Chapter 1 of 1

Capítulo 1: La noche de la tormenta

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Frío. Un frío cortante que parecía nacer del mismo suelo de piedra caliza se filtraba a través de las suelas de mis botas desgastadas. Gotas de lluvia golpeaban con violencia inaudita los altos ventanales del pasillo oeste, como si garras invisibles intentaran romper el vidrio para arrastrarme al abismo exterior. Caminaba pegado a la pared, conteniendo la respiración cada vez que un relámpago iluminaba los retratos de los antiguos rectores de la Academia de Alquimia de Valenoir. Aquellos rostros severos, pintados al óleo siglos atrás, parecían seguir mis movimientos con una mirada de fría desaprobación. Sabía perfectamente que moverme a estas horas por el ala residencial de los invitados de honor era una sentencia de muerte académica, o algo peor si los centinelas mágicos captaban mi rastro. Apreté con fuerza el puño derecho dentro del bolsillo de mi abrigo, sintiendo los bordes afilados y fríos de la llave maestra de latón. Había tardado tres meses en ganarme la confianza del viejo archivero, memorizando sus hábitos, sus horas de sueño inducido por el vino de loto y el patrón exacto de sus rondas. Todo para este momento, para esta noche de tormenta donde los campos magnéticos de la isla flotante se descontrolaban y daban una tregua a las alarmas rúnicas. --- Pasos amortiguados por la alfombra roja, desgastada por generaciones de estudiantes que habían caminado por estos mismos pasillos con el miedo grabado en los huesos. Ninguno de ellos había osado desafiar las reglas como yo lo estaba haciendo ahora. Aquella ambición era un veneno lento, pero en mi caso, la curiosidad por descubrir la verdad sobre la desaparición de mi hermano era un motor mucho más potente que cualquier instinto de supervivencia. Llegué al cruce que dividía el ala residencial del gran salón de banquetes y me detuve en seco al escuchar un crujido metálico. Oculto tras una columna jónica, observé cómo un autómata de bronce pasaba de largo, sus engranajes chirriando por falta de aceite y su ojo de cristal apagado debido a la interferencia eléctrica de la tempestad. Exhalé el aire acumulado en mis pulmones, sintiendo un sudor frío correr por mi nuca y empapar el cuello de mi camisa de lino. Retomé el camino con prisas renovadas, sabiendo que la ventana de oportunidad que ofrecía la tormenta no duraría para siempre. Divisé al fin la puerta de madera de nogal tallada al final del corredor, la habitación asignada a la delegación de la familia Blackwood. Llamé con suavidad, tres toques rápidos seguidos de uno largo, la señal que habíamos acordado bajo el dosel de la biblioteca prohibida hacía apenas unas horas. Silencio absoluto respondió a mi llamada durante unos segundos eternos que hicieron que mi pulso se acelerara hasta el límite de lo saludable. Pensé que tal vez me había equivocado de puerta, o que ella se había arrepentido a último momento de su audaz propuesta de asaltar el estudio privado del Rector. Justo cuando me disponía a golpear de nuevo, el pomo de bronce giró sin hacer el menor ruido. Lentamente, la puerta se abre, revelando la silueta de Melissa bajo la luz cálida del recibidor. Llevaba un vestido de seda verde oscuro que contrastaba con su pálida piel, y su cabello negro caía en desorden sobre sus hombros, oliendo a jazmín y a lluvia. **Melissa:** *(Con una voz más baja de lo normal, recorriéndote con la mirada)* Pensé que ya no vendrías... O que te habías arrepentido. Me deslicé hacia el interior de la estancia antes de responder, cerrando la puerta con el talón para evitar que el viento de la tormenta apagara las pocas velas encendidas. Te haces a un lado, dejando que la luz ilumine tus manos, y juegas un segundo con las llaves del estudio antes de mostrárselas. Aquel latón dorado de la llave maestra brilló bajo el resplandor de la lámpara de aceite, un trofeo prohibido que nos costaría la libertad. **Melissa:** *(Sus ojos bajan a tus manos y luego suben a los tuyos, con una sonrisa lenta)* Claro... Rob. Hizo una reverencia burlona, un gesto que delataba su cuna noble y la absoluta falta de respeto que sentía por las estrictas normas de nuestra institución. "¿Tuviste problemas con el familiar del archivero?", preguntó con un hilo de voz, acercándose a mí hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. "Ese maldito cuervo de tres ojos casi me arranca un dedo cuando saqué el llavero de su percha", contesté en un susurro áspero, mostrando un pequeño rasguño en mi nudillo. "Pero el somnífero que me diste funcionó a la perfección en su comida; dormirá hasta el amanecer junto a su amo". Melissa acarició mi mano herida con la punta de sus dedos fríos, un contacto que me provocó un escalofrío que nada tenía que ver con la baja temperatura de la habitación. "Eres más audaz de lo que aparentas, Rob", murmuró, mirándome fijamente con esos ojos verdes que parecían ver a través de mis mentiras. "Siempre he sabido que detrás de esa fachada de estudiante modelo se esconde alguien dispuesto a quemarlo todo por una respuesta". --- Cruzamos el umbral oculto tras el lienzo histórico de la dinastía fundadora, adentrándonos en un pasadizo estrecho y polvoriento que olía