Chapter 3

Chapter 3 of 6

Capítulo 3: Cicatrices en la Frecuencia

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Sudor frío goteaba por mi nuca, arrastrando la ceniza grisácea de los conductos de ventilación que aún manchaba mi rostro cansado. Espasmos violentos sacudieron mi brazo derecho, un efecto secundario directo de la sobredosis de inhibidores neuronales que me inyecté en el muelle de carga. Pasos vacilantes me guiaron por el laberinto de tuberías oxidadas que formaban el subsuelo de la ciudad en ruinas, lejos de la luz del sol. Cada pisada resonaba en la inmensidad del alcantarillado abandonado, recordándome que estaba completamente solo en la oscuridad. Bajo mis pies, el agua estancada brillaba con un tono verde fosforescente, cargada de los residuos tóxicos que el Consorcio Génesis vertía sin piedad. Aquella mezcla química desprendía un vapor ácido que irritaba mis ojos y me obligaba a parpadear constantemente para no perder el camino. Olor a cables quemados, humedad ancestral y sopa instantánea barata inundó mis fosas nasales al cruzar la compuerta hidráulica de nuestro refugio. Este lugar era una antigua estación de bombeo construida antes de la gran limpieza, un santuario de metal y cemento olvidado por los barrenderos del Consorcio. Valeria no levantó la vista de sus terminales modificados de inmediato, concentrada en el zumbido constante de sus servidores caseros. "Llegas tarde, muchacho," siseó la anciana contrabandista de datos, tecleando con una velocidad inhumana que solo sus dedos modificados podían lograr. Arrojé el disco de metal sobre su desordenada mesa de soldadura, provocando que varios destornilladores y conectores coaxiales rodaran por el suelo de hormigón. "Tengo los datos del Consorcio," solté, mi voz sonando como grava triturada, mientras un temblor incontrolable se apoderaba de mis mandíbulas. Mis rodillas cedieron por completo y caí pesadamente sobre una silla de plástico deformada por el calor, apretando los puños para contener los espasmos. Un sudor helado me empapaba la frente mientras el sabor metálico del inhibidor caducado inundaba mi boca, recordándome el precio de silenciar mis recuerdos. Detrás de mi oreja izquierda, la piel ardía donde el chip militar de hackeo neuronal latía con una furia silenciosa, enviando pinchazos eléctricos a mi cerebro. El procesador estaba al límite, sobrecalentado por la tensión del escape y la descarga masiva de datos que había forzado a través de mis propios nervios. Con paso lento pero firme, la anciana se levantó de su silla chirriante, apoyándose en un bastón de metal que golpeaba rítmicamente el suelo. "Mírate," susurró Valeria, frunciendo sus labios agrietados mientras clavaba sus ojos nublados por cataratas en mi rostro pálido. "Hice lo que tenía que hacer para salir del complejo de Vance," respondí, intentando enfocar mi vista, que ahora presentaba un preocupante tinte azulado. Sus dedos helados y cubiertos de cicatrices apartaron el cabello húmedo que cubría mi sien izquierda para examinar el implante. "Estás ardiendo, Arnumar," sentenció ella, y su tono perdió toda la brusquedad habitual para llenarse de una severidad sombría. "Solo es el retroceso de la dosis supresora," mentí, apartando su mano de un manotazo instintivo antes de que tocara la herida abierta. Gruñendo de dolor, me eché hacia atrás, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba de forma alarmante por la irritación del implante. "No juegues conmigo, muchacho," gruñó Valeria, golpeando el suelo con su bastón para enfatizar su frustración. Esta porquería militar que te incrustaste en el cráneo no está diseñada para procesar tantas emociones desbocadas, y mucho menos amortiguadas con supresores caducados. Cerré los ojos, pero la oscuridad solo trajo de vuelta la imagen de la lluvia ácida derritiendo los techos de mi antiguo hogar. "Me ayudó a ignorar el pánico y a concentrarme en la misión," murmuré, sintiendo un hilillo de sangre tibia deslizarse desde el implante hacia mi cuello. "Te está destruyendo el lóbulo frontal, maldito demente," exclamó Valeria, agarrando una linterna médica de su mesa para forzar mis párpados hacia arriba. Tu cerebro se está friendo debido a las constantes descargas de adrenalina simulada y el sobrecalentamiento del procesador neuronal del chip. Si sigues forzando el sistema para contener tu ira, no quedará suficiente tejido sano en tu cabeza para recordar por qué querías vengarte. Esas advertencias rebotaban en mi mente como ecos distantes en un cañón vacío, incapaces de penetrar la gruesa capa de obsesión que me dominaba. "Conecta el maldito disco, Valeria," ordené, señalando el dispositivo de almacenamiento con un dedo que aún temblaba violentamente. "Necesito saber qué están ocultando en el Proyecto Diluvio, necesito ver los nombres de los arquitectos de La Solución." Valeria soltó un bufido de desprecio, pero la curiosidad de la contrabandista terminó ganando la partida sobre su instinto protector. Tomando el disco con cuidado, usando unas pinzas antiestáticas, lo deslizó en la ranura de lectura de su vieja supercomputadora analógica. Pantallas de fósforo verde cobraron vida al instante, proyectando líneas