Chapter 5

Chapter 5 of 7

Capítulo 5: La Primera Ficha del Dominó

978 words

Un crujido de metal resonó en el sótano húmedo cuando Mateo se lanzó hacia la puerta de madera. Mateo respiraba agitado, con los ojos inyectados en sangre y fijos en la pantalla donde el punto rojo parpadeaba sobre el mapa digital. —¡Van a por ella! —gritó Mateo, con la voz rota por el pánico—. ¡Tengo que sacarla de ahí antes de que la policía secreta tire la puerta abajo! Héctor lo bloqueó con un brazo firme, su mirada fría y desprovista de cualquier rastro de emoción. Mateo intentó empujarlo, pero Héctor no cedió ni un centímetro, plantando sus pies con una determinación implacable. Fuerza física no era lo que controlaba la situación, sino la fría lógica que Héctor proyectaba en cada palabra. —Si sales por esa puerta, te atraparán antes de que cruces la esquina —siseó Héctor, sosteniendo a su aliado por los hombros—. Lágrimas de frustración resbalaron por las mejillas de Mateo, quien se retorcía bajo el agarre de su compañero. Héctor sintió un leve pinchazo en el pecho, una punzada de culpa que amenazaba con ablandar su resolución. Recordó a su propio padre, consumiéndose en la miseria tras perderlo todo por culpa del Estado, una imagen que reavivó su frialdad. —No entiendes nada —sollozó Mateo, dejándose caer de rodillas—. Es mi hermana, Héctor. No tiene a nadie más. —Si intervienes ahora, la operación se cae —respondió Héctor, obligándose a mantener la voz baja y controlada—. Nuestros servidores proxy se apagarán si la policía te captura, y todo el software de sabotaje quedará expuesto ante el ministro Valerius. Mateo lo miró con desprecio, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron completamente blancos. —¿Me estás pidiendo que la entregue? —preguntó Mateo, con un susurro cargado de veneno—. —Te estoy pidiendo que confíes en el juego —replicó Héctor, dándole la espalda para regresar a su terminal—. Sacrificar una pieza menor ahora nos garantiza mantener el control del tablero principal. Sofocando cualquier rastro de compasión, Héctor se convenció a sí mismo de que el fin justificaba la caída del régimen. Cada vida afectada era una variable necesaria en su algoritmo de cambio social, un daño colateral predecible. --- Dedos veloces golpearon el teclado, rompiendo el tenso silencio que se había instalado en el búnker. Héctor abrió la interfaz principal de 'Mundo Oscuro', el simulador geopolítico que ahora funcionaba como su arma más letal. Su objetivo inmediato era desviar la atención de las fuerzas de seguridad del Estado y proteger su rastro digital. Para lograrlo, necesitaba generar una crisis de tal magnitud que el gobierno de Venuzia se viera obligado a replegarse. Accedió a los servidores del Sistema de Abastecimiento Soberano, la red centralizada que controlaba la distribución de comida. Líneas de código parpadearon en la pantalla, revelando las rutas de los camiones de suministros de la capital. Héctor ingresó al núcleo del algoritmo de distribución, modificando los parámetros de entrega con precisión quirúrgica. Alteró las coordenadas de destino de los cargamentos de harina, leche y medicinas que debían abastecer a la ciudad esa mañana. Centenares de camiones cargados con toneladas de alimentos fueron desviados hacia almacenes estatales vacíos en las periferias. Otros despachos simplemente fueron cancelados dentro de la base de datos, creando un vacío logístico insalvable. Monitoreó las variables en tiempo real, observando cómo el sistema procesaba los cambios sin detectar la intrusión clandestina. —En pocas horas, la capital se quedará sin un solo trozo de pan —murmuró Héctor, con los ojos brillando bajo la luz azul del monitor—. Mateo seguía en el suelo, con la cabeza entre las manos, ignorando el desastre digital que su compañero acababa de desatar. --- Horas más tarde, el impacto del sabotaje se hizo sentir en las calles de Venuzia con una fuerza devastadora. Estanterías vacías y supermercados cerrados provocaron que el pánico se extendiera rápidamente entre la población. Rumores sobre una escasez total corrieron como pólvora a través de los canales de comunicación encriptados. Familias enteras salieron a la calle, encontrando solo persianas metálicas bajadas y soldados resguardando los depósitos. La indignación, contenida durante años de abusos e inflación galopante, finalmente estalló en los barrios más poblados. Héctor encendió el televisor analógico arrumbado en la esquina del búnker para sintonizar los canales estatales. Imágenes caóticas inundaron la pantalla, mostrando a miles de ciudadanos marchando hacia el palacio ministerial. Banderas rotas, gritos de rabia y el humo de los neumáticos quemados llenaban el aire de la capital. La transmisión mostraba a las fuerzas represivas del ministro Valerius intentando contener la marea humana sin éxito. Mateo levantó la cabeza, atraído por el ruido ensordecedor que provenía del pequeño televisor. —Lo has logrado —dijo Mateo, con una mezcla de horror y asombro en su voz desganada—. —Esto es solo la primera ficha del dominó —respondió Héctor, cruzándose de brazos mientras observaba el disturbio—. El desabastecimiento forzará al gobierno a retirar las patrullas de los suburbios para defender el palacio de gobierno. Tu hermana será procesada con lentitud debido al colapso administrativo, lo que nos dará el tiempo necesario para rescatarla. Mateo no respondió, limitándose a observar las oleadas de personas que chocaban contra los escudos antimotines. --- Héctor se acercó a la pantalla de televisión, fascinado por la precisión con la que su simulación se trasladaba a la realidad. La cámara del reportero temblaba mientras transmitía en vivo desde el centro del conflicto, esquivando los gases lacrimógenos. Gritos ensordecedores y detonaciones de advertencia resonaban a través de las gastadas bocinas del aparato. De repente, la cámara hizo un paneo rápido sobre la multitud que se agolpaba frente a las escalinatas del ministerio. Héctor se congeló, sus pupilas se dilataron y el aire pareció abandonar sus pulmones de golpe. Entre la multitud que protesta en vivo por televisión, Héctor distingue a un hombre con el abrigo gris de su padre fallecido, quien lo mira directamente a la cámara antes de desaparecer entre los disturbios.

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