Chapter 1 of 2
Un Día Normal
3.3k words
Un día normal en el planeta Tierra.
Bueno... tan normal como podía serlo.
Un país invadiendo a otro. Presidentes convencidos de que el mundo prácticamente les pertenecía. Conflictos políticos, guerras, discusiones interminables y miles de problemas que parecían repetirse una y otra vez.
Y mientras el mundo seguía girando con todos sus problemas...
Zeyk Andrews simplemente caminaba por la calle.
No tenía ninguna misión especial. No había ninguna profecía esperándolo. No había un destino extraordinario llamándolo, solo iba de camino a una tienda de cómics y mangas.
Al llegar, empujó la puerta de entrada. La pequeña campanilla sonó.
—¡Buenos días!
El dueño levantó la mirada desde el mostrador.
Zeyk sonrió.
—Buenos días, amigo. Soy yo de nuevo, jaja. ¿Nada de los Isekai?
El hombre soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—Lo siento, Zeyk. Nada nuevo.
Zeyk dejó escapar un suspiro de decepción.
—Nuevamente para mi tristeza no han llegado nuevos.
—Te dije que tengas paciencia. No puedo hacer que aparezcan por arte de magia.
Zeyk comenzó a recorrer los estantes, mirando distraídamente los diferentes mangas.
El dueño lo observó durante unos segundos.
—De verdad que tienes una obsesión con los Isekai.
Zeyk sonrió.
—Sí, sí. Ya sé que soy el rarito de los Isekai.
Tomó uno de los mangas que ya había leído anteriormente y lo hojeó sin demasiado interés.
Entonces se detuvo.
—Pero piénsalo...
Levantó la mirada hacia el dueño.
—¿No te gustaría tener la oportunidad de ir a un mundo nuevo y empezar de cero?
El dueño se quedó callado unos segundos.
—¿Empezar de cero?
—Sí.
Zeyk dejó el manga sobre el estante.
—Un mundo completamente diferente. Sin cargar con todo lo que tienes aquí. Sin conocer a nadie. Sin que nadie conozca quién eras antes.
El dueño apoyó los brazos sobre el mostrador.
—¿Y dejarías absolutamente todo atrás?
La pregunta quedó flotando en el aire.
Por unos segundos, el ruido de la calle pareció quedar distante.
El dueño finalmente sonrió.
—Supongo que depende de qué tan mala haya sido tu vida anterior.
Zeyk no respondió inmediatamente.
Aquella conversación había comenzado como una simple broma entre un cliente habitual y el dueño de una tienda, pero por alguna razón, la pregunta había terminado sonando mucho más seria de lo que cualquiera de los dos esperaba.
Afuera, los automóviles continuaban pasando.
La gente seguía caminando.
El mundo seguía exactamente igual.
Un día completamente normal.
Zeyk soltó una pequeña risa, aunque detrás de ella había algo de resignación.
—Bueno, creo que si fuera yo, sí tendría el material para eso, jaja. Mírame... sin amigos, sin nada especial.
El dueño dejó de ordenar los mangas por un momento.
La sonrisa que tenía desapareció ligeramente.
—¿Sin nada especial?
Zeyk se encogió de hombros.
El hombre lo conocía desde hacía bastante tiempo. Había visto a Zeyk entrar incontables veces a aquella tienda, emocionarse con algún manga nuevo, quedarse conversando sobre Isekai durante horas y marcharse después con algún volumen bajo el brazo.
Pero aquella frase había sonado diferente.
—Oye —dijo finalmente—. Que no tengas la vida que imaginas que deberías tener no significa que no tengas nada.
Se apoyó sobre el mostrador.
—Y tampoco necesitas que te manden a otro mundo para empezar de nuevo.
Afuera, un automóvil pasó frente al escaparate.
Por un instante, Zeyk pudo verse reflejado en el cristal.
Una persona común.
Una calle común.
Una tienda común.
Nada extraordinario.
El dueño tomó nuevamente uno de los mangas de la estantería.
