Chapter 1 of 1
Capítulo 1: La Jaula de Terciopelo
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Cristal tallado y risas falsas llenaban el aire viciado de la mansión Bianchi.
Oculto entre las columnas de mármol negro, mantuve mi cuerpo rígido, observando cada movimiento de los invitados con una frialdad profesional que apenas lograba ocultar la tormenta en mi pecho.
Tres años llevaba tragándome este veneno silencioso, actuando como el guardián invisible de la mujer que poseía mi alma por completo.
Alessia brillaba bajo los enormes candelabros de oro, aunque sus ojos carecían por completo de la chispa indomable que solía definirlos.
Su vestido de seda verde esmeralda se ajustaba a su cuerpo con una elegancia dolorosa, revelando la curva de sus hombros y la línea delicada de su cuello.
Brusco tirón en su brazo interrumpió mis pensamientos y me obligó a apretar los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
Massimo la arrastró hacia el centro de la pista con una sonrisa de suficiencia grabada en su rostro pálido, tratándola como si fuera un trofeo de caza de su propiedad.
Mis nudillos se tiñeron de blanco al apretar los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta de sastre, conteniendo a duras penas la oleada de violencia que me recorría.
"Sonríe, querida", pareció susurrarle él al oído, apretando sus dedos enjoyados contra la delicada piel de su espalda descubierta con una fuerza innecesaria.
Rozando el límite de mi resistencia, di un paso adelante, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado.
Nadie en ese salón sospechaba la furia que rugía bajo mi traje impecable, la obsesión que me consumía desde el primer día que me asignaron su protección.
Cada fibra de mi ser exigía cruzar la distancia, estampar el puño contra la perfecta nariz de Massimo y apartarla de su alcance para siempre.
Control absoluto era lo único que me separaba de la ruina.
Esa era la regla de oro que mi padre me había enseñado antes de que su propio destino fuera sellado por la traición, la única directriz que me mantenía con vida en este nido de víboras.
De repente, los violines cambiaron a un ritmo más lento, denso y asfixiante, marcando el inicio de un vals que se sentía como una marcha fúnebre.
Massimo la pegó a su pecho con una brusquedad que me hizo dar otro paso involuntario fuera de la penumbra protectora de las columnas.
Sus dedos se clavaron en la cintura de ella, dejando marcas invisibles bajo la tela fina del vestido de seda.
"Suéltame", leí claramente en el movimiento desesperado de los labios de Alessia, aunque su voz no emitió sonido alguno.
Su prometido solo rio, una carcajada silenciosa que demostraba su desprecio por los deseos de ella, recordándole quién tenía el poder real en esa relación pactada.
Miré fijamente la escena, sintiendo un sudor frío deslizarse por mi nuca mientras la rabia se transformaba en una fría determinación.
Ella buscó con la mirada un escape entre la multitud de rostros indiferentes, una tregua en mitad de su condena dorada.
Nuestros ojos se encontraron por una milésima de segundo a través del mar de invitados enjoyados que reían ajenos a su tormento.
Pánico puro cruzó sus pupilas oscuras al verme dar un paso al frente, sabiendo perfectamente lo que arriesgaba si intervenía en su favor.
Entonces, vi la pequeña gota de agua traicionera deslizarse por su mejilla, brillando bajo las luces despiadadas del salón.
Solitaria, una lágrima de dolor bastó para destruir tres años de disciplina de hierro.
Suficiente para mandar al diablo toda mi prudencia.
Rompí la distancia sin pensar en las consecuencias, cruzando el salón con zancadas rápidas y letales que no admitían interrupción.
Varios invitados se apartaron al notar la tensión que emanaba de mi cuerpo, intuyendo el peligro latente antes de comprender su origen.
Llegué a la pista de baile justo cuando Massimo intentaba obligarla a dar un giro forzado, ignorando la resistencia de sus articulaciones.
"Suficiente", dije, mi voz saliendo tan baja y cargada de amenaza que los músicos más cercanos parecieron perder el compás por un instante.
Massimo se detuvo en seco, mirándome con una mezcla de sorpresa indignada y desdén aristocrático.
"¿Qué demonios crees que haces, guardaespaldas?", escupió, intentando recuperar la compostura mientras apretaba el agarre sobre Alessia.
Ignorando su pregunta, deslicé mi mano con firmeza entre su agarre y la muñeca de Alessia, rompiendo el contacto de un solo tirón controlado pero implacable.
Su piel estaba helada al tacto, temblando bajo mis dedos como un pájaro herido.
"Renato Bianchi solicita su presencia inmediata en el despacho privado, señor", mentí sin pestañear, manteniendo mis ojos fijos en los suyos para evitar que viera el pánico que amenazaba con devorarme por dentro.
Desde el fondo del salón, la mirada gélida del patriarca Bianchi nos vigilaba en silencio, sus ojos oscuros analizando cada uno de mis movimientos con una frialdad matemática.
