Garras rasparon el suelo. El aire se enfrió. Brunhilde sintió el hedor a azufre quemado, denso y antinatural, envolviéndola. Las siluetas deformes se acercaban. Sus ojos brillaban como brasas. El miedo, crudo y primitivo, atenazó su garganta.
Alvric la tomó del brazo. Su agarre era férreo, casi doloroso. "Tenemos que irnos. Ahora."
Pestañeó. La biblioteca, antes un refugio de conocimiento, se había transformado en una jaula. Los estantes altos, repletos de volúmenes antiguos, se volvieron sombras amenazantes. Cada crujido de madera amplificaba el terror.
Gruñidos bajos vibraban en el aire. Las bestias de sombra eran más grandes ahora. Más definidas. Colmillos afilados, ojos rojos, pelaje oscuro que parecía absorber la poca luz que quedaba.
Corrientes heladas subieron por su espalda. Alvric la arrastró detrás de un estante. Su respiración era rápida, pero su rostro permanecía impasible. Observaba las criaturas con una intensidad escalofriante.
"No te separes de mí", su voz era un susurro grave. "No importa lo que veas. No te detengas."
Sabía lo que venía. Reconoció la tensión en sus músculos. La forma en que sus ojos se entrecerraron. Era el preludio de su poder. El mismo que había sentido como una onda en el aire la noche de la galería.
Flashes de pánico. Un aullido desgarrador rompió el silencio. No era de una de las bestias. Era de su propia mente. Las sombras se detuvieron en seco. Se encogieron. Sus formas se retorcieron como si un dolor invisible las desgarrara.
Alvric había desatado su don. Proyectaba una pesadilla. El pánico se extendía entre las criaturas como un virus. Algunas chocaron contra los estantes. Otras arañaron el aire, ciegas a la realidad.
"¡Ahora!" Alvric tiró de Brunhilde. Corrieron. Sus pasos resonaban en el mármol, un ritmo frenético contra el caos de los gruñidos y los chillidos de las bestias. El pasillo principal se abrió ante ellos. La salida de emergencia era una mancha roja al final.
Esquivaron una sombra que se lanzó. Su garra rasgó el aire a centímetros de su rostro. Brunhilde sintió el viento frío. Su corazón martilleaba en su pecho. El terror le daba alas.
Alvric seguía proyectando. Podía sentir el esfuerzo en su propia mente, una presión sorda detrás de sus ojos. Mantenía a raya el enjambre, una barrera psíquica que gritaba terror puro en sus mentes animales.
Un lobo de sombra, más rápido, más astuto, se separó del grupo. Rodeó un estante con una agilidad sorprendente. Sus ojos, dos puntos carmesí, se fijaron en Alvric. Su pelaje se erizó.
Saltó. Demasiado rápido. Alvric reaccionó, empujando a Brunhilde con fuerza. Ella cayó, rodando por el suelo. El lobo lo alcanzó. Sus colmillos se clavaron en su brazo, justo debajo del hombro. Un dolor agudo, punzante, se extendió.
Alvric rugió. No de dolor. De furia. Un rayo de pura intención mental golpeó al lobo, disipándolo en una explosión de sombras. Pero el daño estaba hecho.
Se levantó, el brazo apretado con la mano libre. Una mancha oscura se extendía por la manga de su camisa. Brunhilde se puso de pie, su rostro pálido. "¡Alvric!"
"Estoy bien", espetó, su voz tensa. Sus ojos ardían. "¡Corre!"
La salida de emergencia estaba cerca. A pocos metros. Podían casi tocarla. Pero el mundo de Alvric comenzó a tambalearse. Las luces de la biblioteca parpadearon, no por un fallo eléctrico, sino por su propia percepción distorsionada.
El veneno. Sintió su frío recorrer sus venas. No era un veneno físico común. Era algo más antiguo, más insidioso. Una toxina que atacaba la mente, la memoria. Amplificaba el temor. Exponía las heridas.
Imágenes borrosas. Su padre. O lo que creía que era su padre. Un rostro sonriente. Una mano que lo alzaba. Luego, el silencio. La soledad. La puerta cerrada. Una y otra vez.