a piedra húmeda y a magia rancia. Nuestros pasos resonaban levemente en las paredes de roca viva, obligándonos a avanzar con extrema precaución para no alertar a los guardianes del sótano. Sostenía una pequeña gema luminosa en mi mano izquierda, regulando su intensidad con pequeños flujos de mi propia energía vital para mantener el camino apenas iluminado. Melissa caminaba delante de mí, moviéndose con una gracia felina que parecía inmune a la incomodidad del estrecho túnel de piedra. "El grimorio de las almas perdidas debe estar en el doble fondo del escritorio principal", me susurró al oído cuando nos detuvimos ante la entrada del estudio del Rector. "Mi padre mencionó una vez que las runas de protección se desactivan únicamente con el sello de sangre de la familia o con la llave de latón bendecida". Miré la cerradura de la enorme puerta de roble, un intrincado mecanismo de engranajes plateados que parecía sacado de una pesadilla de relojería. Introduje la llave dorada con cuidado, sintiendo cómo los dientes de metal encajaban uno a uno en los resortes internos. Giré la muñeca con firmeza, ignorando el sudor frío que me corría por la nuca. Aquel intrincado grabado que decoraba la puerta comenzó a parpadear, perdiendo su brillo azulado hasta apagarse por completo en medio de un suspiro de aire ionizado. Un clic pesado y definitivo indicó que la entrada estaba libre de peligros inmediatos. Empujé la puerta con suavidad, revelando un despacho inmenso que parecía sacado de un sueño de alquimista loco. Aquel aire en el interior estaba cargado con el olor a pergamino antiguo, tinta de calamar gigante y esencias destiladas de criaturas del vacío. "Increíble", murmuró Melissa, entrando al despacho con los ojos abiertos de par en par, maravillada por la inmensa cantidad de conocimiento prohibido que nos rodeaba. Me dirigí rápidamente hacia el gran escritorio de caoba que dominaba el centro del despacho, cubierto de mapas astronómicos, cartas náuticas de reinos flotantes y extraños instrumentos de latón. Comencé a abrir los cajones uno a uno, deslizando mis manos entre legajos de documentos oficiales de la academia, presupuestos de suministros mágicos y correspondencia privada con el Consejo Real. Nada de lo que veía parecía guardar relación con la desaparición de Julian, lo que aumentaba mi desesperación con cada segundo que pasaba. Aquel gran reloj de péndulo en la esquina del despacho marcaba el paso del tiempo con un tictac implacable que sonaba como un tambor de guerra en mi cabeza. Frustrado, golpeé la parte inferior del cajón más profundo, notando un sonido hueco que no encajaba con el grosor de la madera de caoba. Mis dedos buscaron a tiemas en los bordes interiores hasta que encontré una pequeña palanca de metal oculta tras una moldura decorativa. Un compartimento secreto se deslizó hacia fuera, revelando un libro encuadernado en cuero negro que carecía de cualquier título o identificación en el lomo. Lo saqué con cuidado, sintiendo una extraña vibración que emanaba del cuero, como si un corazón invisible latiera muy débilmente en su interior. Al abrir la primera página, descubrí una lista detallada de nombres escritos con tinta roja, acompañados de fechas y extraños símbolos alquímicos que representaban la purificación y la transmutación de almas. "Lo encontré", susurré, sintiendo que la sangre se me congelaba en las venas a medida que mis ojos descendían por la macabra lista de estudiantes desaparecidos. Aquel nombre de mi hermano, Julian, figuraba a mitad de la página, con una anotación al margen escrita con una caligrafía afilada: *Sujeto compatible. Alma extraída con éxito para el proyecto Éter.* Lágrimas de rabia y dolor nublaron mi vista, confirmando mis peores temores sobre el destino de mi hermano a manos del Rector y su camarilla. Melissa se acercó con pasos lentos y silenciosos, deteniéndose justo a mi lado para observar el contenido del libro prohibido. No mostró sorpresa alguna al ver la lista de sacrificios; de hecho, una sonrisa fría y calculadora comenzó a dibujarse en sus labios perfectos. "Es un documento de incalculable valor para los planes de mi familia", murmuró ella, tomando el diario con una familiaridad que me resultó sumamente alarmante. Me aparté un paso, mirándola con una creciente desconfianza mientras una fría sospecha comenzaba a tomar forma en mi mente. "¿Tú sabías lo que hacían aquí?", pregunté, mi voz temblando por la mezcla de dolor y traición que amenaba con romper mi compostura. "¿Sabías lo que le pasó a mi hermano?". Melissa me miró fijamente, y en sus ojos verdes ya no quedaba rastro de la calidez o la complicidad que me había mostrado en su habitación. "Por supuesto que lo sabía, Rob", respondió con una tranquilidad que me heló el alma, acariciando la portada del diario con sus dedos largos y pálidos. Un crujido a nuestras espaldas me hizo girar bruscamente la cabeza, descubriendo que la puerta del estudio se había cerrado por completo y que las runas de protección brillaban ahora con un color rojo sangre. "No te preocupes", susurró Melissa a mis espaldas, desenvainando una pequeña daga de plata rúnica que brillaba con una luz letal en la penumbra. "Tu sacrificio no será en vano, Rob".

End of Chapter 1