Inerte por un instante, Kevin sintió el peso de las G. El mundo se enderezó con un violento cabeceo, su Immelmann completado. El cielo azul se extendía ante él, el suelo se alejaba. La multitud rugía, un eco distante. Había retomado la delantera. O eso pensó.
Un destello blanco-plateado. Una ráfaga fugaz. Desenfocada. No era un reflejo del sol, sino algo sólido, una mancha que atravesaba su trayectoria de vuelo a una velocidad imposible. Su cerebro tardó un segundo en registrarlo, un segundo demasiado largo.
De repente, el aire se rasgó. Un rugido, no el de su propio motor, sino uno que lo engulló, más profundo, más violento. El ala de su Halcón Blanco vibró. La alarma de proximidad en su panel de control aulló, estridente, perforando el sonido del motor y los gritos de la multitud.
Volcó el stick. Giró con fuerza, el fuselaje gimió en protesta. El mundo giró en un borrón de azul y blanco. Su visión se estrechó, el aire se le escapó de los pulmones. El avión se ladeó, casi un stall, pero se recuperó con un traqueteo violento. Su corazón martilleaba contra sus costillas.
Era una sombra. Una forma etérea que se había materializado de la nada, un espectro blanco-plateado que se deslizaba a través del espacio donde su ala izquierda había estado un instante antes. La distancia se había reducido a meros metros. El roce del aire. El olor a ozono eléctrico.
Había evitado una colisión. Por el grosor de un ala. La mano de Kevin temblaba sobre el stick. Sudor frío le empapaba la frente. Nunca, en todas sus carreras, había estado tan cerca del desastre, no por un error suyo, sino por la repentina aparición de otro.
Desconcertado. Esa era la palabra. Su mente competidora, siempre en busca de datos, fallaba en procesar lo que acababa de ocurrir. ¿De dónde había salido ese avión? ¿Cómo se movía tan rápido? Su Immelmann era una maniobra de alta velocidad, pero esto... esto era diferente.
Nadie podía igualar la velocidad máxima de su Halcón Blanco. Nadie. Kevin había trabajado sin descanso, modificando el motor, ajustando cada panel, exprimiendo hasta el último nudo de velocidad. Era su ventaja, su firma. Y, sin embargo, este avión lo había superado. Lo había *atravesado*.
Volvió a mirar. El avión blanco-plateado no estaba por delante, ni a un lado. Se había deslizado *por debajo* de él, en una maniobra que desafiaba la lógica. Luego, con una agilidad que Kevin solo había soñado, viró bruscamente, ascendiendo en un ángulo imposible. Desapareció en la distancia, dejando un rastro blanco perlado en el cielo.
Un silencio se apoderó de su cabina, roto solo por el zumbido de los instrumentos. La alarma de proximidad se había callado. La adrenalina aún fluía por sus venas, un torrente frío y mordaz. Su mente corrió a través de cada detalle, cada microsegundo del encuentro.
No había sido un error. No había sido suerte. Ese piloto. Esa máquina. Se habían movido con una precisión y una audacia que lo superaban. Kevin Gabriel, el “Halcón Blanco”, el piloto que nunca había encontrado un rival digno, se enfrentaba ahora a un fantasma en el aire.
Un resentimiento amargo comenzó a burbujear en su interior. ¿Quién era este? ¿Un piloto de prueba? ¿Un novato con una máquina prototipo? La idea de que alguien pudiera volar con esa destreza, sin siquiera aparecer en las listas de salida, era una afrenta personal. Su reputación. Su orgullo. Todo en juego.
Respiró hondo. El aire filtrado era rancio, metálico. Apretó la mandíbula. El miedo a perder, siempre latente, se convirtió en una fría determinación. No podía permitirse esto. No podía permitirse que alguien más, especialmente un desconocido, lo superara.
Reajustó sus controles. El resto de la carrera. Los pilones. Su mente trazó la ruta, buscando cada atajo, cada ventaja. Su objetivo había cambiado. Ya no era solo ganar la carrera del campeonato. Era encontrar ese avión. Y superarlo. Demostrar que era un error, un espejismo.
Empujó el acelerador. El Halcón Blanco respondió con un rugido renovado. La aguja del velocímetro subió. Se lanzó hacia el siguiente pilon, trazando una curva cerrada que puso a prueba los límites de su fuselaje. Los G lo aplastaron contra el asiento. Sintió un tirón en el cuello, pero no importó. Necesitaba velocidad.
Necesitaba alcanzarlo. Si es que era posible. La distancia entre él y el avión blanco-plateado parecía crecer, no disminuir. Cada maniobra de Kevin, calculada y precisa, era respondida con una fluidez aún mayor por el otro piloto. Giró, se zambulló, ascendió. Y el otro se movió como un pensamiento.
Como si sus aviones estuvieran conectados por un hilo invisible, el blanco-plateado se anticipaba a sus movimientos, deslizándose por las corrientes de aire, encontrando líneas que Kevin no había considerado posibles. Su frustración creció con cada giro. Sus manos se aferraron al stick, los nudillos blancos.