Chapter 1 of 1

Capítulo 1: La Cacería Silenciosa

1.7k words

Elara se movía como una sombra estirada por el sol moribundo, sus pies descalzos sobre la tierra agrietada. El asentamiento de Kael estaba muerto, una cicatriz de ceniza y vigas calcinadas bajo el cielo cobrizo. El viento, un lamento constante, silbaba a través de las ruinas esqueléticas, llevando consigo el olor persistente a metal oxidado y polvo. Cada crujido de escombros bajo sus pies era una nota en una sinfonía de advertencia, a la que su cuerpo respondía con una tensión constante. Su mirada, experta, se deslizaba por los restos, buscando cualquier cosa que la gente normal hubiera pasado por alto: un trozo de tela todavía fuerte, una olla de hierro sin perforar, cualquier objeto útil. Elara mantenía su cuerpo bajo, casi fundido con las sombras proyectadas por los muros derruidos. Había aprendido que la invisibilidad era su mejor arma en las Tierras Quebradas, un páramo donde la supervivencia se medía en el silencio y la rapidez. La memoria de su propia familia, masacrada en un asalto similar al que había destruido Kael, le quemaba en el pecho como una brasa. El peso de haber sobrevivido solo afilaba su instinto, convirtiéndola en un animal cauteloso, siempre a la defensiva. Encontró un trozo de lona rasgada que podría servir para remendar su petate, enrollándolo con cuidado. Más adelante, un cubo de metal abollado, pero entero, yacía medio enterrado. Lo recogió, sintiendo el frío del material en sus dedos. Estos pequeños triunfos eran la única moneda de cambio en su vida. No había sitio para la distracción, ni para la esperanza de un futuro lejano; solo el ahora, la próxima comida, el próximo refugio. La soledad era una compañera familiar, pesada pero predecible. Un movimiento en su periferia le hizo detenerse, su mano volando al cuchillo atado a su muslo. No había visto a nadie durante días. La quietud de Kael solía ser absoluta, lo que la hacía atractiva. Pero el instinto, esa voz ronca en su nuca, le gritaba. Se agachó detrás de un muro caído, su corazón latiendo un ritmo acelerado contra sus costillas. El sol se hundía más allá del horizonte, tiñendo el cielo de púrpura oscuro. La noche traería más peligros, y la presencia de otros humanos era, casi siempre, el peor de ellos. Elara contuvo la respiración, sus ojos negros escaneando el laberinto de escombros. La cacería silenciosa había comenzado de nuevo. --- Unos pasos arrastraron el polvo a lo lejos, acercándose. Elara se pegó más al hormigón frío, las motas de arena ásperas contra su mejilla. Eran tres. Pudo distinguirlos por el sonido, el patrón desigual de sus botas, el clic metálico de armas baratas. Carroñeros, sin duda, como ella, pero con una diferencia crucial: ellos cazaban personas. Sujetó con fuerza la empuñadura de su cuchillo, el metal familiar y reconfortante. El olor a sudor rancio y a tabaco barato llegó antes que ellos, nauseabundo. «Ahí está», gritó una voz ronca. Elara no se había movido lo suficiente, o tal vez sus instintos, por una vez, habían fallado. Tres figuras emergieron de entre las sombras, sus siluetas recortadas contra el último atisbo de luz. El primero, un hombre corpulento con un pico de minero rudimentario sobre el hombro, la señaló. Su rostro, cubierto de barba y mugre, mostraba una sonrisa sin dientes. A su lado, otro más joven, con un cuchillo de caza brillando peligrosamente. El tercero, delgado y nervioso, sostenía una vara con una punta de metal improvisada. «La chica de la chatarra», dijo el corpulento, dando un paso adelante. «Sabía que volverías a este nido de ratas, pajarito». Sus ojos, pequeños y crueles, se fijaron en la cantimplora que colgaba del cinturón de Elara, medio llena. El agua. Era siempre el agua. En las Tierras Quebradas, el oro valía menos que un trago limpio. Elara no respondió. Se mantuvo inmóvil, evaluando sus movimientos, sus posibles rutas de escape en el callejón sin salida donde la habían acorralado. Un muro derrumbado a su izquierda, un montón de vigas a la derecha. «Danos tu agua, y quizás te dejemos ir», dijo el joven, haciendo girar su cuchillo. Sus ojos eran desconfiados, rápidos. Elara apretó los labios. «No es vuestra», respondió su voz, sorprendentemente firme. El corpulento soltó una carcajada áspera. «Todo es nuestro si lo encontramos, chiquilla. Y ahora, te hemos encontrado a ti y a tu preciosa ración». Dio otro paso, el pico levantado. La punta de metal del otro carroñero se dirigió hacia ella. Elara sintió la punzada familiar del miedo frío, ese que precedía a la ira. No sería una víctima. Nunca más. --- Cuando el corpulento dio un paso más, Elara no esperó. Se agachó con una rapidez que desmintió su agotamiento, deslizándose por debajo de su brazo extendido. El pico silbó sobre su cabeza, golpeando el muro detrás de ella con un estruendo que hizo vibrar los escombros. La táctica era simple: desorden. Sabía que los carroñeros eran