Chapter 6

Chapter 6 of 6

Capítulo 6: El Susurro de la Chatarra

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Toses ásperas y húmedas rasparon las paredes de concreto del sótano, quebrando el silencio denso de la noche. Valeria se presionaba un trapo humedecido con agua contaminada contra la parte lateral del cuello. Parches de piel quemada por el gas ácido brillaban con un tono rosado y purulento bajo la mortecina luz fluorescente. Arnumar la miraba con los puños tan apretados que sus nudillos crujían en el silencio. Su pecho se contraía con una mezcla sofocante de furia y culpa que le subía por la garganta como hiel líquida. Había dejado escapar al oficial biónico, el único cabo suelto que podía guiarlos al corazón del Consorcio Génesis, y ahora Valeria pagaba el precio de su imprudencia táctica. —Debí preverlo —siseó él, golpeando la mesa de metal oxidado con la palma abierta. —No podías saber que ese monstruo tenía un mecanismo de autodestrucción química en sus propios pulmones —respondió ella con voz ronca, aunque una mueca de dolor cruzó sus facciones cuando intentó acomodarse en el catre. Fuego invisible corría por la nuca de Arnumar, obligándolo a parpadear para limpiar su visión. Líneas de datos rojos parpadearon en su campo visual, obstruyendo su ojo derecho y distorsionando las formas del sótano. El chip militar de hackeo neuronal que llevaba incrustado en la base del cráneo estaba sobrecalentándose de nuevo, alimentándose de su ira incontrolable. —Tu chip se está cocinando —advirtió Valeria, señalando el fino hilo de sangre oscura que comenzaba a gotear de la oreja de Arnumar. —Ese maldito hacker en los barrios bajos es mi única opción si no quiero terminar con el cerebro frito antes de que amanezca —gruñó él, limpiándose el fluido tibio con el dorso de la mano. —Cero-Siete es peligroso y paranoico —dijo ella, tratando de incorporarse, aunque el dolor la obligó a desplomarse de nuevo sobre la lona—. —Quédate aquí —ordenó él, empujándola suavemente por los hombros para que no se moviera—. Salas de emergencia improvisadas no existían en este sector devastado de la ciudad, y Valeria necesitaba descansar si quería sobrevivir a la infección del gas. Arnumar cargó su pistola de impulsos, ocultó los discos de datos robados de la escuela bajo su chaqueta de cuero desgastada y se deslizó hacia la salida. Saliendo a la noche cargada de hollín, Arnumar se cubrió la cabeza con una capucha de lona gruesa para protegerse de la llovizna corrosiva. Gotas pesadas de color gris sucio golpeaban el pavimento agrietado, levantando un vaho aceitoso que dificultaba la respiración. Caminar por los callejones del Sector Cuatro requería una vigilancia constante que su mente sobrecalentada apenas podía procesar. Pandilleros armados con barras de metal y rifles de plasma caseros lo observaban desde las sombras de los edificios derruidos. Ninguno se atrevió a dar un paso al frente al notar la tensión rígida en los hombros de Arnumar y la forma en que su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de su arma. Imágenes de su familia bajo la primera lluvia de 'La Solución' asaltaron su mente sin previo aviso, superponiéndose a la realidad del callejón. Gritos ahogados, carne deshecha por los químicos y el insoportable olor a azufre que nunca lograba sacar de su memoria volvieron a atormentarlo. Su respiración se volvió errática mientras el chip neuronal interpretaba sus emociones desbocadas como una señal de combate, inyectando más adrenalina en su sistema. Zumbidos agudos en su oído izquierdo lo trajeron de vuelta al presente con una sacudida dolorosa. —Temperatura del procesador: noventa y ocho grados —susurró la fría voz sintética del chip directamente en su corteza auditiva. Corriendo para no perder el conocimiento, dobló una esquina y se adentró en el corazón del mercado negro de la chatarra. Puestos construidos con láminas de metal corrugado y lona impermeable se alineaban a los lados de la avenida principal, iluminados por luces de neón parpadeantes que zumbaban con fuerza. Vendedores de implantes usados, traficantes de drogas sintéticas y carroñeros de tecnología militar ofrecían sus mercancías con gritos