—Aunque si algún día descubres cómo viajar a otro mundo, avísame. Si funciona, yo también quiero ir.
Sonrió.
—Pero eso sí: yo quiero conservar Internet.
Zeyk soltó una carcajada.
—Sería imposible sin Internet, jaja.
—¡Exactamente! —respondió el dueño, señalándolo con el dedo—. Imagínate llegar a otro mundo y descubrir que no tienen Wi-Fi.
—Sería una tragedia.
Ambos rieron.
El ambiente de la tienda volvió a sentirse ligero, como cualquier otra mañana.
El dueño regresó a ordenar los mangas mientras Zeyk continuaba mirando los estantes.
—Aunque pensándolo bien... —murmuró el hombre— quizá un mundo nuevo tendría cosas más interesantes que Internet.
Zeyk giró ligeramente la cabeza hacia él.
—¿Como qué?
—No sé. Magia, monstruos, dragones...
—Eso sí estaría interesante.
—Pero seguro también habría guerras, enfermedades, hambre y gente intentando matarte.
—Bueno... ahí ya no suena tan bonito.
—¿Ves? —dijo el dueño, riéndose— ¡Quédate aquí!
Zeyk volvió a reír.
Aquel pequeño intercambio no significaba nada.
Era simplemente una conversación entre dos personas hablando de una fantasía.
Nada iba a cambiar.
Al menos, eso creían ambos.
Zeyk miró la hora y dejó escapar un suspiro.
—Bueno, es hora de volver al calabozo... digo, a la escuela.
El dueño soltó una carcajada.
—¡Ahí está! Ya decía yo que faltaba el comentario del día.
Zeyk dejó el manga que estaba hojeando en su lugar y se acomodó antes de dirigirse hacia la salida.
—Nos vemos, amigo.
—Nos vemos, Zeyk. Y no te preocupes, si llega algún Isekai nuevo, te guardo uno.
—Más te vale.
La campanilla volvió a sonar cuando Zeyk salió de la tienda.
Afuera, la vida continuaba exactamente igual.
Personas caminando de un lado a otro, vehículos pasando por la avenida, conversaciones, ruido...
Zeyk emprendió el camino hacia la escuela.
No había nada extraordinario en aquella mañana.
Ninguna señal.
Ningún acontecimiento extraño.
Ninguna razón para pensar que aquel día sería diferente de cualquier otro.
Simplemente era otro día más en su vida.
Zeyk llegó a la escuela.
Y, como casi todos los días...
Invisible.
No literalmente, claro.
Simplemente era como si su presencia no significara demasiado para nadie. Los demás caminaban de un lado a otro, conversaban entre ellos, se saludaban y seguían con sus vidas.
Zeyk podía pasar junto a un grupo de compañeros y prácticamente no recibir ni una mirada.
Aunque, desgraciadamente, había una excepción.
Los mismos de siempre.
Apenas entró al aula, pudo reconocerlos.
Uno de ellos lo vio y sonrió con esa expresión que Zeyk ya conocía demasiado bien.
Zeyk dejó sus cosas y, al notar que se acercaban, soltó con sarcasmo:
—Vaya, pensaba que se habían dado libre.
Los tres se quedaron frente a él.
—¿Qué pasa? ¿Ya no podemos venir a saludarte? —dijo uno de ellos con una sonrisa burlona.
Otro soltó una pequeña risa.
—Déjalo. Seguro estaba feliz pensando que hoy nadie le iba a hablar.
Las conversaciones del resto de la clase continuaron como si aquello no tuviera nada que ver con ellos.
Nadie parecía particularmente interesado en intervenir.
Uno de los muchachos apoyó una mano sobre el escritorio de Zeyk.
—¿Y qué? ¿Otra vez leyendo tus mangas raros?
La mirada del muchacho cayó sobre el bolso de Zeyk.
—Déjame adivinar... otro Isekai.
Los otros dos comenzaron a reír.
—Ese sí que vive en otro mundo.
