Chapter 1 of 5

Chapter 1: Echoes in the Abyss

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Mirarte así es extraño, Dazai. Tus ojos castaños, siempre cargados de una burla que me revolvía el estómago, ahora miran el techo sin ver absolutamente nada. Sangre oscura brota despacio de tu pecho, manchando las tablas de madera de este sucio piso franco en Yokohama. ¿Quién hubiera pensado que terminaríamos de esta manera? Siempre te creíste un dios del engaño, un ser superior inmune al dolor de los mortales. Apreté el gatillo con fuerza, sintiendo el retroceso del arma golpear mi muñeca como un latigazo. No me arrepiento de haberlo hecho, aunque el vacío que dejas en mi pecho amenaza con tragarme por completo. Fuiste tú quien me enseñó que en este mundo de sombras, el amor es solo otra forma de tortura. Quiero recordar el principio, antes de que todo este desastre nos consumiera. Necesito repasar cada uno de nuestros pasos para entender cómo llegamos a este final sangriento. Silencio absoluto reina en esta habitación, tan denso que casi puedo escuchar el eco de tus últimas palabras burlonas antes de que apretara el gatillo. Afuera, la lluvia de Yokohama golpea los cristales de las ventanas con una violencia monótona y familiar, recordándome la noche en que todo comenzó. Huele a pólvora quemada, a metal caliente y a esa esencia de azufre que siempre se desprendía de tu piel cuando te emocionabas. Me arrodillo a tu lado, observando las comisuras de tus labios, buscando algún rastro de arrepentimiento que sé que nunca existió en tu corazón de piedra. Eres un demonio, después de todo, y los de tu clase no conocen el remordimiento, solo el placer del caos y la manipulación. Miro tus manos pálidas, esas manos que tantas veces se deslizaron por mi cabello para calmar mi rabia, o para provocarla con caricias calculadas. Fuiste el único que entendió el monstruo que vivía dentro de mí, el único que no huyó al ver mis ojos brillar con esa luz roja y maldita. Cruel ironía la nuestra, habernos encontrado en el fango para terminar ahogándonos en él. Pensar que todo este viaje de autodestrucción comenzó con una promesa rota y un niño abandonado. Tenía cinco años cuando vi desaparecer a mi madre en la nada, dejando una herida insaciable en mi alma. Crecí obsesionado con el control, con la necesidad absoluta de encontrar respuestas que llenaran ese vacío. Terminé buscando en los lugares equivocados, codeándome con la escoria de la sociedad y con sectas que adoraban a entidades oscuras. --- Gotas de lluvia ácida golpeaban mi rostro mientras corría por el asfalto agrietado aquella noche. Jadeando, sintiendo el aire frío quemar mis pulmones con cada bocanada de aire. Mis botas chapoteaban en los charcos sucios que reflejaban las luces de neón parpadeantes de la gran metrópolis. Delante de mí, el sectario corría desesperado, tropezando con las cajas de madera y la basura acumulada. Sabía que no podía dejarlo escapar; él era mi única conexión con el inframundo. Corrí con todas mis fuerzas, ignorando el dolor agudo en mi costado derecho. Había pasado horas vigilando el templo clandestino en los suburbios, esperando a que uno de ellos se apartara del grupo. Aquel tipo gordo y torpe había sido mi presa elegida, pero resultó ser más escurridizo de lo que aparentaba. Doblé la esquina a toda velocidad, casi perdiendo el equilibrio sobre el suelo resbaladizo. Acorralé al hombre al final del callejón sin salida, donde un muro alto de ladrillos grises bloqueaba su huida. Intentó trepar, pero sus manos resbalaron sobre la superficie húmeda y llena de moho. Me abalancé sobre él antes de que pudiera recuperarse, tacleándolo con fuerza contra el suelo. Rodamos por el barro, intercambiando golpes torpes bajo la implacable tormenta. Dolor agudo atravesó mi costado cuando su puño impactó contra mis costillas desgastadas. Escupí un chorro de saliva y sangre, ignorando el sufrimiento físico con una mueca de pura rabia. Apreté mis dedos alrededor de su cuello, utilizando mi peso corporal para mantenerlo inmovilizado. Logré levantarlo a medias y empujé su cuerpo contra la pared de ladrillos con un impacto