Tropezó. Su visión se llenó de manchas negras. El suelo se inclinaba. Las paredes se disolvían en un abismo de recuerdos. Se vio de niño. Pequeño. Solo. Escondido bajo una mesa mientras las voces de los adultos se volvían frías. Acusadoras.
"Traición", susurró. Su propia voz era un eco distante. El abandono. El terror de ser dejado. De ser inútil. De ser un error. Cada risa, cada mirada de desaprobación de su infancia. Amplificadas. Distorsionadas.
Cayó de rodillas. El dolor de la herida en su brazo era secundario. La agonía mental lo consumía. El mundo se desintegraba en fragmentos de miedo y desconfianza. Era el niño pequeño de nuevo, vulnerable y sin nadie.
Brunhilde estaba a su lado en un instante. "¡Alvric! ¿Qué te pasa?"
Suplicó. El veneno le susurró que ella también se iría. Que todos se iban. Que la gente siempre lo hacía. Las sombras de las bestias que había dispersado regresaron a su mente, no como formas externas, sino como miedos internos. Se retorcían. Se burlaban.
Su respiración se hizo errática. Sus manos temblaban. La cara de su madre, fría y distante, apareció en su mente. "Eres un error, Alvric. Una carga." La voz era un látigo.
No podía respirar. El control se le escapaba. Su don, que siempre había sido una herramienta de defensa, ahora era un arma contra sí mismo. La distorsión se apoderó de él por completo. Se desplomó, los ojos muy abiertos, pero sin ver el mundo real.
Brunhilde vio el veneno. Negro. Pulsante. Se extendía desde la herida de su brazo, dibujando venas oscuras bajo su piel pálida. Su rostro se contorsionaba. La angustia en sus ojos era insoportable.
Ella no dudó. Ni un instante. Se arrodilló a su lado. El peligro era palpable. Las bestias de sombra comenzaban a recuperarse de la oleada de pánico que Alvric les había infligido. Se movían de nuevo, lentas pero inexorables.
Su corazón latía con ferocidad. Ignoró el miedo. Ignoró la advertencia de huir. La vio, esa oscuridad consumiéndolo. Su mente no podía procesarlo, pero su instinto era claro.
Alvric necesitaba ayuda. Él la había protegido. Él la había arrastrado. No podía dejarlo así. No podía verlo sufrir de esa manera. Una fuerza extraña, primaria, la impulsó.
Extendió su mano. Su palma, suave y cálida, se posó directamente sobre la herida abierta en el brazo de Alvric. El veneno era una mancha de tinta en su piel. Sintió un escalofrío. Una punzada helada. Pero no retiró su mano.
Concentró. Algo dentro de ella. Una luz. Una calidez. La empujó hacia afuera. Quería limpiar. Quería absorber. Quería sanar. Era un instinto puro, desprovisto de lógica o miedo.
El veneno respondió. Como una marea oscura, comenzó a fluir. No hacia afuera. Hacia ella. La mancha negra en el brazo de Alvric se redujo. Se desvaneció. Se metió bajo la piel de Brunhilde.
Una sensación de frío intenso se apoderó de ella. Después, una quemazón. Las imágenes en la mente de Alvric no se fueron de inmediato, pero su agarre se relajó. Su respiración se normalizó, aunque aún era superficial.
Miró su propia mano. La oscuridad se había ido del brazo de Alvric. Pero una red de venas púrpuras, gruesas y visibles, comenzaba a extenderse desde su palma. Se arrastraban por su muñeca. Por su antebrazo.
El frío invadió su pecho. Su cabeza daba vueltas. El mundo real se desdibujaba. Los gruñidos de las bestias sonaban lejanos. La fuerza que había sentido, esa luz interna, parpadeaba. Se extinguía.
Se inclinó. Su visión se nubló. El veneno negro desaparece del brazo de Alvric, pero las venas del cuello de Brunhilde se tornan de un color púrpura oscuro mientras ella se desploma inconsciente en sus brazos.