Chapter 1 of 1
Humo y cenizas
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Cenizas ardientes caían del cielo nocturno, tiñendo el suelo de la mina con un manto grisáceo que apestaba a azufre y desesperación.
Gritos inhumanos desgarraban la oscuridad, provenientes de los esclavos elfos oscuros que intentaban huir de las llamas purificadoras del culto.
Arrastrando las pesadas cadenas de hierro frío, avanzaba con dificultad entre la densa neblina que me quemaba los pulmones a cada paso.
Olor a carne quemada se mezclaba con el viento gélido de la noche, anunciando el fracaso absoluto de nuestra desesperada revuelta.
Horas antes, la esperanza parecía real cuando los mineros derribaron las rejas de la fosa principal con picos oxidados.
Clamores de rebelión resonaron en los túneles oscuros, un eco de libertad que no habíamos escuchado en generaciones enteras.
Nuestra ventaja duró poco, aplastada rápidamente cuando las túnicas negras del culto descendieron con grimorios abiertos.
Fuego maldito brotó de sus manos, sellando las salidas y convirtiendo los pasillos de piedra en hornos crematorios.
Muchos murieron asfixiados en la penumbra, mientras que otros fuimos obligados a correr hacia la superficie, solo para encontrar nuestro hogar en llamas.
Buscaba desesperadamente entre las chozas derruidas, ignorando el dolor lacerante de mis pies descalzos sobre las brasas ardientes del campamento.
Madera crujiente cedía ante el fuego sagrado del sector residencial, donde los guardias habían encerrado a nuestras familias antes de prenderles fuego.
Corriendo entre los escombros en llamas, esquivé un trozo de metal al rojo vivo que cayó desde el techo de un cobertizo de herramientas.
Mis dedos cavaron en la tierra ardiente con una desesperación ciega, apartando maderos y piedras calientes sin importarme las quemaduras resultantes.
Piel chamuscada se desprendía de mis palmas expuestas, pero la adrenalina entumecía cualquier rastro de dolor físico en mi cuerpo exhausto.
Lira, mi pequeña hermana, yacía atrapada bajo una pesada viga de soporte de la cabaña que solíamos compartir como prisioneros.
Logré levantar el madero quemado con un esfuerzo sobrehumano, arrojándolo a un lado mientras caía de rodillas sobre la ceniza caliente.
Frío cortante me atravesó el corazón al tocar su rostro cubierto de hollín, desprovisto de cualquier rastro de la vitalidad que solía definirla.
Ojos negros, idénticos a los míos, miraban fijamente hacia el cielo sin estrellas, apagados para siempre por los gases venenosos de la combustión.
Juramentos silenciosos de venganza se grabaron con fuego en mi mente herida mientras apretaba su mano sin vida contra mi pecho palpitante.
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Pasos metálicos y pesados aplastaron el barro detrás de mí, rompiendo mi luto con una brusquedad imperdonable que encendió mi rabia.
Fuertes brazos me sujetaron del cuello de mi túnica rota, levantándome del suelo con una fuerza bruta que amenazaba con dislocarme los hombros.
Golpes despiadados de botas blindadas impactaron en mis costillas, obligándome a soltar un gemido ahogado cargado del sabor metálico de la sangre.
Inquisidores oscuros, portando máscaras de hierro negro con runas malditas esculpidas en la frente, me arrastraron sin piedad hacia el patio central.
Arrojado al barro congelado junto a los pocos esclavos supervivientes, contemplé horrorizado cómo el campamento minero se convertía en una fosa común.
Rasgar, el verdugo principal del asentamiento y seguidor devoto de la magia oscura, caminaba entre las filas de los caídos con desprecio.
Látigo de hueso, forjado con las vértebras afiladas de monstruos abisales y bañado en veneno corrosivo, siseaba peligrosamente en su mano derecha.
Apreté los dientes hasta hacerlos sangrar, sintiendo cómo una furia gélida y calculadora reemplazaba la tristeza que amenasaba con devorarme por completo.
Dolor inimaginable, nacido del alma desgarrada por la muerte de mi familia, comenzó a acumularse en la base de mi cráneo como una tormenta.
Siseó la muerte en el aire cuando Rasgar detuvo sus pasos frente a mí, seleccionándome para ser el ejemplo de la sumisión obligatoria.
Instinto de supervivencia y una hostilidad pura se encendieron en mis venas, buscando desesperadamente cualquier vía de escape del inminente castigo mortal.
Chasquido seco y agudo resonó en el interior de mi mente, acompañado por una distorsión azulada que dobló el espacio físico a mi alrededor.
Abriendo los ojos con una mezcla de terror y asombro, descubrí que el látigo de hueso impactó violentamente contra el barro vacío donde estaba.
Incredulidad pura me paralizó por un instante al encontrarme de pie a varios metros de distancia, oculto tras la sombra de un carromato volcado.
Náuseas violentas me hicieron doblarme por la mitad, obligándome a apoyar mis manos heridas sobre la tierra húmeda para no caer desmayado.
Desplazarse de un punto a otro sin cruzar el espacio físico se sintió como ser triturado por un rodillo invisible.
Vasos sanguíneos de mis ojos se rompieron por la presión del vacío, nublando mi vista con un tono rojizo y borroso.