ahogados en la humedad. Nadie miraba a nadie a los ojos en este lugar; la desconfianza era la única moneda de cambio que realmente importaba. Buscando el callejón trasero del mercado, Arnumar llegó a una puerta de acero reforzado que lucía un pictograma borroso de un procesador quemado. Golpeó tres veces con un ritmo específico y luego dos veces más rápido. —¿Quién busca morir hoy? —preguntó una voz distorsionada a través de un intercomunicador de rejilla oxidada. —Arnumar. Traigo datos frescos del Consorcio y un hardware que necesita cirugía de emergencia —respondió él, apoyando la frente contra el metal frío para aliviar el calor que le consumía el cráneo. Puertas de metal oxidado crujieron al abrirse, revelando un pasillo iluminado por tiras de luces LED rojas que parpadeaban como un corazón moribundo. Adentro, el olor a ozono, soldadura y desinfectante barato era casi insoportable. Cero-Siete, un hacker de aspecto demacrado con tres lentes ópticos diferentes implantados en su cuenca ocular derecha, lo esperaba detrás de una mesa repleta de placas de circuito impreso y herramientas de precisión. —Vienes en un estado lamentable, soldado —dijo el hacker, ajustando uno de sus lentes mecánicos que giró con un leve zumbido. —Necesito que repares esta maldita cosa antes de que me derrita las conexiones neuronales —respondió Arnumar, dejándose caer en una silla de barbero modificada con cables y electrodos colgando del respaldo. Pantallas de visualización de datos se encendieron alrededor de la habitación mientras Arnumar arrojaba el disco de memoria de la escuela sobre la mesa de trabajo. —Ese disco contiene los registros de bio-muestras del búnker subterráneo de la escuela —explicó Arnumar, apretando los dientes cuando una nueva ola de calor le recorrió el cuello. —Míralo tú mismo si no me crees —añadió, señalando el disco con un gesto impaciente. Conectando el disco a su consola personal, Cero-Siete comenzó a teclear a una velocidad asombrosa. Líneas de código encriptado y esquemas médicos de sujetos humanos comenzaron a desplazarse por los monitores del taller. —Esto... esto es real —susurró el hacker, y por primera vez su tono de superioridad cínica desapareció, reemplazado por un miedo genuino—. —¿Qué es lo que buscan con esas muestras? —preguntó Arnumar, intentando mantener la concentración. —Génesis Cero —respondió Cero-Siete, mirando fijamente la pantalla—, buscan reescribir el mapa genético de los sobrevivientes para adaptarlos a la nueva atmósfera tóxica que ellos mismos crearon. Pero tu chip... déjame ver tu chip primero. Arnumar se inclinó hacia adelante, permitiendo que el hacker conectara un cable de diagnóstico directamente en el puerto ubicado en su nuca. —Súbete el cuello de la chaqueta y no te muevas —ordenó Cero-Siete, tomando un escáner manual que emitió una luz azul sobre la base del cráneo de Arnumar. Metales y componentes integrados aparecieron en una pantalla tridimensional, mostrando el procesador militar brillando en un tono rojo de advertencia extrema. —Hay un problema grave aquí, mi amigo —dijo el hacker, retrocediendo un paso con una expresión sombría. —¿Qué pasa? ¿Puedes enfriarlo o no? —exigió Arnumar, sintiendo cómo la ira volvía a aumentar su ritmo cardíaco. Protocolo de autodestrucción latente. Eso es lo que tiene tu chip. Si intento acceder al núcleo del procesador para bajar la temperatura o modificar los parámetros de hackeo, el chip interpretará la intrusión como un intento de captura y detonará una pequeña carga de pulso térmico directamente en tu cerebelo. —Hazlo de todos modos —ordenó Arnumar con frialdad—, prefiero morir en esta silla intentando destruirlos que ver cómo nos extinguimos sin hacer nada. Frío metal de una aguja neumática rozó la piel sensible de su nuca mientras Cero-Siete preparaba el bypass manual para neutralizar la carga. —No te muevas ni un milímetro —advirtió el hacker, sosteniendo el inyector con mano temblorosa. Justo cuando la aguja neumática de Cero-Siete toca la nuca de Arnumar, todas las pantallas del mercado negro se apagan, reemplazadas por el rostro sereno y escalofriante del Director Vance.

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