Chapter 2 of 2

Chapter 2: Susurros de una Traición

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El aire espeso de la habitación se aferraba a su piel, cálido y estancado. Judith inmovilizó al Ministro Vargas contra la pared, el cañón frío de su pistola presionando contra su sien. El hombre jadeaba, su rostro pálido y sudoroso, una mezcla de terror y furia contenida. Sus ojos, antes llenos de arrogancia, ahora suplicaban en silencio. "¿Quién te envió?" Su voz era un susurro gélido, apenas audible sobre los latidos frenéticos de su propio corazón. Cada palabra, una amenaza velada. Un temblor recorrió el cuerpo de Vargas. Negó con la cabeza, sus labios secos incapaces de formar una respuesta. El miedo lo tenía paralizado. Judith lo entendía. Había visto esa mirada en muchos otros antes de que sus vidas se apagaran. "No tengo tiempo para juegos." La presión del cañón aumentó. Un ligero clic del seguro se escuchó en el silencio, un sonido pequeño pero cargado de promesas mortales. Vargas emitió un gemido ahogado. "Ellos... ellos me forzaron," balbuceó finalmente, sus palabras apenas un hilo. "Me prometieron protección. Dijeron que si no hacía lo que me pedían, me convertiría en uno de los 'desaparecidos'." Judith frunció el ceño. Desaparecidos. La palabra resonó con un eco amargo en su mente. Era el eufemismo que el Consorcio Sombra utilizaba para sus víctimas. Eliminados. Borrados. Nunca encontrados. "¿Quiénes son 'ellos'?" Su mirada escrutó cada centímetro del rostro de Vargas, buscando una señal de engaño. Su instinto rara vez fallaba. Este hombre, por cobarde que fuera, parecía decir la verdad. "El Consorcio," susurró Vargas, con la voz quebrada. "Me obligaron a firmar los contratos. A desviar los fondos. A... a todo." Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. "No quería hacerlo. Pero tienen a mi familia." Un destello de algo que rozaba la simpatía, fugaz y no deseado, cruzó por la mente de Judith. Ella también había perdido a su familia, aunque de una manera muy diferente. No era la primera vez que escuchaba una historia así. El Consorcio operaba con un tipo de crueldad que iba más allá de lo económico, lo personal. "¿Qué sabes sobre la 'purga'?" La pregunta salió con una brusquedad que hizo a Vargas encogerse. Era la palabra clave, el objetivo de su misión. La razón por la que estaba allí, con la vida de este hombre en sus manos. "La purga..." Vargas tragó saliva, sus ojos divagando por la habitación como si buscara una salida. "Es un término viejo. Para eliminar a quienes saben demasiado. A quienes no son útiles. Los que representan un riesgo para el Consorcio." "¿Y quién la ordenó?" Judith no cedió. La impaciencia empezaba a roerla. Necesitaba nombres. Detalles. Algo más allá de evasivas. "El Doctor Valerius," Vargas respondió, con un suspiro de resignación. "Él es quien da las órdenes directas. Su voz... es inconfundible." Vargas hizo una pausa, sus ojos se posaron en la muñeca izquierda de Judith, donde una fina línea blanca, apenas perceptible, zigzagueaba bajo su piel. Una cicatriz de otro tiempo, de otro dolor. "Él solía hablar de 'recalibrar' a los nuevos reclutas. De 'perfeccionar' su potencial. Hablaba mucho de la 'flor de la guerra' que algunos de nosotros llevábamos dentro. Una vez, incluso mencionó una marca, una cicatriz... aquí." Vargas levantó su propia muñeca, revelando una pequeña y antigua cicatriz similar, casi idéntica a la de Judith, justo en el mismo lugar. "Decía que era un rastro del proceso. Un... un regalo." La mención de la cicatriz en su muñeca fue un golpe físico. El aire escapó de sus pulmones en un siseo. La mano de Judith que sostenía la pistola se tensó, sus nudillos blanqueándose. Su mirada se clavó en la marca de Vargas, luego en la suya. La misma. Idéntica. Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral, más frío que cualquier acero. Las palabras de Vargas detonaron una explosión en su mente, liberando un torbellino de memorias suprimidas, olvidadas. Fragmentos caóticos, dolorosos. *Oscuridad.* Solo el tenue zumbido de alguna máquina cercana. El olor a antiséptico y miedo. Un laboratorio. Una mesa fría. Sus extremidades sujetas, débiles, incapaces de moverse. Sentía un dolor sordo, constante, que palpitaba en sus venas. *Agujas.* Una y otra vez. Penetrando su piel. Un líquido frío, espeso, quemando al entrar. Inyecciones. Decenas de ellas. El pánico que se elevaba en su garganta, ahogado por una mordaza invisible. Su cuerpo convulsionaba, intentando luchar, pero la fuerza la había abandonado hacía mucho tiempo. *Una voz.