sordo. Gritos de auxilio murieron en su garganta cuando mi mano libre se cerró sobre su mandíbula. —¡Suéltame, monstruo! —bramó el sectario, intentando inútilmente apartar mis manos de su cuerpo. Ojos desorbitados por el miedo me miraron fijamente, buscando una piedad que yo no poseía. Su túnica oscura estaba empapada, despidiendo un olor nauseabundo a azufre y descomposición. —No sabes con quién te estás metiendo, el templo te destruirá —amenazó con voz temblorosa. Golpeé su cabeza contra la pared una vez más, lo suficientemente fuerte como para dejarlo aturdido pero consciente. Polvo de ladrillo y gotas de agua salpicaron mi rostro cansado. —Cállate la maldita boca —siseé, mi voz sonando ronca, cargada de una furia acumulada durante años—. Tú vas a hablar ahora mismo. Concentré mi energía en mi pecho, dejando que mi habilidad prohibida despertara del letargo. Sentí esa vibración oscura recorrer mis venas, un poder siniestro que me permitía someter la voluntad de cualquiera. Mis ojos se tiñeron de un rojo intenso, brillando en la penumbra del callejón como dos ascuas encendidas. Era una habilidad que detestaba usar, pero la desesperación no me dejaba otra alternativa viable. —Dime dónde está la mujer que se unió a los demonios —le ordené, mi voz cargada con el peso de mi comando absoluto. Sintió la presión invisible aplastando su mente, doblegando su resistencia en cuestión de segundos. Cuerpo rígido, pupilas dilatadas al máximo, quedó atrapado en el trance de mi habilidad. Intentó luchar contra la orden, pero era imposible resistirse a la fuerza de mi voz. —¡Habla ya! —rugí, apretando más su garganta para obligarlo a escupir la verdad. Lágrimas de terror absoluto comenzaron a brotar de sus ojos, mezclándose con la lluvia constante. Boca abierta espasmódicamente, emitió un gemido lastimero antes de que las palabras fluyeran. —Ella... ella no fue secuestrada... —confesó el sectario, su voz temblando por el pánico—. Se entregó por voluntad propia... Escuchar esas palabras me heló la sangre en las venas, paralizándome por un breve instante. —Mientes —susurré, sintiendo cómo una mezcla de dolor y rabia amenazaba con destrozarme por dentro—. ¡Dime la verdad! —No miento... lo juro por el abismo... —gimió el hombre, retorciéndose bajo mi agarre implacable—. Ella se mezclaba con la oscuridad profunda de este submundo... Buscaba un poder que los mortales no pueden comprender, se codeaba con las sombras para obtener respuestas. Nos utilizó a todos nosotros como simples peones en su juego antes de descender por completo al infierno. Solté mi agarre de golpe, dejando que el sectario cayera de rodillas sobre el suelo lodoso. Retrocedí un par de pasos, respirando con dificultad mientras el peso de la revelación me aplastaba el pecho. Madre no era una víctima inocente que necesitaba ser rescatada de las garras del mal. Había elegido este camino de manera consciente, dejándome atrás sin mirar atrás ni una sola vez. Sentí cómo mi deseo de venganza se afilaba, transformándose en una determinación fría y peligrosa. Iba a bajar al mismo infierno si era necesario, no para salvarla, sino para exigirle que me mirara a los ojos y me explicara por qué. Apreté los puños hasta que mis nudillos se quedaron blancos, conteniendo las ganas de gritar de pura frustración. Sintiendo el dolor de mis costillas rotas, me di la vuelta para marcharme de aquel lugar maldito. Risa melódica y escalofriante resonó de repente desde las sombras más densas del final del callejón. Me detuve en seco, mi cuerpo poniéndose tenso al instante mientras mi mano buscaba instintivamente el mango de mi cuchillo. No había nadie visible, pero la presencia que llenaba el aire era abrumadora, densa y cargada de una energía demoníaca. Clink. Metal golpeó el suelo de piedra con un sonido limpio y nítido que cortó el murmullo de la lluvia. Pequeña moneda de plata rodó por el suelo mojado, deteniéndose justo en la punta de mi bota izquierda. Reconocí el grabado en su superficie: el emblema de un demonio de alto rango, una marca dejada a propósito para mí.

End of Chapter 1

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