Chapter 8 of 12

Autómatas de carne y hueso

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Estruendo. El metal chirrió bajo el impacto, seguido por el grito ahogado de un soldado cercano. La plaza central era un torbellino de pólvora y escombros. Julie se movía con una eficiencia brutal, su mente un procesador de datos en medio del caos. Cada explosión, cada disparo, una variable en su ecuación mortal. Los invasores imperiales avanzaban, sus números interminables. Su objetivo era claro: desbordar la defensa. No lo permitiría. Órdenes salieron de sus labios. Cortas. Precisas. "¡Flanco izquierdo, contención! ¡Artillería, fuego de supresión en el sector delta-siete!" Sus ojos escanearon el campo de batalla, buscando debilidades, oportunidades. Vio un pelotón imperial intentando flanquear un grupo de sus ingenieros. No, no hoy. Corrió. Su rifle de asalto se sentía como una extensión de su brazo. Descargó una ráfaga controlada, derribando a los tres soldados de cabeza. El resto dudó. Un parpadeo de vacilación que fue todo lo que Julie necesitaba. Cambió a su cuchillo de combate, deslizándose entre los edificios derruidos. Un enemigo se giró. Su hoja le cortó la garganta antes de que pudiera gritar. Otro soldado cargó. Julie lo recibió con una patada al pecho, el impacto le sacó el aire. El hombre cayó, sus ojos se abrieron en shock. Antes de que pudiera recuperarse, el cuchillo se hundió. Su mirada era fría, desprovista de emoción. En la guerra, la emoción era una carga. Solo quedaba la lógica. Repentinamente, el suelo vibró. Un sonido pesado, metálico, resonó por la plaza. Tres figuras colosales emergieron de la nube de polvo. Autómatas. No los modelos lentos y torpes que habían enfrentado antes. Estos eran ágiles, sus chasis elegantes y mortales. Sus armas, cañones de energía pulsada, comenzaron a disparar, destrozando la cobertura de sus tropas. "¡EMP!" Julie gritó. "¡Granadas EMP en mi señal!" Sabía que estas máquinas eran diferentes. Su movimiento, casi humano. Sus reflejos, letales. Su lógica dictaba que la disrupción electromagnética era su mejor opción. Pero necesitaba una apertura. Uno de los autómatas avanzó hacia un nido de ametralladoras. Su paso era rítmico, metódico. Julie calculó su trayectoria, la potencia de fuego necesaria para inmovilizarlo. Sacó dos granadas de pulso electromagnético de su cinturón. Desactivó los seguros. Corrió directamente hacia la máquina, ignorando las explosiones a su alrededor. Los soldados la vieron, sus ojos se abrieron en incredulidad. Julie no titubeó. Se lanzó hacia un cráter. El autómata la detectó, girando su cañón para apuntarle. Demasiado lento. Julie ya estaba lanzando. Las granadas volaron. Impactaron en el pecho del autómata, sus campos de energía se expandieron. La máquina se tambaleó, sus luces parpadearon. El cañón se detuvo a mitad del giro. Era su oportunidad. "¡Ahora!" gritó, su voz rasgando el aire. Sus tropas abrieron fuego, concentrando su asalto en el autómata paralizado. Julie, sin esperar a ver el resultado, ya se movía hacia el siguiente. Este era más grande, más pesado. Su armamento principal era un taladro rotatorio diseñado para perforar búnkeres. Ya había destrozado una barricada de sacos de arena y a los hombres detrás de ella. Esquivó un barrido del taladro, sintiendo el viento en su rostro. La proximidad del ataque era aterradora. El autómata era una fuerza de la naturaleza, imparable. Pero Julie no creía en lo imparable. Saltó, sus botas encontraron agarre en la rodilla metálica de la máquina. Escalarla era una locura. Pero también era la única manera de llegar a su cabeza, a su centro de control. Subió por el chasis, cada agarre una cuestión de vida o muerte. El autómata intentó sacudírsela, girando violentamente. Julie se aferró, su cuerpo absorbiendo los impactos. Llegó al "cuello" de la máquina. El punto débil. Siempre había un punto débil. Sacó su cuchillo de combate. No para cortar. Para apalancar. Insertó la punta en una junta de la armadura del cuello. Empujó con toda su fuerza, sus músculos tensos, el metal quejándose. Escuchó un crujido. Un panel de servicio se abrió, revelando una maraña de cables y fibra