de los diales rotos. Cayendo al suelo mugriento de la cabina, la bióloga quedó tendida sobre su costado derecho, soltando un gemido ahogado mientras un hilo espeso de sangre comenzaba a deslizarse desde su sien hacia su mejilla. Gabriel, sintiendo que la gravedad se distorsionaba a su alrededor, logró clavar sus botas en las estrías de la cubierta de popa, utilizando toda su fuerza física para mantenerse erguido mientras la lancha volvía a caer con un estruendo ensordecedor sobre el agua densa. --- Pesadamente, la caída generó una ola colosal de lodo pastoso que golpeó los cristales rotos de la cabina, goteando hacia el interior con la consistencia aceitosa de la grasa industrial quemada. Nauseabundo, un olor pestilente a carne en descomposición y fango estancado inundó instantáneamente el habitáculo, provocando que Gabriel tuviera una arcada violenta que reprimió apretando los dientes con rabia. Mirando el cuerpo inerte de Judith entre los escombros de la consola, el hidrólogo sintió un pinchazo helado en el centro de su pecho, un fogonazo de memoria que lo transportó de golpe a la peor noche de su existencia. Durante aquella fatídica tarde de su infancia, el agua turbia del riachuelo también se había tragado la luz del sol, y él se había quedado allí parado, petrificado por la corriente implacable mientras su hermano menor luchaba por respirar antes de hundirse definitivamente en la oscuridad lodosa. Semejante impotencia paralizante, esa sensación asfixiante de no tener el control sobre el entorno, intentó apoderarse de sus músculos y nublar su mente analítica con el fantasma de la culpa. Sacudiendo la cabeza con desesperación para despejar los recuerdos, Gabriel se aferró a su fusil AR-15 con nudillos blancos, sintiendo cómo el metal frío y texturizado del guardamanos le devolvía la concentración que necesitaba para sobrevivir. No iba a permitir que el Orinoco se cobrara otra vida bajo su guardia; esta vez estaba armado, esta vez tenía el calibre necesario para responder a la violencia de la naturaleza. Avanzando a gatas sobre el suelo resbaladizo por el lodo y la sangre, se acercó a Judith para comprobar sus signos vitales con rapidez, aliviado al notar el pulso rápido pero constante en su carótida. —Quédate abajo —le ordenó en un susurro inútil, sabiendo que ella apenas registraba sus palabras mientras se esforzaba por mantener la consciencia entre la niebla del dolor—. Yo me encargo de esto. Fuera de la cabina destrozada, el río Orinoco parecía haberse transformado en un páramo estático, una llanura de brea negra que absorbía la poca luz que las estrellas moribundas lograban filtrar a través de la densa bóveda de árboles de la selva. Ningún insecto cantaba; el característico zumbido del trópico se había extinguido por completo, dejando un vacío acústico que resultaba mucho más aterrador que cualquier rugido salvaje. Gabriel se deslizó hacia la cubierta exterior, manteniendo su centro de gravedad bajo y el cañón del AR-15 apuntando directamente hacia la línea de flotación de la embarcación. Sus ojos se ajustaron lentamente a la oscuridad, escaneando el perímetro gelatinoso del río en busca de la menor perturbación o estela que delatara el movimiento de la criatura. Fue entonces cuando se percató de las extrañas ondas concéntricas que se formaban en el agua densa, no de manera caótica, sino con un patrón rítmico y calculado que rodeaba la lancha a una distancia constante de quince metros. Claramente, la anomalía no estaba actuando por simple instinto territorial de un depredador ciego, ni tampoco buscaba alimentarse de forma desesperada como un animal salvaje acorralado. Dándose cuenta de que la anomalía no busca alimentarse, sino cazar, Gabriel sintió que un sudor frío le recorría la espalda al comprender la inteligencia malévola que dirigía aquellos movimientos en la penumbra. Silenciosamente, aquella entidad los estaba cercando con la paciencia de un estratega militar, desgastando sus defensas y bloqueando cualquier posible vía de escape antes de dar el golpe de gracia definitivo. Cerca de la popa, un chasquido húmedo, similar al sonido de un cuero grueso arrastrándose sobre metal oxidado, rompió el silencio opresivo justo al lado de la borda de estribor. Gabriel giró el cañón de su arma hacia el origen del ruido, conteniendo la respiración para estabilizar su pulso mientras apoyaba la culata firmemente contra su hombro derecho. Bajo el brillo tenue de la luna, el agua densa del río comenzó a trepar por el costado de la lancha, desafiando la gravedad como si fuera una sustancia viva con voluntad propia. Bruscamente, la lancha se inclinó hacia babor bajo un peso intolerable que subía desde el abismo. Una mano escamosa y translúcida, de tamaño humano pero con garras de basalto, se aferra al borde de la cubierta metálica, goteando un lodo que quema la pintura acrílica.

End of Chapter 2