valientes cuando la ventaja era clara, pero se desmoronaban con la sorpresa. Con un movimiento fluido, lanzó el cubo de metal abollado que había recogido momentos antes, haciéndolo girar bajo los pies del hombre más delgado. El carroñero delgado tropezó con un grito ahogado, su vara de metal cayendo al suelo. Eso fue suficiente. Elara ya estaba en movimiento, sus pies encontrando apoyo en los ladrillos sueltos del muro derrumbado. Escaló con la agilidad de una cabra de montaña, sin mirar atrás. El joven con el cuchillo, confundido por el ataque, dudó un instante. Ese instante fue su perdición. El corpulento, furioso, intentó agarrar a Elara por el tobillo, pero ella ya estaba demasiado alta, una silueta fugaz contra el crepúsculo. «¡Cogedla!», rugió el líder, pero la ira nubló su juicio. Elara, en lo alto del muro, no tenía la intención de huir sin dejar su marca. Había visto el cable de tendedero oxidado, apenas visible, que cruzaba el callejón a la altura del pecho. Era una trampa improvisada de un poblador anterior, y ahora, era suya. Con un impulso, tiró de un trozo de hierro suelto que sujetaba el cable. El cable, bajo tensión, se soltó con un chasquido metálico y se estiró con fuerza justo cuando el joven se lanzaba hacia el muro. El cable le golpeó la espinilla con la fuerza de un látigo, haciéndole gritar de dolor. El joven cayó de rodillas, el cuchillo resbalando de su mano. El corpulento y el delgado, que apenas se recuperaba de su caída, se miraron con pánico. La sombra se movía demasiado rápido, era demasiado elusiva. La herida del joven no era grave, pero la confusión y el miedo eran palpables. Se dieron cuenta de que no valía la pena el riesgo. Elara no era una presa fácil, y el sol ya se había ocultado por completo. Sin una palabra, el corpulento arrastró al herido, y los tres desaparecieron en la oscuridad de las ruinas tan rápido como habían aparecido. Elara observó hasta que sus sombras se disolvieron, el aliento temblándole en los pulmones. --- Elara encontró refugio en una cueva, más bien un hueco irregular en la roca que prometía una noche sin miradas indiscretas. Era fría, con el olor acre a tierra húmeda y moho, pero se sentía más segura que a la intemperie. La entrada, parcialmente derrumbada, apenas permitía el paso de su cuerpo delgado, lo que la convertía en una fortaleza improvisada. Sacó su yesca y un trozo de corteza seca, frotando con paciencia hasta que una chispa débil prendió el material. El fuego, pequeño y vacilante al principio, creció con cautela, proyectando sombras danzantes sobre las paredes irregulares de la cueva. Se acurrucó junto a la pequeña hoguera, sus músculos doloridos por la tensión de la huida. El pulso, que aún resonaba en sus sienes, comenzaba a calmarse. La cantimplora, aún a salvo, era un testimonio de su victoria. Sin embargo, la satisfacción de la supervivencia se mezclaba con la punzada familiar de la culpa. Había herido a uno de ellos. No lo había matado, lo sabía, pero el gemido del joven al caer resonaba en sus oídos. Cada vez era igual. Protegerse significaba causar daño, y cada daño era un eco de su propia historia, de la violencia que había destrozado su mundo. Su mente viajó, como siempre, a su familia, a las caras que el tiempo intentaba borrar. La necesidad de proteger lo poco que tenía, su propia vida, era una llama que nunca se extinguía. No sería una víctima. Esa promesa, forjada en cenizas y sangre, era su único credo. La soledad, una manta pesada, se envolvió a su alrededor. No había nadie para compartir la hoguera, nadie para hablar de la brutalidad de un día más en las Tierras Quebradas. Solo el crepitar del fuego, el susurro del viento filtrándose por las grietas, y sus propios pensamientos. Miró la llama, permitiendo que su calor le relajara un poco. Cerró los ojos por un instante, el agotamiento amenazando con abrumarla. Pero un instinto primario la mantuvo alerta. Abrió los ojos de golpe. Había sentido algo. Un leve cambio en la atmósfera de la cueva, un calor más allá del fuego, una vibración casi inaudible. Sus ojos se fijaron en la parte más profunda del hueco, donde la oscuridad era más densa. Nada. Pero la sensación persistió. Lentamente, se puso de pie, su mano inconscientemente en su cuchillo. Dio un paso, luego otro, hacia la oscuridad más allá del alcance de la hoguera. El aire se hizo más cálido, más denso, cargado con un olor que no reconocía, algo antiguo, mineral, y extrañamente dulce. Extendió una mano, sus dedos buscando a tientas en la negrura. Sus nudillos rozaron algo. No era la roca fría y áspera de la cueva, sino una superficie lisa, extrañamente suave, y cálida al tacto. Una curiosidad, más fuerte que el miedo, la impulsó a presionar. De repente, un destello iridiscente rompió la penumbra de la cueva, revelando no un monstruo, sino una escama brillante y cálida, cuyo tacto electrocuta a Elara con una verdad imposible.

End of Chapter 1