óptica. Y algo más. No era lo que esperaba. No eran circuitos limpios. Había una cápsula de vidrio transparente. Y dentro, suspendido en un líquido nutritivo, un cerebro. Palpitante, conectado a los controles del autómata. El horror la golpeó con la fuerza de un rayo. Sus ojos se abrieron, la respiración se atascó en su garganta. Entonces vio el rostro. Borroso al principio, a través del cristal. Pero inconfundible. Una cicatriz sobre la ceja izquierda. Un lunar junto a la nariz. Las características de un hombre que había conocido, que había luchado a su lado. El sargento Elías. Su antiguo sargento. Un hombre que había muerto en la traición de su unidad. O eso creía. Sus manos temblaron. El control sobre su cuerpo se aflojó. Elías. Sus ojos, aunque inyectados de sangre y opacos, parecían mirarla a través del cristal. La imagen se grabó en su mente. Su mente táctica, su lógica férrea, se hizo pedazos. Esto era una abominación. Un sacrilegio. Un dolor crudo, helado, la atravesó. En ese instante de parálisis, el segundo autómata, el que había destrozado la barricada, se abalanzó. Julie estaba expuesta, congelada por el horror. Un brazo metálico se extendió, una garra de tres dedos se cerró alrededor de su hombro derecho. El acero se apretó. Sintió un dolor agudo, desgarrador. El chasquido de un hueso. Gritos. Sangre caliente corrió por su brazo. La garra la levantó del autómata, la arrojó al suelo como una muñeca de trapo. Aterrizó con un golpe sordo, su hombro gritando en protesta. El dolor era insoportable. Pero el dolor físico se mezcló con una furia hirviente, una rabia helada que no había sentido en años. No era solo por la herida. Era por Elías. Por todos ellos. Se puso de rodillas, el brazo derecho inútil. La sangre empapaba su uniforme. El autómata de Elías, recuperándose del EMP residual, comenzó a agitarse. El otro autómata avanzaba sobre ella, su taladro rotatorio activado, zumbando una canción de muerte. Sus ojos. Sus ojos se oscurecieron. La lógica se fue. Solo quedó la venganza. Sacó su pistola con la mano izquierda, el arma se sentía extraña. Apuntó al centro del pecho del autómata que la había herido. No disparó. En su lugar, activó una sobrecarga de su paquete de energía. Disparó directamente al sistema de armas del autómata. Un destello azul. El autómata se tambaleó, su taladro se detuvo. Con la herida pulsando, Julie se arrastró de nuevo hacia el autómata de Elías. Su mente, aunque cegada por la ira, aún retenía su genio de ingeniería. Sabía lo que necesitaba hacer. No solo deshabilitarlo. Necesitaba arrancarlo desde dentro. Llegar a la fuente de esta profanación. Alcanzó la cápsula de Elías, la ignoró por un segundo. Se concentró en los cables que conectaban el cerebro al sistema operativo principal del autómata. Con su mano izquierda, destrozó los conectores, arrancándolos con una fuerza brutal. Los circuitos chispearon. El autómata se convulsionó. Sus luces se apagaron. Cayó de rodillas, luego se derrumbó con un estruendo final. Se quedó sin aliento, su pecho subiendo y bajando. El dolor en su hombro era un infierno. Pero la imagen de Elías persistía. Una ira fría, calculada, se instaló en su pecho. Esta guerra ya no era solo sobre estrategia. Era personal. Era una vendetta. Vane. Él había hecho esto. Él había profanado a sus muertos. La idea de la venganza amenazaba con devorar todo rastro de su impecable lógica matemática. --- El silencio se apoderó de la plaza, salvo por los gritos distantes de la batalla y el gemido de los heridos. Los autómatas estaban desactivados. El de Elías yacía inmóvil, su panel abierto como una herida. Julie se levantó con dificultad, su mano izquierda presionando su hombro derecho herido. Sus ojos no dejaban el autómata. No había victoria en esto. Solo una nueva capa de horror. De repente, una luz parpadeó desde el chasis inerte del autómata. No era un chispazo. Era una proyección. Un holograma se formó en el aire, cristalino y claro. La imagen de Kaelen Vane. Su sonrisa, ancha y cruel, llenó el espacio. No había sorpresa en sus ojos, solo una satisfacción perversa. Miró directamente a Julie. "¿Te gustan mis nuevas herramientas, Julie?"

End of Chapter 8