Jadeando sobre el suelo frío, sentía que cada partícula de mi cuerpo luchaba por mantener su cohesión original.
Estómago revuelto y sienes palpitantes eran el precio de haber rasgado el tejido mismo de la realidad sin preparación alguna.
Magia espacial, un don legendario y sumamente prohibido en los Trece Continentes, había despertado dentro de mí como un susurro del vacío.
Bramidos de rabia brotaron del verdugo al notar que su presa había desaparecido sin dejar rastro, balanceando su arma con una furia renovada y ciega.
Escondido tras los escombros humeantes del almacén destruido, intenté estabilizar mi respiración acelerada, consciente de que mi maná estaba al límite absoluto.
Súbitamente, la presión gravitatoria en el aire aumentó de manera descomunal, dificultando la respiración de todos los seres vivos en el campamento.
Silencio sepulcral cayó sobre las ruinas humeantes, apagando instantáneamente los lamentos de los heridos y el crujo de las últimas maderas ardientes.
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Miré mis manos ensangrentadas, las cuales aún conservaban pequeños destellos de energía azulada que se desvanecían lentamente como copos de nieve en el fuego.
Cómo había logrado moverme a través del espacio con solo desearlo era un misterio que desafiaba las leyes fundamentales del mundo físico.
Saber que poseía este poder prohibido no me generaba alegría, sino un terror profundo ante las consecuencias de ser descubierto por los inquisidores.
Cerca de mí, una joven elfa oscura sollozaba en silencio, abrazando sus rodillas mientras esperaba el golpe de gracia de los verdugos del culto.
Deseé poder ayudarla, pero mi cuerpo entero temblaba violentamente debido al tremendo desgaste energético que supuso mi primera teletransportación involuntaria.
Toda mi musculatura protestaba, ardiendo como si hubiera sido expuesta directamente a las brasas de la mina de carbón.
Órdenes secas resonaron cuando Rasgar mandó a sus esbirros registrar cada rincón del campamento destruido, sospechando que algún tipo de reliquia los había burlado.
"Busquen al esclavo de ojos negros," gritó el verdugo, descargando su látigo contra un contenedor de metal para infundir miedo en los supervivientes.
"Nadie puede escapar de la justicia del círculo oscuro, y menos un despojo de la mina que osa desafiar nuestro sagrado dominio," añadió.
Retrocedí lentamente entre las sombras, arrastrándome sobre los codos para evitar hacer el más mínimo ruido que delatara mi nueva posición de escondite.
Tropecé con el cuerpo inerte de un guardia inquisidor, cuya garganta había sido cortada limpiamente durante los primeros compases de la revuelta fallida.
Dedos temblorosos registraron el cinturón de cuero del guardia caído, buscando desesperadamente algo que pudiera servir de arma.
Encontré una daga de hoja curva tallada en metal negro, grabada con runas que absorbían la tenue luz del incendio.
Sentí un calor malsano emanar de la empuñadura, una vibración corrupta que rechazaba mi propio flujo de maná.
Guardé el arma bajo mi túnica andrajosa, ignorando el asco que me producía tocar un objeto bendecido por la magia oscura.
Esta magia espacial era mi única esperanza de supervivencia real, pero requería un control y una cantidad de maná que actualmente no poseía en absoluto.
Recordé las leyendas que los ancianos elfos contaban en susurros durante las largas noches de trabajos forzados en las profundidades de la tierra.
Hablaban de magos capaces de doblar el vacío a su antojo, cruzando distancias continentales en un parpadeo y creando espacios de almacenamiento infinitos.
Aquellas historias parecían mitos lejanos, pero ahora la realidad me golpeaba con la fuerza de un rayo al sentir esa misma energía en mi interior.
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Nubes de ceniza comenzaron a arremolinarse en el centro del patio, desprovistas de cualquier corriente de viento natural que justificara su movimiento.
Fuerza invisible y opresiva obligó a los inquisidores restantes a hincar las rodillas en el barro ensangrentado, bajando sus cabezas con sumisión absoluta.
Incluso Rasgar, con toda su soberbia y crueldad demostrada, dejó caer su látigo de hueso y se postró de rodillas, temblando visiblemente de miedo.
Presión invisible aplastaba mi pecho, obligándome a mirar fijamente el suelo cubierto de hollín para no revelar mi escondite entre las sombras.
Hilos de energía oscura brotaron de la tierra quemada, entrelazándose para formar un portal de sombras densas que devoraba la luz del fuego circundante.
Ninguno de los esclavos se atrevía a respirar, conscientes de que la presencia que estaba por manifestarse pertenecía a una entidad de poder inimaginable.
Prometí en lo más profundo de mi corazón que no me dejaría consumir por el terror, que mantendría mi mente fría y calculadora para planear mi venganza.
Toda muerte de mis hermanos elfos, cada herida en mi cuerpo y la pérdida de mi hermana Lira serían cobradas con creces a los líderes de este culto.
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Cuando Klein se llace entre los escombros humeantes, la figura imponente de Omens se materializa a lo lejos, su mirada barre el campamento destruido, y un escalofrío recorre a Klein al ver los anillos en su tunica...Omens...un mago de octavo circulo.