La mañana apenas comenzaba.
Zeyk respondió sin perder la calma:
—Al menos no vivo con mi mamá todavía.
Los tres se quedaron en silencio durante un segundo.
Uno de ellos frunció el ceño.
—¿Qué dijiste?
El que estaba apoyado sobre el escritorio soltó una risa incómoda.
—Este hoy vino con ganas de hacerse el gracioso.
—Déjalo —intervino el tercero, riéndose—.
Capaz que por fin aprendió a defenderse.
El primero apartó la mano del escritorio y se cruzó de brazos.
—Muy chistoso, Zeyk.
Desde el fondo del aula, alguien dejó escapar una pequeña risa al escuchar el comentario.
No era exactamente que Zeyk hubiera ganado la discusión.
Pero por una vez, había conseguido devolverles el golpe con palabras.
—Sí, sí... chistoso, ajá.
Zeyk se encogió de hombros y se sentó en su lugar.
Antes de que los muchachos pudieran continuar, la puerta del aula se abrió.
—Buenos días, muchachos.
El profesor entró con una carpeta bajo el brazo y varios documentos en la otra mano.
Las conversaciones fueron apagándose poco a poco hasta que todos terminaron ocupando sus asientos.
—Saquen sus cuadernos. Hoy vamos a continuar con geografía.
El profesor dejó sus cosas sobre el escritorio y escribió el tema del día en la pizarra.
GEOGRAFÍA — CONTINENTES Y DISTRIBUCIÓN POLÍTICA
Zeyk abrió su cuaderno.
La clase comenzó con una explicación sobre los continentes, fronteras, países y diferentes regiones del mundo.
El profesor señalaba distintos lugares en el mapa mientras explicaba.
—Como pueden observar, las fronteras políticas no siempre coinciden con las regiones geográficas...
Zeyk apoyó el brazo sobre el escritorio mientras escuchaba.
A su alrededor, algunos compañeros tomaban apuntes.
Otros parecían estar luchando por no quedarse dormidos.
Y, por primera vez aquella mañana, nadie estaba molestándolo.
Era simplemente una clase más.
Una de tantas que Zeyk había tenido.
Una mañana cualquiera en la escuela.
La clase continuó durante varios minutos hasta que el profesor decidió cambiar un poco la dinámica.
Dejó el marcador sobre el escritorio y miró a todos sus alumnos.
—Muy bien, vamos a hacer algo diferente. Quiero ver cuánto recuerdan de las capitales que hemos estudiado.
Algunos alumnos comenzaron a ponerse nerviosos.
El profesor empezó a señalar a distintos estudiantes.
—¿Capital de Francia?
—París.
—¿Capital de Japón?
—Tokio.
—¿Capital de Australia?
—Canberra.
La dinámica continuó entre respuestas correctas, algunas dudas y un par de errores que provocaron risas en el aula.
Hasta que el profesor levantó la mirada y recorrió los pupitres.
Su mirada terminó deteniéndose en Zeyk.
—A ver... Zeyk.
Algunos compañeros voltearon inmediatamente.
Era probablemente la primera vez en toda la mañana que el profesor lo llamaba directamente.
Zeyk levantó la mirada.
—Capital de Madagascar.
Por un instante, el aula quedó en silencio.
Zeyk respondió sin pensarlo demasiado:
—Antananarivo.
El profesor hizo una pequeña pausa.
—Correcto.
Continuó con la dinámica como si nada.
—Muy bien. ¿Capital de Mongolia?
Pero detrás de Zeyk se escuchó un murmullo.
—¿Cómo demonios sabía eso?
Otro compañero respondió en voz baja:
—El rarito de los mangas también sabe geografía, aparentemente.
Un par de risas se escucharon por lo bajo.
El profesor los miró de reojo.
—¿Hay algún problema?
Las risas desaparecieron inmediatamente.
La clase continuó.
La clase estaba llegando a su fin cuando el profesor dejó el marcador sobre el escritorio.