Sabía que estaba cavando mi propia tumba con este acto de rebelión silenciosa, pero no podía dar marcha atrás ahora que la tenía cerca.
Tembloroso por dentro, mantuve mi rostro inexpresivo, una máscara perfecta que ocultaba el deseo obsesivo que me quemaba las entrañas.
Massimo me fulminó con la mirada, pero el peso del nombre de su padre lo hizo dudar el tiempo suficiente para perder el control de la situación.
Aproveché ese instante de vacilación para guiar a Alessia fuera de la pista de baile, mi mano firme en su espalda baja para marcar el camino sin llamar más la atención de los invitados.
Cada paso que dábamos hacia la salida se sentía como caminar sobre un fino hilo de cristal a punto de romperse bajo nuestro peso.
Sentía los ojos de la dinastía entera grabados en mi nuca, juzgando mi osadía y buscando cualquier indicio de traición en mi postura.
Había expuesto mi mayor debilidad ante los peores monstruos de la ciudad, arriesgando el delicado equilibrio que me permitía seguir respirando el mismo aire que ella.
¿Habrían notado la forma en que mis dedos se aferraron a ella con una posesividad que iba más allá del deber profesional?
Preguntas sin respuesta atormentaban mi mente mientras cruzábamos las pesadas puertas acristaladas que daban acceso directo a la oscuridad de los jardines.
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Frío aire de la noche nos recibió con el aroma húmedo a tierra y jazmines silvestres, un contraste violento con la atmósfera cargada del salón.
Alessia soltó un suspiro tembloroso, dejando caer su cabeza por un segundo antes de mirarme con una intensidad que me hizo flaquear las rodillas.
"Me estabas matando con la mirada", murmuró con la voz rota, sus dedos aferrándose a la tela de mi manga como si fuera su único salvavidas en medio del naufragio.
Apreté los dientes, desviando la mirada hacia la penumbra de los arbustos perfectamente podados para evitar perder la poca cordura que me quedaba.
"Solo cumplía con mi trabajo", respondí, mi voz sonando áspera, desprovista de cualquier emoción que pudiera delatar el fuego que me consumía por dentro.
Mentiras, siempre mentiras para protegernos de la realidad despiadada que nos rodeaba.
Alessia soltó una risa amarga, un sonido desprovisto de alegría que se perdió en la inmensidad del jardín oscuro.
"No me mientas a mí, Jude", suplicó, dando un paso que redujo la distancia de seguridad que tanto me había esforzado por mantener durante tres condenados años.
Su cercanía era un peligro letal, su perfume floral invadiendo mis sentidos y nublando mi capacidad de pensar con claridad.
Quise retroceder, quise poner fin a esta locura antes de que fuera demasiado tarde, pero mis pies parecían clavados al suelo de piedra.
"Debes volver adentro con Massimo", forcé las palabras a salir de mi garganta, aunque cada una de ellas se sentía como un puñal clavándose en mi pecho.
"No quiero estar con él", susurró, sus ojos brillando con una desesperación que amenazaba con arrastrarme al abismo junto a ella.
"Sabes que no tenemos elección, Alessia", recordé, mi voz bajando a un susurro peligroso mientras luchaba contra el impulso de tomarla en mis brazos y huir lejos de esta jaula de terciopelo.
Nuestras familias estaban unidas por lazos invisibles de sangre y deudas antiguas, contratos que no se podían romper sin pagar un precio mortal.
Recordar el destino de mi padre era mi único ancla a la realidad, el recordatorio constante de lo que sucedía cuando se desafiaba el poder de los Bianchi.
Alessia dio otro paso, sus dedos subiendo por mi brazo hasta acariciar la línea de mi mandíbula con una suavidad que me hizo estremecer.
"Sálvame", me pidió en un susurro apenas audible, una súplica que destrozó la última barrera de mi resistencia interna.
Mi mano se movió por instinto propio, atrapando sus dedos contra mi rostro, sintiendo el calor de su piel contra la mía.
Estábamos al borde del precipicio, y ambos sabíamos que caer significaba la destrucción absoluta.
Cerré los ojos, tratando de recuperar el control que se me escapaba entre los dedos como arena fina.
"No puedo", murmuró, aunque mi cuerpo contradecía mis palabras al inclinarme sutilmente hacia ella, buscando su calor.
Cualquier movimiento en falso esta noche desataría una tormenta que ninguno de los dos podría sobrevivir.
Don Renato no perdonaría una afrenta de este calibre, y Massimo buscaría venganza con la crueldad que lo caracterizaba.
Mientras Jude la conduce hacia el jardín oscuro, el teléfono en su bolsillo vibra con un mensaje anónimo: 'Suéltala esta noche o el pacto de sangre de tu padre se hará público mañana'.