El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de seda, pintando rayas doradas sobre la alfombra persa que cubría el suelo de la habitación de Gabriel. Se estiró, el crujido de su espalda un eco familiar en el vasto silencio de la mansión. Apenas había abierto los ojos cuando la puerta se abrió suavemente y Giselle entró, su sonrisa tímida y los ojos fijos en el suelo, como siempre. Traía la bandeja de plata con el café humeante y tostadas recién hechas, el aroma a lavanda de su uniforme un suave recordatorio de su presencia.
"Buenos días, joven Gabriel," susurró, su voz apenas audible. Colocó la bandeja en la mesita de noche, sus dedos rozando intencionalmente los suyos al retirarse. Gabriel le dedicó una sonrisa lánguida, de esas que sabía que derretían a cualquier mujer. No fue una excepción. Un ligero rubor tiñó las mejillas de Giselle, y por un instante, su mirada se elevó para encontrarse con la suya, llena de una devoción que él conocía bien, que daba por sentada.
"Buenos días, Giselle," respondió, su tono grave y seductor. Bebió un sorbo de café, el calor reconfortante. "¿Hay algo interesante hoy? ¿Alguna novedad que deba saber?" Ella negó con la cabeza, sus movimientos torpes mientras alisaba su delantal. "Solo que la señorita Clara ha preguntado por usted, joven. Y... la nueva maid llega hoy."
Gabriel arqueó una ceja, la información sobre Clara ya olvidada. Una nueva maid. Suspiró. Otra cara nueva que pronto caería bajo su encanto, otra conquista que añadir a su lista. La previsibilidad de todo comenzaba a aburrirle. Todas eran iguales, suspiraban ante sus cumplidos, se sonrojaban con sus miradas, se desvivían por su atención. Él era el heredero, el chico dorado de la mansión, y ellas, meros adornos a su alrededor. Estaba acostumbrado a ello, lo esperaba.
Se levantó y se dirigió a su vestidor, dejando a Giselle con la tarea de recoger la bandeja y arreglar la cama. Escuchó el suave sonido de la puerta al cerrarse. Era un patrón, un ritual. La mansión estaba llena de mujeres, cada una con su papel, y el suyo era ser el centro de su universo, al menos por un tiempo. Escogió una camisa de lino azul claro y unos pantalones beige, optando por una elegancia casual. Hoy no había reuniones importantes, solo la rutina.
Bajó las escaleras de mármol, su paso lento y confiado. En el gran salón, varias de las sirvientas estaban terminando de pulir los muebles de caoba, sus voces bajas y risueñas se silenciaron en cuanto lo vieron. Sus ojos se clavaron en él, algunos disimulados, otros abiertamente adoradores. Se detuvo en el umbral, disfrutando de la atención. Era el aire que respiraba, el oxígeno que alimentaba su ego. Les dedicó una sonrisa general, un gesto automático, y todas le respondieron con una mezcla de respeto y admiración. Todas, salvo una.
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Una figura esbelta estaba de espaldas a él, junto a la biblioteca, organizando una pila de libros antiguos. Su cabello castaño oscuro, recogido en una coleta alta, revelaba una nuca delicada. Era ella, la nueva. Élisa. Su nombre había circulado por la mansión esa mañana, precedido por rumores de su belleza inusual. Gabriel se acercó con paso ligero, el corazón latiendo con la expectativa de la reacción habitual, la sorpresa, el rubor, el tartamudeo. Preparó su sonrisa más encantadora, esa que podía abrir puertas y corazones.
"Buenos días," dijo, su voz un murmullo profundo. La mujer se giró lentamente, sin prisa, sin el menor atisbo de sorpresa. Sus ojos. Eran de un azul tan intenso que le recordaron al lapislázuli, fríos y serenos. No había ni una pizca de timidez en ellos, ni rastro de la adulación que tanto conocía. Solo lo miró, una mirada que no juzgaba, pero tampoco admiraba. Era... neutra. Indiferente.
Gabriel sintió una punzada, un pinchazo extraño en el pecho. ¿Indiferencia? Nadie lo miraba con indiferencia. Él era Gabriel, el heredero, el hombre que todas deseaban. Su sonrisa flaqueó por un segundo casi imperceptible. Se recompuso de inmediato, intensificando su encanto. "Debes ser Élisa, ¿verdad? Soy Gabriel. Es un placer tenerte aquí." Extendió una mano, esperando que ella la tomara con la reverencia apropiada, quizás con un ligero temblor.