interminables de código encriptado que se reflejaban en sus lentes. "Esta encriptación es pesada, de nivel militar del Consorcio," comentó Valeria, mientras sus dedos volvían a volar sobre el teclado mecánico. "Usaron un algoritmo de clave asimétrica dinámico, pero cometieron un error al reutilizar los protocolos de seguridad de los viejos búnkeres de contingencia." Una punzada de dolor agudo detrás del ojo izquierdo me obligó a doblarme sobre mí mismo, aferrándome el estómago con desesperación. "¿Qué pasa?" preguntó ella sin apartar la vista de los monitores que parpadeaban con advertencias de intrusión simuladas. "Nada," logré articular, tragando saliva con sabor a hierro mientras intentaba ignorar la estática que vibraba en mis oídos. "Solo date prisa antes de que mi cabeza explote de verdad, Valeria." Líneas de código comenzaron a caer a gran velocidad por la pantalla principal, tiñéndose de color azul a medida que los firewalls caían. "Ya casi estamos dentro de la primera capa del sistema," anunció Valeria, con una sonrisa triunfal que reveló sus dientes desgastados. "Parece que este sector del disco contiene registros logísticos detallados de la gran limpieza del noventa por ciento de la población." Mapas vectoriales tridimensionales comenzaron a renderizarse en el centro de la sala, mostrando continentes enteros marcados con zonas de exclusión. "Dios mío..." susurró Valeria, perdiendo el color de su rostro arrugado mientras leía las especificaciones de las toxinas utilizadas. "No fue una consecuencia inevitable de la escasez; lo planearon todo con precisión matemática para equilibrar los recursos del planeta." "Ya lo sabía," dije, con la voz desprovista de cualquier emoción, mis ojos fijos en las coordenadas geográficas que comenzaban a desglosarse. "Lo que quiero saber es dónde están operando ahora, dónde se esconde Vance y su junta de carniceros tecnócratas." Valeria tecleó una secuencia rápida para aislar las coordenadas de los subproyectos activos enumerados en los archivos desclasificados. "Espera un segundo," murmuró ella, frunciendo el ceño mientras la computadora superponía los datos satelitales sobre el mapa en ruinas de la ciudad. "Estas coordenadas apuntan a un sector que conocemos extremadamente bien, Arnumar." Apreté los dientes al ver cómo el mapa digital se acercaba más y más, revelando el trazado de las calles devastadas del Distrito 9. "No puede ser," susurré, poniéndome de pie a pesar del dolor punzante en mis sienes, sintiendo cómo el frío congelaba mi sangre. "Ese es el sector de la antigua escuela primaria San Jude," continuó Valeria, con la voz temblorosa al leer los metadatos del archivo. "Pero las lecturas de energía indican que hay una instalación subterránea masiva operando justo debajo de los escombros del edificio." "Un búnker de exterminio activo," añadí, sintiendo cómo la ira contenida comenzaba a romper los diques de mi frágil autocontrol. "Están llevando a los supervivientes capturados en las redadas urbanas allí abajo para experimentar con ellos o simplemente para eliminarlos." "Tenemos que irnos de aquí, Arnumar," advirtió Valeria, girándose hacia mí con un pánico visceral reflejado en sus ojos cansados. "Si descubren que hemos accedido a esta información, enviarán a los escuadrones de pacificación en cuestión de minutos." "No voy a huir como un cobarde," declaré, apretando los puños mientras la imagen de mi antigua escuela se quemaba en mi retina. "Ese búnker sigue funcionando, Valeria, y si Vance está detrás de esto, voy a quemar ese lugar hasta los cimientos." "¡Estás loco!" gritó ella, poniéndose de pie de un salto y agarrándome por los hombros con una fuerza sorprendente. "Tu mente está rota, el chip te está volviendo paranoico y suicida; no puedes enfrentarte a una guarnición militar entera en tu estado." Sonidos ensordecedores interrumpieron nuestra discusión, resonando a través de los altavoces de la computadora y haciendo vibrar los cristales de la sala. "¿Qué es ese ruido horrible?" pregunté, cubriéndome las orejas mientras una náusea violenta me invadía por completo. "Nuestra conexión se está perdiendo," balbuceó Valeria, observando horrorizada cómo las líneas de código azul se transformaban en caracteres rojos corruptos. "Nos han detectado, Arnumar; activaron una contramedida remota desde el servidor de origen del Consorcio Génesis." "Desconéctalo ahora mismo, saca el maldito disco," grité, pero mis manos no me respondían, bloqueadas por una parálisis repentina. "No puedo, el sistema está completamente bloqueado," exclamó ella, golpeando desesperadamente el interruptor de emergencia sin obtener respuesta. "Este maldito protocolo de rastreo está utilizando una frecuencia de retorno militar de corto alcance que se conecta directamente con tu implante." Dolor insoportable, como un clavo al rojo vivo siendo martillado directamente en mi cráneo, me hizo caer de rodillas sobre el frío suelo. De golpe, la transmisión del disco duro se corta abruptamente cuando una señal de rastreo externa se activa de forma remota, iluminando el chip detrás de la oreja de Arnumar con una luz roja intermitente.

End of Chapter 3

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