Chapter 5 of 8

La Sombra del Mensajero

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La imagen del mensajero, un borrón oscuro contra el pino, se había grabado en la retina de Seraphim. Su corazón martilleaba contra las costillas, una batería de guerra en su propio pecho. No podía ignorarlo. Las palabras de Sayaka Von Foch resonaban en su mente: “amenaza invisible”, “red de sombras”. Esto no era una coincidencia, no podía serlo. Se giró para buscar a Mia, que terminaba de ajustar un vendaje en el brazo de un soldado raso. La Coronel Mia Con Kundeloff la miró, sus ojos oscuros llenos de una pregunta silenciosa. Seraphim se acercó, el frío de la noche mordiéndole las mejillas, pero el calor de la adrenalina la mantenía alerta. “Mia”, susurró, su voz apenas un hilo, “el mensajero. El que se desvió. Necesito seguirlo”. Mia dejó caer el vendaje, su mirada se endureció. “General, es peligroso. El bosque de pinos no es un lugar seguro de noche. Podría haber patrullas enemigas, o peor”. Su preocupación era palpable, un nudo apretado en el aire gélido. Seraphim negó con la cabeza. “Es precisamente por eso. Un mensajero de alto rango, condecorado, no se desvía sin motivo. No desaparece en el bosque a menos que tenga un propósito. Esto es más que un simple desvío”. Su mano buscó el bolsillo de su uniforme, donde guardaba el fragmento del proyectil, los símbolos arcanos, un eco silencioso de la oscuridad. Mia suspiró, su aliento formó una pequeña nube blanca en el aire. Sabía que discutir con Seraphim cuando su mente se había fijado en algo era inútil. Había visto esa determinación antes, en la academia, en los ejercicios. Era una cualidad que la hacía brillante, y una que a menudo la ponía en peligro. “Si vamos, General”, dijo Mia, su tono resignado pero firme, “necesitamos equipo adecuado. Uniformes oscuros, sin insignias que brillen. Y necesitamos ser rápidas”. Veinte minutos después, Seraphim se sentía extraña. Había cambiado su elaborada chaqueta de gala por una simple gabardina de sarga oscura, sin los brocados ni las medallas de oro que la adornaban habitualmente. Se sentía menos una general y más una sombra. Sus botas de montar, antes impecables, ahora estaban manchadas de barro fresco. La ausencia de su uniforme completo le quitaba una capa de su armadura, dejándola sentir una vulnerabilidad que no había experimentado en mucho tiempo. Mia, vestida de manera similar, le entregó un subfusil MP-40. “Cargado, General. Y este, por si acaso”, añadió, dándole una daga de combate con la empuñadura envuelta en cuero. Los ojos de Seraphim se posaron en el arma, su peso familiar en su mano. La oscuridad del bosque parecía engullir los últimos vestigios de luz, una barrera infranqueable. Un escalofrío le recorrió la espalda, no de frío, sino de una premonición silenciosa. Salir de las trincheras, de la relativa seguridad de su puesto de mando, era una imprudencia que su orgullo justificaría. --- El bosque de pinos, denso y opresivo, se tragaba el sonido de sus pasos. Cada ramita que crujía bajo sus botas resonaba como un trueno en la quietud de la noche. El olor a pino y tierra húmeda era abrumador. Seraphim avanzaba con cautela, sus ojos acostumbrándose a la penumbra, buscando cualquier señal del mensajero. Mia iba un paso detrás, cubriéndole la espalda, su respiración regular y controlada. La luz de la luna apenas se filtraba a través del dosel de agujas, creando sombras danzantes y engañosas. Seraphim recordaba la advertencia de su padre, sobre el juicio de los demás. Esta era una misión que nadie más entendería, o aprobaría. Si fallaba, si era descubierta, su ya precaria posición se desmoronaría por completo. Pero el eco de Sayaka, la “amenaza invisible”, era más fuerte que cualquier temor al juicio. Se detuvieron, agazapadas detrás de un tronco caído, cuando escucharon un crujido inconfundible. No era el viento. Era el sonido de pasos apresurados, pero irregulares, como si el mensajero estuviera perdiendo el equilibrio. Seraphim levantó una mano, indicando a Mia que se mantuviera alerta. El sonido se movía hacia el norte, más profundo en el bosque, donde los árboles se volvían más viejos y retorcidos. “Se está adentrando demasiado, General”, susurró Mia. “Hay pantanos en esa dirección. Y es fácil perderse. El perímetro no llega tan lejos”. Seraphim asintió. “Precisamente. ¿Por qué iría tan lejos? Esto es premeditado”. Se puso en movimiento de nuevo, sus sentidos agudizados. La búsqueda se convirtió en una danza silenciosa con el bosque, un juego de escondite donde las apuestas eran demasiado altas. El aire se enfrió aún más, un presagio de algo ominoso. Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de la daga, la frialdad del metal un ancla en la creciente incertidumbre. De repente, una luz tenue parpadeó entre los árboles. Un resplandor ámbar, débil, casi imperceptible, pero inconfundible. No era la luna ni las estrellas. Era una luz artificial. Seraphim lo vio primero, sus ojos entrenados para detectar anomalías en el campo de batalla. Tiró de la manga de Mia, señalando con la barbilla. Las dos se movieron con mayor sigilo, sus cuerpos pegados al suelo, arrastrándose entre la maleza y los troncos caídos, cada nervio tenso, cada músculo listo para la acción. El aire se espesó con la anticipación. La luz se hizo más constante, revelando un claro oculto, un rincón del bosque que parecía arrancado del mapa. Un lugar donde la civilización terminaba y otra cosa comenzaba. El corazón de Seraphim latió con fuerza, el presentimiento de que estaba a punto de desentrañar una verdad terrible. --- Llegaron al borde del claro, ocultas por un espeso seto de zarzas y helechos. Desde allí, tenían una vista clara. En el centro del espacio abierto, bajo la luz de una linterna de queroseno que alguien había colocado sobre un tocón, estaba el mensajero. Su uniforme, antes impecable, estaba manchado de barro y hojas. Parecía agitado, su rostro pálido bajo la luz parpadeante. En sus manos sostenía un grueso legajo de documentos, su sello oficial inconfundible. Frente a él, con la espalda hacia ellas, había una figura. Esta figura era alta y esbelta, envuelta en una capa oscura con una capucha profunda que ocultaba su rostro por completo. No llevaba uniforme. La forma en que se movía, incluso de espaldas, era diferente. Una fluidez extraña, casi reptiliana, una agilidad que no correspondía a un soldado, a nadie que Seraphim hubiera visto antes. Era antinatural. Esto no era un militar. El mensajero extendió los documentos con una mano temblorosa. La figura encapuchada los tomó sin un sonido, sus movimientos rápidos y precisos. Seraphim sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era traición. Abierta y descarada. No era una amenaza externa, una patrulla enemiga. Era un traidor. Una red de sombras, precisamente como había descrito Sayaka. Un escalofrío de horror le recorrió la columna vertebral, más frío que el viento nocturno. Las palabras despectivas de los otros oficiales, las dudas sobre su valía, todo eso palidecía ante esta realidad. La amenaza no solo venía de fuera, con los proyectiles arcanos y la niebla extraña, sino que se había enraizado dentro de sus propias filas. ¿Hasta dónde llegaba esta red? ¿Quién más estaba involucrado? Su confianza, ya frágil por el desprecio de los demás, ahora se tambaleaba al borde del abismo. “General…”, susurró Mia, su voz cargada de la misma incredulidad y miedo. Sus ojos estaban fijos en la escena, la boca ligeramente abierta. “Son nuestros propios…”. No terminó la frase, la implicación era demasiado grande, demasiado terrible. Seraphim no respondió. Su mente corría a mil por hora, conectando los puntos. El objeto que cayó del cielo. Sayaka. Los diarios. La red de sombras. Todo se entrelazaba en un patrón siniestro que solo ahora comenzaba a comprender. Era más grande, más profundo de lo que jamás había imaginado. El enemigo no era solo el frente occidental. El enemigo estaba en todas partes, en su propia casa. La figura encapuchada terminó de revisar los documentos, guardándolos bajo su capa con un gesto eficiente. Luego, para consternación de Seraphim, se giró para hablar con el mensajero. El movimiento fue tan rápido que Seraphim apenas lo registró. El rostro permanecía en la sombra de la capucha, pero por un instante, un destello de plata atrapó la luz de la linterna. Era un broche, prendido a la capa, justo debajo del cuello. Y en ese broche, Seraphim pudo verlos. Los mismos símbolos arcanos, grabados con una precisión inquietante, idénticos a los del fragmento del proyectil que llevaba en el bolsillo. La conexión era innegable, tangible, y heló la sangre en sus venas, haciéndolos sentir omnipresentes.

End of Chapter 5