Chapter 1 of 2

Chapter 1: Out of the Golden Cage

953 words

Huele a perfume ridículamente caro, a sudor frío y a esa hipocresía flotante que solo se encuentra en las galas de alta alcurnia de Buenos Aires. Luces doradas rebotaban en las paredes de mármol del hotel de lujo, cegándome a cada paso que daba con mis incómodos zapatos de tacón bajo. Mis costillas se sentían oprimidas por el corset de un vestido de encaje rosa pastel que mi madre había jurado que me hacía ver "adorable". Odiaba esa palabra. Odiaba la forma en que la pronunciaban, como si fuera un cachorro indefenso que necesitaba protección constante del viento y de la lluvia. Mi padre Leo estaba a solo unos metros de distancia, rodeado por una marea interminable de patrocinadores, fotógrafos y dirigentes de la federación que asentían a cada una de sus palabras como si fueran mandamientos sagrados. Estaba teniendo mucha atención agobiante, pero solo podía sonreír. Bambi. Así me llamaban todos a mis espaldas, e incluso en mi propia cara, usando un tono de voz tan ridículamente dulce que me daba náuseas. Decían que mis ojos eran demasiado grandes para mi rostro pequeño. Quería demostrarles lo equivocados que estaban, quería gritarles que dentro de este cuerpo voluptuoso latía un volcán furioso sediento de caos. Caminé despacio hacia la mesa del banquete principal, esquivando a los mozos que sostenían bandejas de plata con una destreza casi robótica. Frente a mí se erguía la mayor atracción visual de la noche: una pirámide perfecta de copas de cristal tallado, rebosantes de champán burbujeante que captaba el brillo de las arañas de cristal del techo. Era una estructura ridículamente alta, imponente, impecable y exasperante. Representaba todo lo que yo despreciaba de esta vida de vitrina: la perfección obligatoria, el equilibrio frágil y el miedo constante a que algo se saliera de su lugar. Miré a mi alrededor disimuladamente, constatando que los guardias de seguridad de mi familia estaban demasiado distraídos vigilando el perímetro de mi padre Estiré el brazo izquierdo de manera casual, simulando que intentaba alcanzar un bocadillo de la mesa contigua, y permití que mi codo derecho chocara con una fuerza calculada contra la base de la gran estructura. Sonó un crujido agudo que pareció congelar el tiempo por un milisegundo. Segundos después, el caos absoluto se desató en el salón principal. Copas de cristal estallaron contra el suelo de mármol en una violenta reacción en cadena, salpicando líquido dorado sobre los vestidos de diseñador y los trajes hechos a medida. Gritos ahogados de horror resonaron en las paredes mientras las mujeres saltaban hacia atrás para salvar sus calzados de marca. Sonreí para mis adentros, saboreando el dulce sabor de la destrucción pura. Corrí antes de que las miradas de pánico se dirigieran hacia mi posición, deslizándome con agilidad felpa a través de una puerta lateral de servicio que daba a un pasillo poco iluminado. Aire fresco de la noche me golpeó la cara en cuanto crucé el umbral hacia el balcón exterior de la parte trasera del hotel. Apoyé las manos en la baranda de hierro forjado, respirando bocanadas profundas de aire limpio, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado dentro de mi pecho. Había escapado, al menos por unos gloriosos minutos, de la jaula de oro. Alguien carraspeó a mis espaldas de repente, rompiendo mi burbuja de satisfacción. Giré la cabeza con brusquedad, con la postura defensiva ya activa y los hombros tensos. Cristian Romero estaba apoyado contra la pared de ladrillo visto, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa ladeada que derramaba pura burla. Vestía el traje oficial de la selección, pero la corbata ya estaba floja alrededor de su cuello y los primeros botones de su camisa blanca permanecían abiertos. Sus ojos oscuros me recorrían con una mezcla de diversión y absoluto desdén por el protocolo. Cruzó el espacio que nos separaba con pasos lentos y felinos, mostrando esa misma confianza intimidante que usaba para desarmar a los delanteros rivales en la cancha. Pensé que te habías perdido, Bambi, pero veo que solo estabas ocupada haciendo desastres. Su voz era áspera, profunda y completamente desprovista del respeto reverencial que la gente solía usar al dirigirse a cualquier miembro de mi familia. No me llames así, respondí, clavando mis ojos en los suyos mientras daba un paso al frente para acortar la distancia física. Mis mejillas ardían, pero no de vergüenza, sino de una indignación ardiente que me encendía la sangre. Tenés un temperamento demasiado grande para esas botitas tan diminutas y temblorosas, nena, murmuró él, bajando la mirada hacia mis pies antes de volver a conectarla con mi rostro. Miró mis manos, que aún temblaban ligeramente por el subidón de adrenalina de mi reciente acto de vandalismo. Buscaba una debilidad en mí, pretendiendo que yo era solo una niña mimada haciendo un berrinche. No le temblaban los ojos al mirarme; no había piedad en su rostro, ni esa maldita condescendencia que recibía a diario de los amigos de mi tío. Cuti me miraba como a una molestia real, como a un rival digno de ser aplastado en el césped. Te creés muy gracioso, pero no tenés idea de quién soy ni de lo que soy capaz, siseé, dando un paso más hacia él, desafiando su imponente altura de defensor central. Me importa muy poco tu apellido, Messi, respondió él con un susurro peligroso, inclinándose ligeramente hacia adelante para quedar a mi altura. Su aliento cálido rozó mi frente, y por primera vez en mi vida, sentí que alguien me veía de verdad, sin el filtro dorado de la fama de mi familia. Antes de que pudiera procesar la extraña electricidad que recorría el aire entre nosotros, una sombra familiar y pesada se proyectó desde la puerta del balcón.

End of Chapter 1

Previous
Next Chapter