—Antes de que se vayan, tengo un anuncio importante.
El murmullo del aula disminuyó.
—Este fin de semana tendremos una excursión escolar. Iremos a una montaña cercana, donde hay un centro turístico. La actividad será durante todo el fin de semana, así que quiero que todos estén preparados.
Inmediatamente comenzaron los comentarios.
—¿En serio?
—¡Qué genial!
—¿Tenemos que llevar tienda de campaña?
Mientras algunos parecían emocionados, Zeyk no mostraba el mismo entusiasmo.
—Yo paso, gracias.
El profesor levantó la mirada hacia él.
—No, Zeyk. No pasas.
—¿Eh?
—La excursión es parte de las actividades escolares y no es opcional.
Zeyk hizo una mueca.
—Tsk... qué molestia.
Soltó un suspiro resignado y se recostó ligeramente en su asiento.
—Ok, ok. Iré.
—Perfecto —respondió el profesor—. Mañana les entregaré la información con todo lo que deberán llevar. Y quiero que estén aquí el sábado a primera hora.
Algunos compañeros comenzaron a hablar emocionados sobre el viaje.
Zeyk simplemente guardó sus cosas.
Un fin de semana entero en una montaña.
Definitivamente no era la manera en que habría elegido pasar sus días libres.
Pero ya estaba decidido.
Iba a ir.
Zeyk llegó a casa después de la jornada escolar.
Abrió la puerta y entró, dejando sus cosas mientras miraba hacia el interior.
—Ya llegué.
No obtuvo respuesta.
Zeyk esperó unos segundos.
Silencio.
—Lo normal.
Dejó escapar un suspiro y entonces notó algo.
Miró hacia la puerta de una de las habitaciones.
Había alguien allí.
Zeyk sonrió con cierta picardía.
—Monique, el molesto de tu novio está aquí.
La respuesta no tardó ni un segundo.
—¡¿Puedes dejar de llamarlo así?!
La voz de Monique llegó desde la habitación.
Zeyk soltó una pequeña risa.
—Ah, mira. Resulta que sí puedes escucharme.
—¡Te escuché desde que entraste!
—Entonces estabas ignorándome.
—¡No te estaba ignorando!
Desde la otra habitación se escuchó otra voz masculina, seguida de una risa.
—Déjalo, Monique. Tu hermano tiene razón.
Zeyk levantó una ceja.
—¿Ves? Hasta él lo admite.
—¡No le des la razón! —protestó Monique.
Por primera vez desde que había llegado, la casa dejó de sentirse completamente silenciosa.
Zeyk caminó hacia la cocina mientras escuchaba la discusión entre su hermana y su novio.
Era una escena bastante normal en aquella casa.
Y, aunque se quejara de muchas cosas de su vida, Monique era prácticamente la única persona con la que realmente compartía su día a día.
Zeyk asomó la cabeza hacia la habitación con una sonrisa burlona.
—¿Van a pedir comida y comeremos el riesgo biológico que cocina Monique?
Hubo un silencio inmediato.
Monique apareció en la puerta con los brazos cruzados.
—¿Riesgo biológico?
El novio de Monique intentó contener la risa, pero terminó soltándola.
—Perdón... es que esa estuvo buena.
Monique lo miró con indignación.
—¡Tú tampoco ayudes!
Zeyk sonrió satisfecho.
—Solo estoy preguntando.
—Pues para tu información, hoy no pensaba cocinar.
Monique tomó su teléfono de una mesa.
—Así que sí, vamos a pedir comida.
—Excelente.
—Pero tú pagas tu parte.
Zeyk levantó las manos.
—Ey, yo solo hice una pregunta.
—Una pregunta bastante ofensiva.
—Una pregunta científica.
El novio de Monique volvió a reír.
—Creo que deberíamos pedir algo antes de que esto termine en una guerra.
Monique negó con la cabeza mientras comenzaba a revisar las opciones en su teléfono.
—Definitivamente necesito paciencia para vivir con ustedes dos.
