Chapter 1 of 1

Capítulo 1: La última bala de plata

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Humo negro llenaba mis pulmones con cada bocanada de aire helado. Cenizas de mi refugio temporal se dispersaban en el viento de la noche, cayendo como nieve sucia sobre mis hombros. Ruido de motores distantes y gritos lejanos me indicaban que el sector estaba colapsando mucho más rápido de lo esperado. Ningún lugar era seguro en los límites de Ciudad de Cabo, pero mi ático improvisado sobre el taller mecánico abandonado había sido un buen hogar durante tres semanas. Aquel espacio miserable, lleno de goteras y olor a grasa oxidada, acababa de ser reducido a escombros por un mortero de la milicia local. Correr era la única opción sensata antes de que las patrullas de limpieza del General Vance barrieran la zona baja. Gotas de lluvia ácida comenzaron a golpear las chapas de metal retorcidas del callejón, siseando al contacto con el suelo caliente. Ciudad de Cabo se moría lentamente bajo el yugo de sus propios defensores, pero los monstruos del exterior tenían prisa por acelerar el proceso. Bajo mi chaqueta de cuero desgastada, el chaleco táctico se sentía pesado, cargado con los pocos cartuchos que me quedaban. Ajusté la correa de mi rifle de precisión a mi hombro, asegurándome de que no chocara contra mi pistola semiautomática al moverme. Mis dedos, entumecidos por el frío de la noche, buscaron instintivamente el tacto del metal frío en mi cadera. Nadie vendría a rescatar a los habitantes de los suburbios exteriores cuando las murallas empezaran a ceder. Aquella verdad la traía grabada en el pecho desde el día en que mi antigua unidad militar fue masacrada por órdenes de nuestros propios superiores. Recordar sus rostros, distorsionados por el pánico antes de que las balas aliadas los silenciaran, solo servía para endurecer mi determinación. Cada paso que daba en esta ciudad podrida era un acto de pura supervivencia individual, libre de la carga inútil de la lealtad. Salté sobre un charco de agua aceitosa, esquivando los cables eléctricos de alta tensión que colgaban de un poste de luz derribado. Sombras grotescas se proyectaban contra las paredes de ladrillo de los callejones laterales, moviéndose con una rapidez antinatural. Gritos de agonía humana resonaban un par de calles más allá, seguidos por el inconfundible sonido de carne desgarrada. Siseos salvajes y ruidos de mandíbulas chasqueando llenaron el aire húmedo, acelerando mi pulso sin llegar a alterar mi puntería. --- Tres horas después de mi huida, me encontraba agazapada detrás de una barricada de acero oxidado en el muro exterior del Sector 4. Lluvia constante caía sobre nosotros, limpiando la sangre seca que manchaba las placas metálicas de la defensa improvisada. A mi lado, un hombre de mediana edad, absurdamente gordo para los estándares de racionamiento de la ciudad, jadeaba con desesperación. Sergio, un influyente comerciante de contrabando del distrito interior, se aferraba a un maletín metálico con ambas manos. Detrás de nosotros se alzaba la enorme compuerta blindada de un búnker de evacuación militar, nuestra única salida de este sector condenado. Cuatro metros de acero reforzado nos separaban de la zona segura, pero el mecanismo electrónico requería un código de anulación manual. Sergio me había prometido un cargamento entero de raciones selladas y medicamentos limpios si lo mantenía con vida hasta abrir la puerta. Balas perdidas de los combates lejanos rebotaban ocasionalmente contra el metal de la barricada, produciendo chispas brillantes en la oscuridad. Solo que el peligro real no venía de los soldados corruptos ni de los saqueadores desesperados que huían del centro urbano. Sangre negra y pastosa goteaba de las mandíbulas de una docena de infectados que acababan de doblar la esquina del callejón. Ojos de un rojo carmesí brillante brillaban en la penumbra, fijos en la carne fresca que representábamos para su hambre insaciable. Disparé mi primera bala con una calma glacial, apuntando directamente al centro de la frente del infectado más cercano. Uno menos, registré en mi mente mientras el cuerpo caía pesadamente contra el suelo cubierto de escombros. Otro de los monstruos saltó sobre el capó de un vehículo volcado, impulsándose con una fuerza sobrenatural hacia nuestra posición. Frío metal de la corredera retrocedió con un chasquido seco cuando presioné el gatillo por segunda vez. Apunté al pecho del atacante en el aire, deteniendo su trayectoria y enviándolo de regreso a la oscuridad de la calle. Tres de ellos avanzaron en grupo por el flanco derecho, moviéndose en un zigzag frenético que habría dificultado el tiro a cualquiera. Quedaban exactamente cinco cartuchos ordinarios en mi cargador de repuesto, una cuenta matemática que mantenía sin pestañear. Escupiendo el sabor amargo de la pólvora de mi boca, deslicé la recámara para asegurar el siguiente disparo en su sitio. Sus garras afiladas arañaron las placas de hierro de la barricada, emitiendo un sonido chirriante que me erizó la piel. Dos disparos rápidos acabaron con los atacantes de los flancos, dejando al tercero lo suficientemente cerca como para oler su putrefacción. Sergio soltó un alarido de terror y se encogió en el suelo, cubriéndose la cabeza con su costosa chaqueta de lana artificial. Ahora la situación requería velocidad extrema antes de que el resto de la horda nos flanqueara por los tejados laterales. Deslicé mi mano libre hacia el compartimento interior de mi cinturón, buscando el cartucho especial que guardaba para las emergencias. Esta era mi última bala de plata, una pieza de munición pesada con punta de aleación diseñada para maximizar el daño de penetración. Pum. El disparo resonó con una fuerza tremenda en el callejón cerrado, atravesando el cráneo del último infectado y destruyendo la pared detrás de él. Silencio tenso regresó al sector por unos instantes, interrumpido solo por el siseo del agua sobre los cañones calientes de mis armas. --- Giré sobre mis talones para exigirle al comerciante que abriera la maldita puerta del búnker antes de que llegaran más de esas cosas. Puertas de acero reforzado ya estaban completamente cerradas, y el indicador luminoso sobre el panel de control brillaba en rojo intenso. Golpée el cristal blindado de la cabina de observación con la culata de mi rifle, sintiendo cómo la adrenalina se transformaba en pura furia. Dentro de la cabina segura, Sergio me miraba con una mezcla de horror y alivio cobarde, sosteniendo su maletín contra el pecho. Maldito infeliz, se había deslizado al interior del búnker mientras yo eliminaba a los últimos infectados que amenazaban con devorarlo. Sus dedos temblorosos activaron el intercomunicador externo, permitiendo que su voz chillona saliera a través del altavoz oxidado. "Lo siento, Rem, de verdad lo siento", tartajeó el cobarde mientras retrocedía hacia la segunda puerta de seguridad del complejo. "El protocolo de aislamiento militar prohíbe abrir la esclusa una vez iniciada la alerta roja en el perímetro exterior", continuó excusándose. Jamás debí haber confiado en la palabra de un maldito parásito de la zona residencial alta, me recriminé en silencio absoluto. De mi cuello colgaba el amuleto de mi antigua unidad, un recordatorio constante de que la traición es la única moneda que nunca se devalúa. Una vibración profunda comenzó a sacudir el suelo bajo mis botas, haciendo que los fragmentos de vidrio rotos bailaran sobre el asfalto. Una sombra masiva se alzó sobre la barricada mientras la pared de acero reforzado del Sector 4 se doblaba hacia adentro con un chirrido metálico ensordecedor.

End of Chapter 1