Élisa miró su mano extendida, luego sus ojos, antes de asentir con un movimiento casi imperceptible de su cabeza. "Sí, señor. Soy Élisa." Su voz era clara, sin titubeos, sin la dulzura artificial que otras empleaban. No tomó su mano. En cambio, sus dedos se posaron en el lomo de un libro, su atención volviendo casi de inmediato a la tarea que tenía entre manos. La ignoró. Lo ignoró. Una oleada de algo parecido a la frustración se agitó en el estómago de Gabriel. Esto no estaba en el guion.
Las otras sirvientas, que habían estado observando la escena con miradas expectantes, ahora intercambiaban gestos nerviosos. La tensión en el aire era palpable. Habían visto a Gabriel trabajar su magia mil veces, y esta era la primera vez que fallaba. Élisa continuó acomodando los libros, su espalda otra vez hacia él, como si su presencia no fuera más relevante que la del polvo en los estantes. Gabriel se quedó allí, la mano todavía ligeramente extendida, su sonrisa ahora una mueca forzada. El calor de la vergüenza le subió al cuello. Era inaudito.
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Gabriel se retiró, no sin lanzar una última mirada a la impasible figura de Élisa. La dejó allí, entre los libros polvorientos, y se dirigió al jardín, buscando el aire fresco para despejar su mente. Caminó por los senderos de gravilla, el sonido crujiente bajo sus zapatos un contrapunto a la calma que anhelaba. La punzada de frustración seguía allí, insistente. ¿Quién era esa mujer para mirarlo así? ¿Sin un atisbo de interés, sin la menor señal de reconocimiento de quién era él?
La imagen de sus ojos azules, fríos como el hielo, se incrustó en su mente. No había visto algo así en años, quizás nunca. Todas las mujeres de su vida, desde las camareras del club hasta las hijas de los socios de su padre, habían caído bajo su mirada. Habían competido por su atención, suspirado por sus caricias, hecho lo que fuera por un momento a su lado. Élisa, en cambio, parecía no verlo. O, peor aún, lo veía y simplemente no le importaba.
Se sentó en un banco de hierro forjado, bajo la sombra de un rosal trepador, el dulce aroma de las rosas contrastando con el amargo sabor de su ego herido. Recordó a Celeste, la cocinera, que le traía su postre favorito sin que él lo pidiera. A Sofía, la encargada de la ropa, que siempre se aseguraba de que sus camisas estuvieran planchadas a la perfección, con una nota de admiración prendida en el cuello. Eran trofeos silenciosos, cada una una prueba de su poder.
Pero Élisa... Élisa no le había dado nada. Ni una sonrisa, ni un rubor, ni un indicio de que su presencia causara la más mínima alteración en su mundo. Era como una pared de hielo, inexpugnable. Una parte de él se sentía ofendida, incluso enojada. Otra parte, una mucho más pequeña y silenciada, sentía una curiosidad que no había experimentado en mucho tiempo. Era un desafío, uno que no sabía cómo enfrentar.
Élisa no era como las otras, eso era innegable. Su indiferencia no era desprecio, sino una calma profunda, casi una ausencia de emoción dirigida hacia él. Caminaba con una gracia silenciosa por la mansión, realizando sus tareas con una eficiencia metódica. Gabriel la observó desde la distancia varias veces ese día, escondido detrás de las columnas del vestíbulo o desde la ventana de su estudio. Sus movimientos eran precisos, sus expresiones tranquilas. No había coquetería en ella, ni la búsqueda de una mirada. Solo trabajo.
Su mente, acostumbrada a la facilidad de las conquistas, ahora giraba en torno a esta anomalía. ¿Qué la hacía diferente? ¿Era una fachada? ¿Una estrategia elaborada? Gabriel siempre había creído que podía leer a las mujeres como un libro abierto, sus deseos y debilidades transparentes ante él. Pero Élisa era un tomo sellado, escrito en un idioma que no comprendía. Mientras Gabriel observa a Élisa, sus ojos azules como lapislázuli, él se pregunta si ese brillo es de inocencia o si esconde un secreto que desafía su percepción del mundo.