Zeyk se quedó sonriendo.
Por unos minutos, la casa se llenó de bromas y discusiones tontas.
Nada fuera de lo normal.
Simplemente una tarde cualquiera en casa.
Zeyk sonrió de lado y señaló al novio de Monique.
—Mira el lado amable, siempre puedes echarlo a él y solo tendrías que soportarme a mí.
El novio de Monique abrió los ojos, fingiendo indignación.
—¿Cómo que echarme?
Monique miró primero a Zeyk y luego a su novio.
—Mmm...
Zeyk cruzó los brazos, esperando la respuesta.
—Bueno...
Monique hizo una pausa deliberadamente larga.
—No es una mala propuesta.
—¡¿Qué?! —protestó él.
Zeyk soltó una carcajada.
—¡JAJAJA! ¡Viste! Yo sabía que tenía futuro como negociador.
—No te emociones —respondió Monique—. Tú tampoco eres precisamente un premio.
—Pero soy tu hermano.
—Ese es exactamente el problema.
Los tres terminaron riéndose.
Por un momento, la casa se sintió bastante más animada que de costumbre.
Zeyk frunció el ceño de manera exagerada.
—Cállate y pide la comida, tengo hambre.
Tomó un cojín del sofá y se lo lanzó a Monique.
Ella lo vio venir y se apartó rápidamente.
—¡Ja! ¡Fallaste!
Pero el cojín siguió su trayectoria.
¡PUM!
Terminó directamente en la cara de Mike.
—¡¿Qué—?!
Mike perdió el equilibrio y cayó al piso.
Hubo un segundo de silencio.
Zeyk miró a Mike tirado en el suelo.
Luego miró a Monique.
Y finalmente soltó una carcajada.
—¡JAJA! ¡CHUZA!
Monique se llevó una mano a la boca intentando contener la risa.
—¡Zeyk!
Mike se incorporó lentamente, todavía con el cojín encima.
—¿En serio?
Zeyk señaló hacia él, todavía riéndose.
—¡Yo ni siquiera te estaba apuntando!
—¡Eso no mejora las cosas!
Monique finalmente no pudo contenerse y comenzó a reír también.
—Dios mío... ustedes dos son unos niños.
Mike se levantó del suelo y dejó el cojín sobre el sofá.
—Definitivamente voy a pedir comida. Pero cada uno paga lo suyo.
—Mientras comamos, me parece justo —respondió Zeyk.
Monique negó con la cabeza mientras sacaba el teléfono.
La tarde continuaba entre bromas, discusiones absurdas y una comida que todavía ni siquiera habían pedido.
Zeyk recordó entonces el anuncio de la escuela y miró hacia Monique.
—Por cierto, Mon, para mi desgracia pasaré el fin de semana en Monteverde, en el Centro Turístico Valle Luna, así que creo que no tendrás que preocuparte por mí. Pueden ir tranquilos a su viaje a la playa.
Monique levantó la mirada del teléfono.
—¿Monteverde? ¿Con la escuela?
—Sí. El profesor prácticamente me obligó a ir.
Mike se acomodó en el sofá.
—¿Y ustedes van a quedarse en algún hotel?
—Supongo. El profesor dijo que era un viaje de todo el fin de semana.
Monique asintió lentamente.
—Bueno, al menos vas a estar acompañado.
Zeyk hizo una pequeña mueca.
—Eso es discutible.
—¿Cómo que discutible?
—Conociendo a mis compañeros, probablemente voy a necesitar unas vacaciones después de las vacaciones.
Mike soltó una risa.
—Tú siempre te quejas.
—Porque tengo motivos.
Monique volvió a mirar su teléfono.
—Pues nosotros también nos vamos el fin de semana. Así que sí, por lo menos no tendrás que preocuparte por volver a una casa vacía.
Zeyk se quedó unos segundos en silencio.
—Bueno... eso sí.
Monique lo miró de reojo, pero no dijo nada más.
