Chapter 10 of 14
La Oferta del Monstruo
1.3k words
Frío. Un sudor helado empapaba la camisa de Alvric, a pesar de la temperatura controlada de la clínica de Marcus. Observaba a Brunhilde, inerte, su respiración superficial, un hilo débil entre la vida y el abismo. Su culpabilidad era una mordedura constante en su garganta.
Cada latido de su propio corazón era un recordatorio de la energía que ella purificaba, que ella absorbía de él. De sus propias sombras. La ironía era un veneno lento. Protegerla significaba no usar sus dones, no usar las herramientas que lo habían mantenido a salvo toda su vida.
Protegerla significaba volverse vulnerable. Una palabra que le quemaba los labios. Un miedo antiguo que resurgía con una ferocidad brutal.
Pero ella estaba muriendo. Eso era una certeza innegable. Marcus había sido claro. El antídoto, si existía, no estaba en el mundo común. Pertenecía a las sombras, a la Élite. A esos que Alvric tanto despreciaba y de los que, a la vez, era tan parte.
Decisiones se agolpaban en su mente. Dolorosas. Repulsivas. Solo un camino se abría. Un camino al infierno que conocía demasiado bien.
Cogió su teléfono. Sus dedos temblaban apenas, una traición a su usual control. Buscó el contacto. Robert Vance. Un banquero influyente, un peón en el gran tablero de la Élite de la Sombra, pero uno con acceso. Un hombre que apreciaba el poder, la crueldad bien ejecutada.
Alvric marcó el número. El sonido del timbre era un martillo en su cabeza. Cada segundo era una vida que se extinguía lentamente.
"Alvric. Qué sorpresa tan... desagradable", la voz de Robert era un arrullo teñido de sarcasmo. "Pensé que te habías olvidado de tus viejos amigos. O tal vez, ¿de tus viejos yo?"
"Necesito algo, Robert", Alvric fue directo, su voz rasposa. No había tiempo para juegos. No ahora.
Robert rió. Una risa seca, sin humor. "¿Necesitas? Eso es nuevo. Siempre has sido el que ofrece, el que controla. ¿Qué te ha traído a la puerta de un simple banquero como yo, con esa urgencia en tu voz? ¿Problemas en el paraíso oscuro?"
"Una vida está en juego", Alvric apretó la mandíbula. "Una vida que no tiene nada que ver con vuestros juegos. Necesito un antídoto. Para la purificación empática forzada. Ahora."
Silencio. Un silencio pesado, cargado de expectativas. Robert era inteligente. Sabía la gravedad de la situación si Alvric, el intocable, se rebajaba a pedir ayuda.
"Ah, la chica del faro", Robert murmuró finalmente, un tono de burla entrando en su voz. "Brunhilde, ¿verdad? La pequeña muñeca que ha roto la fachada de hielo del gran Alvric. Qué patético. Qué... humano."
La sangre de Alvric hirvió. Su mano se apretó alrededor del teléfono, sus nudillos blancos. "Dime lo que quieres. No pierdas mi tiempo".
"Siempre tan impaciente", Robert suspiró, un sonido exasperado. "Bien. Nos vemos en una hora. Mi ático en el distrito financiero. Solo. Y no intentes ninguna de tus viejas ilusiones. No soy tan fácil de engañar como tus otros juguetes".
Alvric colgó sin responder. Un rugido silencioso se agitó en su pecho. La rabia. La frustración. La humillación. Pero sobre todo, el miedo. El miedo a perderla. El miedo a sí mismo.
---
El ático de Robert era una oda al exceso. Mármol oscuro, arte abstracto obscenamente caro, vistas que abarcaban toda la ciudad. Alvric apenas las registró. Sus ojos estaban fijos en Robert, sentado detrás de un escritorio de ébano, una sonrisa conocedora en sus labios.
"Siéntate, Alvric", Robert gesticuló hacia una silla de cuero pulido. "No hay prisa. La muerte, después de todo, es un proceso paciente".
Alvric permaneció de pie. Su postura era un desafío. "El antídoto".
"Siempre al grano", Robert se inclinó hacia adelante. "Directo al punto. Como el Alvric que conocía. No este nuevo, preocupado por la santidad de una vida ajena. ¿Qué ha pasado con tu cinismo, tu gloriosa indiferencia?"