* Profunda y resonante, llena de una autoridad que no admitía cuestionamiento. "Nuestra pequeña flor de la guerra está floreciendo," la voz decía, con una satisfacción escalofriante. "El dolor es el fertilizante más potente. Pronto, será más letal que cualquier arma que hayamos diseñado. Un activo invaluable. Eliminará a cualquiera que se interponga en nuestro camino." El eco de esa voz retumbó en su cabeza, haciendo que el presente se mezclara con el pasado. La misma voz. La voz del Doctor Valerius. El mismo que ahora ordenaba la purga. Su mentor. Su torturador. Su creador. La ira subió por su garganta, un torrente furioso que amenazaba con ahogarla. No era solo la ira por lo que le habían hecho, sino la ira por la confusión que ahora la invadía. Su eficiencia letal, su orgullo, su único escudo, comenzó a tambalearse. Siempre había sido una roca. Inquebrantable. Implacable. Pero ahora... ahora sentía que se desmoronaba por dentro. La misión. Vargas. Todo se entrelazaba en una maraña indescifrable. El hombre que tenía frente a ella, al que iba a ejecutar sin dudar, ¿era una clave para su propio pasado? ¿Un eslabón con esa existencia que creía haber enterrado para siempre? Las imágenes parpadeaban: rostros cubiertos por la penumbra, manos enguantadas, la sensación de estar atrapada. Una niña. Ella era una niña entonces. vulnerable. Débil. Un experimento. La indignación la quemaba por dentro. Todo lo que había construido, la pared de hielo que había erigido alrededor de su corazón, se resquebrajaba bajo el peso de esos recuerdos. ¿Cómo podía confiar en sus órdenes? ¿Cómo podía ejecutar una purga ordenada por el mismo hombre que la había convertido en lo que era, que la había traicionado de la manera más profunda? Su mano temblaba imperceptiblemente. Por primera vez en años, su determinación flaqueó. La línea entre cazador y presa se volvió borrosa. Si Valerius estaba detrás de esto, ¿qué significaba para ella? ¿Era ella también parte de su 'purga' eventual? ¿O un peón que todavía podía mover a su antojo? "¿Valerius... qué más sabes de él?" Su voz, aunque intentaba mantener la compostura, llevaba una tensión apenas disimulada. La pistola bajó un milímetro, un signo casi imperceptible de su vacilación. Vargas la notó. Una chispa de esperanza se encendió en sus ojos. "Sé que él... él es quien maneja todo. Los 'reclutas' son suyos. Las operaciones más delicadas. Es el cerebro detrás de la sombra. El Consorcio lo obedece sin chistar." La respiración de Vargas se aceleró, viendo una oportunidad, una fisura en la coraza de la cazarrecompensas. "Los 'reclutas'... ¿quiénes son?" Judith sintió un nudo en el estómago. La palabra 'reclutas' le trajo otra ráfaga de dolor. La sensación de ser arrastrada de su hogar, de su vida, cuando apenas era una niña. Fue un reclutamiento brutal. Un secuestro. La voz de Valerius resonó de nuevo en su mente, distorsionada, casi como un eco de un pasado aterrador que se negaba a permanecer enterrado. "Son los que hacen el trabajo sucio. Los que no tienen familia, los que son fáciles de moldear. Criados para ser leales solo a Valerius. Los usa para todo. Para eliminar a quienes se interponen en su camino. Para asegurar el silencio." Vargas tosió, el aire de la habitación pareciéndole insuficiente. "Tienen un símbolo. Una calavera estilizada. La usan en todo. Sus máscaras. Sus uniformes. Es su firma." Judith procesó la información, cada palabra un eslabón en una cadena oxidada que la unía a un pasado que había intentado borrar con sangre y balas. La calavera. Los 'reclutas'. Valerius. La purga. Todo encajaba de una manera horrible. No era solo un contrato. Era una confrontación directa con el fantasma de su propio origen. Con la traición que la había convertido en lo que era. Su misión, su contrato, ¿era una trampa? ¿Estaba Valerius jugando con ella? ¿La estaba usando para limpiar sus propios desórdenes, sabiendo que ella era la más eficiente? La duda era un veneno lento, corrosivo, para su letalidad. Un sonido metálico, repentino y agudo, rompió la tensión. Judith giró la cabeza instintivamente, su oído entrenado captando el sonido antes de que se hiciera evidente. Un objeto cilíndrico rodó por el suelo desde el pasillo, emitiendo un silbido. "¡Abajo!" gruñó, empujando a Vargas al suelo con una fuerza bruta, cubriéndolo parcialmente con su propio cuerpo mientras la habitación se llenaba al instante con un humo denso y acre. La granada de humo estalló con un pop, envolviendo todo en una niebla opaca que quemaba los ojos y la garganta. Figuras sombrías irrumpieron a través de la cortina de humo, siluetas amenazantes con armas levantadas. Máscaras de calavera cubrían sus rostros, sus movimientos eran rápidos, coordinados. El símbolo que Vargas había mencionado. El Consorcio. Pero no venían a rescatar a Vargas. Venían por ambos. Sus armas apuntaban indistintamente a Judith y al ministro. A través del humo denso y la confusión, Judith logró distinguir algo en sus ojos, un brillo gélido y familiar que le perforó el alma. Eran inconfundiblemente los mismos ojos, vacíos y desprovistos de emoción, que había visto en los "reclutadores" que la habían arrastrado al laboratorio años atrás. Los mismos ojos de su pasado, ahora aquí, en su presente, para reclamarla.

End of Chapter 2