Luego volvió a concentrarse en el menú.
—Ahora deja de hablar y ayúdame a decidir qué vamos a pedir.
—Yo quiero hamburguesa.
—¿Otra vez?
—Tengo hambre, Mon.
—Ya lo sé. Lo has repetido como cinco veces.
Zeyk miró las opciones en el teléfono y luego levantó la mirada.
—Bueno, ¿qué tal sushi? Nunca comemos sushi, podemos probar algo diferente. A menos de que el señorito "no como animales" vuelva a salir con su discurso.
Zeyk miró directamente a Mike, provocándolo.
Mike entrecerró los ojos.
—No empieces.
Monique ya estaba sonriendo, anticipando lo que venía.
—¿Qué? —preguntó Zeyk, fingiendo inocencia—. Solo estoy haciendo una sugerencia.
—Una sugerencia que casualmente viene acompañada de una provocación.
—Coincidencia.
Mike suspiró.
—Te recuerdo que no como carne, no que no coma animales.
Zeyk levantó una ceja.
—¿Y el pescado qué es?
Mike se quedó callado durante un segundo.
Monique soltó una carcajada.
—¡Zeyk!
—¿Qué? ¡Es una pregunta válida!
Mike negó con la cabeza, aunque también terminó sonriendo.
—Está bien. Podemos pedir sushi. Pero yo elijo algunas piezas.
—Perfecto.
Monique comenzó a buscar un restaurante en el teléfono.
—Entonces queda sushi.
Zeyk se dejó caer sobre el sofá.
—Por fin una decisión inteligente en esta casa.
—No te emociones —respondió Monique—. Todavía falta decidir quién va a pagar el envío.
Zeyk miró a Mike.
Mike miró a Zeyk.
Ambos hablaron al mismo tiempo:
—Monique.
—¡¿Qué?! —protestó ella.
Zeyk levantó las manos con una sonrisa.
—Lo siento, el Robin Hood de los animales y yo somos mayoría. Tú pagas el express.
Mike soltó una carcajada.
—¿Robin Hood de los animales?
Monique lo miró con una expresión de incredulidad.
—¿Y tú por qué te ríes? ¡Te acaba de llamar Robin Hood!
—Bueno... no es el peor apodo que me han puesto.
—¡No lo animes!
Zeyk se acomodó en el sofá, claramente satisfecho con su argumento.
—Democracia, Mon. Dos contra uno.
Monique miró a ambos y negó con la cabeza.
—Son insoportables.
—Pero vas a pagar el envío —respondió Zeyk.
—Sí, sí... ya entendí.
Monique terminó haciendo el pedido mientras Mike y Zeyk continuaban discutiendo sobre qué piezas de sushi pedir.
Por unos minutos, aquella casa estuvo llena de risas, bromas y una discusión completamente absurda sobre comida.
Una tarde sencilla.
Una familia pequeña.
Y una vida que, pese a todas sus imperfecciones, tenía momentos que Zeyk podía disfrutar.
Zeyk se inclinó hacia el teléfono mientras Monique terminaba de revisar el pedido.
—¡El tempura es mío! Y déjame uno de aguacate, Mike.
Mike levantó ambas manos.
—¡Está bien, está bien! No te voy a quitar tu tempura.
—Más te vale.
—¿Y desde cuándo te preocupa tanto el sushi?
Zeyk lo miró con seriedad fingida.
—Desde que descubrí que existe el tempura.
Monique negó con la cabeza mientras agregaba las piezas al pedido.
—De verdad que parecen niños.
Mike sonrió.
—Pero al menos ya sabemos qué quiere cada uno.
—Exacto —respondió Zeyk—. Ahora solo falta que llegue.
Monique confirmó finalmente el pedido.
—Listo. Ya está.
Los tres se acomodaron mientras esperaban.
La conversación continuó entre bromas y comentarios sobre el viaje del fin de semana.
Para Zeyk, aquello era simplemente otra tarde cualquiera en casa.
Nada extraordinario.