"No es asunto tuyo", Alvric espetó. "El precio".
Robert se rio suavemente. "Oh, pero claro que es asunto mío. Me divierte ver a una leyenda caer. Me da esperanza. Nos demuestra que incluso el más oscuro de vosotros puede ser domesticado por la luz. O por la desesperación".
"Habla claro, Robert", la voz de Alvric era un susurro peligroso, más amenazador que cualquier grito. Sus ojos ardían.
"Tranquilo, tranquilo", Robert levantó las manos en un gesto de apaciguamiento falso. "El antídoto está a mi disposición. Es raro, muy raro. Los nuestros no lo dispensan a la ligera. Pero tengo una influencia, digamos, estratégica".
Robert se reclinó en su silla, observando a Alvric como un depredador observa a su presa. "Hay un problema. Un pequeño inconveniente político. Un rival. Demasiado honesto, demasiado popular. Un estorbo".
Alvric ya sabía adónde iba esto. Su estómago se revolvió.
"Un senador", Robert continuó, saboreando cada palabra. "Un puritano que cree en la integridad. Un verdadero dolor de cabeza para nuestros planes. Lo quiero fuera. Completamente. Y para que no haya dudas, que sea de una manera... irrevocable. Un 'accidente'."
"¿Quieres que lo manipule?", Alvric preguntó, la palabra sonaba a ceniza en su boca. "¿Que lo desacredite?"
"No, no, Alvric", Robert agitó un dedo. "Eso es de aficionados. Quiero que lo destruyas. Desde dentro. Que uses tus 'dones' para sembrar la semilla de la autodestrucción en su mente. Quiero que se quite la vida. Que sea su propia mano la que firme su sentencia. Sin dejar rastro de nuestra intervención. Solo tu genio oscuro".
El aire se volvió pesado. El rostro de Alvric estaba inexpresivo, pero sus ojos eran pozos de tormenta. Esto era. La verdadera prueba. Volver a ser el monstruo. Abrazar la oscuridad que había jurado dejar atrás, o al menos controlar. Para salvar a la luz.
"Quieres que lo manipule hasta el suicidio", Alvric repitió, cada palabra una punzada. Era una monstruosidad. Era lo que Alvric odiaba de sí mismo, magnificado. Usar su poder para la destrucción más íntima, la aniquilación de la voluntad ajena.
"Exactamente", Robert sonrió, una expresión de pura satisfacción. "Un pequeño empujón. Unos susurros bien colocados. Unas visiones de su fracaso, de su corrupción inherente. Tú eres el maestro en eso. Y a cambio, tendrás tu antídoto. La vida de tu pequeña santa por el alma de un político insignificante. Un trato justo, ¿no crees?"
El rostro del senador se formó en la mente de Alvric. Lo había visto en las noticias. Un hombre de familia, con una sonrisa sincera. Una vida que no conocía la podredumbre. Y Alvric debía ser el que la arrancara de raíz.
Sus puños se cerraron. La sangre golpeó en sus sienes. Un zumbido en sus oídos. Brunhilde. Su rostro, su sonrisa, su pura, inquebrantable inocencia. La imagen de ella, pálida y moribunda, lo golpeó con una fuerza abrumadora.
No había elección. No había otro camino. No para ella. Su vida valía más que la de cualquier político, más que la propia alma de Alvric. Él la había puesto en esta situación, y él la sacaría de ella. No importaba el precio que pagara su propia conciencia.
"Hecho", Alvric dijo, su voz hueca. La palabra se sintió como un pedazo de su propia alma que se desprendía.
Robert le tendió un documento. Un contrato. Términos claros. La manipulación, el resultado, la confidencialidad. Y una cláusula de incumplimiento draconiana.
"Firma aquí", Robert señaló con un bolígrafo de plata. "Y el antídoto será tuyo. En cuanto el trabajo esté hecho, por supuesto. Tenemos que ver que cumples tu parte del trato".
Alvric miró la pluma. El papel. El pacto con el diablo que ya conocía. Un pacto con una versión más oscura de sí mismo. Su mano tembló de nuevo, apenas perceptible, mientras la extendía hacia la pluma.
Justo cuando Alvric levanta la pluma para firmar el pacto con Robert, el teléfono de este último suena y una voz distorsionada ordena: "Dile a Alvric que el precio ha subido; ahora queremos los ojos de la chica".