Chapter 12

Chapter 12 of 12

Chapter 12: El Peso de los Galones

1.0k words

Gritos rasgaron el aire. La vibración no era solo del suelo, sino de los propios huesos de Judith. El cristal templado, grueso y reforzado, comenzó a ceder. Una grieta, fina como un cabello, serpenteó desde el punto de impacto del puño descomunal. Se ramificó, expandiéndose en una telaraña frágil. El espécimen, una masa de músculos y tendones pálidos, golpeó de nuevo. Un impacto sordo, resonante. La grieta se ensanchó. El aire silbó a través de las microfisuras, un sonido horripilante. «¡Retrocedan!», rugió Judith, su voz ronca por el esfuerzo. Su hombro derecho latía, un dolor constante que se intensificaba con cada movimiento. Mantuvo su rifle en alto, aunque el temblor la hacía dudar de su puntería. Elena, con los ojos fijos en la terminal, tecleaba frenéticamente. «¡Casi lo tengo! ¡Cinco segundos!» Cuatro segundos. Tres. El monstruo embistió. El cristal estalló en mil fragmentos, una detonación ensordecedora. Trozos de vidrio volaron, cortando el aire como cuchillos. Un grito ahogado escapó de Mateo. La criatura, libre, se lanzó. Su forma grotesca llenó el estrecho pasillo. La piel, una masa enfermiza de blanco amarillento, se estiraba sobre una musculatura aberrante. Ojos hundidos, negros y vacíos, buscaron el movimiento. Disparos resonaron. Mateo abrió fuego, una ráfaga controlada que impactó en el torso del espécimen. La criatura se tambaleó, un rugido gutural brotó de su garganta. No pareció herida, solo momentáneamente sorprendida. «¡Impacto mínimo!», gritó Mateo, mientras recargaba su arma con manos temblorosas. Judith apretó el gatillo. Su fusil disparó una ráfaga corta, los proyectiles rebotaron en la dura piel del mutante. Un dolor agudo atravesó su hombro. El brazo se le cayó, inútil por un instante. Su puntería se desvió salvajemente. La criatura la detectó. Giró su cabeza monstruosa, enfocando sus ojos vacíos en ella. Un zarpazo rápido, brutal. Judith apenas tuvo tiempo de levantar su brazo izquierdo para protegerse. El golpe la arrojó contra una mesa de instrumental médico. El metal se dobló, crujió. Jeringas, frascos de vidrio, ampollas de analgésicos se hicieron añicos bajo su peso. Un dolor punzante, peor que el de su hombro, recorrió su espalda. Jadeó, el aire escapando de sus pulmones. El frasco de morfina, su única esperanza de mitigar el dolor, yacía hecho polvo a su lado. La frustración ardió en su pecho, una furia silenciosa. Mateo no dudó. Se interpuso entre Judith y la bestia. «¡Aquí estoy, maldito!» Abrió fuego de nuevo, ráfagas cortas, precisas, buscando puntos débiles. El sonido de los disparos llenó el espacio, un ritmo desesperado. Cada bala parecía una gota de agua contra una roca. La criatura bramó. Extendió un brazo masivo, un apéndice deforme que se cerró alrededor del cuello de Mateo. El subteniente se ahogó, sus manos aferrándose al brazo rocoso del monstruo. Sus pies se levantaron del suelo, luchando por encontrar apoyo. Los ojos de Mateo se abrieron en pánico, su rostro se tiñó de morado. Estaba siendo estrangulado. La criatura apretaba, la intención de aplastar su tráquea era clara. «¡Elena, el disco!», la voz de Judith fue un gruñido. Se arrastró lejos de la mesa rota, ignorando el dolor punzante en su espalda. Necesitaba su arma. Necesitaba disparar. «¡Lo tengo!», gritó Elena, retirando una unidad de datos de la terminal. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con determinación. «¡Los datos están a salvo!» Judith vio la pequeña unidad brillando en la mano de Elena. La misión. La información vital. Y luego vio a Mateo, su segundo al mando, su amigo, luchando por respirar, su vida pendiendo de un hilo. Dos opciones. Dos realidades colisionando. El peso de los galones aplastó su pecho. El instinto la urgía a salvar a Mateo. La lógica, fría y despiadada, le gritaba que el disco era la prioridad. Miles de vidas podrían depender de esos datos. Su mente era un torbellino. No podía permitirse dudar. Mateo no se rendía, sus piernas pataleaban, sus dedos arañaban la piel dura del mutante. Pero la fuerza de la criatura era inconmensurable. Unos segundos más y todo habría terminado. El cañón de su rifle temblaba. Su hombro derecho ardía. Apuntar con precisión era casi imposible. Un disparo directo a la cabeza de la bestia podría fallar, impactar a Mateo, o simplemente rebotar. Necesitaba una solución. Algo rápido, algo que obligara a la criatura a soltar a su presa. Miró el cuello de Mateo, luego el brazo que lo estrangulaba. El pensamiento fue un relámpago, brutal y desesperado. No había otra forma. No había tiempo para deliberar, para buscar una alternativa. La rabia, su compañera constante, se mezcló con la desesperación, afilando sus sentidos. Su decisión fue instantánea, una punzada fría de necesidad. Apretó los dientes, el sabor metálico de la sangre llenando su boca. Elevó su rifle, ignorando el dolor desgarrador que emanaba de su hombro. El blanco no era el monstruo. El blanco era Mateo. Un disparo. Fuerte, claro, devastador. El proyectil rasgó el aire, encontrando su objetivo con una precisión macabra. No buscaba matar, sino incapacitar. Causar suficiente shock para que el agarre del monstruo se aflojara. El impacto fue brutal. El hombro de Mateo explotó en un rocío de sangre. Su grito se ahogó en el agarre de la criatura, pero su cuerpo se convulsionó por el dolor. El golpe fue suficiente. La bestia, por la sorpresa, por la vibración inesperada, soltó su presa. Mateo cayó, un peso muerto, sobre el suelo de metal, su respiración rasposa y entrecortada. Su hombro derecho, destrozado, sangraba a borbotones. Judith había salvado su vida, pero al precio de una herida catastrófica, una herida infligida por su propia mano. La sangre de su amigo cubría el suelo, un testimonio silencioso de su elección brutal. La criatura rugió, furiosa, girando su atención de nuevo hacia ella. Pero Judith ya no veía al monstruo. Sus ojos estaban fijos en Mateo, inmóvil, agonizando. Ella había hecho lo que tenía que hacer. Había disparado al hombro de Mateo para obligar a la criatura a soltarlo por el impacto del proyectil, una decisión desesperada que dejaba a su amigo gravemente herido.

End of Chapter 12