Chapter 1 of 1

La máscara de porcelana

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Pasillos ruidosos y atestados de la escuela secundaria de Derry siempre me daban náuseas, una mezcla insoportable de perfume barato, desodorante de gimnasio y el persistente olor a humedad que parecía filtrarse desde los cimientos de este maldito pueblo. Risas estridentes rebotaban contra los casilleros de metal verde oxidado, resonando en mis oídos como un zumbido constante que amenazaba con desmoronar mi compostura. Sudor frío bajaba por mi nuca bajo el peso de las miradas de mis compañeros, recordándome que un solo paso en falso me arrastraría al fondo de la cadena alimenticia de la escuela. Caminaba con la barbilla en alto y los hombros hacia atrás, fingiendo que todo este lugar me pertenecía por derecho propio, aunque por dentro me sintiera como un animal acorralado. Greta Bowie masticaba un chicle de fresa a mi lado, su voz chillona taladrando mi paciencia con chismes maliciosos sobre las chicas de primer año que no lograban encajar en su estándar absurdo. Fingí interés con una sonrisa plástica y distante ensayada frente al espejo de mi baño, donde nadie podía ver la mentira que sostenía mi vida entera. Sabía perfectamente que mantener esta fachada social era lo único que me salvaba de ser la siguiente víctima de las burlas despiadadas y los ataques diarios. Derry era un monstruo silencioso que devoraba a los débiles, y yo me negaba a ser devorada, sin importar el precio que tuviera que pagar por mi supervivencia. Carteles de niños desaparecidos decoraban las farolas de las calles exteriores, pero dentro de estos muros de ladrillo, el único peligro real parecía ser la exclusión social y los golpes de los bravucones. Justo delante, cerca de las fuentes de agua que goteaban un líquido de sabor metálico, apareció la silueta delgada que hacía que mi pulso se acelerara por completo. Bill Denbrough caminaba despacio, abrazando una pila de cuadernos gastados contra su pecho como si intentara protegerse de las miradas hostiles que lo rodeaban en cada esquina. Henry Bowers y su pandilla de idiotas estaban a pocos metros, apoyados contra la pared con los brazos cruzados, buscando activamente a quién atormentar antes de la siguiente clase. Mi corazón dio un vuelco violento, golpeando contra mis costillas con una fuerza tan brutal que por un segundo temí que Greta pudiera escuchar el eco de mi pánico. Crueldad era la moneda de cambio en este pasillo, y yo sabía que si no demostraba mi desprecio hacia los marginados, los cazadores se darían cuenta de mi debilidad. "Mira al tartamudo", susurró Greta con una risita de serpiente, dándome un leve empujón con el hombro para incitarme a actuar frente al grupo que nos observaba. Di un paso al frente con las manos temblorosas ocultas en los bolsillos de mi chaqueta de diseñador, obligando a mis piernas a avanzar hacia el chico que amaba en secreto. Extendí mi mano con una brusquedad fingida, golpeando directamente la pila de cuadernos que Bill sostenía contra su pecho con tanta fuerza que sus dedos perdieron el agarre. Hojas sueltas, carpetas de plástico y un lápiz mordido volaron por el aire antes de estrellarse contra el suelo de linóleo sucio, esparciéndose bajo los pies de los estudiantes. "¡Fíjate por dónde vas, estúpido bicho raro!", grité con una voz chillona y arrogante que no reconocí como la mía, llenando el espacio con un desprecio prefabricado. Sentí una punzada de asco tan profunda en el estómago que tuve que apretar los dientes para no doblarme del dolor físico que me causaba mi propia hipocresía. Aquella mirada de Bill me destrozó por completo; no había rabia en sus ojos azules, solo una decepción infinita y silenciosa que caló hondo en mi pecho. Corrí la mirada de inmediato, incapaz de sostenerle el contacto visual mientras la camarilla popular estallaba en carcajadas humillantes a nuestro alrededor. --- Ninguno de ellos sabía lo que pasaba cuando el sol se ocultaba detrás de las colinas de Derry y las máscaras finalmente se caían. Horas más tarde, el timbre de salida sonó como una campana de ejecución, liberándonos temporalmente del encierro pero no del peso de mi propia culpa. Caminé a toda prisa hacia la salida, evitando encontrarme con Henry Bowers, quien me había lanzado una mirada extraña y calculadora durante la última clase de historia. Calles de Derry se sentían opresivas bajo el cielo gris del atardecer, un manto de nubes bajas que amenazaba con soltar una tormenta fría sobre las aceras agrietadas. Sombras alargadas se proyectaban sobre los ladrillos rojos de la biblioteca pública, un edificio antiguo que olía a papel viejo y a secretos guardados durante generaciones. Cuando llegué al callejón trasero, el olor a humedad y a hojas podridas me recibió como un abrazo frío, pero no me importó en absoluto. Detrás de un contenedor de basura oxidado, esperé con la respiración entrecortada, frotando mis manos para calentarme mientras vigilaba cada esquina del callejón desierto. Sus ojos azules aparecieron finalmente entre la penumbra, cautelosos y cansados, pero fijos en mí con una intensidad que siempre lograba desarmar mis defensas. Bésame, le rogué en un susurro desesperado antes de arrastrarlo del brazo hacia la parte más oscura de la pared de ladrillos, lejos de cualquier mirada indiscreta. Lágrimas calientes comenzaron a rodar por mis mejillas en cuanto mis labios tocaron los suyos con una violencia hambrienta, buscando desesperadamente su perdón silencioso. No quería hablar, solo necesitaba sentir su calor para convencerme de que todavía quedaba algo de humanidad dentro de mi pecho cubierto de mentiras. Trató de apartarse un segundo para hablar, con el ceño fruncido por la confusión y el dolor que mi desprecio público le había causado horas antes. "Entiende mi actuación, Bill, por favor, te lo ruego, no puedo dejar que sospechen nada de nosotros o Henry me destruirá", sollocé contra su boca, apretando su chaqueta de mezclilla con fuerza. Rozó mi mejilla mojada con sus dedos ásperos y cálidos, deteniendo mi pánico con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad del pueblo exterior. Con voz temblorosa pero firme, intentó calmar el temblor de mi cuerpo mientras sostenía mi rostro entre sus manos. "L-Lo s-sé, Rafaela... s-sé que tienes m-miedo, pero esto nos está m-matando a ambos y no sé cuánto m-más podré soportarlo", murmuró con dolor. Quédate así, pensé, queriendo congelar el tiempo en este rincón olvidado del mundo donde no tenía que fingir ser la chica popular y sin corazón. Inesperadamente, un sonido extraño interrumpió la calidez de nuestro abrazo, un eco húmedo y viscoso que subió directamente desde el suelo de concreto agrietado. Risa ronca, gutural y cargada de una alegría perversa que me heló la sangre, resonó con fuerza desde el drenaje pluvial que se abría en el suelo a pocos metros de distancia. Me congelé de inmediato, con el corazón paralizado en la garganta y los vellos de mis brazos erizándose bajo la tela delgada de mi ropa. Ninguna persona normal podría haber emitido ese sonido; tenía un tono distorsionado y metálico, como si proviniera de un abismo oscuro donde el tiempo no existía. Bill frunció el ceño, girando la cabeza lentamente hacia la rejilla de hierro de la alcantarilla, donde el agua sucia de la lluvia reciente corría con un murmullo constante. Desde la oscuridad de la rejilla de la alcantarilla, un globo de color rojo brillante emerge flotando contra el viento, teniendo escrito el nombre de Rafaela con pintura fresca y goteante.

End of Chapter 1