Chapter 2 of 2

Capítulo 2: Mentiras bajo el sol

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Ardía el sol de la tarde de verano contra mi espalda desnuda, de una manera tan intensa que casi podía sentir el calor quemando las capas externas de mi piel. Zumbó de nuevo el teléfono móvil sobre la mesa de madera rústica, rompiendo el tenso silencio que se había instalado en el jardín de la casa familiar. Deslicé la mirada hacia la pantalla encendida, donde el nombre de Camila brillaba en letras blancas sobre un fondo oscuro, recordándome la tormenta que se avecinaba. Temblaron mis dedos cuando presioné el botón de rechazar, silenciando la llamada con una brusquedad que delataba el torbellino de emociones bajo mi falsa calma. Metí el teléfono en el bolsillo de mi pantalón corto, tratando de aparentar una indiferencia absoluta frente a los ojos inquisitivos que me vigilaban desde la red. Carol seguía de pie junto al poste de voleibol, cruzada de brazos, observando cada uno de mis movimientos con una agudeza que me ponía los pelos de punta. —¿Por qué no le respondes a tu novia? —preguntó ella, entornando la mirada con una desconfianza que cortaba el aire denso y sofocante de la tarde. —Exnovia —corregí de inmediato, forzando una sonrisa perezosa mientras me recostaba contra el respaldo de la silla de jardín—. No tengo humor para sus dramas hoy. Sentí la áspera y húmeda textura del encaje de Claribeth justo debajo de mis muslos, aplastada contra el asiento para evitar que Carol descubriera nuestra traición. Apreté las mandíbulas, sintiendo el pulso acelerado en mis sienes mientras mantenía el cuerpo rígido sobre la prenda íntima robada que ardía bajo mi peso. Salió entonces Claribeth del cobertizo de madera, haciendo que la pesada puerta de madera crujiera sobre sus bisagras oxidadas por el paso de los años. Caminaba con paso vacilante, descalza sobre la hierba seca, sosteniendo su respiración en un intento desesperado por parecer una persona completamente tranquila. Faltaba su chaqueta de mezclilla, dejando sus hombros completamente descubiertos y expuestos al sol abrasador que caía implacable sobre todo el patio trasero. Gotas de sudor frío brillaban en su clavícula, descendiendo rápidamente hacia el borde desordenado de su blusa blanca que revelaba el descontrol de nuestro encuentro. —¿Qué estabas haciendo ahí dentro tanto tiempo? —inquirió Carol, girándose de golpe hacia ella con la voz cargada de una sospecha sumamente afilada. Buscó aire Claribeth de forma visible, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético que delataba el pánico absoluto corriendo por sus venas. —Se me cayó el collar de plata que me dio mi madre —tartamudeó ella, tocándose la garganta vacía con dedos que temblaban de forma incontrolable. —¿En la oscuridad de un cobertizo de herramientas abandonado? —Carol arqueó una ceja, dando un paso lento e intimidante hacia su mejor amiga. —Sí, se enganchó con una de las cajas de madera al entrar a buscar la pelota de repuesto —añadió Claribeth, esforzándose por sostener la mentira. Miré la escena con una fascinación oscura que comenzó a bullir en mi estómago, transformando mi temor inicial en una retorcida y deliciosa satisfacción. Súbitamente, el miedo a ser descubierto se disolvió por completo, dejando en su lugar una embriagadora e inesperada sensación de control absoluto sobre ella. Tenía a la mejor amiga de Camila completamente a mi merced, atrapada en una red de engaños que yo podía desmantelar con un solo movimiento de cadera. Bastaba con que yo me levantara de la silla para que Carol viera la lencería oculta, destruyendo la reputación de Claribeth en un abrir y cerrar de ojos. Disfruté de la agónica vulnerabilidad que se reflejaba en los ojos desorbitados de la chica, cuya respiración delataba su terror a ser expuesta ante todos. —¿Y pudiste encontrarlo al menos? —preguntó de nuevo Carol, cruzando los brazos sobre el pecho y escaneando la ropa desarreglada de Claribeth con desdén. —No lo encontré —murmuró ella, desviando la mirada hacia las flores marchitas del parterre para evitar encontrarse con mis ojos cargados de burla. Apoyé la espalda contra la lona de la silla de jardín, disfrutando del sutil pánico que se apoderaba de su cuerpo con cada segundo que pasaba sin hablar. Pensé en Camila y en cómo solía humillarme frente a sus amigos adinerados, tratándome como si fuera un accesorio conveniente pero insignificante para su estatus. Aquella traición que me había destrozado la vida ahora se sentía lejana, reemplazada por un frío y calculador deseo de revancha que ardía en mis venas. Tener a Claribeth bajo mi control era el golpe perfecto, una dulce justicia poética que Camila jamás vería venir de parte de su círculo más íntimo. —Es una verdadera pena que se haya perdido un recuerdo familiar tan importante —comenté, arrastrando las palabras con una ironía que rozaba el peligro absoluto. Se estremeció Claribeth al escuchar el tono de mi voz, apretando los puños a los costados de su cuerpo mientras trataba de mantener su postura erguida. —Tal vez yo pueda ayudarte a buscarlo en el cobertizo más tarde, cuando el sol no sea tan inclemente con nosotros —propuse, dedicándole una sonrisa cómplice. Carol entornó los ojos, detectando la corriente de tensión que circulaba entre nosotros, aunque era incapaz de descifrar la verdadera naturaleza de lo que ocurría. Dando un paso más hacia mi posición, Carol se inclinó ligeramente para mirar debajo de la mesa de madera, haciéndome contener el aliento por completo. Sentí un sudor frío recorrer mi nuca mientras apretaba las piernas contra la base de la silla, ocultando la prenda de encaje con cada músculo de mi cuerpo. —¿Qué tienes ahí abajo, Dean? —preguntó ella, señalando con la barbilla hacia el espacio sombreado bajo mis pies descalzos sobre la hierba húmeda. —Solo mis zapatillas sucias —respondí con una tranquilidad fingida, apartando la mirada con desinterés para no levantar sospechas adicionales en su mente inquisitiva. Sostuvo Carol mi mirada durante unos segundos eternos que parecieron horas, buscando cualquier rastro de mentira en la expresión de mis ojos oscuros. —Están actuando de una manera sumamente extraña el día de hoy —declaró ella finalmente, enderezándose con un suspiro lleno de frustración y aburrimiento. Mantuve la respiración contenida hasta que la vi apartarse un paso, permitiéndome relajar los hombros rígidos que amenazaban con acalambrarse por la tensión acumulada. —Es solo el cansancio acumulado de esta tarde, Carol —intervino Claribeth con rapidez, intentando desesperadamente apartar la atención de su amiga de mi presencia física. —Este clima nos tiene a todos al borde del colapso, y solo quiero entrar a la casa a refrescarme un poco —añadió, frotándose los brazos desnudos con nerviosismo. Apretó Carol los labios, claramente insatisfecha con las respuestas evasivas que le dábamos, pero sin ninguna prueba física que pudiera confirmar sus peores sospechas. —Camila me llamó hace un rato para decirme que ya viene hacia acá —soltó Carol de repente, esperando ver alguna grieta en nuestro muro de mentiras. Surgió una punzada de rabia en mi pecho al escuchar ese nombre, pero logré transformarla de inmediato en una fría máscara de absoluta e hiriente indiferencia. —Me alegra saber que vendrá —respondí con una calma glacial, entrelanzando los dedos detrás de mi nuca para acentuar mi actitud relajada ante la amenaza—. Hace tiempo que no la veo. Miré de reojo a Claribeth, observando cómo el color desaparecía por completo de su rostro, dejándola con un aspecto fantasmal bajo la luz dorada de la tarde. Sabía perfectamente que ella temía la llegada de Camila más que a nada en el mundo, consciente de que su traición destruiría su vida social para siempre. Ese miedo la hacía hermosa a mis ojos, una marioneta deliciosa que bailaría al ritmo que yo decidiera imponerle a partir de este momento de no retorno. —¿Te encuentras bien, Claribeth? —preguntó Carol, frunciendo el ceño al notar la súbita palidez y el temblor que sacudía las manos de su mejor amiga. —Estoy perfectamente, solo necesito un poco de agua fría para recuperarme del sofoco —respondió ella, forzando una sonrisa rígida que no lograba engañar a nadie. —Pues entremos a la casa de una vez por todas —sugirió Carol, dándose la vuelta finalmente y comenzando a caminar despacio por el sendero pavimentado del jardín. Respiré hondo, sintiendo cómo la enorme presión sobre mi pecho disminuía ligeramente al ver que la figura de Carol comenzaba a alejarse por el camino de piedra. Aproveché el momento de distracción para mirar fijamente a Claribeth, quien permanecía inmóvil en el centro del césped, temblando bajo el sol implacable. Le hice una seña imperceptible con la cabeza, indicándole que se acercara un poco más para que pudiera escuchar mis palabras sin alertar a su amiga. —Tu labial está completamente corrido, Claribeth —le susurré con voz tensa, manteniendo la mandíbula casi inmóvil para que el sonido no viajara por el aire limpio. Se llevó ella la mano a la boca con un gesto de puro espanto, frotándose la piel con desesperación para borrar cualquier evidencia física de nuestros besos prohibidos. Observé el movimiento rápido de sus dedos, fascinado por la forma en que el pánico dominaba cada una de sus reacciones físicas en este instante de crisis extrema. Carol seguía avanzando por el sendero, con sus sandalias golpeando de manera rítmica contra las lajas de piedra que conducían a la entrada de la casa de campo. Pensé que habíamos ganado esta ronda del juego de mentiras, que el secreto se sostendría el tiempo suficiente para planear nuestro siguiente paso con mayor cautela. Sin embargo, el destino suele ser sumamente caprichoso con aquellos que juegan con el deseo prohibido en las tardes calurosas de un verano que todo lo saca a la luz. Súbitamente, un silencio denso cayó sobre el jardín, solo interrumpido por el viento cálido que movía las hojas de los árboles frutales a nuestro alrededor. Carol se detiene en seco antes de salir del jardín, señalando una mancha de lápiz labial carmín idéntico al de Claribeth justo en el hombro izquierdo de Dean.

End of Chapter 2

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